Nicanor Parra: Conciencia de la tribu

Patricia Cerda

Nicanor Parra dijo en varias entrevistas que quería ser recordado como la conciencia de su tribu. A los buenos poetas suele otorgárseles el honor de ser voceros, pero él desde siempre quiso ser más que eso. La intuición de tener algo fundamental que decir sobre ella, la tribu, es temprana en Parra. Tenía unos 14 años cuando escribió su primer poema que tituló “Los araucanos, los españoles y los chilenos”. Un poema épico en versos alejandrinos de catorce sílabas métricas rigurosamente rimadas. Sabemos de esa primera incursión en la poesía por sus propias declaraciones. En ese tiempo vivía con su familia en los suburbios de Chillán. Su madre viuda mantenía a sus ochos hijos a duras penas con sus trabajos de modista de trastienda, como se lee en el poema Epitafio. Al poeta le gustaba comentar momentos de su biografía, tanto en su poesía como en las entrevistas. Su vida, igual que cualquier otra vida, era para él una superficie en la cual se podían ver reflejos del modus operandi del Ser. La paradoja de verse a sí mismo como un hombre cualquiera de la calle y al mismo tiempo como uno que vino a este mundo a decir verdades del porte de un buque atraviesa toda la obra parriana. Es lo que la hace irreverente e intrínsecamente humana. En 1996, cuando la Universidad de Concepción le otorgó el Doctor Honoris Causa, en su Discurso del Bío-Bío expresó:

La primera vez que pasé por aquí, de esto hace una porrada de años, fue en condición de lazarillo de vendedor ambulante: frutas, verduras, útiles de escritorio...

No olvidaré jamás ese canasto de mimbre.

Tendría unos 12 o 13 años.

Estaba en el 2° o 3° Año de Humanidades En el Liceo de Chillán…

Ahora soy Doctor Honoris Causa, caramba.

El Oráculo tenía razón Cambia todo cambia.

No hablar en difícil

Parra recalcó muchas veces lo importante que fue para él leer la Antología de la poesía chilena nueva de Eduardo Anguita y Volodia Teiltelboin, publicada en 1938. Esta antología lo dejó profundamente insatisfecho. Los antologadores se incluyeron ellos mismos en ella, destacaron a Vicente Huidobro y dejaron fuera a Gabriela Mistral. Parra se preguntó por qué estos poetas hablaban en difícil. Ese lenguaje no tenía nada que ver con la claridad, la ironía y el panpanvinismo (franqueza) con que se expresaba el hombre de la calle. Años más tarde, en un poema de su libro Versos de salón (1962), diría que los conceptos que manejaban estos poetas eran: Tablas viejas devueltas por el mar... Surrealismo de segunda mano... A la última moda de París. Su lectura prendió en él un deseo urgente de liberar a la poesía chilena de la solemnidad y la pretensión que se le había ido acumulando durante décadas. Se propuso aplicarle un terremoto. Pero desde 1938 hasta 1954, en que publicó Poemás & Antipoemas, hay 16 años. Todo ese tiempo se demoró en llegar el remezón. Entre tanto Parra terminó sus estudios de Matemáticas y Física en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y partió a trabajar al Liceo de Chillán. Allí conoció y obtuvo el visto bueno de Gabriela Mistral, cuando ella pasó por esa ciudad en un viaje de reencuentro con su país. Si esta es la nueva poesía chilena, estoy con la nueva poesía, dijo Mistral, después de escucharlo leer “Canto a la escuela”. El terremoto de 1939, que dejó a Chillán en ruinas, y la búsqueda de nuevos horizontes lo llevó de regreso a Santiago. Allí se casó y comenzó a trabajar como profesor de Matemáticas hasta 1943, cuando obtuvo una beca para estudiar Mecánica Avanzada en la Brown University en Rhode Island, Estados Unidos. Tanto su paso por Chillán, como sus andanzas en la capital y la inmensa soledad que sintió en Estados Unidos fueron condensados en poemas que él llamó Ejercicios respiratorios. Escribir consistía en arrancar una experiencia del curso ciego de los acontecimientos y desmenuzarla en vivencia y trascendencia; en lo relativo y lo absoluto. La luz no estaba fuera de las situaciones, sino dentro, en la mirada que abría hacia lo humano. A su regreso a Santiago en 1945 siguió buscando, como él mismo explicó en una entrevista, la entrada y la salida del laberinto en que estamos. Más allá de la certeza de que la vida no cumple lo que promete, trataba de develar el mecanismo. Las búsquedas siguieron en Oxford, hacia donde partió en 1949 a estudiar Cosmología con una beca del Consejo Británico. Allí la poesía terminó por derrocar a las matemáticas. En vez de asistir a clases, se dedicó a leer, a traducir y a rimar. En su último año en Oxford conoció a la sueca Inga Palmen. A su regresó a Chile en 1951 llegó con ella y con muchos de los poemas del libro-terremoto en su maleta. Primero publicó 13 de ellos en la revista Anales de la Universidad de Chile con una introducción de Enrique Lihn. Esto significó que otros poetas jóvenes como Alejandro Jodorowski se le acercaran. Lihn, Jodorowski y Parra tramaron en esos años la primera acción poética pública en Chile. Era una suerte de collage irónico en forma de diario mural llamado Quebrantahuesos que pegaban en las ventanas de un restaurant en una calle céntrica de Santiago.

En 1954 Parra mandó sus poemas a un concurso del Sindicato de Escritores y se ganó el primer lugar. Ese mismo año fue publicado el libro Poemas & Antipoemas por la editorial Nascimento. Así se cumplió la promesa del terremoto. Todo cambió en la poesía chilena desde entonces. Selena Millares explica en su libro Neruda: El fuego y la fragua que la lectura de Nicanor Parra transformó la poesía de Pablo Neruda. La influencia de Parra hizo que hubiera una repentina ausencia de solemnidad y una frivolidad algo forzada en Estravagario y las Odas elementales. El mismo Parra se dio cuenta. Con orgullo declaró poco después: Antes de que llegara yo, en Chile no se podía escribir nada sin el consentimiento de París.

La cueca larga

En 1958 Parra publicó La cueca larga, seguramente su libro menos tomado en cuenta por la crítica. Más que en ningún otro trabajo suyo, están allí destilados con hondura los proverbios y sentencias de la picaresca del campo chileno. Parra les da, eso sí, un giro metafísico. La cueca larga es un libro inspirado en el Romanticismo alemán que llegó a Chile con el lingüista Rodolfo Lenz a fines del siglo XIX. Parra asistió a sus clases a mediados de la década de 1930, cuando era estudiante de Matemáticas en el Instituto Pedagógico y leyó sus libros sobre la poesía popular chilena. La influencia de Lenz en Parra es innegable. Ambos se interesaron en un periódico en décimas que se vendía en los mercados llamado La Lira Popular. Era una hoja en que virtuosos de la rima contaban sus vivencias personales y noticias del acontecer nacional. Otra fuente de inspiración para esta vertiente poética que Parra expresó en La cueca larga fue su hermana Violeta. Motivada por él, ella recopilaba folclore en esos años y él muchas veces la acompañaba a sus excursiones. Violeta Parra comenzaba a hacer visibles manifestaciones culturales de la tradición chilena y a expresarlas en sus creaciones. Esta tradición era vista por la burguesía en parte con desprecio y en parte con vergüenza porque a mediados del siglo XX todavía seguía viva en la mente de los intelectuales del Cono Sur la dicotomía sarmientina civilización versus barbarie. Lo que los hermanos Parra hicieron fue mostrar la belleza que nació de la mal llamada barbarie. Yo creo plenamente en la cultura —dijo Parra a propósito de las críticas a este libro—. Hay que armarse de esa parafernalia en términos totales. Algunos vieron en La cueca larga un retroceso en la línea vanguardista de Parra. Pero no lo era. Parra volvía a tocar temas universales, solo que arraigados en la oscuridad de la tierra. En el poema Coplas al vino se leen las vivencias de un hombre del pueblo como un capítulo más en el gran drama del Ser. Shakespeare, Chaucer, Blake y Eliott, a quienes él estudió en Oxford, estaban tan arraigados como él en su propia tradición.

El hombre imaginario

Versos de salón, publicado en 1962, fue una réplica del terremoto que terminó de remover los fundamentos de la poesía, ya no solo chilena, sino de la poesía en castellano. Aquí el observador severo de sí mismo inventa formas originales de expresar momentos, estados de ánimo, fracasos, paradojas sin pelos en la lengua. El poema quizás más personal de este libro es Socorro escrito después de su separación de Inga Palmen: No sé cómo he venido a parar aquí yo corría feliz y contento con el sombrero en la mano derecha tras una mariposa fosforescente que me volvía loco de dicha cuando de pronto zas un tropezón y no sé qué pasó con el jardín el panorama cambió totalmente: estoy sangrando por boca y narices. En su Kritik der Urteilskraft (Crítica de la libertad de juzgar), Kant postula que las ideas estéticas son representaciones producidas por la imaginación para estimular el pensamiento. Expresan lo inefable. Remiten a algo que está por encima de los límites de la experiencia y, al hacerlo, cumplen la función de sensibilizar a la deficitaria razón. Con sus imágenes poéticas, Parra lleva al lector de la mano a una experiencia ensanchadora. Sus poemas condensan conflictos internos y externos, ilusiones y fracasos y dan cuenta de la sensibilidad con que el poeta, como uno más, responde a las trampas de la existencia. El lenguaje puede ser melancólico, irónico o sarcástico, pero éste es solo un medio, no un fin en sí. El objetivo del poema es encarar al universo y despertar empatía. El poema citado continúa: Realmente no sé lo que pasó. Sálvenme de una vez o dispárenme un tiro en la nuca. Uno de los poemas más conocidos de Nicanor Parra es El hombre immaginario (Hojas de Parra, 1985) escrito en medio de otra pena de amor. Aquí el poeta entronca con el leit motiv de la metafísica occidental desde Kant y Schopenhauer, para quienes no hay una verdad más allá de la mente que la piensa. Die Welt ist meine Vorstellung [El mundo está en mi imaginación], es la frase con que comienza la obra magna de Arthur Schopenhauer, uno de los filósofos más influyentes en el pensamiento occidental hasta hoy. Parra nunca nombró a Schopenhauer en sus entrevistas, pero intuitivamente llegó por la vía de la poesía a las mismas conclusiones: El hombre imaginario vive en una mansión imaginaria rodeada de árboles imaginarios a la orilla de un río imaginario [...] Y en las noches de luna imaginaria sueña con la mujer imaginaria que le brindó su amor imaginario vuelve a sentir ese mismo dolor ese mismo placer imaginario

Ser contemporáneo de Neruda

Uno de los retos que tuvo que enfrentar Nicanor Parra fue ser contemporáneo de Pablo Neruda. El poeta y ensayista Luis Oyarzún, amigo de ambos, apuntó en su Diario que Neruda quería ser el Porfirio Díaz de las letras chilenas. En los encuentros de escritores organizados por Gonzalo Rojas en la Universidad de Concepción en 1958 y 1960, más que sobre literatura, se discutía sobre la importancia del compromiso político del escritor. Aunque Pablo Neruda no asistió a esos dos encuentros por encontrarse fuera del país, su espíritu dominaba en el ambiente literario chileno. La razón no era solo la calidad de su poesía, sino sobre todo sus conexiones internacionales. Hoy sabemos que en ese tiempo se confundió en Chile el deseo de las mentes progresistas de democratizar el país, haciéndolo más inclusivo y más justo, con el interés de la Unión Soviética de exportar su marxismo a América Latina. Neruda jugó allí el rol principal. Ser un protegido de la Unión Soviética le daba derecho a veto en Chile. Quien más lo sintió en carne propia fue Pablo de Rokha, enemigo declarado de Neruda, al ser expulsado del Partido Comunista a instancias del autor de Canto General. Gonzalo Rojas no invitaba a De Rokha a sus encuentros literarios.

Parra y Neruda se conocieron en 1938 en Chillán, cuando Neruda pasó por la ciudad en el séquito del candidato del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda. La atmósfera entre ambos fue siempre distante pero respetuosa. Los dos eran cuidadosos. Muchas veces Neruda invitó a Parra a participar en sus congresos y alianzas de intelectuales. Parra hizo además varias lecturas en las casas de Neruda en La Reina e Isla Negra. La reacción del anfitrión era siempre de asombro. Dicen que decía: ¡Cómo puede hacer poesía de la nada este Nicanor Parra! El primer quiebre oficial con él y con la izquierda política se dio cuando Nicanor Parra publicó su poema Acta de independencia en 1965: Independientemente De los designios de la Iglesia Católica Me declaro país independiente Plenamente consciente de mis actos Que me perdone el Comité Central. Sabemos que el Comité Central no lo perdonó. En 1970, en el marco de un Encuentro Internacional de Escritores, Parra fue invitado a la Casa Blanca y fotografiado con la esposa del presidente Nixon. Esa fue la ocasión de la revancha. En Cuba la Casa de las Américas le canceló la invitación a ser jurado de su concurso literario y en Chile la Sociedad de Escritores lo acusó de inconsecuencia literaria e ideológica y abrió un juicio literario en su contra. Demás está decir que Parra vio a Neruda detrás de esta acción. Así comenzó un período que durará varias décadas en que Nicanor Parra será combatido desde todos los sectores políticos. El poema-artefacto publicado en 1972: La izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas fue leído por los bandos en cuestión como un absurdo. Estos artefactos son una suerte de fusión entre el refrán coloquial y el aforismo escritos en tarjetas de tamaño postal. En la difícil década del 70 Parra se sirvió de ellos para sintetizar sus puntos de vista:

SE SUPLICA NO CONFUNDIR

el arte en la revolución con la revolución en el arte.

El mítico Che Guevara, encarnación del perfecto revolucionario, también tuvo su artefacto:

PERDONA LA FRANQUEZA

hasta la estrella de tu boina “Comandante” me parece dudosa

Y sin embargo se me caen las lágrimas.

Durante mucho tiempo Parra fue criticado por su posición política independiente como lo fueron Czeslaw Milosz, Boris Pasternak, Albert Camus. Tener una actitud política independiente era todo un reto en el siglo XX. Czeslaw Milosz comparó el destino del hombre de ese siglo al del hombre de las cavernas, rodeado de monstruos más fuertes que él. Otro poeta polaco, Adam Zagajewski, anotó a propósito de lo mismo en su Diario de vida sin fechas que el siglo XX fue seguramente el peor siglo en el sistema solar. El mismo Parra pronosticó que la historia lo absolvería y así ha sido. La independencia del poeta hace que su poesía siga tan fresca y universal como el primer día. Es la razón quizás porque Roberto Bolaño confesó pocos meses antes de su muerte: Todo se lo debo a Parra. Las acusaciones siguieron después del golpe de estado de 1973. Parra fue acusado de colaborar con los militares. Pero los hechos desmintieron esos nuevos dardos. En mayo de 1977 el grupo teatral La Feria estrenó en una carpa en la comuna de Providencia, Santiago, la obra Hojas de Parra, basada en textos suyos. La obra fue considerada claramente política y crítica del régimen militar. Pocas semanas después de su estreno un grupo de desconocidos lanzaron antorchas con bencina y quemaron la carpa. Oficialmente se dijo que la carpa fue clausurada por insalubre. En Sermones y Prédicas del Cristo del Elqui (1977) hay versos explícitamente críticos de la dictadura, cuando el Cristo del Elqui afirma: en Chile no se respetan los derechos humanos aquí no existe libertad de prensa aquí mandan los multimillonarios el gallinero está a cargo del zorro Conciencia de la tribu Nicanor Parra no era un poeta maldito. No se veía a sí mismo como un sujeto conflictivo, sino al revés: le interesaba reestablecer el equilibro perdido de la comunidad. No buscaba ahuyentar a sus lectores, sino su empatía. Algo que se vio especialmente en sus últimas décadas de vida. Su casa en la localidad costera de Las Cruces se transformó en un lugar de peregrinación de intelectuales no solo chilenos. Ser recibido por él daba cierto prestigio. Sus visitantes iban a escuchar a quien Harold Bloom consideró uno de los mejores poetas de Occidente; recibía a casi todos, asumiendo el riesgo de que lo podían tergiversar. Conocía muy bien la implacable doctrina de Empédocles: Solo lo semejante reconoce a lo semejante. Parra tenía un comentario para todo. Nunca dejó de estar atento a lo que ocurría en su país en materia política y siempre fue crítico del sistema neoliberal. Comentaba, por ejemplo, que para el comerciante el mundo es una lista de precios.

En el carácter carismático de Nicanor Parra destacaba su talento ético. Este talento implica la capacidad de ver al ser humano en estado de pureza, vale decir, no contaminado de las verdades de su tiempo, lo cual derivó en una gran libertad interior. Allí está la raíz de su irreverencia como poeta y como ciudadano. Para Parra no había jueces superiores. La acción coercitiva de la sociedad no funcionó en su vida. Quién sabe si en su Mai mai peñi: Discurso de Guadalajara (1991), leído cuando obtuvo el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, no se adelantó unos siglos en la historia de la humanidad al afirmar: Muchos los problemas Una la solución: Economía Mapuche de Subsistencia Con todo, al final lo logró: se transformó en la conciencia de su tribu. Un hombre imaginario lanzado a la aventura de la existencia elevó la tradición que lo formó a categoría universal y le enseñó a sus contemporáneos a sentirse bien en ella. Su tribu ahora son muchos. Personalmente veo detrás del deseo de ser conciencia de la tribu una manifestación de optimismo parriano. La esperanza que él mismo expresó en otro de sus artefactos: Una manzana buena regenera a un millón de manzanas podridas.

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