Conceptos básicos sobre el estudio de los impresos antiguos

FRAGMENTO

JON ZABALA

Como dijese Miguel de Unamuno (1931) a Tomás Navarro Tomás, en el marco de la conformación del Archivo de la Palabra de la desaparecida Junta para la Ampliación de Estudios (antecesora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas): «la palabra es lo vivo, […] una palabra es la esencia de la cosa, cuando Adán dio nombre a las cosas […] las humanizó». Y como afirmó también Ortega y Gasset al mismo filólogo un año después: «los conceptos […] son, ni más ni menos, los instrumentos con los que andamos entre las cosas».

Si dichos instrumentos —las palabras— son defectuosos, el andamiaje que soporta el pensamiento se debilita y, con el tiempo, se desmorona. El lenguaje tiene la noble e importante función de producir, fijar y transmitir el pensamiento y algunos de los constructos más importantes de éste (la cultura). No es baladí, por tanto, dedicar las primeras páginas de este libro a dilucidar una tríada de conceptos, delimitando así el camino a seguir.

 

Libro antiguo

La relación antitética entre antiguo y moderno es bastante trasparente. Sin embargo, lo que para unos es antiguo para otros puede no serlo, y viceversa. Es la típica situación campoamoriana en que nada es verdad ni mentira, pues el color siempre depende del cristal con que se mira. Y ello sin duda, es algo que también afecta al libro como objeto físico y cultural.

De hecho, la definición misma de libro (a secas), es también harto polisémica. Nadie puede negar que en su sentido más amplio, son también libros: una tablilla de arcilla del tercer milenio antes de Cristo; un rollo de papiro egipcio de la época ptolemaica; un códice medieval —de pergamino— bellamente ilustrado, como el Libro de Kells; la famosa Biblia de 42 líneas (B42) o también llamada de Gutenberg; la edición príncipe del universal Quijote (1605); las diferentes y enigmáticas versiones del Hamlet de Shakespeare (1603, 1604-1605 y 1623); los varios volúmenes de la Encyclopédie francesa (1751-1772); la primera edición del Ulises de Joyce (1922); la Constitución de nuestra Segunda República (1931); o El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1944). Todos son textos —secuencias ordenadas de signos con sentido— materializados en distintos soportes, todos son libros; y como se realizaron hace algún tiempo, se puede decir —semánticamente— que todos son ‘libros antiguos’.

Pero más allá del lenguaje natural, en el ámbito científico y profesional, las precisiones terminológicas no son mayores. Según qué autores, según qué instituciones, según qué normas, según qué criterios… la lexía libro antiguo tiene una u otras acepciones. Sin embargo, como esta pléyade de definiciones ya ha sido abordada por varios autores, como Reyes Gómez o Pedraza Gracia, se remite directamente a ellos para profundizar en el análisis terminológico y conceptual, y aquí se asume que es la categoría más laxa e integradora de las ofrecidas en este libro.

 

Impresos antiguos

Salvando, pues, la dialéctica terminológica sobre la ambigua categoría libro antiguo, lo que sí parece claro es que el nacimiento de la imprenta (tipográfica) marcó un hito cultural importantísimo. Y si la escritura fue el invento más importante de la humanidad, la aparición de la tipografía significó un salto evolutivo cultural no menos trascendente.

Por ello este libro se titula así, impresos antiguos, pues se refiere a una parte más finita y más concreta de los libros antiguos, a un nicho muy particular, cuyos límites cronológicos (ca. 1450-1830) no responden solo a unos números configurando unas fechas, sino a sus rasgos distintivos —más objetivos y comprobables—: las técnicas que se emplearon en su elaboración. Dicho criterio, el de premiar a los aspectos materiales sobre los meramente normativos, se hereda de una de las dos tradiciones bibliográficas que existen en el mundo, la corriente angloamericana y llamada precisamente así: bibliografía material. En ese contexto, impresos antiguos es un concepto más preciso, y si se atiende a razones más imparciales, como la de los medios y modos de producción (dicho a lo marxista), su periodización no es puramente cronológica, sino fundamentalmente conceptual (pese a basarse en lo estrictamente material).

 

Incunables

Esta es la primera subcategoría de los impresos antiguos en la que conviene detenerse, y basta decir que la palabra incunable proviene del latín incunabŭla, con la que se denominaba a una especie de pañales con los que se cubría la desnudez de los lactantes. Su significado metafórico, por tanto, alude a los primeros libros impresos, a los producidos en la más prístina etapa del arte tipográfico, al período de la infancia de la imprenta (del latín infans, que se refiere al de la mudez humana). Bernhard von Mallinckrodt, un estudioso del siglo xvii, fue el primero en utilizar la culta voz en su acepción actual (typographiae incunabula) en su De ortu et progressu artis typographicæ.

¿Pero qué período abarca esa niñez figurada? Prácticamente desde los primeros trabajos de Johannes Gensfleisch a mediados del siglo xv, hasta el año 1500. ¿Y por qué ese año? Tampoco por una razón de peso, fue (y es) una simple convención histórico-bibliográfica que fijó de forma práctica y arbitraria el 1 de enero de 1501 como fecha límite de esa infancia libresca. Sin embargo, es obvio que los libros impresos en diciembre de 1500 y enero de 1501 no son sustancialmente diferentes, incluso tampoco los libros impresos con varias décadas de distancia.

Por ello, volviendo a la perspectiva material sugerida por la Analytical Bibliography (conocida en nuestro ámbito como bibliografía material), aquellos libros impresos no solo eran diferentes a los posteriores por la fecha, sino porque los primeros —en mayor o menor medida— reprodujeron las formas, los estilos, la estructura y la distribución espacial de los manuscritos que les antecedieron. Dicho de otra manera, en los más primitivos impresos se emulaba —en cierto modo— a los manuscritos de la época. De hecho, durante algún tiempo ambas formas de comunicación coexistieron, hasta que en el último cuarto del siglo xv se impusieron las reproducciones tipográficas sobre los irrepetibles manuscritos.

 

Post-incunables

Esta es la segunda subcategoría de los impresos antiguos, sobre la que el amable lector ya puede advertir el significado pleno por la presencia del clarificador prefijo post-, es decir, los libros impresos después del período incunable. Sin embargo, ese significado genérico se puede refinar aún más si se alude, nuevamente, a los medios y modos de producción empleados en la elaboración de esos impresos y, por ende, a su estructura material.

Como ya se ha esbozado antes, los libros impresos en el ocaso de 1500 y los producidos en los albores de 1501 fueron en esencia iguales, pues no había razón técnica para que fuese de otra manera. Por ello, algunos autores, como Julián Martín Abad, prefieren reservar el término post-incunable para referirse a las obras que materialmente son la continuación natural del período incunable, esto es, las ediciones impresas entre los años 1501 y 1520, aproximadamente. Estas obras, claro está, guardan más relación y parecido con los incunables y los manuscritos, que con los libros impresos en las décadas y los siglos posteriores.

En resumen, y para los entusiastas de las fórmulas, se podría decir que los impresos antiguos son un subconjunto de los libros antiguos, que incluyen, a su vez, a los incunables, los post-incunables y el resto de los impresos producidos según las tecnologías descritas en las siguientes páginas. Esto es:

Impresos antiguos = [incunables (1450-1500)] + [post-incunables (1501-1520)] + [resto de impresos producidos manualmente (1521-1830)].

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