Las mujeres de Parra

Marcela Escobar

1

Aquella vez, la primera en que vi a Nicanor Parra, las puertas de su casa en el balneario de Las Cruces estaban abiertas. No había anunciado mi visita y traía entre manos un encargo que a todas luces resultaría impertinente para el poeta: encontrar las huellas que las mujeres que amó habían dejado en su obra. A diferencia de poetas como Pablo Neruda, cuyas dedicatorias explícitas daban cuenta de su registro de amores, Parra jamás habló sobre las mujeres que inspiraron sus versos. Tampoco lo hizo sobre aquellas con las que se casó, con las que tuvo hijos. Parra fue un caballero discreto. Un hombre sin memoria. Ese día, luego de que la muchacha que lo cuidaba consultara si podía recibirme, Nicanor, ya en sus 90, pantalones de cotelé, zapatos claros, camisa, sweater, barba de tres días y chaqueta de cuero, salió a la puerta anunciando que estaba cansado, que no se sentía bien y que hablar sobre mujeres (la inspiración, la musa, si es que la hubiese) era un “tremendo tema”. A punto de entrar de nuevo a casa, a punto de dejarme sin respuestas, Parra habló: Estoy entre paréntesis. Esa es mi respuesta.

2

Escarbando entre sus versos había encontrado algunas pistas. Las líneas de “Aromos”, publicado en su libro Canciones rusas, son para Inga Palme, la mujer de origen sueco con quien Parra se casó en 1951, pero que lo abandonó al enterarse de que el poeta la había engañado con otra sueca, la traductora Sun Axelsson. Los versos de “Aromos” parecen displicentes pero rematan en una estrofa dolorosa como pocas: Pero a pesar de que nunca te amé —Eso lo sabes tú mejor que yo— Cada vez que florecen los aromos —Imagínate tú— Siento la misma cosa que sentí Cuando me dispararon a boca de jarro La noticia bastante desoladora De que te habías casado con otro. En “El obrero textil”, aquella joven inexplicable sería Nury Tuca, su última esposa, la madre de sus hijos Juan de Dios y Colombina: recuerdo los inviernos y también los veranos en que yo la abrazaba y la besaba para arrebatársela al neblinoso rocío Y esa “mujer imaginaria” que inspiró las líneas de “El hombre imaginario” también tendría nombre y apellido: Ana María Molinare: Y en las noches de luna imaginaria sueña con la mujer imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor ese mismo placer imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario

—Ella murió —susurró Nicanor ese día en la puerta de su casa. Ella murió y era tan joven y Nicanor volvía a estar ahí, porque al cabo de un rato decidió salir de casa, impredecible, con unas hojas sueltas que parecían manuscritas—. Traía entre manos una versión preliminar de su poema “La Sagrada Familia”. Lo había arrancado de uno de sus cuadernos de trabajo y aseguraba que se trataba “de un poema de amor muy ambicioso, porque está en el núcleo del cristianismo. San José, la Virgen, Jesús”. De pronto Parra me habló del amor de Dios. De pronto me explicó que ese al que llamaron José era un padre platónico, al que solo le bastó con el rol de papá. —Pero nononó, esta no es poesía confesional ni autobiográfica —me lanzó de pronto, sin que yo hubiese dicho nada, sin aludir a que en ese entonces, en sus noventas, con seis hijos y ninguna mujer acompañándolo, bien podría definirse a Parra como un padre más que como un amante. Y entonces pregunté si en ese momento él también estaba más platónico—. —Más platónico que aristotélico, ¿y qué otra cosa puede hacer un viejo? Parra siempre sabía cómo cerrar una conversación.

3

Los juegos de palabras se le daban tan bien. Aquello del amor platónico lo había mencionado antes, en algunas pocas entrevistas, y parecía la mejor manera de mantenerse a resguardo del peligro feroz de la complicidad amorosa, la que bien podía llevarlo al dolor —el único elemento sin el adjetivo imaginario dentro de su célebre poema “El hombre imaginario” —. Hubo quienes supieron de las técnicas de conquista del poeta de manera directa. El escritor Sergio Badilla lo conoció en un encuentro de escritores en Viña del Mar, allá por 1967, y dijo que Parra cultivaba un amor casi infantil, de mandar recados, de escribir pequeños versos con una actitud ingenua, suave, de hablar despacito. “Un iluminado”, lo describió Badilla. Un iluminado que luego de la conquista retrocedía para volverse misterioso, un galán poco común, imaginario y displicente, quizás cerebral y matemático. Que evitaba, a todas luces, hablar directamente de esas conquistas en su poesía. Aquel día en su casa de Las Cruces, Parra estaba sumergido en las enseñanzas del Código de Manú como si aspirara a convertirse en un hombre superior o sacerdote brahman, el individuo al cual apela el libro de los hindúes. La misma mujer que le avisó de mi visita trajo té; Parra invitó a pasar y decidió hablar del amor a su modo, como un profesor frente a sus alumnos. —Fíjese que el Código de Manú dice que cuando nace el primer nieto, o sea entre los 40 y los 50, lo correcto es que el hombre superior renuncie al mundo. Significa renunciar, en primer lugar, a la mujer; en segundo lugar, a la familia; tercero, a los bienes materiales y cuarto, renunciar a la fama, a la búsqueda de la fama.

Parra vivía solo en Las Cruces hacía años, con las visitas eventuales de sus hijos, sin mujer más que la muchacha que le ayudaba con el aseo y la comida. Sin amor de pareja, digamos. De un modo austero, por cierto, pues jamás ostentó bienes ni dinero aunque nada le faltara —tampoco su vida se parecía a aquella pobreza que vivió en su infancia en Chillán, de la que huyó siempre—. De la fama, sin embargo, ya no podría desligarse: fue por décadas el poeta chileno más importante, venerado y visitado por otros jóvenes escritores, periodistas, políticos y quienes se atrevieran a golpear la puerta de su casa en Las Cruces. A la fama no pudo renunciar el poeta proyecto de sacerdote brahman.

4

Sobre qué mujeres le gustaban, el mismo Nicanor le confesó sus preferencias al escritor José Donoso, en una entrevista publicada en 1960. Las quería “altas, rubias, muy vistosas”. A propósito de Inga Palme, su segunda esposa, diría en aquella ocasión: “Inga me pareció la muchacha más hermosa que jamás había visto. Y me casé con ella en Londres. Yo soy una persona caótica sentimentalmente y, a pesar de eso, Inga siempre ha estado junto a mí y me ha apoyado. Es la persona con la que cuento en la vida, que me comprende y sabe perdonarme”. Inga no le perdonó, sin embargo, su affaire con otra sueca. Sun Axelsson tenía 23 años cuando conoció a Parra en Estocolmo y era la novia del poeta y traductor Lasse Söderberge. Eso no le impidió enamorarse del chileno, quien entonces tenía unos 44 años. Nicanor se quedó en casa de Sun antes y después de un viaje que el poeta hizo a Pekín. Ella contó que aquellos tiempos fueron “meses de felicidad”. Pero lo que vino después de la fascinación mutua entre Nicanor y Sun Axelsson fue confuso. El poeta regresó a Chile, al lado de Inga, y al tiempo Sun decidió venir tras él. Cuando llegó a Santiago se enteró de que Parra estaba casado. Sun Axelsson escribió libros contando su despecho. Dijo que Nicanor habló con su hermana Violeta para que se hiciera cargo, la hermana la dejaba encerrada, no quería que viera a nadie, y ella no le creyó cuando Parra enfermó de tifus. En las continuas discusiones sobre el esquivo Nobel para Parra se habló del daño que el despecho de Sun Axelsson causó en la campaña por el premio. Si bien la sueca declaró en algún momento que perdonó a Nicanor, le dedicó espacio y tiempo en al menos tres libros a su historia con el poeta.

5

Hubo otras mujeres. Ni altas ni rubias ni vistosas. A comienzos de los 60, Parra vivía en su casa de La Reina con Rosita Muñoz, quien fuera empleada del poeta. Tuvieron un hijo, Ricardo. “Nicanor decía que Rosita tenía ojos de estrella, era su reina, él se enamoró de ella”, dijo Beatriz Ortiz de Zárate, viuda del poeta Jorge Teillier. “Rosita era morena, de ojos muy lindos, muy aguda y muy brillante. Le tenía todo impecable a Nicanor; una dueña de casa espléndida, una anfitriona maravillosa que sabía callar. Tenía el mismo tipo de Anita Troncoso, como una de las bellezas pintadas por Gauguin”. Anita Troncoso había sido la primera mujer de Parra. La madre de sus tres hijos mayores. Ni de ella ni de Rosita hay correspondencias explícitas en la literatura parriana. Sí existen pistas de otra mujer de características físicas similares. Se trata de Mónica Silva, citada textualmente en un verso de Parra. Francisco Véjar, poeta que solía frecuentar a Nicanor, supo de ella: “En uno de los dormitorios de su casa de La Reina había una foto ampliada. Nicanor me dijo que era la verdadera Mónica Silva, y la suya correspondía a la belleza tradicional chilena: morena, cabellera negra, ojos vivos. Me dijo: Para que te des cuenta, Pancho, Mónica Silva existió en la vida real, es ella. No me habló mayores detalles”. Después de Rosita Muñoz, Nicanor volvió a enamorarse de una rubia muy joven, de ojos azulísimos. “Una mujer bellísima”, decía Francisco Véjar. Ella fue Nury Tuca, la madre de los hijos más jóvenes de Nicanor Parra, Juan de Dios y Colombina. Un romance fuerte, nada de pasajero, pero a la vez muy conflictivo, a juicio de sus amigos poetas. Porque eso también le gustaba a Parra: las más bellas, las más complicadas. Si hubo nostalgia de sus amores inconclusos, la que más transcendencia tuvo fue Ana María Molinare, la mujer que inspiró los versos de “El hombre imaginario”, descrito como “el mejor poema de amor y dolor en castellano” por el escritor chileno Cristián Warnken. Ana María era una mujer de carácter, más de treinta años menor que Parra cuando se conocieron. Ana María estaba separada. Él se enamoró perdidamente de ella. Ella lo espantó recordándole que era poeta, que era profesor, que era de otra clase social. Parra bordeaba los 70. Vivieron juntos un par de años. “Se trató de un amor apasionado, muy romántico para ella”, confesó una de las amigas de la Molinare. “Estaba fascinada con él, se sentía muy querida y él era un gran poeta. Pero estaban en etapas distintas”. Varios años después de terminar su relación con Nicanor, Ana María murió trágicamente, al caer de su departamento. Y muchos años después, casi bordeando su centenario, Parra la recordaría tristemente, asumiendo cuánto la amó y cuánto le dolió lo que él consideró un rotundo rechazo.

Es probable que después de ella haya habido otras mujeres. Francisco Véjar conoció a la última, con la que vivió al menos hasta 1996. Tres años antes, Véjar llegó a Las Cruces junto a otros dos poetas y les abrió la puerta una muchacha muy joven, que vestía short y polera. Les dijo que Nicanor dormía la siesta, que regresaran más tarde. “Se llamaba Andrea Lodeiro. Cuando volvimos, ella estaba vestida elegantísima y Nicanor había puesto tazas muy finas para servir el té. Todas las veces que la vi, ella estaba muy incorporada a la vida cotidiana de Nicanor Parra. Si necesitaba un libro ella sabía dónde estaba y se lo traía. Eran pareja, de andar tomados de la mano”. Francisco coincidió nuevamente con ambos en el invierno de 1994, en un encuentro de escritores en Temuco: “Andaban juntos para todos lados y Nicanor estaba muy contento, muy orgulloso de presentarla”. Nicanor y Andrea se habrían separado después de 1996. Ese año fue el lanzamiento de Hojas de Parra, la última vez que Francisco Véjar los vio juntos: “Estuve muy cerca suyo en esa época y Nicanor quedó muy mal después de esa separación. Estuvo muy enamorado. Después de la Andrea y de ese desgarro vino el discurso del anacoreta, de quien se retira al bosque y renuncia”.

6

Según el Código de Manú, el anacoreta se va solo y desnudo al bosque. Al menos esa fue la explicación que aquel día me entregó el propio Parra. En la terraza de su casa de Las Cruces, sentado sobre una silla blanca, de plástico, Nicanor desmenuzó todos los pasos que debe seguir un hombre superior según el manual de vida de los hindúes. Al igual que el anacoreta, Parra terminó su vida solo; no sabremos si fue feliz. Algunos amigos comentaron por entonces que a Parra le hacía falta una mujer que fuera su pareja en lo espiritual, en lo emocional, aunque él jamás lo reconociera. Luego del discurso del anacoreta, esas palabras cobran sentido. —La pregunta sería la siguiente —interpeló Parra, cuando ya acababa el día. Hablaba de nuevo como un profesor dictando cátedra—: ¿A qué se va solo el anacoreta al bosque? Se va en pos de Brahma. Usted se preguntará quién es Brahma. Alma universal de la que fuimos mutilados contra la voluntad divina, por unos demonios disfrazados de dioses... En ese momento, Nicanor hizo una pausa. Parecía, al fin, fuera del embelesamiento que le provocan los preceptos orientales. Abandonó el discurso de docente que sostuvo mientras explicaba el Código de Manú, para confesar: —Yo leí esto tardíamente. Llegué a Las Cruces como un anacoreta de 80 años. Hacía tiempo que tendría que haber sido asceta. En términos generales, salvo error u omisión, a mí me parece que esta es la cosmovisión más coherente en materia de sociabilidad... A propósito de qué llegamos a este punto, ¿se acuerda? A propósito del amor platónico, le contesté en ese momento.

Puntos de venta