No hagas hoy lo que puedas hacer mañana

Bibiana Vélez Covo

Recuerdo a Raúl diciendo:

–No hagas hoy lo que puedas hacer mañana.

¡Y  lo cumplíamos!

Nosotros, fervientes devotos de concederle a cada día su afán, vivíamos el hoy inconfundible. Sin ninguna prisa, sobre todo. Ese déjame estar que dicen nos afecta a los costeños –como les dicen el resto de los colombianos a los del Caribe colombiano– nos envolvía junto con toda la inmediatez que se vive en esta tierra: Cartagena de Indias a orillas del Caribe.

¡Eterno presente de instantes que nos podían llevar al paraíso día a día!

No había otro tiempo para nosotros, sino el aquí y el ahora, ¡en la mecedora! Por lo menos, cuando estábamos juntos en el ritual de la visita.

Raúl y su intensa presencia eran ¡cautivantes!

El profesor, como lo llamaban mis vecinos después de verlo en un recital por la tv, era un visitante asiduo a mi casa, en el barrio de Crespo, junto al mar. En el salón estaba entronizada la hamaca en el centro, cruzando el espacio en diagonal. Ese mueble, ¡el mejor del mundo!, era su podio, su cuna, su nave, su regazo materno: “Instrumento musical de una sola cuerda, colgado en el vacío”, decía de la hamaca al oír su maullido oxidado al vaivén de sus impulsos. Se sentía tan acunado y protegido en ella que llegaba a llamarme a la puerta un día sí, y otro ¡también!

Raúl colgaba la lona, bajita, a ras del suelo, para posar la taza de café, el cenicero y, con la mano, mecerse.

Ese vaivén que tanto bien hacía a su poesía y tanto le gustaba.

Las visitas de Raúl transcurrían entre libaciones varias: buenos cafés, Almendra Tropical, deliciosos jugos de guayaba o de corozo y agua de coco o agua de panela con limón –nunca alcohol– amenizaban una conversación ágil, ligera, con el peso y la contundencia de lo momentáneo y un humor sabroso con muchas risas.

Las fuertes carcajadas de Raúl merecen mención: eran un espectáculo al que asistíamos como a una función teatral, pues los otros no reíamos con esa intensidad; lo acompañábamos observándolo con una sonrisa o alguna risa. Se oían en toda la casa.

Escuchábamos porros. A Pedro Laza y sus pelayeros, ¡El barraquete!, Lucho Bermúdez y su Carmen de Bolívar. El porro es un género de “música de viento”, nacida en la tierra originaria de Raúl que viene de las gaitas precolombinas, la percusión africana y los instrumentos de viento europeos: trombón, clarinete, trompeta y otros; el gran jazz autóctono del Valle del Sinú; prolífico en talentos jóvenes e innovadores. Música que enfebrece la parranda y que está viva como pocas.

Nos deleitábamos con el piano magistral y frenético de Richie Ray y la voz melódica de Bobby Cruz: “Jala Jala y Boogaloo”, ¡qué trompetas! O Celina y Reutilio: “La hamaca colgá”, música santera cubana.

Nos gustaba la Maldita Vecindad: “Me voy pa Yucatán, pachuco”.

Por momentos algo más bailable: Sou-kous Stars de Senegal. ¡Qué delicia de guitarras!

O algún canto gregoriano: Beatus vir, Miserere.

Chopin y Eric Satie, también. O el silencio.

Mecerse, reírse, escuchar.

En ese vivir el momento se desgranaba la poesía y yo pintaba cuadros con la fuerte voz de Raúl de fondo y sus carcajadas deliciosas.

Tanto la obra de Raúl como la mía se siembran en un amplio componente autobiográfico, enraizado en un paisaje propio. Territorio asumido hasta la médula, con su metafísica natural.

Del río Sinú hasta el sol, del mar Caribe hasta la luna: metafísica del paisaje. Atentos a los elementos originales, ¡sintiéndonos parte del equilibrio natural y su swing Caribe! Esto nos reafirmaba en algo que Germán Espinoza llamó caribidad.

Raúl se sintió siempre absolutamente costeño, ¡sobre todo en Bogotá! Aunque se sabía entroncado en una amplia cultura americana, hispana, árabe, universal y multicultural.

Sigue un poema dedicado, escrito con su hermosa caligrafía. Hay que decir que Raúl Gómez Jattin escribía a mano, sentado en una hamaca o chinchorro, como dicen en La Guajira, el desierto de ese Caribe nuestro.

Bibiana

Se levanta Por la mañana Y pinta un sol Y un mar amarillento Y unas palmas Quién te roba Bibiana (aroma de marihuana) Tu celestial alma De pájaro del alba? Quizá yo Que te pienso Apaciguada En el paraíso Con tu Dios Que es tu Amor -Quizá el mismo Dios- En esta mañana Hay un nuevo sol En el alma De Bibiana La tempestuosa encantada Del color

A Raúl le atraía la pintura y sucedió que pensaba en clave de color. Me insistía en la importancia que ha tenido la pintura y la imagen en general, en la forma cómo se ha visto el género humano a sí mismo, en cómo vemos al mundo. Qué forma le damos a nuestros sueños, y es un espejo que nos muestra cómo vernos.

Uno de esos poemas coloridos, pintados, es el poema a su amigo el poeta Fernando Linero, “La parranda verraca es la del sol con la vida” (Amanecer en el valle del Sinú), del que mucho después utilicé prestada su metáfora para el título de una serie: “Turquesa Líquida” del año 2012 (expuesto en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en Bogotá):

”Hay música en su viento y no muy lejos está el mar turquesa líquida y amorosa.”

Cuando Raúl entró en mi vida, al inicio del año 1989, venía de una experiencia jubilosa al ser ovacionado por un público multitudinario que aplaudía de pie en completa sintonía y empatía total con este poeta que despertaba pasión, enLa poesía tiene la palabra”, evento que tuvo lugar en Medellín ese año, se reafirmó Raúl como un poeta vivo con un público masivo, lector consumado y conocedor de su poesía, incluso de memoria, como se puso de manifiesto en recitales cuando los presentes lo acompañaban al unísono mientras Raúl declamaba sus poemas de culto.

Por otro lado, mi pintura Dificultad inicial (1989) había obtenido primer premio en el xxxii Salón Nacional de Artistas que ese año se celebró en Cartagena de Indias, donde tuve el primer contacto con Raúl.

¡Estábamos  muy contentos con nuestra obra y con la vida!

De la mecedora al caballete, con el mismo espíritu observador y despierto mi pintura surgía de manera orgánica, necesaria, inevitable y espontánea.

La obra de arte impregnada de esa forma cool o fresca de ver la vida y con ese optimismo de juventud que nos daba alas.

Mi trabajo visual, fue influenciado por esa forma de conciencia expandida que Raúl proclamaba, vivía, proponía.

Podríamos hablar en mi obra de un lirismo caribeño relacionado incluso con los boleros. Obra producto de interacciones entre la pintura llamada popular y algunas anotaciones culteranas.

A Raúl le gustaba mucho ver en mi pintura una espacialidad psicodélica: ese horizonte curvo como si estuvieras high mirando el planeta desde arriba.

En esa época ya estaba en ciernes el libro Hijos del tiempo. Poco tiempo después, en julio del 89, se imprimió El Catalejo, Cartagena. Se incluyó un dibujo que le hice un día de esos, en la silla mecedora.

En ese libro, Raúl se entronca con la Historia (con mayúscula) al incluir el poema a su madre, Lola Jattin, en el conjunto de poemas a personas relevantes en la Historia que conocemos como universal.

Este poema Raúl lo declamaba con especial emoción, así que era uno de los favoritos del público en los recitales que hacía en aquella época en los recintos culturales de la ciudad, donde nos reuníamos los que queríamos oír a Raúl.

Con un sentido oriental del equilibrio, diría yo, taoísta, en la efervescencia y clímax de su éxito, le presta oído al declinar y a la finitud. La muerte, como me decía, es el tema que recorre este libro Hijos del Tiempo.

En uno de estos poemas, “Scherezada”, planteó directamente el tema del que hacer artístico:

“El artista tiene siempre un mortal enemigo

que lo extenúa en su trabajo interminable

Y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo”

Y nosotros éramos artistas perdonados cada noche para recomenzar al otro día.

El ejemplar que me dedicó Raúl de este libro vivió veinte años de vicisitudes junto con el poeta Jota Arturo Sánchez, quien lo tomó durante el iv Festival Internacional de Poesía, organizado por la revista Prometeo en Medellín, 1993, me lo entregó en 2013 cuando nos reencontramos en el centro tumultuoso de esa ciudad. Se alcanza a ver en la ilustración la pátina del tiempo y la intemperie. Me parece muy a tono para un libro de Raúl Gómez Jattin.

Siguieron otras versiones de “La poesía tiene la palabra” donde Raúl fue invitado especial. En Cartagena de Indias (1992) compartió podio con el poeta nadaísta Jaime Jaramillo Escobar, quien se entrevistó personalmente con Raúl en su habitación de La Media Luna.

Su leyenda de poeta como voz de su tiempo se cimentó.

Sin embargo, el poeta, como Scherezada, se exigió el resultado que lo mantendrá vivo. Y aunque me decía:

“Si un artista ha producido una obra maestra, ¡ya es bastante!”

Él, sabiendo que ya había en su canto maestría, no descansó tranquilo mientras vivió, pues su mortal enemigo no lo abandonó.

Viajamos juntos a Medellín al iv Festival Internacional de Poesía (1993). Raúl, invitado entre una veintena de poetas de otros tantos países, se sintió recibido por la ciudad tomada por la poesía en los parques, teatros, bibliotecas, espacios públicos en general. Se acude en multitud a los recitales, como a conciertos de Héctor Lavoe.

Mientras compartió la vida con los poetas de la revista Prometeo, en el centro de la ciudad del Valle de Aburrá, en Cartagena, con el juicio de Pedro Granados, poeta peruano que se quedó un tiempo en Colombia después del festival, decidimos editar su libro El esplendor de la mariposa, cuyo machote ya tenía Raúl.

Alrededor del año 1995, disfrutamos mucho con el tema audiovisual y, mientras Roberto Triana dirigía un documental para la tv oficial, yo lo fui registrando en mi camarita, y aun se conservan buenas tomas de un Raúl muy cercano.

Raúl estaba pletórico con la aparición de su Antología en la editorial Norma, Bogotá. El libro fue muy bien acogido. Salvo críticas de rigor que no pueden faltar y que no sabemos cómo resuenan en ese otro del poeta: “Que lo extenúa en su trabajo interminable, él mismo”, que no lo perdona.

La ola sube y baja, se levanta y cae, se eleva y se desploma, se encumbra y desaparece en espuma.

En los últimos años del poeta nos encontramos para caminar por encima de la muralla al atardecer.

Hoy, Día de Todos los Ángeles, yo, como una de los “Ángeles clandestinos” amigos de Raúl, lo siento en este momento como un arcángel acompañante.

Lo veo en el trenzado de mis pinturas. Sus ojos me miran desde trazos que pretendían otra cosa.

Me encantó saber que existía una palabra, pareidolia, para designar eso que sucede a menudo al mirar la obra. Es la capacidad del cerebro de encontrar formas reconocibles en las nubes, por ejemplo, encontrar el rostro, su figura, en manchas azarosas de mi pintura.

Se me aparece cabalgando las olas espumosas de movimiento continuo entre la vida y la muerte. Y: “Como en el mar las olas, vamos subiendo y bajando”, dice el Joe Arroyo. Estas “olas” que he pintado con trazos surgidos del vaivén de la respiración y el ritmo del corazón.

 

Nota:

Raúl me mostró que mi nombre tiene seguidas dos “i”, dos “a”, dos “e” y dos “o”, lo que me fascinó, pues yo en toda mi vida no lo había visto.

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