Estampas Parrianas

Rafael Gumucio

Un colega

Recién ahora entiendo por qué la primera vez que lo vi, Parra me trató no sólo con amabilidad o simpatía, sino con algo parecido al respeto o —resulta ridículo decirlo ahora—la admiración. Yo era un periodista que quería ser poeta (o peor aún, novelista) y él un poeta que quería ser periodista. Su trato, horizontal, sencillo, curioso, no era el de un abuelo, un profesor o un amigo, sino el de un colega. Ese había sido, incluso antes de conocernos, el vínculo que nos unía. En medio de una de las primeras borracheras de mi vida (en 1998, cuando tenía 28 años), se me ocurrió que Nicanor Parra podía hacer titulares para The Clinic, el pasquín de noticias falsas y columnas incendiarias con que Patricio Fernández y un grupo de colaboradores más o menos anónimos tratábamos de celebrar el arresto de Pinochet en Londres.

“Que haga chiste Nicanor Parra”, se me ocurrió porque en medio de copas y más copas de Ron Coco, el trago con el que trataba de iniciarme de modo diabético al alcoholismo, me había topado en el baño del restaurante El Azul Profundo con algunos Artefactos, las tarjetas postales con collage que empezó a publicar en 1972: “Son iguales a los chistes del Clinic, esta huevada”, pensé mientras descargaba la vejiga, sorprendido de ese hielo que subía por mis vértebras. El alcohol, esa sensación de estar ladeado en el tiempo, de estar vacío y lleno de cosas, de sentir que el baño del restaurant me iba dejando solo, abandonado en medio de una tranquilidad tan rara, tan nueva, en la que el tiempo dejaba de existir y existía como nunca antes:

—Pídele a Parra que haga chistes —le dije a Pato, que me advertía de que no siguiera con el Ron Coco porque era más humillante morir de diabetes que de cirrosis. —Vamos de a poco, huevón. De a poco. —Te apuesto que hace feliz los chistes, Parra. ¿Qué tiene mejor que hacer ese viejo? Que venga a la oficina el martes y hacemos los chistes y la portada ahí mismo.

No sabía si Parra vivía o no en Santiago. No sabía tampoco que uno de los creadores del Clinic, Juan Guillermo Tejeda, había diseñado los Artefactos originales. Me salvó esa inconciencia, pienso ahora. Sin conocerlo, al conocerlo lo traté de la única manera en que consentía ser tratado, como un contemporáneo. Borracho por primera vez, salí a la luz del sol de verano espantado de ver cómo giraba todo a mi alrededor. “Eres el diablo”, le reproché a Pato por tentarme, o más bien amenazarme con que si seguía sin tomar, y hablando maravillas de la novela realista del siglo XIX, me iba a suicidar como acaba de suicidarse Adolfo Couve. Tan abstemio como yo, tan realista como yo, tan neurótico como yo. Me olvidé de Parra mientras vomitaba en mi baño. Pato, no sé por qué, se acordó y lo llamó por teléfono después de mandarle unos ejemplares del pasquín: —No ¿El Clinic? Lo que hacen en el Clinic es muy peligroso, nooooooo, eso noooo por favooooor —respondió Parra al otro lado del teléfono—. Tienen que andar con trabuco ustedes, hay que parar eso, esto no puede ser. Yo no quiero tener nada que ver con eso. Pero llámeme la próxima semana, quizás tenga algo para usted. Y a la siguiente semana repetía por teléfono la misma sorpresa, el mismo espanto, pero con más detalles, porque había leído entero el pasquín, porque tenía opiniones sobre todas las columnas, “pero tendríamos que hablar la próxima semana, porque yo renuncié a todo, usted sabe, yo soy jubilado de la Universidad de Chile, usted sabe, monje taoísta para más señas. Llámeme la próxima semana, pero llámeme sin falta”. Hasta que comenzó a hablar en plural cuando se refería al Clinic, y empezó a considerar el pasquín (en el que colaboró sólo una vez, en el especial que le dedicó por sus 90 años) suyo. Ese especial era para Nicanor Parra su último libro, un libro aún más suyo que los otros, porque lo habían escrito en un gran porcentaje otros: periodistas, críticos, modelos, pintores, caricaturistas. — Noooo… ¿el Clinic? ¿Qué se hace después del Clinic?, me pregunto yo. ¿Qué se hace, qué se hace? Luego se tomaba la cabeza como si estuviera completamente horrorizado por los garabatos y las mujeres desnudas en distintas posiciones que publicaba el Clinic. —¿Cómo le dijo Lemebel a Lafourcade? ¿Por qué no me empujas el mojón, eso dijo? Nooo, qué horror, eso no se hace —se reía, queriendo más guerra—. Tu sabes que yo soy muy amigo de Lemebel y muy amigo de Lafourcade. Muy luego se le ocurrían unas injurias peores e insistía en que lo mejor de la revista era la columna anónima que Pato Fernández le consagraba a la caca (que reemplazó por otra que hablaba de la paja). “Parece que Mellado es el que la lleva ahora”. “Parece que Bertoni cacha la huevada”.

Y me preguntaba, cuando lo iba a visitar esperando un comentario sobre mis libros, si tal y cual de los jóvenes y no tan jóvenes que lo visitaban estaban o no “matriculados con el Clinic.” Cristian Huneeus dice que “hoy” es la palabra clave de Nicanor Parra. ¿Pero no era esa la mayor antigualla del siglo XX, la palabra hoy? El siglo XXI había acabado con Marx, Freud, la URSS, Cuba, Hitler y hasta Heidegger. Sólo quedaron en pie Nietzsche, Lao Tse y el código de Manu. “Y el Clinic”, decía Parra, levantando un ejemplar dibujado, subrayado. El Clinic era también todo lo que Nicanor Parra había dejado atrás: Marx, Freud, Hitler, Ricardo Lagos, Pinochet, Allende. Los diarios en la pared, los panfletos en las calles de 1920, cuando por primera vez la gente como él o su papá caminaban hacía los balcones de La Moneda a saludar a su presidente, Arturo Alessandri, un hombre con el pelo rabiosamente negro que hablaba de la clase media, de la canalla dorada, de la educación de los más pobres ante la masa enfervorizada. No sabemos hasta qué punto Nicanor Parra, el padre de Nicanor Parra Sandoval, era consciente de ser parte del movimiento de masas que llevó a Arturo Alessandri al poder. Su militancia Radical debió ayudarlo a la hora de ser nombrado profesor a finales de 1920 en el 4 regimiento Andino de Lautaro, allá en el sur, en pleno territorio Araucano. ¿Un honor o un castigo? No tuvo tiempo el profesor de preguntárselo. Una vez más, la esposa y los niños empacaron para tomar en la estación central, de noche, el tren al sur, cada vez más al sur.

Zapateado, escobillado.

Sábado 5 de septiembre de 2015: Nicanor Parra Sandoval cumple 101 años. Está más lento. Más sordo. Pero se va animando mientras uno le habla. Las visitas lo resucitan, pero ya no le interesan mucho las noticias. Solo lee el diario El Líder, de San Antonio. Está al tanto de puros cahuines regionales. Sigue obsesionado con la cueca y con el Huacho José, personajes de varias de esas cuecas:

“jamás conocí a mi madre mi padre no se quien fue por eso todos me dicen que soy el guacho José”

Tiene 101 años, pienso. A los 101 años uno tiene derecho a que le importe un pucho el mundo. Se cuida, sin embargo. Se queda más en casa, se preocupa de su dieta. Se refugia en la sordera para oír sólo lo que necesita oír. Se dosifica. Después de la apoteosis del centenario, no le queda otra que volver al cuartel, refugiarse, protegerse para seguir cumpliendo años. ¿Cuántos más? Cien es una cifra redonda. Ciento uno es el infinito. ¿Cuánto más quiere cumplir? —116 —me susurró una vez cuando lo ayudé, para su impaciencia, a levantarse de la silla y alcanzar los dos bastones de madera con que esquivaba la artritis. 116. ¿Por qué no 120? ¿Por qué no 155? ¿Por qué no 103? Leyó en El Líder de San Antonio que una mujer japonesa había vivido hasta los 116 años. Yo sé que es perfectamente capaz si se lo propone. ¿Es mejor o peor para este libro que viva hasta los 116?, pienso con egoísmo. En 15 años más voy a tener sesenta años. ¿Sabré algo más de Nicanor entonces? ¿Alcanzaré a leer todo lo que tengo que leer sobre él, a averiguar todos los datos que deja suspendidos en el aire para completar este libro imposible? ¿Podré llenar de detalles eso que él mismo deja vacío? ¿Quiero convertirme en biógrafo de verdad, documentar cada instante de esos 101, 102, 103 años de vida chilena, poesía, antipoesía, física cuántica, universidad de Chile? ¿Todo eso y más, el Frente Popular, la Unidad Popular, la dictadura, la concertación, el folclore, el suicidio, las mujeres, la izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas? Ese es el problema con Parra: está en todas partes y en ninguna. Todo interesa de él, pero sólo él lo cuenta. Y él no cuenta. ¿Tengo otra posibilidad, además de la de traicionarlo? ¿No es eso lo que espera? La gente que vive muchos años vive también parte de su muerte. Como esos mineros encerrados al fondo del pique que terminan con las raciones de emergencia, los que viven muchos años están condenados a tragarse a cucharadas y migas secas, parte de su eternidad.

—Súbela —pide, señalando la radio que hay que poner al máximo volumen cuando empieza “la cueca apianaaaa”, la cueca con un piano que tocan de preferencia en los bares y los prostíbulos de Valparaíso y San Antonio, un piano que obliga a la voz y las guitarras a acelerarse a un ritmo inesperado que Nicanor sigue también con sus largas manos tamborileando la mesilla en que le sirven el té—. Sin la cueca no se vive cien años —dice y se pone instintivamente a zapatear el parquet sin lustrar de la casa de Las Cruces—. Por aniñaooó, aniñaooó, es la palabra, aniñaooó… Dice que, de volver a ser profesor en cualquier universidad, enseñaría cueca, porque es el único conocimiento que ha sobrevivido a la crisis terminal de todas las otras ciencias: zapateado, escobillado, paseo, primer ocho, segundo ocho, segunda patita, no hay primera sin segunda, entre ponerle y no ponerle, mejor ponerle, mi alma… A mí me cuesta seguir a Parra en su pasión por la cueca. Como para la mayoría de los chilenos de mi edad, la cueca, o zamacueca, como se llamaba originalmente esa mezcla de jota aragonesa con descaro africano, es un trauma: el pañuelo sobre la cabeza, adelante y atrás alrededor de la bella que revolotea y se niega, coquetea, dos a la izquierda, nos decía la profesora de la “escuela chilena” de París, una escuela autogestionada por nuestros padres y a la que los niños exiliados debíamos asistir los sábados que nos dejaba libres nuestra escuela francesa. El triste folklore de los exiliados, el patriotismo forzado, el amor a un país que me había echado a patada al que debía sacrificarle mis sábados en la mañana. Y esa sonrisa obligatoria, esa felicidad nada feliz del que no puede equivocar los pasos, esa falsa timidez, esa falsa galantería siempre al borde de la violencia. En la cueca de “la escuela chilena” la música no importaba, ni importaban mi ligereza, mi astucia, mis ganas, sino sólo seguir los pasos idénticos de la comedia del gallo conquistando a la esquiva gallina que todas las cuecas imitan. Todo eso al ritmo sin pausa de la guitarra, de un pandero llamado tormento, del cajón, el arpa y el guitarrón. No recuerdo que ninguno de mis profesores exiliados se haya detenido en las letras de las cuecas. La cueca no se escuchaba, se bailaba. Una creo que hablaba de los lagos del sur de Chile, o de un tal guatón Loyola al que le daban unos combos hasta dejarlo como “cacerola”. Bajo la mesa sí, Como estropajo el guatón loyola, El otro gallo encima Y el gordo abajo, comadre lola. Quedó como cacerola, Comadre lola, el guatón loyola. La olvidada letra de la cueca era justamente lo que a Nicanor Parra más le interesaba. Veía en la cueca, ese baile cantado a gritos que nadie se detenía a escuchar, un género literario. En esa breve y apurada descarga de versos, cuatro estrofas de cuatro versos y una estrofa de dos, veía la posibilidad de contar una historia. Eso también se lo debía a Oxford, donde la tradición lo es todo. T.S Eliot, el más moderno de los poetas de entonces, iba a buscar sin pedir permiso, en las canciones olvidadas del campo y los suburbios, los acentos y las imágenes de sus poemas. La mayor parte de los serios profesores de Brasnose, Christ Church, o Merton college, se dedicaban a estudiar canciones y ritos medievales. Chile no tenía edad media con la cual contribuir a la pelea, pero Nicanor Parra, leyendo con detención a Chaucer, descubrió que esos mendigos bajo la lluvia, esos peregrinos que cuentan en versos regulares anécdotas picarescas, eran los amigos de su papá, los habitantes del matadero y del cementerio de Villa Alegre, suburbio de Chillán. En Chile, sin embargo, la cueca era secreta, episódica, ladina. No tenía héroes, apenas algún guatón ridículo recibiendo golpes por “aniñao”. Falta un Martín Fierro, pensaba Nicanor Parra. Es decir, una cueca alargada, una canción-novela. ¿Cómo hacer eso en Chile? ¿Cómo contar la historia del Fausto de Goethe en cueca, como lo hicieron los argentinos en versos gauchescos? El Martín Fierro y el Fausto los escribieron dos dueños de estancias, José Hernández y Estanislao del Campo,

Dice que, de volver a ser profesor en cualquier universidad, enseñaría cueca, porque es el único conocimiento que ha sobrevivido a la crisis terminal de todas las otras ciencias.

imitando la jerga, el ritmo, las voces de los gauchos que trabajaban para ellos. Ser dueños de fundo les permitió convertir el folclore en epopeya. ¿Dónde encontrar ese puente para que la cueca chilena tuviera su propio héroe, su propio Martín Fierro? Nicanor Parra llevaba años estudiando en distintos libros de antropólogos el famoso duelo en verso entre el mulato Taguada y el latifundista Javier de la Rosa, del que los estudiosos sólo han rescatado fragmentos y comentarios de otros cantores. “Quería hacer una edición —le cuenta a Leónidas Morales— de ese contrapunto y completarlo con otras estrofas que iba metiendo yo sobre la marcha. Pensaba dejar constancia, desde el siglo XX, a ver si acaso se podía hacer algo, una obra literaria de más aliento a partir de ese documento del siglo XIX. Proyecto que no cristalizó plenamente nunca. Esa era la idea de aquella época. Y apareció en estas condiciones la Violeta. Nos veíamos poco —le confiesa Nicanor a Morales—. Yo recién había regresado a Chile con Inga, la sueca. Y la Violeta no le había caído muy bien a la sueca. Porque la Violeta es un poco desastrada. Su presentación personal. ¿Ah? Pero esa vez estaba solo. Estaba trabajando, leyendo.” La Violeta revoloteando por ahí, esperando que su hermano le preguntara por su vida, las peñas, los niños. ¿Qué quieres Violeta? ¿No ves que estoy trabajando? “Y yo me saqué los anteojos y seguí sentado. Le dije: `estoy haciendo un trabajo aquí… muy difícil´”. —¿Y en qué consiste ese trabajo? —me dijo, un poco molesta. Entonces yo le expliqué y le leí algunas cuartetas del contrapunto, que ella no conocía. —¿Y esas cosas estudias tú? —me dijo. Yo creo que cuando dijo esa frase se produjo la iluminación. —Espérate—me dijo— vuelvo en un rato. Salió por una hora o dos, y volvió con un alto de papeles y con cualquier cantidad de coplas. —Estudia eso —me dijo.

Esa tarde, de la que no hay fecha exacta ni más testigo que los dos hermanos, puede ser uno de los hitos capitales de la cultura chilena. Esa tarde el hermano mayor le enseña a la menor que a través de las canciones de borracho del papá puede hacerse un lugar, ser parte de la cultura, postular a inmortal. Esa tarde el hermano que buscaba en los libros viejos una tradición a la que abrazarse supo que la tenía a su lado desde siempre. Esa tarde la hermana que cantaba para ganarse la vida fue desviada del camino para convertirse en el puente imposible entre las cuecas de borracho y el Martin Fierro. La Violeta, sin más lecturas que la de su hermano, sin más preparación que las ganas ciegas de torcer su propia historia, se va con una grabadora al sur y al norte y a París, y a Ginebra y Varsovia. Sin casa a veces, sin comida por semanas, cubierta de polvo, quebrando su voz en más y más grabaciones para ser ella Chile contra el mundo en el centro del mundo. Una canción no más —escribe Nicanor Parra en La Defensa de la Violeta— una canción Es lo que pido. Qué te cuesta mujer árbol florido Álzate en cuerpo y alma del sepulcro Y haz estallar las piedras con tu voz Violeta Parra

Instituto de Estudios Humorísticos

—¿Se ubican con el Cristian Huneeus? —le pregunta Nicanor Parra a mis alumnos del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales. Es junio de 2006. Nadie se ubica con Cristian Huneeus. La mayor parte de mis alumnos estudia publicidad. Los más informados habrán escuchado de Pablo Huneeus, un primo de Cristian que autoedita libros de sociología barata, famoso en las ferias de libros por tocar la campana cuando vende algún ejemplar suyo. Sin esperar la respuesta de los alumnos, Nicanor empieza a contar la vez en que, invitado a Australia, Cristian Huneeus nunca se encontró con el profesor que tenía que ir a buscarlo al aeropuerto porque le pareció que el supuesto chileno era demasiado inglés para venir de Chile. —Para que vayan ubicándose más o menos con el personaje de nuestro director en el Instituto de Estudios Humorísticos. La anécdota, que dejó perfectamente indiferentes a los alumnos, era la forma que tenía Nicanor de ligar este Instituto de Estudios Humorísticos con el Departamento de Estudios Humanísticos donde enseñó, a pocas cuadras y a algunas décadas de donde estábamos ahora, Vergara 240, Facultad de Comunicaciones y Letras de la Universidad Diego Portales.

—¿Qué tal estoy, académico? —me preguntó a la entrada de la facultad el día de su clase. La corbata verde, el traje con chalequillo incluido: era tan perfectamente distinto a la imagen del Parra de las últimas fotos que la marejada de alumnos que pasaban por ahí ni se inmutaron ante su presencia. ¿Un mendigo loco en corbata, de esos que abundaban en los cocteles de la facultad? ¿El abuelo de algún alumno, esperando por verlo dar el examen de grado? Los más astutos habrán reparado en la presencia rubia de su hija Colombina y en mi embarazoso intento de guiar a la comitiva hacía el Ana María, el restaurante de carne de caza (jabalí, ciervo, liebre), unas cuadras más abajo de la facultad. ¿Qué comió Parra? No recuerdo. Dedicado a masticar su personaje de académico, Parra no habló mucho durante el almuerzo, que el resto de los presentes, familiares y autoridades, intentamos rellenar como pudimos. Se limitó, a la hora de los postres, a preguntarme si estaba todo listo. Había mandado, como única condición, proyectar la imagen de una de sus bandejas de pasteles sobre el pizarrón blanco. Que dijiera algo sobre la vejez Le pidieron al dr Russell sus alumnos de estudios humorísticos & el venerable anciano respondió La vejez… Una edad como cualquier otra Cuando entramos al aula se mostró sorprendido, como si se tratara de un texto que leía por primera vez. Se dedicó a mirar la frase por sus cuatro costados, como a un gigante al que debía derribar de una pedrada. Se alejó y se acercó al aparato que la proyectaba, ubicado al fondo de la sala. Después de unos segundos de indecisión, se puso a contar las sílabas del primer verso.

—Que di jie ra al go so bre la ve jez. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11

—¿Se ubican ustedes con la versificación española? —preguntó, pero la presencia del señor muy viejo los intimidaba, y nadie se atrevía a confesar que no entendía ni una palabra de lo que decía—. El romance popular español es de ocho sílabas. El alejandrino, elegante, es de catorce sílabas. 14, escribió en el pizarrón y abajo puso: 8. Y siguió calculando más abajo: 14+8 =22. 22 divido por 2=11.

—¿O sea? Miré a los alumnos, espantados de ver cómo en pocos segundos una clase de humor se había convertido en una de castellano y matemática. Entre las 14 sílabas del poeta culto, del cortesano, y los ochos del poeta popular, sólo quedaba el 11, el metro de la clase media con el que había escrito la mayor parte de sus poemas. Trataba yo de disimular mi desconcierto sentado sobre la mesa del pupitre, vigilando la sorpresa y el aburrimiento de mis alumnos. Parra, el popular; Parra, el que vivía obsesionado por hablar el lenguaje de los pingüinos (como llaman a los escolares en Chile), se internaba como un caimán en un manglar en una compleja mezcla de aritmética y retórica clásica. Ni una sola concesión a los jóvenes, ni por asomo la preocupación de volver al tema que era el humor, su especialidad, se suponía. Aunque quizás esta era justamente la broma, perpetrar la clase más seria posible justo cuando todos, incluyéndome, esperábamos el ingenio, el chiste. Ese era el humor de Parra. Eso es el humor en general: estar donde nadie te espera, cuando nadie te espera. Arte marcial que trata más de evitar los golpes que de propinarlos.

—La verónica —dijo de pronto—. ¿Se ubican con la verónica? Su delgado cuerpo de 93 años se irguió hasta ir curvando la rodilla y el espinazo para dejar pasar un toro imaginario en una imaginaria corrida de toros. Una vez. Otra. El humor —dijo, porque sin avisarle a nadie había vuelto al tema supuesto de la clase cuando todos lo dábamos por perdido— el humor es como la verónica del torero. La bestia tiene que pasar cerca, lo más cerca posible al enemigo: ¿la muerte, el miedo, el amor, la patria, la guerra, la paz? Establecer la convergencia absoluta es importante —anotó Isadora Díaz-Valdés, una alumna, cuando le pedí al curso que comentaran la clase—, pues puede probarse que las series absolutamente convergentes pueden ser manipuladas de acuerdo a las reglas familiares del álgebra o la aritmética.

1. Si una serie infinita es absolutamente convergente, la suma de la serie es independiente del orden en el cual los términos son añadidos.

2. La serie puede ser multiplicada por otra serie absolutamente convergente. El límite del producto será el producto de los límites de las series individuales. El producto de las series, una doble serie, también será absolutamente convergente. No hay tales garantías en series condicionalmente convergentes.

Finalmente, hay que dejar pasar el toro. Bueno, esto es más o menos cómo entendí lo que escuché en la charla, que aunque no comprendí todo lo que se habló y casi nada tenía una conexión o coherencia, todos los temas tocados eran interesantes y eso provocaba que uno pusiera mucha más atención. Además, el hecho de que estuviera hablando Nicanor Parra también era un factor bastante importante en esto. Si bien me fue muy agradable —escribió José “Rancagua” Castro— tener la experiencia de estar con este afamado anciano antipoeta llamado Nicanor Parra, debo reconocer que me sorprendió la gran memoria que tenía. Aunque a veces se le arrancara la moto y perdiera el hilo de la conversación se lograba entender lo que trataba de explicar. Pero ahora que lo pienso, ¿qué trataba de explicar?, aaaaaaaaaaaaaaaaaa, no me acuerdo. Mas algo sí me llama profundamente la atención, es que al empezar este ensayo y cuando escribo por primera vez la palabra “antipoeta”, me sale que no existe. Mmmmmmmm, debe ser porque en la sociedad estamos acostumbrados a hacer todo igual, a que nunca tenemos que salirnos de los esquemas, que siempre hay que hacer las cosas justas, que nadie se puede arrancar con los tarros o hacer las cosas diferentes, romper la rutina o el sistema. Lo digo porque este programa llamado Word me dice qué hacer. Me está diciendo que esa palabra no existe, no es correcto escribirla. Pero qué quiero decir con eso. Que gracias a un señor con bastón y caminar lento, me di cuenta de que está bien ir contra la corriente, el ver las cosas de otra manera, que si todos ven las cosas verdes y yo las veo negras, es por algo”.

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