La biblioteca: ocio, curiosidad y lectura

FRAGMENTO

Roger Chartier

Numerosas son las circunstancias de la vida cortesana o aristocrática que movilizaban la lectura en voz alta. Así, las lecturas dirigidas al príncipe cuando come o después de su cena, las lecturas religiosas hechas por el amo de casa para su familia o sus criados, las lecturas de los libros de caballerías entre madre e hija tal como las recuerda Teresa de Jesús, o las lecturas para pasar tiempo como esta que propone Don Juan a Don Jerónimo en el capítulo LIX de la Segunda Parte del Quijote: «Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha [es decir, la continuación apócrifa de Avallenada]».

La lectura en voz alta desempeñaba también otro papel: transmitir los textos a los analfabetos que eran todavía numerosos en la España del Siglo de Oro, aunque los niveles de alfabetización en la península no sean tan débiles como se ha afirmado durante mucho tiempo. Cervantes ficcionaliza semejante transmisión de los textos en el capítulo XXXII de la Primera parte del Quijote donde el ventero Juan Palome, que evoca la lectura en voz alta de dos novelas de caballería, Don Cirongilio de Tracia y Felixmarte de Hircania, y de una crónica, la Historia del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Córdoba: «Cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas». Si aseguraba así a los textos de ficción una circulación más allá de los lectores, es muy claro también que la forma moderna de la lectura en silencio y en soledad no borró, inclusive para los letrados, las prácticas más antiguas que vinculaban al texto con la voz.

De la misma manera, las conquistas de la producción impresa que facilitaron la multiplicación de los ejemplares, las ediciones en pequeño formato o las traducciones en las lenguas vulgares, no significaron de ninguna forma el fin de la circulación de los textos manuscritos. El lector culto del Siglo de Oro, quien es también un escritor que anota, copia, traslada, es frecuentemente un lector de manuscritos. Harold Love para Inglaterra y Fernando Bouza para España han propuesto un inventario de los géneros que, más que otros, fueron trasladados por copistas profesionales o simples lectores: así, los tratados, discursos, o libelos políticos, las cartas de noticias, las obras de historia, las antologías poéticas, las instrucciones nobiliarias o las partituras. Sin duda, la invención del arte de imprimir, atribuida por Covarrubias a «Juan Gutembergo, alemán, el año de mil quatrocientos y quarenta», ha cambiado la condición de los escribanos que «antiguamente, y antes que huviesse impresión, ganavan muchos su vida a escrivir y copiar libros». No implicó, sin embargo, la desaparición de los libros escritos a mano, cualesquiera que sean.

No implicó tampoco la desaparición de la lengua latina, aunque solamente cincuenta años después de la introducción de la imprenta en España Juan de Valdés podía proponer una biblioteca de las mejores obras en romance, es decir, en lengua vulgar. En el Diálogo de la lengua, compuesto en 1535 pero impreso solamente en 1737 por el erudito Gregorio Mayans y Síscar, Valdés contesta así la pregunta del italiano Coriolano en cuanto a los libros castellanos que deben leerse por su buen estilo: «Digo que, como sabéis, entre lo que sta escrito en lengua castellana principalmente ay tres suertes de scrituras, unas en metro, otras en prosa, compuestas de su primer nacimiento en lengua castellana, agora sean, falsas, agora verdaderas; otras ay traduzidas de otras lenguas, espacialmente de la latina». La biblioteca castellana ideal debe contener libros «romençados de latín» (el Boecio de consolación, el Enquiridión, algunos textos de devoción), traducciones del italiano (por ejemplo la del Cortesano que, sin embargo, Valdés pretendía no haber leído), obras de los poetas castellanos del siglo xv, libros de caballería y La Celestina de la cual Valdés dice: «Corregidas estas dos cosas [el uso de vocablos fuera de propósito y el abuso de vocablos «tan latinos que no se entienden en castellano»], soy de opinión que ningún libro ay escrito en castellano donde la lengua sta más natural, más propia ni más elegante» A este repertorio literario, Juan de Valdés añadía las coplas, romances, canciones y villancicos que se recitan y cantan y que se encuentran impresos en el Cancionero general «porque en aquellos refranes se vee muy bien la puridad de la lengua castellana».

Tanto la actividad editorial como el contenido de las bibliotecas particulares siguieron, pero con un notable retraso, los progresos de la lengua vulgar. Los libros en latín mantuvieron su importancia en la producción libresca. Constituyen entre 35 y 45% de los libros impresos en cada década en Valencia entre 1490 y 1536 y aún 52% entre 1545 y 1572. En Barcelona forman 60% de la producción editorial entre 1501 y 1509, entre 45% y 50% entre 1510 y 1529, y entre 25% y 35% para las décadas entre 1530 y 1589. En ambas ciudades la castellanización de la producción progresa durante el siglo xvi a expensas no solo del latín sino también del valenciano y del catalán. La conquista del castellano fue más precoz en Valencia ya que es en la década 1510 que los libros en castellano superaron los escritos en valenciano y más lenta en Barcelona donde es solamente en la década 1560 que superaron los escritos en catalán.

El ejemplo de Barcelona indica también que son las bibliotecas de las élites urbanas tradicionales, eclesiásticas pero también seglares, las que mostraron la resistencia más fuerte del latín que continuó siendo la lengua dominante en estas colecciones. La modernidad lingüística caracterizó ante todo a las bibliotecas más modestas de los mercaderes y artesanos, dominadas por el catalán hasta el último tercio del siglo y, después, por el castellano. Esto no significa que en la Barcelona del siglo xvi no circulaban en una amplia escala textos impresos en lengua catalana, sino que estos textos pertenecían a los repertorios de los papeles populares sin valor económico que no registraban los notarios cuando hacían el inventario de los libros de un difunto. Lo que es claro es que más duraderamente de lo que sugiere la biblioteca en romance de Juan de Valdés, el latín mantuvo una importancia fundamental en la producción y la posesión de los libros.

Mantuvo también su importancia en el Tesoro de Covarrubias. La voz latín indica que aunque el latín desapareció como lengua común, la palabra que se refiere a su conocimiento sigue definiendo saber y sabiduría: «Al que sabía en aquellos tiempos [i.e. los tiempos de los Godos] la lengua latina, le tenían por hombre avisado y discreto y de allí nació llamar hoy en dia ladino al hombre que tiene entendimiento y discurso, avisado, astuto y cortesano». Pero ¿se puede comparar a este hombre discreto y avisado con el curioso?

La pregunta obliga a volver a la relación entre curiosidad y biblioteca. Los diccionarios franceses de finales del siglo xvii la mencionan explícitamente en su voz curieux. Furetière en 1690, para ilustrar la definición positiva de la palabra como «celuy qui a desir d’apprendre, de voir les bonnes choses, les merveilles de l’art et de la nature» [«el que tiene el deseo de aprender, de ver las buenas cosas, las maravillas del arte y de la naturaleza»] cita como ejemplos de uso: «C’est un curieux qui a voyagé par toute l’Europe, un curieux qui a feuilleté tous les bons Livres, tous les Livres rares» [«Es un hombre curioso que viajó por toda Europa, un curioso que hojeó todos los buenos libros, todos los libros raros»]. Atribuido a las cosas mismas, el adjetivo puede designar secretos, experiencias, observaciones y, también, libros: «Ce livre est curieux, c’est-à-dire rare, ou contient bien des choses singulières, que peu d’hommes savent». [«Este libro es curioso, es decir raro, o bien contiene muchas cosas singulares, que pocos hombres saben»]. En ambas definiciones están estrechamente asociadas curiosidad y raridad (utilizo la palabra del Diccionario de la Academia que define raro como «extraordinario, poco común o frecuente»).

Los libros buscados por los curiosos se ubican así perfectamente en una cultura de la curiosidad que concibe el conocimiento como la acumulación de todos los seres y cosas que componen el universo. De allí el deseo de hacer del gabinete de curiosidades un verdadero microcosmos. De allí, también, la primacía otorgada a las singularidades, a las cosas raras o únicas, no solamente porque atestiguan mejor que las más comunes la potencia creadora de la naturaleza y del arte, sino también porque su hallazgo, su conservación y su colección enriquecían el inventario sin fin del universo.

Pero, en el caso de las bibliotecas, es justamente este privilegio dado a lo raro y a lo singular, lo que es el blanco de la crítica de los humanistas eruditos que son los defensores de un modelo de biblioteca totalmente diferente. El Advis pour dresser une bibliothèque publicado por Gabriel Naudé en 1627 y reeditado en 1644 es un buen testimonio del rechazo de la curiosidad en materia de libros: «les Bibliothèques ne sont dressées ny estimées qu’en consdération du service & de l’utilité que l’on peut en recevoir, & par conséquent, il faut négliger tous ces Livres & manuscrits qui ne sont prisez que pour le respect de leur antiquité, figures, peintures, relieures, & autres faibles considérations» [«las Bibliotecas son establecidas y estimadas solamente para el servicio y utilidad que pueden procurar, y por ende, se debe ignorar todos estos Libros y manuscritos que no son valuados sino por el respecto de su antigüedad, figuras, miniaturas, encuadernaciones, y otras consideraciones débiles»]. Para Naudé, todos los criterios que, a partir de los comienzos del siglo xviii, definirán las joyas de las colecciones de los bibliófilos (la antigüedad y la raridad del libro, la suntuosidad y la encuadernación del ejemplar), son justamente los que hacen excluir estos libros de la biblioteca ideal. Los libros raros y curiosos, curiosos porque raros, no encuentran su lugar en una biblioteca enciclopédica, cuyo orden sigue el orden de las facultades, y que está instituida con la única intención «d’en vouer et consacrer l’usage au public», [«de dedicar y consagrar su uso al público».]

Es para semejante designio, y no para satisfacer los deseos y placeres de la curiosidad, que varios instrumentos fueron propuestos a los coleccionistas y lectores españoles para que pudieran ordenar y componer sus propias bibliotecas ya que, como lo indica el Tesoro: «Librería, quando es pública, se llama por nombre particular biblioteca». Para ayudar a la formación de las colecciones se utilizaban los repertorios de autores y títulos tal como la Hispaniae Bibliothecae de Andreas Schott (alias Peregrinus) publicada en Francfurt en 1608 o el Epítome de una Biblioteca oriental i occidental de Antonio Léon Pinelo editado en Madrid en 1629, los catálogos de bibliotecas famosas que circulaban en ediciones impresas, y los métodos para organizar cualquier colección de libros, sea real o proyectada. En España el primer ejemplo impreso de tal libro es el De bene disponenda biblioteca publicado por Francisco de Araoz en Madrid en 1631. Impreso en el formato in-octavo «para poder tenerse más fácilmente a mano y llevarse con la suficiente comodidad por donde se quiera mientras se trabaja en la formación de bibliotecas», el libro de Araoz distribuía entre quince categorías los títulos de los libros que, sin establecer un repertorio cerrado, procuraban ejemplos para la constitución de una colección de libros «dignos de ubicación, estudio y ponderación».

Estos libros, tal como más tarde la Bibliotheca Hispana de Nicolás Antonio, publicada en latín en Roma en 1672, intentaban responder a dos ansiedades contradictorias frente a la cultura escrita. La primera era el temor a la pérdida, a la desaparición, al olvido. Fundamentó en el Renacimiento la búsqueda de los textos antiguos, la copia y la impresión de los manuscritos, la constitución de las bibliotecas regias o principescas que, como la Laurentina, debían encerrar dentro de sus muros y clases bibliográficas (sesenta y cuatro en la biblioteca del Escorial) todos los saberes de la humanidad.

Pero la acumulación de los libros antiguos y la multiplicación de los nuevos gracias a la imprenta plasmaron otra inquietud: el miedo frente a un exceso indomable, a una abundancia confusa, a un desorden de los libros. Tanto en España como en otras partes de Europa, los catálogos, cualquiera que sea su objeto (una colección particular, el repertorio de los autores de una nación, la propuesta de una biblioteca ideal) fueron los instrumentos poderosos que ayudaban a establecer un orden de los discursos que se oponía a los intereses desordenados atribuidos por los diccionarios a los curiosos.

Esta tensión entre la ansiedad a la pérdida y el temor del exceso puede, tal vez, explicar la ambivalencia frente a la curiosidad durante los dos primeros siglos de la modernidad. Se afirmó como un instrumento esencial de las conquistas del conocimiento a pesar de los límites impuestos al saber por los misterios de los arcana dei y los secretos de los príncipes, los arcana imperii. Es en contra de las varias formas del noli aluma sapere que se construyó en los gabinetes de curiosidades y en los libros curiosos la búsqueda, la representación y la interpretación de las infinitas singularidades del mundo natural y del pasado. Pero, a partir del siglo xvii, la cultura de la curiosidad tuvo que afrontarse con otro desafío que opuso las reglas del método al desorden de los hallazgos, las explicaciones de los fenómenos comunes al embelesamiento frente a lo maravilloso de las singularidades, el conocimiento racional a las pasiones obsesivas de los coleccionistas.

A finales del siglo xix el museo heteróclito, carnavalesco e irrisorio en el cual Bouvard y Pécuchet han reunido «une foule de choses curieuses», [«una infinidad de cosas curiosas» es como una «Kunst und Wunderkammer»] [renacentista al revés.] No significa más la representación del macrocosmo en un microcosmo, sino solamente la torpeza de dos patéticos y conmovedores ignorantes.

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