Sutil engaño o cerco de la lumbre pura

(flor y espejo de truhanes y locos)

Pedro Ángel Palou

E aun asimismo es arte de tan elevado entendimiento e de

tan sotil engaño que la non puede aprender, nin aver, nin

alcançar, nin saber bien, nin como deve, salvo todo omne

que sea de muy altas e sotiles invençiones, e de muy

elevada e pura discreçión, e de muy sano e derecho a

juicio, e tal que haya visto e oydo e leydo muchos e diversos

libros e escripturas e sepa de todos los lenguajes.

 

Alfonso de Baena, Cancionero.

 

Si un historiógrafo pudiera conducir su historia como un mulero conduce a su mula –en línea recta y siempre hacia delante –por ejemplo desde Roma hasta Loreto sin volver la cabeza ni una sola vez en todo el trayecto, ni a derecha ni a izquierda–: podría aventurarse a predecirles a ustedes, con un margen de error de una hora, cuándo iba a llegar al final de su viaje –pero eso, moralmente hablando, es imposible–. Porque si es un hombre con un mínimo de espíritu se encontrará en la obligación, durante su marcha, de desviarse cincuenta veces de la línea recta para unirse a éste o a aquel grupo, y de ninguna manera lo podrá evitar. Se le ofrecerán vistas y perspectivas que perpetuamente reclamarán su atención; y le será tan imposible no detenerse a mirarlas como volar: tendrá además diversos Relatos que compaginar: Anécdotas que recopilar: Inscripciones que descifrar: Historias que trenzar: Tradiciones que investigar: Personajes que visitar: Panegíricos que pegar en esta puerta; Pasquines que en aquella: -de todo lo cual tanto el hombre como su mula están completamente libres.

 

Lawrence Sterne, Tristam Shandy.

 

Así escribe en su diario Julián Treviño, doctor en letras, como si al ponerlo en el cuaderno desapareciera el miedo. Hace seis meses, buscando unas notas hechas al calce de la edición príncipe de la Anatomía de Vesalius, en la Biblioteca Palafoxiana, dio con el manuscrito. Fue Montalvo quien lo puso tras la pista de las marginalias de esa edición:

—Probablemente se deban al propio Palafox —le dijo Montalvo—, y son de una exquisita sensualidad. Treviño pudo comprobarlo mientras consultaba el enorme tomo que la directora colocó en un facistol frente a sus narices, él la conocía desde hacía décadas, habían estudiado el doctorado juntos y Estela le guardaba una especial consideración. Todas las bibliotecarias son como cancerleras o celadoras. Pueden arrancarle el brazo de una mordida a quien ose vejar uno de sus volúmenes.

—A veces me pregunto por qué me dejas ver tus tesoros, Estela, así sin más. Montalvo afirma que no le quieres prestar la Anatomía.

—Ni a él ni a nadie que no tenga un amor desinteresado por los libros.

—¿Es que existe el amor desinteresado? —Treviño no esperaba respuesta y comenzó a hojear el libro, provisto de una lupa, tomando nota de las notas apócrifas, luego probó la broma:

—¿Tu adorado Palafox pudo infligir tamaña afrenta al Vesalius, Estela?

—Tuvo que ser Montalvo quien inventó tal estupidez, Julián. Son obra de un ignorante, ya te darás cuenta, no de un teólogo.

Lanzó un resoplido y se alejó hacia su escritorio entre ademanes de hastío. Treviño trabajó una hora, quizá hora y media. Se trataba de una interpretación hermética del libro, a la luz de oscuras ideas alquímicas, le quedó muy claro. Eran de una pluma de finales del dieciocho, ya tardías. El lomo del libro estaba inusualmente abultado. Lo palpó sudando como quien espera una revelación. Sin dificultad extrajo los folios doblados que ahora tanto lo atormentan, a los que se refiere como El libro. Los metió con cuidado en su cartapacio y fue a despedirse de la bibliotecaria:

—Tienes razón, Estela, se trata de anotaciones inconexas, sin valor alguno. De cualquier manera te lo agradezco; siempre es una delicia contemplar la Anatomía, te debo una cena.

Estela no le contestó, se limitó a verlo tras sus lentes de lectura como quien contempla a un muerto, luego regresó a sus libros y sus cuadernos.

Treviño tardó media hora menos de lo normal en llegar a su casa, apremiado por contemplar el peso de su hallazgo, dispuesto a contemplar el tesoro que lo volvería famoso, apreciado unánimemente por el gremio académico al que pertenecía no sin dificultades, pese a su doctorado y a su estudiada erudición. Él lo sabía: era la memoria y no el talento lo que le había permitido escalar dudosamente tres o cuatro peldaños en la filología. Y justo ahora, cuando más acabado se sentía, habían llegado esas páginas, intuidas como excepcionales que salvarían su pellejo.

Había tocado fondo, pero ahora de súbito la suerte había tocado de nuevo a su puerta: ya se sabe que fortuna y aceituna a veces mucha, a veces ninguna, citó de memoria el Vocabulario de Correas. En ese momento no podía reconocer otro refrán que explicara, justamente, que toda fama es vanidad. Pronto toda su vida iba a dar un vuelco, pero solo para complicarse, tornándose en una pesadilla. Tomó su lupa e intentó descifrar la curiosa caligrafía del escrito: Sutil engaño o cerco de la lumbre pura (flor y espejo de truhanes y locos), pudo leer. El texto no indicaba el autor ni existían epígrafes o notas paratextuales que le guiaran; entraba directamente en un prólogo que no dejó de entusiasmarle. Cuatro horas después había descifrado esos primeros folios y estuvo en condiciones de transcribirlos a su computadora portátil. Una mente sencilla solo puede tener ideas sencillas, así que tituló el archivo: Hallazgo, como si quisiera mostrar las pistas necesarias, desarrollar el mapa que iba a guiar a sus perseguidores una vez que se supiera que era él, un oscuro filólogo de provincia, quien poseía El Libro.

Leyó en voz alta el Prólogo, asombrado del efecto que las palabras iban provocándole, la excitación casi sexual del encuentro con lo numinoso que para él era solo luminoso: oro y fama, atributos de la ambición (aunque no los únicos ni los más peligrosos, como comprobaría días después):

Sepa Vuestra Merced que yo soy Gil Olmedo Méndez, nacido en Compostela, ciudad de peregrinos y truhanes. De niño ya era muy versado en tretas y engaños que las aprendí de mi tío a falta de un padre como ejemplo y una madre que se hozaba con la lengua áspera de cerdo y la boca toda, caverna pútrida, de ese pariente a quien prefiero no mencionar nuevamente en un escrito que no lo requiere como yo no le necesité jamás. Ahora mientras voy poniendo juntas las palabras en un papel me percato de cuán lejos están los tiempos de mi infancia, qué olvidados también. No por otra razón sino para sobrevivir a sus penas y embustes. Camino por este cuarto estrecho, tan pequeño que creo en las noches que el techo va a juntarse algún día con el suelo y me arrepiento de mi último hurto, el que me ha arrojado a este calabozo maloliento donde me piensan dejar morir de hambre y sed, a fe mía que conozco la ira del Emperador Rodolfo II como ninguno, ya que lo acompañé por casi cuarenta años en sus desvelos y melancolías, en sus acres rencores y sus venganzas más viles. Y ahora es el hermano, traidor al que ayudé a hacerse con la corona, desalmado de él, me abandona a esta suerte donde las ratas y los fríos carcomen mis carnes. Camino por este cuarto estrecho y me hago a la idea de que es la primera vez en que estoy viviéndolo, aqueste camastro de piedra y la manta corta que apenas me cubre, la pequeña ventana que me impide por su altura ver el exterior pero me consuela con unos rayos de sol por la mañana y con un diminuto recuerdo de la luna en las madrugadas que me estoy volviendo experto en cielos y estrellas como los astrónomos de la corte que alguna vez fueron favorecidos por mi monarca, Tycho Brahe, el hombre de la nariz de plata y su viejo maestro el tal Hagecius, quien predijo —hoy sé que sin tino— que un monje daría muerte a Rodolfo, por lo que siempre receló de ellos y los mantuvo a prudente distancia. Pero también me he hecho muy versado en ruidos que es lo único que me viene desde fuera a este aposento raquítico, última morada en la tierra, que a mí tampoco me está deparado el cielo sino un muy rojo y caliente infierno por cada uno de los pecados que sazonaron mis días y mis años porque cosa razonable y necesaria es a los hombres buscar maneras de vivir, como hacen las aves y otras animalias que aun criadas suelen irse ocho o diez días antes de que el señor de la casa las tome para comer. Así es que escapé y que volví a aposentarme en diversas villas y ciudades solo para volver a huir hasta aquella ocasión en que vine a conocer a mi monarca y el rogido de las sus tripas. Y así los años dejaron de abatojarme como judía verde y pude servir ya a un solo amo, aunque también con él quedé mal, sépalo o no su alma como ya se verá más adelante en este repaso de mis entuertos y los suyos que no lo fueron pocos. Flor y espejo de truhanes me llamaba mi buen Rey en épocas más propicias para mi ánima, yo me hacía llamar duque de Tierra Santa, Pontífice de albardanes por derecha sucesión, coronista de la corte, don Gil el gran parlador, como mis antiguos maestros en el oficio, el famoso Davihuelo que cantan en el Cancionero y Velasquillo, truhán del rey don Fernando, quien a falta de paños para toldar su casa al paso de su emperador so pena de tantos mil maravedís fue a colgar su haca de las patas con la cabeza hacia abajo que daba gritos y coceaba para regocijo y risas de su monarca quien le regaló tantos paños de corte que pudiese honradamente recebir y como no se lo dijo a sordo ni perezoso prontamente los tomó por cientos. Flor y espejo de truhanes que tanto entretuve en cenas a mis amos y luego vine a acabar así. Pero no se arredre vuesa merced ante mis lloriqueos que lo que va a leer será jocoso y de risas, ya sabré yo burlarme de mi mesmo y de los otros como el que más y en esto tendrá gran deleite mi lector Mi viejo oficio de sastre me permitirá remendar la prenda de esta hestoria y no esconderme ante la pólvora como otros a los que cuando niños herieron en sus prepucios. Flor y espejo de truhanes, nunca antes mejor dicho pero de tan escasa valía, igual a muchos otros hombres en el mundo hay veces como ahora que quisiera ser otro, despertar enteramente otro, con los huesos y la piel y los pelos y los dientes de otro. Me pregunto si eso mejoraría mi destino abyecto solo para responderme prontísimo que no, que genio y figura como dice el refrán que es de sabios conocer de dichos para tener consejas en la vida. He vivido como cualquiera o como el mejor, y he soñado como todos, pero no voy a hablar ahora de mis sueños que no me da la gana. Voy a croajar ya, en estas páginas, todas mis venturas para olvidar la mala condición en que me hallo enfermo en la carne y en el espíritu y nada pronto para la felicidad. Soy de naturaleza ancha que no me contento con poca comida por lo que si hago mientes siempre fui de amplia barriga y cariacontecido, calvo como la rodilla de una hermosa salvo por tres pelos canos que peino con la mano. Pequeño de estatura pero no enteco, alto entre enanos y bello entre mulatos, muchos me insultaron en las cortes y pegaron zurras diciéndome loco mas esa locura me permitió decir lo que quise entre muchos grandes y regocijarme con la risa de mi Señor Rodolfo, el munificentísimo. Truhán también y chocarrero y morrión y bobo me dijeron pensando que me insultaban y yo con aquesta mi locura tuve libertad y jugué y bebí porque ningún grande se está en paz sin su bufón. La licencia de decir, mis palabras la obtuvieron y las mil maneras de maltrato son penitencia justa por mi gula y avaricia y mis ganas de retirarme algún día de la corte con mucha hacienda o algún mayorazgo dado por S.M.I. en pago de los años de risa y goce que como papagayo le dispuse. Mientras tuve hambre conseguí la vida y no necesité escribir que en hablando llenaba el estómago y recebía lujosas prendas de morado terciopelo y botas nuevas, pero ahora sabiendo que el hambre no me llevará a nada sino a la muerte tomo la pluma y consigo la llenura de mi alma con recuerdos y escupitajos del pasado a veces no tan ido como se quisiera. A veces el codicioso pierde lo escaso que posee en queriendo tomar lo ajeno como aquel perro que teniendo un pedazo de carne pasaba por un río en el que miró la sombra de la carne que él llevaba y pareciéndole aquella mayor que la que él tenía abrió la boca para tomar la sombra que hacia ilusiones en el agua con lo que se le cayó aquel pedazo del hocico y llevóselo el río de lo que se saca que quien todo lo quiere todo lo pierde, por lo que voy a tener contento con mi situación y sacarle partido en estas letras que v.m. leerá algún día cuando yo sea ya de los gusanos. Tal vez mi intención no sea otra que pedirle a la Virgen como San Bernardo en su sermón que me aleje del maligno e incline la balanza de Baltasar, rey de Babilonia, a mi favor y cuidado. ¡Qué me enferma, lector amigo, de valerme en este proemio de falsas alabanzas como se dan los escritores de libros en llamaros pío, ocioso, amable, bienintencionado, si no os conoceré jamás! Mejor no me canso yo ni aburro a vusía con lisonjas y paso ya de golpe y porrazo a contaros cada uno de los pormenores que me tienen en esta condición. Sabrá v.m.. perdonarme de vueltas y coloquios pero a fe mía que solo tengo mi memoria para este loadero de embustes y tretas. Espero no hallarme trascordado en el intento y daros beneplácito con mis palabras.

 

Así, de un tirón, leyó las páginas transcritas con una emoción poco describible.

Estaba ante un hallazgo que podía cambiar su vida. ¿Era un hurto? ¿Tendría consecuencias?

Fue a la cocina, se sirvió una copa de vino y volvió poseso a su mesa de trabajo donde siguió leyendo:

 

Año de 1564

I

En donde se cuenta mi estancia en una cueva y lo que allí sucedió, cómo se guarneció la cibdad de Barcelona para recibir al Archiduque Rodolfo, mis desventuras para lo ver, y la infortunada noche del Duque de Tierra Santa.

Así que perseguido era de nuevo, huía de mis captores desde Sevilla, a donde había venido a morar, en el barrio de Triana gracias al gentil hospedaje de don Iñigo Niebla, zapatero, después de mis años de corsario que diré más adelante. Al llegar a Barcelona, el 15 de marzo del año de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo de 1564 años, muy lejos estaba de saber que dos días más tarde conocería a quien iba a trastornar para siempre mi existencia errante hasta esa fausta mañana en que vine a darme de bruces con mi destino. Mi glorioso Emperador tobo de hacernos bien y merced; pasó al largo viaje en coche y a la mar y así pudo venir a estas tierras a hacerse digno de Dios y aprender las industrias de príncipe católico que muy lo era su tío nuestro monarca Felipe el prudente, segundo en nombre. A do llegado Rodolfo hobieron muchas fiestas y torneos y vinieron a le besar las manos los grandes de España y muchos embajadores y fue recebido con muchas alegrías y solemnidad como convenía a un tal archiduque, que así se llamaba entonces. Entre todas aquestas gentes que vinieron a le ver se hallaba aqueste coronista que todavía nada hacía por lo ser bufón ni cercano de quien sería su amo, mas la humana curiosidad me llevó al puerto y le vi montado en su caballo al lado de un su tío; y los dos vitoreados por las muchas personas que allí hicieron cita esa mañana del 17 de marzo para estar cerca de sus reyes que ya se sabe cuán próximos se hallan al corazón de Dios. Cansado había sido el viaje desde Viena y largo como un día sin pan -otrosí fueron seis meses de travesía- hasta encontrarse con esa cibdad embanderada para recibirlo junto con su hermano Ernesto y su rígido preceptor que tanto habría de recelarme en después, Adam de Dietrichstein, a quien mi amo tampoco tuvo nunca en gran estima y que parecía labrador espantado en fiesta de caballeros. A quien sí quiso fue a su antiguo maestro Angerius Ghisliain de Bubeck, otrora embajador en Constantinopla donde había ido a negociar la imposible paz con el Gran Turco.

Días antes de llegar a Barcelona, después de muchas y muy encomiables industrias fue el viaje por tierra, estuve en una cercana cueva y lo que allí me ocurrió sí es digno de ser referido en estas páginas que mucho hablarán de magia y de seres no de este mundo como se verá más adelante. Entréme en la dicha gruta con un labrador que hice mi amigo en el arduo camino, Pedro Crespo, pero el tiempo era fortunoso de aguas y resbalamos hacia el fondo, en una demoniada caída con un golpe seco como de saco de cuero de cocina o como cañonazo al aire que saca mucho humo y a nadie hiere; mas nosotros el golpe no nos lo quitamos ni con benjuí. Oigan los que poco saben lo que con mi lengua franca digo del bien que allí se esconde. Incrédulos, escúchenlo, aunque tengan que beberse una bota de más de una arroba de vino de Borgoña -fue lo que yo ingerí a lo ver todo aquesto mas este era de Esquivias o qué se dónde y más sabía a jabón que a vino. Una risa que no era humana nos devolvió a la tierra decolorados, temimos que se tratara del legendario Roque Guinart o alguno de sus amigos o gayones, pocos reales podrían quitarnos pero no así las botas o la fiambrera que Perico venía bien provisto de merienda y ahora se veía malherido; ya se encontraba malmaridado desque su mujer se fue con otro a las Indias en busca de hacienda y esclavos que se la labraran. Quisimos volver a la entrada pero el lodo no permitíalo así que nos adentramos por la tal cueva en busca de la risa que habíamos escuchado, no era tal, sino una curiosa máquina que resoplaba aire aplastando una tripa de cuero hacia un fuego bien encendido que calentaba un gran vaso o mejor tonel de vidrio donde reposaba y bullía una sustancia negra y viscosa que creímos un pedazo de carbón en agua o un trozo de la noche afuera. Vine a saber muchos años más tarde con mi amo Rodolfo, Dios lo guarde en su gloria, el nombre, atanor, de aquesta fábrica que calentaba mejor que hogar en un gran venta o posada que eso vino a ser para nosotros la dicha cueva donde dormimos. Vino luego a despertarme el ruido y di un golpe a mi amigo que viera lo que yo admiraba dentro del mentado frasco. Ya no había ninguna agua negra, sino una muy azul en la que un hombre y una mujer se ayuntaban de sus cuerpos y besaban las bocas. Como se dice en el Libro de Apolonio, pierde la fuerza el que se da a luxuria y el hombre desaparecía tragado por el cuerpo de la mujer que tobo cuatro brazos, cuatro piernas y dos cabezas, y envejecían y encanecían los dos muy a prisa y los sus miembros temblaban hasta desaparecer y pasar convertidos en serpiente, o vallena o basilisco, no lo sé. Basilisco, más bien, ya que si la serpiente contempla al hombre vestido se llena de temor y huye y si lo ve desnudo lo ataca. Ya se escribió: «yo pondré enemistades entre ti y ella, y entre los tuyos y el hijo que della ha de nacer tu acecharás su calcañar y ella te quebrará la cabeza». No así ocurrió en aquesta cueva de mal recuerdo. Dragón, serpiente o culebra, en hebreo Leuitán. Basilisco como dice Alberto Magno, una serpiente luenga de un palmo y algo roja que tiene encima de la cabeza tres puntas de carne a manera de una corona y Plinio llámala peste de la tierra y mal de ventaja y Solino refiere que muerto y colgado en el Templo de Apolo no quedó ave, ni sabandija, ni araña que no huyesse, pero más poderoso veneno es el de la hermosura, porque el basilisco mata mirando y sus ojos a la primera vista pueden hacer que otros ciegos queden. Un basilisco desapareció en el agua que tornóse roja; floja en vapor y hervores y luego vino a ser blanca como leche recién ordeñada o de nodriza sana y robusta para el recién nacido de mujer. Perico Crespo, que recién despertado parecía perro ahorcado o ubre de burra sucia, un mi amigo mudó el seso y quiso beberse el líquido mas no bien colocó sus manos sobre el vidrio el frasco explotó como pólvora de escopeta y diole al instante muerte como veneno en vaso de oro. Aunque se dice en Las siete partidas que la concordia y la amistad mueven a los hombres trastornóme el temor y salí como pude de la cueva dejando a Perico sin sangre y sin vida frente al fuego y ese líquido que no pudo probar y luego supe se le llama acqua vitae, da la salud, aleja la muerte en quienes corren mejor fortuna que el dicho Pedro.

Víneme entonces a Barcelona, muy grande cibdad, con unas cartas de mi huésped el zapatero para Sebastián de Comellas, impresor, que yo tan bien sabía ese oficio, para allí trabajar. Diome posada y alimento esa noche, pero no empleo que ya tenía un ayudante que era mozo y fregón cuando le requería. Esa y no otra razón me llevó al puerto y miré mucho alboroto y hartos guardias en La Mercé y un enorme estrado en la PlaVa del Vi como en espera de señores grandes y dióme por preguntar qué era lo que allí aguardaban y qué torneos habrían de librarse en esa plaVa. Dijéronme entonces que era por la venida del Rey Nuestro Señor Felipe II y un su sobrino austria, el archiduque Rodolfo. Mejor entonces estar cerca del puerto y contemplar así a esos augustos príncipes y monarcas. ¡O Reyes míos benditos, pues de Dios sois tan amados, sed mi guarda y abogados!, me dije alumbrando lo acaecido en la cueva con mi amigo, que no hay que mentar la soga en casa del ahorcado.

Mi vida ser cual es me causa espanto mas también regocijo, todo lo que mis ojos han mirado y mis orejas escuchado, todo lo que mis labios han hablado para donaire de extraños. Tiempo fue y horas ufanas las que siguieron a aquesta mañana que digo en que encontréme con Rodolfo, mi señor y amo, y vínome alegría. Divisábase desde mi atalaya una galeaza a remo y vela, de tres palos, e setenta y cinco varas de eslora, por cuya escalinata bajaba en un caballo blanco, aderezado y guarnecido, todo oro y paños a cuadros, el archiduque. Un su hermano en un corcel menos vistoso y café lo seguía dos pasos detrás. Las gentes aplaudían y vitoreaban el paso, desde el muelle, de su rey, Felipe, vestido todo de negro con el Tosón de Oro debajo de la golilla de encaje que alargaba su cara y sus ojos pequeños y despiertos para mirar a un su sobrino desembarcar en su tierra, siempre próspera y católica. Doce años tenía el archiduque y ya parecíame rey coronado. Los grandes de España y muchos embajadores se postraban e inclinaban a su paso y otros que así mismo traían sus corceles les seguían hasta la Plaa del Vi donde todo se había dispuesto para el contento de las gentes que allí se habían reunido a las fiestas en su honor. El vulgo y la plebe muy lejos, y los cercanos al rey más cerca del estrado, meninas y pajes con los príncipes jóvenes, don Juan de Austria, hermanastro de Filipo el rey, Alejandro Farnesio un su sobrino de Italia, los herederos, Maximiliano y María. Sentada en una silla muy alta la reina Isabel de la paz, rodeada de damas francesas y seis chambelanes, dos capellanes, tres secretarios, seis lacayos, un bufón que todos aquestos servicios necesita una reina cuando sale de palacio. En estas materias nunca tropieza la lengua si no cae primero la intención y si ahora me viene a mientes todo este batiburrillo de criados y cercanos es tal vez porque he dejado de ser uno dellos. A Felipe el prudente, segundo, lo rodeaban también sus cercanos, el Mayordomo Mayor, Conde de Chinchón y el presidente del Consejo de Castilla, Don Rodrigo Vázquez, que parece mercader de genijibre, el duque de Alba que por su enfermedad iba en una silla de caderas y parecía pato cocido, don Antonio Pérez , el Duque del Infantado, El Conde de Fuensalida, hombre liberal y de gran memoria que murió a las tres semanas de su Rey, en el año de 1598 años, Don Ruy Gómez de Silva y Cristóbal de Moura Marqués de Castel Rodrigo, portugués que más parecía borceguí viejo de escudero, el Marques de Velada y Luis de Requesens, el cardenal de Granvelle, de mediana estatura, semejaba cordero mamón de Hontiveros, el Inquisidor General y Obispo de Cuenca, Pedro Portocarrero que parecía cofrade en penitencia o cilicio de San Onofre y su maestro García de Loaísa, y Juan de Idiáquez, que parecía ginovés cargado de deudas, los consejeros de los reinos y muchos validos y secretarios y al final siéntanse en sillas bajas los embajadores y demás nobles que en aquesta fiesta hobieron de estar regocijados y contentos así como sus criados de a pie y sin espada pero todos de cuello escarolado, sayo, calzas y pantuflos o zapatos picados y gorras con plumas de muchos y muy variados colores. Hubo música, alguna digna de recuerdo, como una pieza de Francisco Guerrero y danzas y otras suertes y torneos como suelen hacerse en tales fechas sin menoscabo de los aposentadores de camino y demás lacayos y escribanos de cámara porque los reyes pueden comunicarse en secreto con los ministros y criados familiarmente, sin aventurar reputación; mas en público, donde en su entereza y igualdad está apoyado el temor y reverencia de las gentes, ni con validos ni hermanos, ni padre ni madre ha de haber sombra de amistad porque no son capaces de igualdad con ninguno y va en detrimento del amor que las gentes les tienen. Nunca se vio fiesta más buena. Por toda la cibdad, en filas, hombres armados, en caballo y a pie, con estandartes de diversos y muy vistosos colores subían y bajaban por las calles; séquitos de caballeros, palios, cuellos adornados con cruces de oro como no se ven nunca, tabernas repletas con hombres que beben y se hartan y muestran los dientes que les quedan en sus bocas. No cabía un alma, las callejuelas a reventar, una muchedumbre que impedía avanzar; había tablados en las plazas, adornos de guirnaldas con emblemas y arcos triunfales; pendían de los balcones divisas, imágenes del rey y de sus glorias pintadas con industria y no poco ingenio; blasones de las familias de valía, leones, águilas, torres y castillos, ríos y flores.

¡Paso al duque de Tierra Santa!, ¡paso a don Gil Olmedo Méndez valido de la pena y la misfortuna! me desgañitaba golpeando con los brazos a los bobos que no se apartaban a mi paso cuando un caballero a caballo, bien armado y mejor vestido me gritó:

¡Quita, truhán, duque del retrete! y vino a hacerme caer entre las patas de su animal mientras él, vestido con cuello y capa y calzas atacadas, reía y el caballo me pisaba hasta malherirme y magullarme el cuerpo y sacarme verdugones en el rostro.

Empero, basta de discursos que se está haciendo tarde aqueste día que cuento y debo regresar a la posada donde me alojo, en las afueras, que le llaman al lugar Portal de San Antoni. Espero tener dueña y calor en mi cama, me digo mientras dejo atrás las fiestas sin pensar que seguiré tiempo después a Rodolfo el segundo, por sus muchas desventuras y lejanos países aun sabiendo con la Clericalis que los reyes son semejantes al fuego, si te acercas a ellos te quemarán y alejados dellos frío tendrás. Caminé a mi posada; en casa de hembras consuelo hay para caballeros muy trajinados; había quedado con una moza, Bernarda para más nombre, a la noche, olvidado del Sendebar y de que los engaños de las mujeres no tienen cabo ni fin, otrosí gran consuelo para mi tormento.

 

No bien había terminado de leer ese capítulo se apagó la luz, toda la luz.

Dieron unos golpes en la puerta. No tocaban. Querían derribarla. Guardó las hojas en el cartapacio y las escondió, como pudo, debajo del tapete persa del estudio. No le dio tiempo de más. Lo último que sintió, antes de perder la conciencia, fue un golpe en el cuello. La cacha de una pistola.

Cayó como se derrumba la estatua de un mausoleo.

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