Las cárceles asuncenas de George Orwell

Javier Vargas de Luna

Ha sido una jornada de huesos cansados, de atardecer a toda velocidad rumbo a Corrientes, por el lado argentino. Luego pasamos por Resistencia y se hizo de noche entre Formosa y Clorinda, y ahora mismo acabamos de hacer frontera en un puesto mal iluminado sobre el río Pilcomayo. Del otro lado del puente, ya del lado paraguayo, se ha soltado un chaparrón que cae y cae y no deja de caer sobre un municipio iniciático cuyo nombre se guarda mal en la memoria a causa del fastidio (Falcón o algo así…). Nos hemos detenido, otra vez, porque una vendedora de brazos limpios pedía subir al autobús: mandil impecable, ¿qué hora es?, cofia de plástico improvisado, piel apiñonada y estatura menor, aspecto de niña y semblante de matrona en un cuerpo que algo tiene de adolescencia eterna y otro tanto de sabiduría matriarcal. Eso sí, en su rostro se desliza una vida de trabajos forzados y es, pues, la revelación de dichas fatigas lo que hace más curiosa su talla incierta, como de abuela que no alcanzó a llegar a su destino, como de niña que no quiso abandonar nunca su patio de recreos. Por lo demás, en el último suspiro de la madrugada se adivinaban los colores patrios de un cartel azul, rojo, blanco, “Bienvenidos”, mientras la mujer balanceaba los acentos expertos de su canasta y ofrecía chipas en guaraní a todos los pasajeros —¿chipas?—. Pronto la hora se ha transformado en un desayuno acompañado por este café dulzón que abre los ojos con sus empalagos; de aquel amanecer recuerdo, además, el tintinear de las monedas por el pasillo y la mujer incomprensible bajando del autobús en las afueras de una ciudad lluviosa, ahíta de nubes bajas, encapotada y sombría en la grisura de sus otoños.

La pericia del chofer entre los charcos y desniveles del camino renueva el espíritu de aventura en la hora más temprana de la tormenta…, ¿las seis de la mañana? La media lentitud con que avanzamos le daba más fuerza al repiqueteo de las gotas sobre los cristales y en el bulevar de doble vía he descubierto, casi por accidente, un letrero que resume con ingenio las filosofías paraguayas del amor a toda prisa: Motel Carpediem. Por cierto, el relleno de las chipas era de mandioca, quizás un poco de queso, y sigue diluviando, y en el asiento vecino me han ofrecido un trocito en un español de subjuntivos vacíos, un pedacito de nada, olor agradable, neutralidad en el gusto, como bollo que respeta el sabor de las cosas que acompaña; si se piensa un poco, las chipas son una nueva versión de las arepas y aun pueden servir de pan o de tortilla de maíz en las comidas de otros rumbos mientras las gotas siguen azotando, verticalísimas, en las aceras de todas esas casas encaladas. Hay algo de pasado hispano en unas fachadas de fruncir el ceño y a veces se descifra la nostalgia del estilo Luisiana en mansiones que recuerdan a William Faulkner o H.B. Stowe —o a Scarlett O’Hara, digo yo, para economizar ejemplos—. Son mestizajes nuevos en la colorida combinación de las paredes y hay extrañeza en la disposición de aquellos muros; los suburbios de Asunción, qué duda cabe, parecen hijos de tantas cosas: del azar o de la historia, de la ostentación lo mismo que de la precariedad, de un trópico heteróclito y dispar tanto como de lo hispánico irremediable. Aquí se vuelve realidad aquello del no tener estilo de nuestros estilos, porque Paraguay bien puede servir insertarse en las reflexiones sobre el Caribe, porque este mundo es mixtura heredada e intersección cultural, como en las Antillas, como en el golfo de México, y tantas cosas más al mismo tiempo.

Mejor no teorizar el aire tan diverso de los frontispicios asuncenos. Por el contrario, conviene seguir adelante, intentar el garabateo de mis notas sobre los hoyancos del Acceso Sur y escribir, a como dé lugar, con letra de trajín y caligrafía a rajatabla, que la Avenida Defensores del Chaco cambia de nombre cerca de un rótulo sexual, “Punto G”, que me arranca la primera sonrisa de la jornada. Ya, esto ya es un poco más lo que se intuye de un mundo tan lluvioso, tan pertinaz, tan frondoso de aluviones: ciudad de zona tórrida, geografía propicia para la voluptuosidad o el desenfreno. Distingo, después, una placita de ladrillos abundantes, terracotas en algunas azoteas y la mayoría de los edificios son bajos y con techos de una sola agua. Ahora, más ladrillos, perspectivas que desbordan adoquines, patios de tierra roja, color arcilla en los tabiques y en las briquetas y es ese gusto por las tejas lo que vuelve a imponer una sensación de antigüedad hispana en todas las calles (tampoco estoy seguro de nada, apenas y funciono por sospecha en la primera hora de mis ojos). Mientras juego en la modorra de la palabra “artesonado”, mis divagaciones han bajado ya de los tejados y en el otro lado de la avenida se anuncia una cooperativa o sociedad mutualista que hace pensar en los signos de un pasado que acaso sigue pasando por estos andurriales, vestigios de aquel estado jesuítico donde se concretó el anhelo de una fraternidad por fin de veras nuestra, cuando las utopías del “todo para todos” fueron posibles durante los siglos coloniales. Cierro los ojos al forzar la memoria de aquel libro de contenidos locales, ¿cómo se llamaba?: Ciudad de Dios y ciudad del sol, o algo así, de Alberto Armani.

Por fin la Terminal de Ómnibus. Los andenes y las salas de espera viven a cielo abierto, y recojo la mochila, estiro las piernas, alzo los brazos al bochorno de la hora mientras camino con desgano hacia los cambistas del dólar a tanto y por tanto, guaraníes de alta denominación con regateos de mucha ganancia. Más tarde subiré al segundo piso de la estación para recorrer una fila de ventanillas, verdaderos hornos de reverbero donde las compañías ofrecen las tarifas variables de sus viajes al interior; he tomado nota de los horarios matutinos hacia Concepción porque quizás mañana mismo pueda salir rumbo a Belén, una antigua reducción jesuita limítrofe con el Brasil. Desde allá me ha escrito el dueño de un hostal a propósito de algunos balnearios y de un par de bibliotecas ajenas; también ha mencionado algo del Aquidaban, un barco de buena eslora y de calado suficiente —como los de Álvaro Mutis, o, tal vez, como aquel de El amor en los tiempos del cólera (lo dicho, este país es tan caribeño como el que más)—. Al parecer, en cada travesía el cocinero suele rentar un libro único a los pasajeros, una novela leída al paso de los años o de los trayectos, por los habitantes ribereños que vuelven a casa, por turistas extranjeros con espíritu ecológico, o por comerciantes arraigados en el vaivén de su oficio… Una biblioteca fluvial cuyo solitario título es remolcado en la contracorriente del río Paraguay, un texto acompasado por el sonsonete de un motor capaz de pautar el paso de cada página. Suena bien esa historia extraordinaria de aquella embarcación cuyos lectores flotantes aplican el contrarreloj para terminar, alguna vez, la historia contada por un libro repetido e irrepetible, ¿verdad que sí? Según he sabido, el capitán también es un lector voraz, amante de los autores antiguos, un hombre sencillo y culto, hijo de una familia muy conocida en aquel sector; diríase, a la distancia, que se trata de un personaje a lo Mark Twain, pariente en línea directa de Stevenson o de Joseph Conrad.

Afuera de la estación hay un paradero del transporte público que nace en la Ave. República Argentina, o que en ella viene a morir, según se mire. Es un espacio cubierto en el que desperezo la idea de que Asunción será siempre la escala de un viaje pronunciado entre las sílabas de un monzón irremediable. También, en la inercia de las conjeturas, he comenzado a darle vueltas a las lecturas locales: ¿cómo se aborda un libro entre coordenadas de humedad?, ¿cuáles son los discursos que promueven la obligación de una portada, de un autor, de un relato con gramáticas de agua, con páginas de gua, con esperanzas o desasosiegos siempre vestidos de agua? Puede ser que los cánones de lo literario en Asunción se construyan para subyugar las inclemencias de cualquier tromba, sí, tantas cosas son posibles en las calles de la ficción, y después de mis primeras corazonadas creo haber entendido que la singularidad de las lluvias, en esta ciudad, proviene de sus precipitaciones sin griterío; son chubascos que, desnudos del miedo al rayo o al relámpago (al menos yo no lo he sentido), exhalan la imagen de un diluvio universal sin holocaustos y sin hecatombes. Entre las rutinas de una rapidez que no se parece a nada, el tiempo local ocurre de otra manera porque las nubes bajas y el cielo entoldado han impreso ya sus instintos torrenciales en el día de cada día. Dicho de otro modo, los habitantes de Asunción conviven con identidades de aguaviento, coexisten en el oasis de las marquesinas o de los cobertizos ocasionales mientras apresuran el paso por borrascas recién concluidas o entre celliscas siempre a punto de reventar.

Arriba de los llamativos colores del bus público —asientos de fibra de vidrio, Ruta 38, modelo años ochenta—, las conversaciones cambian de acento. Con los oídos atentos al guaraní, atestiguo el tropel de chalequitos oficiales y los distintivos al cuello de los vendedores autorizados por el municipio, y por fin ha dejado de llover en las calles de la capital. Lo sé, o sólo lo presiento, que la gente ríe con amabilidad de mis extravíos cuando pregunto por la calle Iturbe, ¿en el centro de la ciudad?, cerca de las sedes del gobierno, de la Catedral Metropolitana, de los museos o de la Casa de la Independencia, antigua, de aire casi rural, muy simbólica, con muros de un yeso que parece aguantarlo todo, y al descubrirla volveré a evocar los puertos del golfo de México, no sé por qué.

Es cierto, además, que mis días en este país estarán marcados por el afán de comprobar la vigencia del guaraní, un caso único, quiero decir, el bilingüismo nacional. Así debería suceder en todos nuestros universos: educarnos, así fuera sólo un poco, en el doble filo de un idioma nativo y también del español, ser en un solo golpe de voz la conciencia de las realidades lingüísticas que habitan en nuestra forma de nombrar la realidad. Ambidiestros de cualquier vocablo, quizás entonces aprenderíamos a deambular con más solidaridad por la ciudad de nuestros mestizajes, articular en ellas palabras poseedoras de una lucidez polimorfa, infinita y casi poética en el silencioso merodear de las traducciones inconscientes. Sueño guajiro —refutarán algunos, indignados—, aunque no tanto: Paraguay sirve como botón de muestra de un milagro cotidiano en ese programa de radio que habla en guaraní mientras desciendo del autobús. Después de la sorpresa que puede causar el nombre de una avenida importante, Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, el centro de la ciudad se adivina en la estrechez de los asfaltos, en las construcciones arracimadas y en la brevedad de las aceras; hay moho en los barandales y en las cornisas, y las celosías se rescatan con nuevas capas de pintura en el corazón de la capital.

Por lo demás, mi hostal es un margen del margen. Lo habita un grupo como de diez o doce personas, todos muy jóvenes, ojos contestatarios, y todos muy críticos de la realidad paraguaya: temperamentos artísticos, estudiantes de sociología, de antropología, algún matemático en el último año de la carrera, espíritus impulsados por una edad que no debiera pasar nunca y además me han alquilado una recámara de camas gemelas y limpieza suficiente. La vida de la comunidad se acerca más al falansterio que al albergue y es justo que sea así pues en Paraguay vuelve a cobrar sentido, vigencia y perennidad el ejercicio de los sueños comunitarios. Ironías aparte, también es un lugar céntrico, muy al alcance de las cosas que interesan, de la costanera, de las plazas y de las iglesias coloniales en este domingo de puertas cerradas sobre la calle Iturbe.

Al fondo se ve la bahía, ya van a dar las doce, y también el caudal de un río de tierra revuelta que se hace misterioso a fuerza de mirarlo con precaución. El azar de la hora me ha puesto en el camino a un policía de acentos luminosos (parecidos a los personajes de Canaima, al Cholo Parima o al Sute Cúpira, vaya uno a saber). Conjuga la irregularidad del usted con los verbos de un tuteo muy suyo: “sigues por esta calle y luego tomas a la izquierda, señor”, así lo dijo. Asunción está poblada de todos estos afectos, muy respetuosos, íntimos y distantes al mismo tiempo; es la entrañable deferencia de una cortesía que se desdobla en este mediodía de domingo, en este minuto cansado de tempestades en que ha salido el sol en calles que se secan pronto. Entonces llega el sofoco, y, a pesar de todo, a pesar de mi estómago vacío, más allá de la posibilidad de un nuevo chubasco y de las puertas cerradas en los comercios en día de asueto, he decidido acercarme a la costanera para guardar el rostro más abrupto de un río fundamental en la memoria. Más tarde buscaré el Lido-Bar, esquina de Chile y Palma, frente a la Plaza de los Héroes.

Bife de chorizo con mandioca, bife koyguá, lomito a la plancha o el lugar seguro de una milanesa con puré de papa y agua mineral. Los pedidos de las meseras suben a gritos hasta una cocina de segundo piso o bajan a un subterráneo de ollas y de cacerolas, imposible saberlo; a mi lado, sobre la barra en forma de serpentina, alguien come un caldo anónimo, dos croquetas y un jugo verde mientras las mesas del Lido-Bar se van llenando de domingo. Sí, el sitio ya está repleto de vida familiar con rostros de ducha tranquila, ropa casual, voces alegres mientras el señor de la sopa sin nombre pide la cuenta sobre las sinuosidades del mostrador. Lo ceñido del espacio nos exige gentileza y ya somos grandes amigos, José el de su caldo, yo el de la milanesa, y charlaremos rumbo al Café Martínez en esta media tarde de nubarrones inciertos. A paso tranquilo habla un poco de los años de Stroessner, de los colorados y de su mujer recién fallecida…; es psicólogo y criminalista, trabaja para el Ministerio Público local, y hace un par de años formó equipo con Fernando Lugo, aquel obispo-presidente que tumbaron los hijos del egoísmo (o la derecha continental, para el caso), y a día de hoy labora en las cárceles de Asunción.

Hemos caminado, siempre y otra vez, por la Iturbe. Mientras el minuto nos pasa una factura de bochornos, averiguo los detalles de su biblioteca personal; no será mucho tiempo —le juro y le perjuro—, en apenas media hora podría levantar el censo de sus anaqueles para cotejar que, en efecto, allí dominan los títulos sobre la psicología del infractor, y ya, ya, ya casi concluimos al unísono el despropósito de criminalizar la pobreza en América Latina: si no tienes dinero, trabaja; si no puedes, a la cárcel. Vaya remate sociológico, y en los sillones de su cuarto piso José no dejará de beber un té frío que me disgusta, tereré o algo así, y al despedirme me ofrecerá, ¡mañana mismo si lo deseo!, visitar las prisiones locales, y yo, que acabo de llegar, que aún no identifico las cosas asuncenas, he decidido postergar la búsqueda de aquella nave misteriosa sobre el río Paraguay en nombre de los textos más canónicos de una cárcel hecha de lluvia. Quién sabe, quizás en el cautiverio de una repisa seré capaz de reconocer la inercia de los títulos canonizados por la lectura local, pues, si acaso un autor se ha naturalizado en las aficiones de la ciudad, dicho envión construirá en silencio su vigencia carcelaria. ¿Qué, cómo, cuándo y por qué se lee en una penitenciaría guaraní?, y en el calabobos del regreso al hostal distraigo la pesadez del sofoco hilando epítetos de página policiaca; primero fue bartolina, luego chirona y así hasta llegar a recordar palabras como celda, ergástula, galera, trena, crujía y alguna más, mazmorra, que me trabajará el entusiasmo antes de conciliar el sueño, y hasta mañana.

Ya es lunes en el barrio de Tacumbú (cárcel del mismo nombre). En una ciudad de calles igualadas por la constancia de la lluvia, estacionamos frente a una placita sin geometrías, desigual, invadida de autos y casi extinta de parterres. Frente a la entrada principal nos recibe un zaguán abarrotado de mujeres, las madres arremolinadas, las hermanas solidarias, las hijas adolescentes, acaso las novias comprometidas o las sempiternas esposas de los reclusos. También hay vendedoras de comida —pastel de mandioca, los mbeyus de cuatro quesos, las empanadas en lengua guaraní—, y José me lo había advertido, que la mujer es un ser cuya grandeza moral se distingue mejor en las puertas de cualquier prisión, porque ellas siempre están, ellas nunca se can de aquí. Me ha dicho, además, que la sobrepoblación de Tacumbú hace agua por todos lados pues el hacinamiento excede cuatro veces la capacidad del lugar; de hecho, esto es un polvorín y muchos de los internos duermen en patios de techo escaso, como en una película de fin del mundo. Las inscripciones religiosas sobre la suciedad de los muros son numerosas, tanto como los templos que operan en el interior, y en un santiamén he leído los carteles de cuatro confesiones distintas; en ese instante algo pasa por mi mente que condena el usufructo espiritual que se obtiene de cualquier forma de rezago social, dentro y fuera de un penal, y más allá hay otros patios amurallados, rejas y centinelas que abrevian la longitud de cualquier pasillo. La mayoría de los reos exhibe una pobreza que parece inmemorial en sus sandalias de goma, algunos me miran con curiosidad, a veces saludan a José, y casi todos visten pantaloncillos cortos; calor apilado, cuánto dolor tumultuario, y en alguna camiseta distingo el trazo rojiblanco del equipo nacional de futbol.

La división de separos y refectorios es caprichosa, ambigua, diríase que muy indecisa. Los muros, descascarados, exhiben manchas de humedad y el personal de guardia no emite voces de amenaza sino tonos de urgencia en el control de los accesos. Por el momento, he decidido no tomar nota de nada, al menos no en público, pues cada galería, cada pabellón, cada campaneo de llaves y de candados me deposita en un mundo que busco asimilar sin palabras. Escribirlo ahora mismo sería frivolizarlo —difícil de explicar, sencillo de presentir—, y junto a José he subido al segundo piso de un centro religioso, pintura blanca con bordes celestes, muy de iglesia evangélica. La soledad del lugar se potencia en el silencio de seis computadoras apagadas alrededor de una mesa de melamina, rectangular; en las deshabitadas repisas del pequeño salón cuento treinta y seis títulos en total, novelas en su mayoría, los dos tomos de Fortunata y Jacinta en edición Cátedra, alguna historia patria, y nada más. Y porque ahora mismo nadie me acompaña, comprendo que un libro tendría que ser, antes que nada y después de todo, la posibilidad de su conversación…; sigo sin tomar notas de nada y ni siquiera sé si recordaré esta sensación de que sin la contingencia de su debate (o de su contagio) un libro puede ser tan inocuo. También he pensado, al paso de todos estos títulos a solas, que los regímenes totalitarios han sentido siempre un pavor histórico hacia la fraternidad invencible de las lecturas compartidas, es decir, hacia la hermandad irreprochable que genera el gusto común por las historias bien contadas. Y atraído por el bullicio del exterior, desde el rellano observo a un guardián de arma evidente junto a una joven profesora, acaso trabajadora social, y en la prisión ya todo es guasa, aplausos, sonrisas de pecado imposible, silbidos de fiesta irrespetuosa, y allá viene José, por fin…

El penal femenino en Asunción, en cambio, fue tan distinto. El Buen Pastor tiene una población de quinientas reclusas en los pasillos, o más o menos, y en el primer puesto de vigilancia casi no hay presencia familiar, no están los parientes compasivos, ni padres ni hermanos, tampoco los esposos o los novios inquebrantables; las internas han sido abandonadas a su suerte, así parece, y quién supiera hablar más a las claras del vacío solidario de los hombres. En un laberinto que comienza y termina en los patios eslabonados de una vieja casona señorial, ha salido el sol de las once de la mañana, y recuerdo, sobremanera, el abrazo de dos mujeres en los bancales de un árbol mayor. Entre los arriates y las baldosas del lugar, exhibían su capacidad para la ternura y su vigencia de caricias…, era la viva imagen de un sentimiento sincero más allá de los prejuicios (y de los impluvios); también, un señor de bata blanca iba y regresaba por el corredor, ¿el médico responsable?, y causaba sorpresa el número de las embarazadas mientras el abrazo proseguía, eterno, parsimonioso, desafiante bajo aquel tronco, grueso y altísimo. Al principio resultó extraño, además, ver a niños muy pequeños; después entendería que la ley les permite mantenerlos a su lado y las primeras impresiones en la cárcel de El Buen Pastor fueron ésas, la extrañeza de aquellas infancias y la contundencia de un abrazo ejemplar.

La celda de los libros es similar a todas las demás, pero sin ventanales. De unos ocho metros de largo por unos cuatro de ancho, es un ámbito aún más clausurado que todo lo demás, lo cual le da al sitio este aire de lugar místico (o de lugar olvidado) dentro de la propia cárcel. Las viejas estanterías son responsabilidad de Dora, treinta y seis años, mujer amable, amarillo más bien llorón en la blusa, pantalón oscuro y zapatos deportivos; la sencillez de su acento le iba bien a la cola de caballo, a su mirada dispersa y a su estatura mediana. Mientras José la ponía al tanto de todo, he mirado el desorden de anaqueles cuya vejez se potencia en la humedad ambiente; al formar ángulos rectos en el centro de la celda, los viejos libreros vuelven muy angosto el espacio, y casi de inmediato he comenzado el repaso de los forros envejecidos: tomos sueltos de la Enciclopedia de la Mujer, biografías como la de Simón Rodríguez, maestro de América de Rumazo González, pocas publicaciones en guaraní, ahora un Atlas Universal del que paso de largo, la Constitución de la República del Paraguay con portada tricolor, libros de cocina, cursos de alta costura, revistas portadoras de modas que pasaron de moda, y, por fin, un Roa Bastos en Valoración múltiple (edición Casa de las Américas realizada por A. Picard). A menudo descubro otras cosas suyas, un manoseado ejemplar de Hijo de hombre, por ejemplo, o varios cuentos ilustrados con colores de parvulario, como el “Polisapo”.

La pequeña biblioteca no exhibe ninguna clasificación, ni genérica ni alfabética ni temática. Por el contrario, representa el accidente de un canon que se balancea sin escrúpulo, que va de Julio Verne a León Tolstoi, de Lamartine a una Biblia latinoamericana, de El infierno verde (la guerra del Chaco) de un tal José Marín Cañas —sabrá Dios cómo ha venido a encallar en El Buen Pastor esta edición de Espasa-Calpe— a un inesperado lexicón de sinónimos en el que actualizo mi lista de anoche con “calabozo”, “gayola” y “caponera”. En un cálculo de buen cubero, la pequeña biblioteca tendría cerca de dos mil libros de todos los colores y sabores, quizás un poco más, y no, Dora en ningún momento ha interrumpido mi exploración mientras José ha ido a ocuparse de otros asuntos. Claro que conoce y domina la lengua guaraní y fue sentenciada a siete años por cosas que no se nombran, ¿y para qué?, y la semana pasada la dirección le anunció que podría beneficiarse de una liberación anticipada si hay alguien que pudiera ofrecerle trabajo allá afuera, en una tahona, en un comercio, en un restaurante, ¿pero quién?... Extraña generosidad la del régimen correccional, y Dora también es la madre de un niño de diez años, aunque se ha desviado pronto del tema, y yo lo entiendo, no sé por qué, entiendo bien esa forma de pudor que deben asumir las madres de cualquier prisión del mundo.

En El Buen Pastor la vida pasa en la costumbre de las precauciones, no enojarse con nadie, no envidiar nada, no buscarle tres pies al gato. Sus frases bordan los pormenores de un día de visita, los detalles del regocijo excepcional de algún cumpleaños en la prisión o las alegrías pasajeras durante las fiestas de guardar, y en el vaivén de mis hallazgos he hojeado ya el índice de Rafael Barrett, El dolor paraguayo, con un prólogo, but of course, de Augusto Roa Bastos. Tan ocupada como está cada una en solucionar la jornada diaria —así es como ella quiso decirlo con sus propias palabras—, aquí se distrae el encierro exagerando el tiempo de las tareas, las comidas, la limpieza, la ropa, el encargo que aportará algunos guaranís y para entonces era más que una evidencia el olor a bestiario en ciertos entrepaños. Allá y acullá a veces encontré La vida de las abejas de Maeterlinck, descubrí Platero y yo de Juan Ramón Jiménez y varios títulos más que casi se me han ido de la memoria, como Los perros hambrientos de Ciro Alegría. Después, vuelta otra vez a cosas más bien pronosticables en la geografía de nuestra lengua: La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa, Confieso que he vivido de Neruda, La vida breve de Onetti, nada de Borges, ningún Quijote, y un Homenaje a los indios americanos de Ernesto Cardenal. Sin mucho éxito, he buscado tesoros inesperados, libros de otro siglo con empastados de coleccionista o primeras ediciones de algún clásico, y al final he caído en la cuenta, eso sí, de que además de todo, la literatura sirve para reintroducir una cárcel en las páginas de su ciudad original —lo cual, en sentido estricto, es una forma inesperada de reintegración social (o, siquiera, de momentánea escapatoria)—. En el otro extremo de la misma perspectiva, bien mirado el asunto uno debe señalar que en las repisas de El Buen Pastor la ciudad de Asunción se salió de madre para renovar las verdades de La canción de Salomón, de Toni Morrison, o para provocar glosas inusitadas de La hojarasca, de García Márquez.

En el ir y venir de los minutos y de las intuiciones, sentado frente a la moderación de sus acentos, Dora también me ha hablado de Rebelión en la granja. Aplicó largos instantes a su memoria de aquel libro, los animales de aquella historia, las voces de sus secretos y las mentiras de sus personajes. Dice que la novela fue pasando de mano en mano entre las internas hasta que se perdió y ahora ya son pocas las que recuerdan las menudencias de aquellos capítulos; sin embargo, sus episodios sobreviven bajo la forma de un rumor, acaso como la noticia de una fábula que se recicla o, por qué no, como el eco heredado de un cuento aprendido con oídos urgidos de distracción. Quizás, incluso, Rebelión en la granja sea la raíz apresurada de un acto de melancolía, abono para el subsuelo de una memoria en construcción que, en el futuro imprevisible de las internas, hará más amable —o siquiera más conmovedor— el recuerdo de sus condenas. Sea como sea, el instante desprende su magia y su extrañeza al hacernos sospechar la forma en que aquella granja imaginaria alguna vez se convirtió en experiencia carcelaria, en tradición oral y en memoriosa leyenda gracias a la llaneza de su narración, y, asimismo, gracias a la simplicidad de sus correrías. Y, dicho sea como de paso, tal fascinación hace presentir también que sólo en las celdas de El Buen Pastor se pudo reducir la vida de aquellos animales a un estado mucho más primario e incluso mucho más universal. Sí, aquí Orwell tuvo algo más que decir y sin duda lo dijo, aquí su libro ha sido voz que persigue las edades, imaginación que ha perdurado como texto infantil mientras nutre alguna utopía de juventud, literatura que colma las convicciones del adulto o relato que sin duda sirve de consuelo en la vejez (las arrugas de algunas internas, olvidé decirlo, parecen más eternas en este sitio).

Por su parte, en George Orwell —lo sabemos muy bien— cada animal es síntesis y conclusión de nuestra experiencia del mundo. En este primer nivel de reflexiones, su libro trasciende como un fresco social poblado de arquetipos. En el delineado de los discursos fundacionales de la nueva sociedad animal, por fin autónoma y soberana, los sistemas de valores (axiologías, las llaman los entendidos) han sido trazados con una transparencia que nos desconcierta por cuanto ellos se desprenden de actitudes inexpertas o de esencias en construcción. Además, en la novela se realiza la vivisección de nuestras idiosincrasias con el objeto de hacerlas reconocibles sólo en las partes, y casi nunca en el conjunto. Así, en el sentido estricto que la obra impone, la emergencia de una república sin seres humanos se significa como la organizada dispersión de nuestras honduras, como la diáspora de una intimidad que reparte con orden y concierto los vestigios de nuestros rasgos entre las bestias de la narración. Desde un plano generalizador, resulta elocuente la forma en que cada una de dichas figuras apunta hacia una etapa determinada de nuestros destinos: ya sea en las repetitivas ovejas de consignas infantiles, en la laboriosa pubertad del caballo, en el conocimiento del mundo que oculta el cerdo adulto, en la mayoría de edad de las gallinas contestatarias o en el pesimismo más anciano de un cuervo agorero… En suma, en esta fragmentada galería de actitudes y de reacciones, el mundo novelesco nunca podrá exhibirse ni concluyente ni avasallador, sino, tan sólo, como la fracturada sorpresa de nuestros reflejos.

Apoyada en esta dinámica de fragmentaciones, la granja iniciará el diseño de sus símbolos patrios. La tarea, sin embargo, revela el desaliento de las identidades in vitro; si los signos de una inscripción común en el tiempo trascienden como una necesidad de protección o de compañía —es el “uno para todos y el todos para uno” de cualquier sociedad a merced de la historia—, parece poco menos que imposible triunfar sobre la soledad o el desamparo desde el artificio de su promulgación. Construirlos fuera de nosotros, desde la puntualidad retórica y no desde las fibras de lo connatural, cancela nuestra ocasión del otro, de reconocernos en él como un yo-posible y de disolvernos en él para evocar en silencio una comunidad de acentos sucedidos, de dioses en ebullición y también comunidad de ideales al alcance de la mano. Por una de esas raras paradojas que terminan siempre de dar lustre a nuestros diálogos con la realidad de cualquier época, el decreto de un signo en tanto que filiación de lo nacional nos hace asistir al espejismo de las presencias mientras nos desnuda del más intrínseco de todos nuestros derechos, a saber, el de imaginarnos de otro modo. Y todo eso es, de hecho, lo que acontecerá en las páginas de esta granja de afiliaciones de laboratorio.

Conviene, pues, insistir en ello... En el marco de la independencia recién adquirida por el cartujo, la creación de la primera bandera, la escritura de una carta magna o la fe de nuevo cuño en una religión de Estado (el llamado “animalismo”), todo ello trasciende como la mentira de un pueblo extraviado en la impaciencia de otros espejos, extraños y siempre insuficientes. Y lo mismo ha de suceder con el nombre proyectado para la nueva república, o con aquel himno nacional cantado al ritmo del “oh my darling, Clementine”: ambos instantes certifican la pérdida del presente, son gestos de sometimiento a un pasado de utilería y constancias de una memoria que nunca se poseerá. Por ello, porque las épocas animales han sido despojadas de la capacidad para convertirse en su propio sedimento, los emblemas nacionales llegarán siempre a nuestras miradas bajo el aspecto de una cicatriz ajena, y la herida histórica que tal circunstancia provoca no se ajustará nunca a la tradición cultural que busca sanarla.

Por otra parte, el lector de George Orwell es y será siempre una realidad de doble fondo. En los vaivenes de cada página su mirada existe, primero, como juez al acecho; después, como el blanco de alguna denuncia. Desde dicha dualidad de juez juzgado puede señalarse ya con mayor desenvoltura que la novela no se orienta, a pesar de sus antifaces de paraíso traicionado, hacia el descrédito de las visiones utópicas. Digámoslo con todas sus letras, ahora mismo y de una buena vez: la obra no es una simple alegoría contra los sueños de igualdad ni pone sus metáforas al amparo de la resignación. Tampoco representa una tesis que pugna por el exterminio de los ideales; si así fuera, qué duda cabe, la hubiéramos olvidado hace tanto, tantísimo tiempo. De hecho, lo sabemos muy bien, Orwell nunca fue un hombre de desesperanzas, ni antes ni después de Rebelión en la granja (1945), y su vigencia en tanto que autor comprometido subyace en la exposición narrada de nuestras cobardías. Al novelar las desventuras de una opinión a contracorriente, o al imaginar los tropiezos de un rostro que nunca quisimos hacer de veras nuestro, más que fantasear sobre lo “distópico” —o sobre lo anti-utópico—, la obra trasciende como una extensión de nuestro miedo a la libertad. Por lo demás, siempre culpable y siempre a punto de emitir un juicio, el lector gozará también de la licencia para permanecer en la superficie de la fábula, para refugiarse en sus ámbitos más simbólicos y en ellos postergar su propio reconocimiento; así, aquel conocido salto mortal de la imaginación, legítimo e infalible, vuelve a exhibir sus eficacias en este libro capaz de construir desasosiegos que nos distraen, o, si se prefiere, capaz de desazonar el alma y a la vez servirle de asilo. Y, dicho sea como de paso, algo similar sucede con muchas de las angustias que guían la lectura de 1984, aquella otra novela de Orwell cuyos trazos de asíntota se acercan muchísimo a la vida de la granja, sin llegar a explicarla por completo.

La visión de George Orwell también agrieta nuestros conceptos de ciencia y de sapiencia. En Rebelión en la granja, por ejemplo, las menciones de lo erudito tanto como las referencias a la técnica se limitan a una vacua exposición de conocimientos heredados; al hacerlo de dicha manera, la inmovilidad del destino, dentro y fuera del mundo novelesco, quedará revelada. De hecho, es en la simulación del deber ser de cualquier forma de conocimiento donde se despeja uno de los conflictos más soterrados del libro, pues, dígase lo que se quiera, los animales de la alquería sí que sospechan el germen de porvenir que debe nutrir el afán de sabiduría, intuyen con no poca perspicacia la sinonimia obligatoria entre las nociones del estudio y las del futuro, y, por añadidura, saben reaccionar (casi siempre en silencio) ante la indebida disociación de la inteligencia y los anhelos de progreso. Tal vez sea ése el más intuitivo de los mensajes de la fábula: reclamar el ejercicio de una conciencia histórica más efectiva y por lo tanto mucho más abarcadora, esa misma conciencia que nos haga más diestros en la conjugación de las épocas; desde dicha perspectiva, resulta inevitable calificar de farisea cualquier postura intelectual que se desentienda de la evolución de las esperanzas, de su recorrido en el tiempo y aun de sus capacidades heredadas —capacidades para recibirlas y también para legarlas—. A manera de rápido ejemplo de lo anterior, allí están las tareas de alfabetización que se realizan en la granja; aquellas jornadas de instrucción, tan propias del amanecer de las revoluciones sociales, han sido jalonadas por la innocua mención de Julio César, en las endebles alusiones a los argumentos aristotélicos de la esclavitud natural, en los periódicos del pesimismo o en la ojeada sin consecuencias de los manuales agrícolas.

Las ideas mismas de lectura y escritura han sido pervertidas en el relato. Sólo así cobra mayor resonancia ver que Napoleón, aquel cerdo-cacique que todo lo tergiversa, se permite una y otra vez reescribir los calendarios de una sociedad que no interioriza, porque no puede hacerlo, las llagas más elocuentes de sus desoladoras gramáticas: ésas que explican el desconcierto de letras aprendidas para promover olvidos antes que para garantizar sobrevivencias, o aquellas otras cuyo desamparo se deriva de una existencia sin textos capaces de representarnos. Una y otra y todas las veces que la fábula nos comparta episodios escriturales, hemos de reparar en el tránsito impracticable de lo individual a lo compartido, entre la vida de cada uno y la comunión de los destinos, entre las geografías de lo íntimo y las vastas regiones sociales de lo extrínseco; dicho de otro modo, la palabra escrita en el mundo novelesco se manifiesta siempre como un evento de pérdida de identidad más que como un instante de vinculación o de acercamiento. Por lo demás, la “Granja Animal” es muchas veces un mundo dentro de otro, un gremio inexperto de equinos, un bisoño subconjunto de aves o de roedores sin arraigo ni cohesión en las ortografías de los símbolos compartidos, es decir, una accidentada colectividad sin trascendencia en las escrituras transformadoras de la realidad.

Por último, vale la pena comentar que la traducción española del título acaso le sienta muy mal a las sustancias del libro. Traído desde el inglés del Animal Farm a la exaltadora expresión de Rebelión en la granja, aunque por exceso y no por omisión, el traslado lingüístico pierde aquel espíritu de noticia que la novela exhibe como uno de sus valores fundamentales. La obra pasó muy rápido por su periodo de liberación, y, para lo que ocupa decir aquí, la sedición, el motín y los pronunciamientos en la hora del triunfo duraron apenas un par de páginas en el capítulo de apertura. En consecuencia, Animal Farm es la crónica de una época de interrupciones, es el pormenor de una coyuntura histórica y geográfica y también existencial, y es la cronología de una ruptura que se ganó a pulso su derecho a la memoria —y, por lo tanto, su derecho a ser literatura—. Además, qué duda cabe, si los animales comienzan a parecérsenos en lo más íntimo de sus vicios, la lectura de Animal Farm, en tanto que cosmogonía disfrazada de colores apocalípticos, ya no resulta tan imprecisa en los reflejos que nos proyecta. En conclusión, esta parábola cuyas huellas de identidad están entre nosotros desde que aprendimos a metaforizarnos con ejercicios de animalización (mucho antes de Esopo, by the way), es la fábula de una esperanza que fuimos dejando en el olvido y no tan sólo la simple crónica de una rebelión.

A pesar de todo, un viaje a las páginas de Orwell también sirve para firmar tratados de paz con las cárceles de Asunción. También sirve para pasear por la Plaza Uruguaya donde Artigas saluda eterno desde su monumento, sombrero en mano. El pequeño mercado de artesanías apenas llama la atención un poco más allá y ya he comprado un imán con forma de tereré para mi refrigerador; no, no sé cuándo podré regresar a esta ciudad, y además quisiera visitar la catedral y caminar otra vez, así sea sólo un poco, por la costanera. Terminaré mi última visita, eso sí, con una cena en el Lido-Bar y ojalá que la coincidencia cierre sus ciclos y pueda despedirme de José. No, no lo creo, y el ambiente de las mesas es tranquilo y los comensales exhalan la arrogancia inofensiva de quien acaba de comer. Entonces cambio de ambiente, me diluyo en estas notas, ahora en el Café Martínez: ¿y si hubiera venido al mundo en este flanco de las esperanzas?, ¿y si Dora fuera este mismo yo que la escribe con otras palabras?, ¿y si los papeles de mi historia fueran sus otros papeles?... Al regresar al hostal algo me hace falta en la mochila porque me han robado mi pequeño Ipod en el café, y ojalá les guste mi Benny Moré o los corno de Mozart.

Paraguay es un tiempo distinto y ayer el Cerro Porteño ganó la Copa y fue noche de fiesta en Asunción. Cohetones, algarabía en guaraní, bocinazos, gritos en todas las esquinas de la madrugada. Del otro lado de los cristales, aún en el Café Martínez, transcribo las motocicletas, los asfaltos en manga corta, la corbata ocasional con facciones de burócrata, los tacones bajitos de conquista posible y esto ha sido tan intenso y tan extenso, ¿cómo decirlo?, tan único en las cárceles locales, en aquel charlar de libros animales y en la memoria de dos mujeres abrazadas más allá de todo, más allá de Orwell y de la lluvia que caía cuando salí de El Buen Pastor.

 

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