De amor

La ardiente flama

Daniel de Lira Luna

La intensidad poética, amorosa, de la pieza operística de donde procede la primera parte del título de este texto alude al deseo… sí, el deseo con el que un aprendiz de bibliófilo se acerca a visitar la Biblioteca Palafoxiana, un arca abierta, una suerte de alfombra mágica de prodigios y curiosidades; un encuentro con el descubrimiento y la secreta placidez al examinar sus impresos de extraordinario valor cultural de interés nacional y, desde luego, internacional. De allí que en 2005 recibiera como solemne distinción su inclusión en el registro de la Memoria del Mundo de la Unesco por el magistral concierto y armonía de sus impresos y manuscritos antiguos reunidos en ese magnífico recinto. Desde luego, cada investigador y visitante que llega a esta sorprendente biblioteca tiene sus propios intereses, gustos, curiosidades y paroxismos, pues el asombro frente al hallazgo a menudo supera la experiencia de lo esperado para trasportarnos del amor por los libros, por la lectura —y en muchos casos por la lectura estética—, al amor por el conocimiento que supone los valores universales.

De la Biblioteca Palafoxiana escribió el benemérito Genaro Estrada, diplomático y eminente bibliófilo y bibliógrafo, discípulo y amigo de Genaro García, de mismo sino, en la delicia perfecta que también son sus 200 Notas de bibliografía mexicana (1937): «La Biblioteca Palafoxiana de Puebla es la mejor dispuesta en México en cuanto a su auténticamente antigua decoración, la cual no ha variado un punto desde su fundación y se conserva tal como aparece en las dos preciosas láminas que de dicha biblioteca hizo el grabador José Nava, reproduciendo los dibujos de Miguel Gerónimo Zendejas». Esta nota y aquellas estampas son la evidencia donde se discurre cómo el curso del tiempo se ha detenido para legarnos minuto a minuto la historia y el arte de su escenario arquitectónico, estético y bibliográfico.

A la entrada de este recinto nos aguarda un antiguo instrumento de «manos libres» que prefigura la rueda de la fortuna, principio y fin de nuestro dichoso recorrido documental. Así, veloz, ligero, ágil, se extiende sobre nuestros pies el gran teatro del mundo, frente a un facistol dispuesto a girar las páginas del tiempo sostenido. Lo primero en revelarse a nuestro encuentro, particularmente en este 2018, es la evocación de las negras artes de Gutenberg, maestro orfebre aplicado a la aleación y fundición de metales, concertador del primer mundo moderno frente al flujo de una nueva producción documental y al influjo de la imprenta incunable que a mediados del siglo xv corrió rápidamente como pólvora por las principales ciudades europeas hasta lo insaciable. Hoy, según lo refieren los biógrafos de Gutenberg, el pasado tres de febrero se ha conmemorado la friolera de 550 años de su fallecimiento, nacido en Maguncia, Alemania, se cree que entre 1398 y 1400. Su obra maestra: la Biblia latina de 42 líneas es el impreso por excelencia primogénito y protoincunable más egregio de la cultura del libro.

En este conjunto disperso de notas de varia invención para la degustación de algunos impresos de bibliofilia exquisita que se conservan en la Biblioteca Palafoxiana siempre se tendrá presente su ejemplar incunable de 1493 del Liber Chronicorum, conocido en español como el libro de las Crónicas de Núremberg. Es toda una galería de arte con una prolija ilustración de grabados en madera donde destaca el realismo de los retratos y la belleza de los mapas de las ciudades representadas; el libro de la Biblioteca es un ejemplar en latín, parcialmente coloreado a mano, en formato mayor (in folio).

Este incunable se imprimió varias veces, tanto que puede considerarse como una especie de best seller de su tiempo. Su autor, el médico Hartmann Schedel, expone una narrativa personal de la historia universal tomando como principal referencia de su relato varios libros de la Biblia. Célebre son también el nombre de su impresor y editor Anton Koberger, tanto como los nombres de sus ilustradores Michael Wolgemuth y Wilhelm Pleydenwurff, grandes maestros del grabado que tuvieron en su taller como pupilo al joven Albert Durero.

Otra obra de gran valor y peso intelectual e histórico proviene del taller cuyo impresor tenía como divisa Labore et constantia, la Biblia sacra: hebraice, chaldaice, graece, & latine…, impresa en Amberes por el gran artista Cristóbal Plantino (Christoph Plantinus). En verdad una colosal obra tipográfica en sus ocho extensos y pesados volúmenes impresos de 1569 a 1573, que para su realización contó con la protección de Felipe II. En sus orígenes Plantino se propuso superar la edición de la Biblia Complutense (del políglota Antonio de Nebrija, 1514-1517); la suya, además, contiene los comentarios de Benito Arias Montano, humanista experto en los estudios bíblicos. La dimensión y magnitud de los impresos de la Biblia se había iniciado con Gutenberg, prosiguió luego la Biblia políglota promovida por el Cardenal Cisneros, y poco después, tras los avatares de la Biblia luterana (1522), se llegó a esta edición superior que es la Biblia regia, como también se le conoce en la historia del libro antiguo. Es tan amplia y valiosa la colección de biblias de la Biblioteca Palafoxiana, que inclusive tiene algunos tomos de la Sagrada Biblia en latín y español, publicada por la Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, conocida como la Biblia de Vence, que es la primer Biblia impresa en México y Latinoamérica durante los primeros años de la tercera década del siglo xix.

Del siglo xvi mexicano, la biblioteca nos deslumbra con un librito en cuarto, el: Tractado breve [sic] de medicina, y de todas las enfermedades (1592), de Agustín Farfán, impreso por el tercer impresor que en la ciudad de México fue Pedro Ocharte. La presencia de la ciencia médica en la Nueva España, como por otra parte, el surgimiento de los impresos jurídicos, representan un valioso testimonio sobre el desarrollo de las artes, las ciencias y la sociedad de ese siglo. El valor cultural de los impresos mexicanos de ese periodo se incrementa con la presencia de los impresos bilingües y aun trilingües en castellano y lenguas mexicanas, tanto así que muchos impresos incunables pueden palidecer en menor importancia e interés frente a éstos, producidos en un momento de grandes dificultades y en pequeña escala.

Una biblioteca barroca de excepcional colección estará irremisiblemente incompleta sin la presencia de los libros de matemáticas, astronomía, música, acústica, arqueología, medicina, China, o vulcanología del jesuita alemán Athanasius Kircher. Además, como ampliamente se sabe, sus libros eran tema de estudio para don Carlos de Sigüenza y sor Juana Inés de la Cruz.

El padre Kircher, está ampliamente representado aquí con: China monumentis, qua sacris qu profanis…, (Amberes, 1667); Ars magna lucis et umbrae (Amsterdam, 1671); Oedipus aegyptiacus, hoc est, Universalis hieroglyphicae veterum doctrinae temporum iniuria abolitae instauratio opus ex omni orientalium doctrina, (Roma, 1652); Mundus subterraneus, in XII libros digestus (Amsterdam, 1678); y uno de los más curiosos al decir del maestro Umberto Eco, el Arca Noë, in tres libros digesta (Amsterdam, 1675); entre otros. De Kircher afirma Jean-Claude Carriér que era una especie de internet, pues conocía todo lo más que se podría saber y en ese conocimiento destaca un 50% como exacto, y un 50% como equivocado o inventado. Sus libros tienen un atractivo especial para el bibliófilo erudito y para el aprendiz, pues están considerados entre los más bellos de ese período por lo maravilloso de sus grabados y su amplio formato físico, generalmente en folio.

Revisando todos estos libros maravillosos en vano seguimos buscando en bibliotecas tan completas como la Palafoxiana aquella edición original de Bernardo de Balbuena, la Grandeza Mexicana (1704); aquí, de este autor, solo hemos podido identificar El Bernardo: poema heroyco, en una edición madrileña de 1808. Por otra parte, entre aquellas magníficas curiosidades que hoy se siguen reconociendo con deleite encontramos los libros del «coronista maior de las Indias» Antonio de León Pinelo, dos en particular a destacar: Epitome de la Bibliotheca oriental, y occidental, nautica, y geografica (edición posterior, 1737), donde figuran por primera vez las notas y apuntes a los impresos mexicanos; y su famosa Question moral, si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico: tratase de otras bebidas i confecciones que se vsan en varias Provincias (1636). Su portada de reminiscencia renacentista nos ofrece una recreación del nacimiento de una venus americana, enmarcada en una concha arquitectónica a manera de hornacina, con su tocado coronado, posiblemente de plumas, llevando entre sus manos la planta de este fruto y desplegando un lienzo donde figuran el título y las anotaciones bibliográficas del libro. Este impreso madrileño de 1636 testimonia la introducción, uso y consumo de un nuevo fruto paradisíaco con el cual el mundo y las personas aspiran y logran una felicidad peculiar: la del goce de las texturas y los sabores, de las bebidas, de las golosinas y de los postres sublimes.

Otra curiosidad preciosa de apenas unos breves centímetros, pues su formato es en octavo y cuyo título pudiera ser más grande que su dimensión material, es el librito: Devoción, y patrocinio del Patrón de la Iglesia, y de los dominios de España, el glorioso arcángel San Miguel sacado de las obras del padre Eusebio Nieremberg, de la Compañía de Jesús con la nueva aparición de el mismo arcángel, sucedida en el Imperio de México, y un ramillete de sus excelencias, para exercitarse todos los días de la semana en alabanzas suyas (Madrid: en la Oficina de don Gabriel Ramírez, 1757). Aquí, sonríe el que escribe frente a una oración donde se narra, comprueba y documenta una segunda aparición del mismísimo San Miguel, justamente en la ciudad de Puebla de los Ángeles, la fama y el buen nombre de esta ciudad. Bien podemos agregar con la buena intención de las murmuraciones, que muy posiblemente el arcángel hizo una nueva aparición debido a que al llegar al cielo San Pedro le reclamó su ingratitud de estar en Puebla y volver con las manos vacías, sin ni siquiera llevar unos dulces, unos camotes, unas tortitas de santa Clara, y que, no obstante lo que afirme el padre Nieremberg, debía volver nuevamente para cumplir una obra de misericordia: dar de comer y endulzar el paladar del glotón.

Escribir sobre estos libros tan diversos y sobradamente valiosos, me trae el recuerdo de mis amigos Humberto y Liduska, que el otro día afirmaban que no basta, no es suficiente que un libro sea interesante, pues también tiene que ser bello. Así, entre continente y contenido no siempre la balanza concibe la armonía del equilibrio, por lo que ahora trascribo el elogio al libro y algunas de las reflexiones de Giambattista Bodoni sobre la tipografía.

Este gran maestro del arte de hacer libros sostenía que el motivo por el cual nuestros ojos leen más fácilmente una obra que otra es que ha sido bellamente impresa, puesto que, gracias a la proporción de sus partes, su elegancia y su claridad, resulta un deleite para la vista. Y aún más sobre las dimensiones físicas del libro, pues para apreciar la nobleza de un volumen según su altura, su anchura y su grosor, es conveniente fijarse en su tamaño —in folio, in quarto, in octavo, in doceavo, o menor—, teniendo en cuenta que los tamaños menores permiten, sin inconveniente, más fantasías. Recordando además los cuatro principios de los que deriva el primor de un libro, es su regularidad en primer lugar, luego vienen la nitidez y el acabado de sus partes, que tienen su origen en la perfección de los punzones y en una fundición perfecta de los caracteres. Y finalmente una condición de buen gusto, que elige las formas más agradables.

Otro grupo de impresos de gran atractivo en su conformación física e intelectual son los impresos de la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz, de quien la Biblioteca Palafoxiana tiene hasta nueve ejemplares que testimonian el impacto y la presencia de su obra en los años finales del siglo xvii y los primeros del xviii. En estos impresos destaca la edición completa de sus obras en tres volúmenes, fechada en 1725, correspondiente a una cuarta impresión; es conveniente tener en mente que solo los dos primeros se publicaron en vida de su autora pues el tercer volumen fue publicado por Castorena y Ursúa, en 1700. Así, el dilatado título barroco y la referencia completa de esta compilación es: Poemas de la única poetisa americana, musa dezima Sor Juana Inés de la Cruz, religiosa professa en el Monasterio de San Geronimo de la ciudad de México, sacolas a luz Don Juan Camacho Gayna Cavallero del Orden de Santiago. Madrid: en la Imprenta de Angel Pascual Rubio, 1725. 3 v. Estos impresos, como muchas de las obras conventuales mexicanas, están encuadernados en pergamino original.

Curiosamente, cada volumen refiere en la portada la cantidad de pliegos que lo conforman: v.1, 50 pliegos; v.2, 56 y medio; y v. 3, 47 pliegos, lo que suman 156 pliegos y medio; con un costo de seis maravedís cada pliego, y dice textual la tassa: «y los dichos tres tomos parece tienen ciento y cinquenta pliegos, sin principios, ni tablas que al dicho respecto, montan 900 mrs [maravedís] y a este precio mandaron se vendan, y no mas; y que esta tassa se ponga al principio de cada libro de los que se imprimieren». Entre algunos de los poemas del primer volumen destacan, en seguida del soneto a la condesa de Paredes, su soneto dedicado a su retrato, que inicia con: «Este, que ves, engaño colorido […]» y posteriormente sus célebres Redondillas: «Hombres necios, que acusáis […]»; del segundo volumen está el «Labyrinto hendecasylabo», el espléndido poema amoroso y juego barroco que la excelentísima señora condesa de Galve le pide a sor Juana para celebrar el cumpleaños el excelentísimo señor conde su esposo. Es en este poema que figuran tres columnas separadas por guiones y la lectura se procede en tres tiempos: el primero, a renglón completo de las tres columnas; el segundo, solo para las columnas segunda y tercera; y la tercer lectura únicamente para leer el poema a partir de la tercera columna, sosteniéndose el poema en sus tres versiones. Del volumen Fama y obras póstumas, tercero de la serie, podemos destacar la primera vez en que se publicó la carta Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Philotea de la Cruz, que al decir de Octavio Paz es el primer manifiesto feminista de América.

Cuando uno lee con atención los poemas y textos de sor Juana como la misma Respuesta a la poetisa…, o, por ejemplo, su poema Agrisima Gila, aparecen la referencias constantes y discretas hacia la cocina, y no pareciera nada distante lo que antes ha referido la maestra Lupita Pérez San Vicente de la afición gastronómica de sor Juana y su relación con aquel libro de cocina atribuido a ella.

Cerramos estos libros antiguos de sor Juana, conservados en medio de un sonoro y estable papel artesanal; recordamos su amorosa expresión: en el silencio sosegado de mis libros…, dejamos la sala de consulta y hacemos el último recorrido por la Biblioteca de don Juan de Palafox y del eminente don Fabián y Fuero, recordando que esta es considerada como la primer biblioteca pública del continente y recordando también lo que decía aquel escritor de cuyo nombre no puedo acordarme: yo no tengo biblioteca personal, porque mi biblioteca personal es la biblioteca pública de mi ciudad. Qué ambición más justamente satisfactoria sobre todo para los ciudadanos de Puebla.

Puntos de venta