Las ventanas cegadas del Lago Titicaca

Javier Vargas de Luna

El entretejer sus órbitas desde lo metafórico y también desde lo concreto, Puno deriva y se deriva en Arequipa, y Arequipa sucede y se sucede en Puno. Muy a su manera, son como centros recíprocos o como periferias simultáneas, aunque, la verdad de la verdad, todo esto es posible gracias a la historia de sus lectores —al menos gracias a las aficiones de uno de ellos—. La distancia que media entre ambas ciudades, apenas unos trescientos kilómetros de sinuosa carretera, es transitada todos los días por la costumbre de buscar más allá de nosotros lo que pudimos llegar a ser, tantas cosas, un destino diferente, por ejemplo, o una biblioteca mejor amueblada en un país que todo lo exagera mientras todo lo singulariza. Aquí lo lejano no pierde nunca su condición de vecindad, lo múltiple también se disuelve entre lo particular, lo insólito adquiere categoría cotidiana y lo variopinto se hace monótono en volcanes cubiertos de nieve o en lagos que viven cerca del cielo, ni más ni menos. Por eso, y solo por eso, uno puede atreverse a expresar que la ciudad de Puno comienza en el centro de Arequipa, o que el Perú termina en el Lago Titicaca, y viceversa.

Ahora mismo, sin embargo, mejor será apurar el paso por la calle Sucre. Atrás va quedando el sector de El Vallecito, la glorieta o el óvalo dedicado a J. M. Polar —hay quien también lo llamará rotonda, supongo—, y me siento mal, muy mal, ¿J. M. Polar?, en la ignorancia de los héroes locales. Al menos conozco a Viscardo y Guzmán y sobre todo a Vargas Llosa, qué se le va a hacer, hijo ilustre de Arequipa, y nunca me daré tiempo para conocer la biblioteca que lleva su nombre, muy cerca del puente sobre el río Chili desde donde se manifiesta, imponente, legendario, milagroso, el volcán Misti: es un paisaje de riesgos y de bellezas, con miles de metros de altitud y su amenazante memoria hecha de fumarolas. Cosas así son las que te dejan saber el orgullo del transeúnte nativo, acento melancólico, estudiantes de uniforme cansados en esta hora de la tarde, trabajadores cansados de caminar, sedientos, cuya entonación se levanta en la segunda o en la tercera sílaba de cada frase. Es difícil definir las magias verbales del tonillo arequipeño pues no posee la exageración de los dichos argentinos ni la rumba del Caribe, aunque, sí, algo tiene del cantadito mexicano sin acercarse jamás a los tropezones del chileno ni al ceceo peninsular. De nueva cuenta, también en el lenguaje se verifica esta sensación multiplicadora en las palabras locales, ellas son voces únicas y plurales, cercanas aunque siempre irrepetibles en la contundencia que los lugareños le aplican a la pronunciación (desde Lima analizo la urdimbre de los ecos peruanos, el diseño de sus oraciones, la estructura de sus énfasis…, y aún no he llegado muy lejos).

El día de hoy he descubierto un cafetín sin fines de lucro, Asociación «Rayo de Sol». Una pareja de franceses en edad casi universitaria, quizás más cerca de la ingenuidad adolescente que de la osadía del bachiller, se ocupan de esta especie de café-guardería-dispensario-jardín de niños —yo tampoco termino de entender el concepto, qué se le va a hacer—, apenas son las ocho y pido un croissant y un expreso largo, sin azúcar, mientras cotejo las primeras impresiones del día. Centro de Arequipa: arquitectura colonial, cuadrícula irregular, aceras gastadas, adoquines y soportales y calles y colores de otro siglo, agencias de viajes con ofertas del Bustour en las esquinas, bancas de hierro forjado, arriates en las plazas, pocos vendedores ambulantes y cúpulas de iglesias parecidas a ellas mismas (esto último no es del todo cierto, pues tienen un aire virreinal que reconozco, parecido a Guanajuato, a Quito o a Santo Domingo). Llama la atención su prudencia de ciudad inclinada, cada paso entra y sale de un pequeño declive ya que todo aquí exige un ligero subir o un imperceptible bajar de algo, como si el primer cuadro de la ciudad representara la timidez de un escalón a punto de partir o la modestia de un peldaño recién llegado de los Andes. También, son muchas las casonas coloniales cuyas celosías, portones, frisos, zaguanes y ventanales se han reinventado en una gran variedad de comercios, institutos, galerías de arte, oficinas de gobierno, restaurantes, algún hotel de muchas estrellas mientras la calle Melgar desorienta con su numeración equivocada. Cada una de mis mañanas he de aventurar un vistazo al patio central de El Pueblo, periódico instalado en una de dichas casonas históricas, y al divisar un taller textil, como semilla de una curiosidad que me persigue desde hace años, o como carta de ciudadanía de cualquier viaje a nuestra lengua, nace la misma pregunta de siempre: ¿cómo, qué leerá un habitante de todo esto?... Por cierto, son muchas las mujeres de origen indígena, rostro amable, endurecido, agradable sin romanticismos, tierno sin falsedades de tarjeta postal, que venden granos, quesos helados y demás viandas; desde la media tarde y hasta bien entrada la noche peruana, su lugar es reemplazado por vendedoras de bebidas tradicionales, el colca, el jampi, la chicha.

El centro histórico de Arequipa ha sido construido para converger en esa bandera enorme cuyo rojo intenso sirve de antesala a las nubes de cualquier hora de la tarde. En la calle Mercaderes los paseos se convierten en un pasaje peatonal lleno de bancos, franquicias de cocinas trasnacionales, comida criolla, hostales de aventurero (para estudiantes ávidos de decir en otra lengua lo mucho que han viajado), tiendas de géneros diversos, almacenes de ropa, papelerías, quincalleros electrónicos, internets públicos, cosas así. Uno debe abrir bien el ojo en la Mercaderes, a la ida o a la vuelta, para no agotarla entre tanto caminante que se desentiende del frontispicio del Banco Internacional, tallado en piedra sillar, esa roca volcánica tan común por estos rumbos. A unos metros de distancia, rumbo a la placita 15 de Agosto, en la fachada del Teatro Municipal, los coloridos afiches y las bocinas tan impertinentes venden boletos de un espectáculo de imitadores, canciones de la nostalgia para quien vive del pasado y sabe cantar con la memoria: Leo Dan, Camilo Sesto, Roberto Carlos, Rocío Durcal, entre otros.

La Plaza de Armas es también un lugar de respiros, frente a la basílica. El ángulo solar causa molestias de otro modo, cae por el lado equivocado de los poros y provoca otra clase de hormiguillo en la piel mientras el aire fresco recuerda también la cercanía de lo montañoso. Repuesto en las bancas, me he dirigido hacia el sur para buscar librerías, y desemboco en la calle Deán Valdivia; otra vez, tráfico de zona centro, insoportable —by the way, en Arequipa a los estacionamientos les llaman playas— y hace un poco de frío en este mes de junio que no cabe en las descripciones absolutas: las horas son templadas por la tarde, indecisas de calores al mediodía, vacilantes y más bien frías por la noche. En los pocos establecimientos que descubro solo hay un afán de lucro que apaga la curiosidad porque los empleados suenan tan solitarios, ni siquiera se explican cómo Dios manda las portadas apiladas sobre las mesas, parecen cumplir un encargo inoportuno y desagradable, aunque también es cierto que fue allí donde me hablaron de la biblioteca municipal y de «La Bóveda», sitio de reunión de artistas y profesores.

En mi paso por Arequipa entré varias veces al Claustro de la Compañía. Impresiona su piedra labrada, porosa, las columnas, los bajorrelieves, sus pisos de cantera, esto es bello, trascendental, qué duda cabe, y así lo certifica la continua presencia de turistas; desde la segunda planta uno puede comparar todo esto con Taxco, con Cuenca, con Sucre, quizás porque las alturas de la perspectiva colonial se nos hacen mucho más parecidas. Y, sin embargo, es imposible compenetrarse con este calorcito de mediodía andino entre construcciones que vuelven a reclamar su derecho de existir sin paralelos, porque muchos de los elementos de sus muros desacreditan mis afanes de identificación; en uno de ellos, por cierto, junto a la historia de la ciudad, hay un gráfico explicativo de los camélidos de la región: vicuña, alpaca, guanaco y llama. Al salir rumbo a «La Bóveda» he decidido memorizar la ornamentación barroca en las pilastras, y de nueva cuenta cedo lugar al instinto de pertenencia frente al águila bicéfala de los Austrias en el frontis. Más tarde, al llegar a los pupitres inclinados de la Biblioteca Municipal «Ateneo», recupero el gusto por el silencio; al amparo de las estanterías hay varios estudiantes, jóvenes de mil susurros, risas de disimulo, un abogado con facha de contable y la directora de la institución también tiene mal semblante, como de burócrata ensayada en la desidia. No, en este momento no está disponible, y detrás de la molestia de sus respuestas habita la incertidumbre de no haberlo explicado con justicia: ¿cómo son los visitantes más asiduos al recinto?, ¿cuáles son los autores más solicitados?..., y que regrese más tarde, después de comer, o mejor otro día —así lo ha dicho—. En la frescura del salón abundan los letreros bilingües hispano-quechuas, y al retirarme he tomado notas mentales de la dualidad de lo cotidiano, los baños, el sitio para la basura, el escritorio de la recepción y el área de trabajo.

Otra vez, frente a la basílica de enrejados imperiales (hacen juego con el color de las farolas), veo pasar a la gente de las cuatro de la tarde, el sol poniente, los vendedores de ocasión, la fuente sin agua y las palomas eternas. Bienaventuradas las ciudades donde aún es posible dormir en una banca…, y a mi lado se han sentado dos hombres mayores. Recién salidos de una óptica, se presumen la novedad de sus anteojos en lengua quechua, y, un poco más allá, los fotógrafos de la vieja guardia, con chaleco numerado, hacen su agosto entre turistas de familia numerosa. Después pasó un uruguayo, artesano del alambre y los collares, arrastrando un perro milimétrico —«andá, bestia», le gritaba— y entonces he dirigido los pasos hacia «La Bóveda», en los portales de Arequipa: la falda pecadora de Marilyn Monroe se hace acompañar en las paredes por personajes que no conozco. Pido un café, las sillas son de madera sólida, mesas de lo mismo, techo bajo, abovedado (tenía que ser), atmósfera entrañable, y poco a poco el lugar se puebla de conversaciones mientras la noche allá afuera impone el frío de las mangas largas. Al cabo de un rato he olisqueado algunas charlas, cambié de lugar dos veces, he husmeado en la apariencia de los clientes, me sentó mal la mirada de los meseros, y al final he auscultado a cada uno de los clientes con rostro de introspección.

La coincidencia se ha echado a andar, aunque solo a medias, junto a dos profesores. Luego serán tres y al final de la noche seremos cinco o seis las personas alrededor de una mesa improvisada que se anima (alguien sin nombre se ha tenido que ir) en la mención de la librería «Aquelarre», sobre la calle San José. El sitio pertenece a don Rómulo y a su hermano, don Beto, y solo ellos podrían darme noticias de tantas cosas, de los lectores posibles o de las ediciones más socorridas en la región, y no, ya no hay libreros como los de «Aquelarre», capaces de construir, dentro y fuera de Arequipa, mapas de tendencias artísticas, cartografías de movimientos culturales o bosquejos de corrientes poéticas. Han sido deliciosas las horas junto a los hermanos Ramírez, no sé, sexagenarios de la cortesía, difícil calcular la edad en la bondad de su acento, y el sitio posee el romanticismo de una casa de anticuarios, ese sabor amable que desprenden las cosas viejas cuando se les reintegra al ámbito de lo admirable. Además, sus propietarios me recuerdan a ciertos anfitriones de la avenida Corrientes, en Buenos Aires, a los vendedores de la calle de Donceles en la capital mexicana, a los eruditos de trópico en Río Piedras, allá en San Juan, o a los sabios de El Retiro en Madrid, aunque los hermanos Ramírez están más allá, siempre un poco más allá de todo eso: otra vez —como casi cualquier cosa en el Perú—, ellos son su propia especie y todo lo que se les parezca existe y se justifica solo si ayuda a explicar lo inalcanzable de su sabiduría editorial, sobre todo porque conocen a varios lectores extraordinarios, allá en Puno, como aquel empleado bancario amante de la buena poesía y lector mayúsculo de novelas infinitas, junto al Lago Titicaca. Se llama o le dicen Manto, vaya uno a saber, y es hijo de una familia local, sobrino de hombres voraces en el arte de hacer suya su vida entre las hojas de un buen título, y yo lo sé, claro que lo sé, que tengo que salir corriendo, dejar Arequipa para mejor ocasión, apuntar la dirección y el número de teléfono y llegar a Puno antes de que se me gaste la sorpresa de haberlo descubierto. Y es entonces que apresuro la despedida, visito el Monasterio de Santa Catalina, sigo un rosario preconciliar en el interior de la basílica, entro al Museo del Banco Central y redoblo mis caminatas por la Sucre, el Patio del Silencio, el edificio recuperado de la Universidad Nacional de San Agustín, y siempre y otra vez, una y otra vez, el Puente Grau donde todos los acentos hablan del Misti.

En la mañana de mi salida el chofer acelera sobre la Avenida Parra y a trancas y barrancas he alcanzado el autobús de las seis. De las carreteras recuerdo, sobre todo, la suciedad del plástico en un horizonte de arbustos; increíble, no puede ser, es cierto este descuido de las bolsas de basura al alcance de todas las miradas, y al paso de las horas y de los paisajes he de concluir que Perú también es único y abrumador en su forma de abandonarse. Este país es un compendio de pobrezas cotidianas…, América Latina en estado puro…, y al pasar por Juliaca descubriré una ciudad de ladrillos inacabados, como si todas sus construcciones se hubiesen quedado a la mitad de lo que pudieron llegar a ser, y cómo, ¿cómo se recorrerá un libro en una ciudad de terracota?; por añadidura, los muros sin retocar se han convertido en el renglón de piedra donde los pobladores anuncian sus urgencias laborales con pinturas de aerosol: albañil y luego un número de teléfono; gasfitero y otro número más; electricista, mudanzas, plomero y varios, muchos etcéteras más entre caligrafías apresuradas. Por cierto, mi pluma ha explotado de tinta y las manchas en el pantalón, qué se le va a hacer, aparecen en el último tramo de la carretera y al llegar a Puno buscaré un mate de coca (quizás dos, por favor), y hay que beberlo de a poquitos para evitar el soroche porque la vida frente al Titicaca transcurre a más de 3,800 metros de altura. La estación de autobuses lo recibe a uno con parafernalia de gran turismo, paquetes a las islas flotantes, Uros y Taquile, excursiones para todos los bolsillos mientras los comisionistas de las agencias y los representantes de los albergues son capaces de conseguirle a uno, en cualquier idioma, habitaciones de apellido familiar —juro que es verdad— en el Hotel Vargas. En el centro de Puno se presiente, como punto final o como prefacio de cualquier calle, el Lago Titicaca y será necesario aprovechar el tiempo, contactar a Manto, recordarle lo urgente de nuestra cita. En un mercadito de artesanías he buscado unos guantes para resolver el frío de junio mientras una horda de japoneses, jubilados, felices, onomatopéyicos, capturan el titiritar del momento con lentes de viajero profesional y zapatos amarillos.

Necesito creer en Puno, en este frío de aceras y de montañas pardas coronadas por un cóndor monumental —¿era un cóndor? Otra vez, y cada vez lo mismo: cómo serán las coordenadas de la lectura frente a un lago en el techo del mundo, me distraigo, y de inmediato regreso a la inquietud: qué puede sugerir este oleaje de rascacielos en las páginas de una novela, de cualquier novela, y así, a trechos, a pedacitos continúo la reflexión sobre la literatura capaz de canonizarse al arrullo de mareas, de mirar siempre hacia arriba. Sin interrumpir el trajín de mi primera jornada, contemplo a toda prisa la Catedral de San Carlos Borromeo (elevada a categoría de Basílica Menor por Paulo VI) cuya gran explanada culmina en una escalinata de pasos cansados; los diseños rectilíneos de la piedra hacen sospechar que se trata de una iglesia que llegó antes de tiempo, o ya muy tarde, a las formas coloniales: ¿son posibles los autores de cabecera en un mundo que conjuga la rutina del oleaje con sus signos de observatorio celeste? Algo agitado ya trato de sacarle el cuerpo a la pesadez de mis movimientos en las sillas de una conferencia sobre los «Incas Inmortales», en la Casa de la Cultura, donde también se hablará de los tiahuanacos, de su época de piedras engastadas y de sus rocas poligonales. Al día siguiente he de recorrer una bella colección de tejidos en el Museo Dreyer, y, mientras deambulo por el Jirón Lima, ya he decidido que la ciudad me es familiar gracias a estos acentos que se confunden con los de Arequipa. Además, la comida en Puno, los chaufas de raíz oriental y el elemento nativo, y algo tendrá todo esto de lo español aunque en el restaurante «La Casona» no vale la pena ensayar el pisco del orgullo nacional.

Tengo tiempo, aún media hora antes de encontrar a Manto. Frente al Templo de San Juan, en las mismas bancas de la fría soledad de cada noche, en el Parque Pino, iniciaremos el camino a sus estantes en el barrio Orkapata, donde —según me dice con acento de gran conocedor de cosas ocultas— colgaron a los levantiscos de otro siglo. En efecto, su residencia está en un sector elevado, a cinco soles de distancia en el precio de cualquier taxi, y desde las colinas pavimentadas de las aceras se observan las luces, muchas, muchísimas, infinitas, luces de hoteles y edificios, todas ellas alrededor de un lago que contribuye con su agua iluminada a la curiosidad del instante. Hace frío, más frío todavía cuando atravieso el zaguán de su domicilio y todo en su casa es un continuo subir escaleras, llegar al segundo piso y penetrar un patiecito interior que está siendo remozado (casi no distingo nada en la oscuridad); al detenernos en la segunda azotea yo estoy más bien sofocado y él muestra esa comprensión que supongo es tan propia en los habitantes de las zonas altas. Desde allí me conducirá, a la luz de su teléfono celular, por una escalerilla metálica, una especie de pasarela que lleva a un puente de mandos imaginarios. La última marquesina, después el pretil a cielo abierto y entonces aparece un cuarto exento, independiente de la casa, y creo que comienzo a entender la biblioteca de Manto: los cuatro niveles de distancia sobre las aceras de su calle inclinada reproducen una especie de navío fantasma, es como un barco que vigila la eternidad del agua, agua siempre inminente y siempre inaccesible, el agua del Lago Titicaca.

Es un tipo metódico, Manto, hijo de los carmelitas en el Colegio San Juan. El recinto es rectangular, unos cincuenta metros cuadrados, quizás un poco menos, muy bien decorado, limpio, muros color turquesa, acrílico o madera blanca en las estanterías, sillones de piel, elegancia del tapiz y un par de títeres de formas monstruosas cuelgan al fondo, equidistantes. Sus libreros revelan el orden del coleccionista y no, en Puno no hay grandes librerías aunque nunca falta quien informe de títulos o de nuevas ediciones y de repente se ha lanzado también a recordar el aislamiento de su primer trabajo, como analista programador, para una ONG extranjera, allá en la provincia de Huancané donde nada sucedía sino la soledad provechosa de su afición por la lectura. Parece que todo empezó allá, y poco a poco desgrana la memoria de sus libros iniciáticos, las páginas de Pesar todo que torcieron el rumbo de sus días, una antología de Juan Gelman adquirida con su primer salario como empleado bancario. Claro, ahora tiene un puesto superior, ha ido ascendiendo en el escalafón, incluso posee un acento ejecutivo mientras saca libros y más libros y siempre ha sido bueno con los números y las ecuaciones, sabe construir logaritmos y restarle variables a las desgracias financieras.

Paulatino y seguro, comienza a soltarme frases que han sido meditadas, sin duda, en el refugio de su biblioteca. Manto no acumula libros sino momentos, leer es diferenciarse y releer es una de las formas más intensas del resentimiento —cosas así son las que recuerdo de aquella charla—, y tiene razón cuando argumenta que aquí, en cada uno de todos estos estantes, no sobra ni falta nada porque una verdadera biblioteca es un sitio total y al mismo tiempo una región de lo incompleto, es la frontera final de lo leído y el sigiloso umbral de lo que llegará, un hábitat donde los libros vividos se nutren de la expectativa de su bella insuficiencia. O quizás fuera mejor confesar, con simple llaneza, que cualquier biblioteca es un texto en construcción, íntegro al reconocerse incapaz de nombrar sus vacíos y mi visita empezó con El libro tibetano de los muertos (Bardo Thodöl) y La gran bestia. Vida de Aleister Crowley, de John Symonds, editado por Siruela. Con Predrag Matvejević, que acababa de morir hacía un par de meses, llegamos a Breviario mediterráneo y a Nuestro pan de cada día; después, claro, hablamos de otro extranjero que siempre quiso ser italiano, Joseph Brodsky, Del dolor y la razón y algo he dicho sobre La marca del agua que me dejó un buen sabor de boca (el libro, no mi comentario). Sin verlo venir, Manto ha comenzado a explicar a Milorad Pavić y su Diccionario jázaro, una novela-léxico, texto de textos o documento documental, y al ritmo de lo descubierto establezco la retórica de sus lecturas. Lo más significativo no han sido los autores centroeuropeos de sus entrepaños, sino comprender que su experiencia de un libro, de cualquiera de los que aún recuerdo con sorpresa, revelaba un instinto de misterio: sus estantes poseían casi todos los desafíos de los enigmas, el instinto de los secretos descifrados y el impulso de los laberintos con piel de incendio, como la Guía de ciudades imaginarias de Alberto Manguel y Las ciudades invisibles de Italo Calvino.

Prosiguió su gusto por historias de lo impenetrable, con los relatos de La enciclopedia de los muertos, del también serbio Danilo Kiš, en edición de Acantilado. Y mientras todos estos títulos seguían sucediendo frente al Lago Titicaca, supe que Puno comenzó a suceder en Arequipa y también en La maleta, de Serguéi Dovlátov, autor cuyos desarraigos nos permitieron recordar que los paraísos perdidos jamás serán recuperados del todo pues, quiérase o no, los exilios —políticos o poéticos— nunca cicatrizan. Quizás sea esa la única definición posible para lo universal: no dejar nunca que la calle nativa desvanezca sus vigencias, dentro y fuera de la literatura, dentro y fuera de la noche de una azotea lacustre, en Perú tanto como en los versos de Idea Vilariño (resultó inevitable la mención de Onetti), y luego derivamos hacia poetas cubanos, por qué no, y la hora mudó su signo y pronto se convirtió en el recuerdo de Antón Arrufat. Y antes de nombrar a Kobo Abe y El rostro ajeno, mucho, mucho antes de Mohamed Chukri con El pan desnudo y de Benedetta Craveri con Madame du Deffand y su mundo, mi anfitrión extrajo a César Vallejo, cotejó las ediciones de Borges y se refirió a una traducción de Eugenio Montale al castellano.

Aquí cada libro es una entidad cuya ciudadanía de repisas parece haber sido analizada y decidida con detenimiento. Un forro lleva al otro y el último de cada entrepaño preludia el siguiente que, a su vez, no puede existir fuera del orden que se le ha impuesto mientras ahora escucho su elogio a los ensayos de Marcel Schwob, en El deseo de lo único. Segundos más tarde descubrí a Leonora Carrington y El séptimo caballo y otros cuentos, y a la pregunta sobre el libro que salvaría en caso de naufragio, parece no tener dudas: Las ventanas cegadas. Lo recuerda como el mejor de los textos circunstantes (casi digo circundantes), como el maestro de ceremonias de su biblioteca, en fin, como el guía que lo acompañó durante una larga entrevista de trabajo. Desde su memoria trae a colación las reacciones de sus interlocutores, lo contó todo a pedacitos, era su lectura del día en aquel día —así se los dijo—, entre preguntas profesionales y respuestas eruditas, entre explicaciones contables y la identidad de sus aficiones narrativas, y al final desarrolló una relación tan especial con Alexandre Vona.

Nacido en Bucarest en 1922, en la Rumania de entreguerras, la vida y la obra de Vona se presienten portadoras de una enorme caja de resonancias. Heredero de judíos sefardíes y, por lo tanto, de todos los desarraigos posibles —su nombre verdadero era Alberto Enrique Samuel Béjar y Mayor (1922-2004)—, tal pareciera que el autor de Las ventanas cegadas decidió presentarnos una misteriosa reflexión sobre los silencios de su época. Escrito hacia 1946, estamos ante un libro cuyos diabólicos contenidos pasaron inadvertidos durante los casi cincuenta años que median entre su escritura y su publicación. En aquellos años noventa cada vez más lejanos en la nostalgia, y tras la caída del muro de Berlín, la extinción del régimen de Ceaucescu marcaría el último avatar de esta novela a la que le queda bien, claro que sí, el traje de literatura recuperada. No está de más regresar a estos, los datos más fríos y concretos de los años noventa, pues la primera edición de la novela de alguna manera le sale al paso a la vejez del autor; sí, cuando Alexandre Vona es ya un viejo emigrado en Francia (pasó también por España), la anhelada edición de su obra ha de jugarle una muy singular broma literaria: mirarse y recordarse y sentirse y además reconocerse en un libro que lo mismo es experiencia de lo añejo que escritura iniciática, visión de juventud y ejercicio de la memoria. Por si ello no bastara, este por demás azaroso trayecto editorial de Las ventanas cegadas permite comprobar, una y mil veces, que las buenas novelas tarde o temprano alcanzarán la vida de algún lector…, corrijo lo dicho: un título histórico siempre encontrará su camino hacia todas esas bibliotecas que, como la de Manto, se saben completas de inminencias, suficientes en la víspera de nuevos tropiezos, dentro y fuera de Puno, y dentro y fuera del Lago Titicaca.

Aunque a toro pasado, conviene decir también que es en su exilio francés donde el existencialismo emerge como tentación explicativa. Sí, en estas páginas habremos de descubrir a un personaje que mira hacia los objetos de lo cotidiano para buscar en ellos los argumentos de la incertidumbre y de la soledad, o para negociar con ellos las nociones del recuerdo tanto como las del abandono. Sin embargo, a pesar de que sus escenarios inspiran el reconocimiento de los desgarros y de los cuestionamientos que atraviesan La náusea de Jean-Paul Sartre —por ejemplo—, el texto que nos ocupa es algo más, siempre mucho más.... Y porque la originalidad de Las ventanas cegadas nos aleja de las rigideces interpretativas, valga pues decir que su extrañeza es de un cuño distinto dado que no solo impide el despliegue de marcos teóricos sino que, además, hace abortar las explicaciones absolutas mientras inhibe el uso de los vocablos unívocos. En suma, el libro de Alexandre Vona ha movido las cosas de su lugar dado que en el interior de sus renglones el acto de narrar hace florecer la curiosidad por lo impensado, y, lo que es más, en cada página se construye el léxico de un secretismo in crescendo cuyo diccionario final recopilará los enigmas que aún nos habitan y que hemos dejamos en el olvido desde hace tanto, tantísimo tiempo.

De todo ello se desprende, además, una continua (y casi siempre inútil) reticencia frente a la lectura ideológica de Las ventanas cegadas. Al recordar que los contenidos diabólicos del relato se convirtieron en extranjeros de su propio presente en la Rumania socialista, resulta imposible, y sobre todo injusto, no percibir en cada uno de sus capítulos una esencia liberadora; es fehaciente el afán de refutación, un hablar sin decir, un anhelo casi palpable, aunque no por ello menos contradictorio, de recodificar silencios y de proponer nuevas elocuencias en el marco histórico de una sociedad rebasada por los autoritarismos en uso de la era soviética. En este sentido resulta tan inapropiado renegar de un libro cuyas peculiaridades lo exhiben como un buen ejemplo para demostrar, una y mil veces, que al oficializarse la conciencia de nuestro paso por la historia, es en la escritura donde han de germinar siempre nuestras primeras objeciones respecto a las camisas de fuerza que nos trastocan el destino. Es por ello, que la literatura de Alexandre Vona —y la de cualquier época cuyo cautiverio se le parezca— asume y presume, con total sinceridad, sus rasgos de innegable transgresión: en su interior el tiempo y la eternidad se han hecho palabras de otro color (casi digo de otro dolor) porque el horizonte de anhelos que allí se delinea permite al lector reconocerse como el habitante más inesperado de su propia realidad histórica. Solo así es posible argumentar que lo suyo no era escribir desde la literatura sino fuera de ella, alejarse de lo convencional para dinamitar, en el interlineado de su ingenio narrativo, las viejas formas de vivir con miedo, y, sobre todo, para desterrar de todas y cada una de sus páginas las versiones heredadas de un pánico que deja de ser de veras nuestro cuando lo pronunciamos con una cobardía prestada.

Y porque la literatura se explica mejor con literatura, todo lo anterior se comprueba pronto con libros de otras edades y de otras lenguas. El primero que viene a cuento es Aura, de Carlos Fuentes, texto cuyas geometrías del horror (Octavio Paz dixit) aluden avant la lettre al escritor rumano; también está La invención de Morel, de Bioy Casares, con esa especie de mecánica rigidez que se comparten los espectros de ambos relatos; además, y cómo no, la vieja moradora de la casona baldía en la novela del autor rumano es pariente cercana de Dickens en Grandes esperanzas… Podríamos seguir así, recordar realidades narrativas donde los hechizos y la muerte hablan con voces afines, como Rashomon, de Ryūnosuke Akutagawa, y Otra vuelta de tuerca, de Henry James; sin embargo, nada será igual, claro que no, porque la Rumania de los castillos y de las farmacias, entre cinematógrafos, cafés, puentes o tranvías, todo ello nutre de una savia irrepetible a las ansiosas figuras de Las ventanas cegadas. En resumidas cuentas, leer a Alexandre Vona también es discriminar dado que su recuento de embrujos nos resulta sorpresivo al constatar que sus elipsis se imbrican en una interminable cadena de somnolencias. Dicho de otra manera, acceder a los sobrecogimientos que la novela exige montar permanente guardia en cada párrafo, ver en él la frontera de un desvío inminente o el portal latente hacia un más allá que lo mismo arraiga sus explicaciones en los ámbitos de la pesadilla, que en las geografías del recuerdo.

Estamos, pues, ante un libro de tinieblas y de espejismos. Los sobresaltos esotéricos y las revelaciones milagrosas que aquí tienen lugar nunca han querido parecerse ni a la premeditación de las angustias ni a los prejuicios de un horror de sobra conocido. Tanto es así, que Las ventanas cegadas es un libro que desafía, un texto que desconcierta y que nos invita, una y otra vez, a su claudicación, lo cual es una forma irregular —y un tanto tímida, aceptémoslo— de manifestar que la novela espera muchísimo de un lector que, si acaso sobrevive a los capítulos iniciales, terminará reconociendo que este tipo de ficciones, compuestas en clave de misterio y con signos de oscuridad, nos entregan siempre un viaje al centro del aturdimiento. Valdría la pena insistir en el hecho de que la obra de Alexandre Vona se desarrolla en medio de una gran fragmentación de voces y de escenarios al haber sido diseñada bajo una dinámica de bifurcaciones que también trascienden como un muy extraño caleidoscopio de intimidades: los personajes saltan y deambulan y tropiezan y se reflejan, se interrumpen y cortan la voz y son y no son en la mentira de su propia imagen, todo ello con el propósito de entregarle al lector un constante estímulo para triunfar sobre las formas tradicionales de lo mágico y de lo demoníaco. En este mismo sentido, los vaivenes del libro se nos exponen como una inmensa galería de recuerdos entreverados de recuerdos —o de sueños intercalados de sueños— pues aquí todo es búsqueda de un orden nuevo que haga verosímil el clímax de la posesión final. Diríase por todo ello que a la novela le viene bien la imagen de un desconcertante laberinto de digresiones en cuyo interior lo dicho participa de lo soñado mientras lo soñado se subordina a un plan narrativo del que nadie sale ileso, ni siquiera ese escrúpulo racional con que tan a menudo se desacredita hoy en día al ejercicio de las supersticiones.

Por último, hablemos de las ventanas... El libro de Vona las transforma en metáfora inesperada de la libertad o en signo posible de nuestros cautiverios: libertad para estar, para ocultarse o para revelarse e incluso libertad para sospechar de otra manera la realidad de nuestro tiempo más tangible. La ventana, también, como seducción que vincula y que nos pone al alcance de aquellos fantasmas menores cuya inminencia se comprueba en la fugacidad de una lámpara encendida un poco más allá, en un salón, en una oficina, en una recámara, en cualquiera de los edificios de nuestras rutinas. La ventana, además, como representación posible de los secretos de ese “otro” que nunca conoceremos y como símbolo protector de todo aquello que nunca pudimos dejar de ser. La ventana, en fin, como el mito cambiante que nos relaciona con lo más inmediato y lo más concreto de la realidad histórica de nuestras calles, y la ventana como efímero anhelo de escapatoria o como extensión de una individualidad que se oculta detrás de cualquier indiscreción que nos revele un poco menos ciertos. Pero todo esto, claro, cobrará un nuevo sentido en mi jornada final, mientras amanece, ya dan las seis de la mañana en el Lago Titicaca, hay un frío potenciado por la parsimonia del agua, sin prisas rumbo a la terminal en un moto-taxi, porque las ventanas de Puno también son puestos de vigilancia que de la mano de Alexandre Vona —y de Manto— saben llevar de regreso al recuerdo de Arequipa.

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