Las aventuras performáticas de
“El hombre de la vaca”. Radicalidad experimental en Omar Viñole

Ariel Fleischer

Pronunciar o acentuar el carácter de una experiencia o práctica cultural tan rica en escritos, hechos y acciones, y desde luego en interpretaciones, como la que propone el caso de Omar Viñole es una tarea compleja y necesaria. Su obra participa de un carácter superreal si la entendemos como la síntesis de una poética de vida plena de magnitud grotesca, absurda, humorística y hasta diría onírica. 

Para comprender a Viñole debemos dejar de lado el surrealismo europeo, sacudir ese molde, evitar las comparaciones simples y avanzar hacia una comprensión que nos permita entender el sentido de una práctica artística que excede la imitación y tiene sus propias particularidades. 

En el devenir del caso Viñole encontraremos al escritor en pleno proceso de creación, fustigando su realidad, incomodando a los poderosos y sus instituciones, ampliando con sus embustes el universo de posibles, lo que para su entorno y su época no podía más que escandalizar. Si algo de surrealismo hay en el trabajo de Viñole es el carácter subversivo de destrucción del orden literario y del orden público que propone. Sus arreos con una vaca en medio de la ciudad, sus irreverentes declaraciones, su actuado compromiso publicitario, no son más que métodos para acentuar una técnica del absurdo que le valiera la repercusión necesaria a fin de cumplir un programa de cambio social, moral y filosófico. 

Desconocida por el común de los lectores, y también por el ámbito académico, su obra no está inscripta en ninguna de las enciclopedias literarias argentinas aparecidas en los últimos cincuenta años. Negado por la crítica, por sus contemporáneos y por todo el sistema de legitimación institucional de la literatura, siempre fue un excluido, incluso del canon de los “raros”. Aunque en los últimos tiempos su figura comenzó a despertar un creciente interés, son pocos los que escucharon su nombre o algunas de las anécdotas que lo recrean como a un mito. 

Durante muchos años la imagen que perduró de nuestro autor fue la de un saltimbanqui que realizaba actuaciones públicas para vender libros. En el recuerdo de quienes lo conocieron y dejaron testimonio en sus memorias (Pablo Neruda, Helvio Botana y otros) permanece la idea de un Viñole disparatado, de un loco incomprendido que solo era conocido por sus escándalos. Igual interpretación es la que escuché en boca de algunos críticos o lectores de su obra, lo que señala que aún persiste el mismo imaginario que tenían comentaristas y espectadores en la etapa más radical de su proyecto. Esta visión mítica, cuyo origen habría que rastrear en los discursos contemporáneos a su práctica, no 

hizo más que entorpecer la comprensión de su propuesta. Digamos que la inteligibilidad de la obra de Viñole solo pasaba por comprenderlo desde la locura o desde la extravagancia, acotando así otras miradas. 

Reconstruir la imagen de un intelectual con base en un anecdotario plantea el problema de la veracidad. En los pocos textos donde se lo cita el “hombre de la vaca” es negado en su carácter señero: el de inaugurar la primera y más radical experiencia de arte performático de Argentina. Otro aspecto central nunca señalado es que esta labor performática se basó en una campaña de difusión montada por y desde Crítica, el diario más popular de Buenos Aires en la década de 1930, uniendo vanguardia cultural y prensa popular. Viñole era entonces un escritor del margen de la periferia, un recién llegado al ámbito de la literatura que impulsó el desarrollo de prácticas performáticas y la utilización de la prensa como medio de explotación publicitaria para difundir sus ideas críticas sobre la sociedad. Un extraño caso de escritor mediatizado, pero en 1935.

Desmontando el mito 

¿Quién fue Omar Viñole? Un loco, un anormal o un idiota eran las respuestas posibles a esta pregunta para el porteño que tenía que caracterizarlo en su época. Ese crédito se había ganado a partir de sus intervenciones públicas de paseante con una vaca holando-argentina por las principales calles y avenidas de Buenos Aires. 

Sin embargo, era mucho más que eso. Jugaba a ser loco, para ganarse la atención de un público al que quería convencer con su prédica. Omar Viñole era el nombre de la impostura, del humor como crítica social, de la sátira y el desenfado que reflejó en sus performances para enfrentarse a una realidad social y política que repudiaba. 

Había nacido en 1904 en Bragado, provincia de Buenos Aires, donde atravesó una infancia dolorosa. Desde niño tuvo profunda inquietud por los animales debido a una crianza rural, lo que lo llevó a convertirse en veterinario. Para ello se mudó a la ciudad de Córdoba donde estudió la universidad. De aquellos años le quedaría un fuerte recelo hacia el ámbito académico que se vería reflejado en sus intervenciones públicas y en su obra escrita. Tuvo una adolescencia pobre y esforzada, viviendo en pensiones y trabajando en muchas actividades y ramos: fue sereno, diariero y cartero informal. 

Se desempeñó como médico veterinario de la Municipalidad de la ciudad de Córdoba y se dedicó a estudiar diversos aspectos de la disciplina: publicó artículos sobre animales, biología y botánica, y fundó la “Asociación Protectora de Animales Sarmiento”. 

Autor de más de cincuenta libros y folletos, y de cientos de notas de prensa, Viñole comenzó a destacarse por la mordacidad de sus escritos y de sus intervenciones públicas. Durante casi un año tuvo en vilo a la ciudad de Buenos Aires al pasear con una vaca por las calles, al realizar sus noches de catch as catch can en el estadio Luna Park y con sus extrañas conferencias, actividades todas informadas a partir de una campaña de prensa del diario Crítica. Con el paso de los meses, la disposición del público para desenmascarar al impostor que creían ver en él se fue diluyendo. Sus apariciones perdieron novedad y con ello el apoyo de los diarios. Para poder difundir sus ideas y sus críticas, Viñole prosiguió con su labor desde Tanke, publicación propia que no contaba más que con textos redactados por él, donde llevaba adelante un periodismo sagaz y burlón acerca de la realidad política nacional. 

Su militancia en el Partido Demócrata como propagandista le hizo contar con el apoyo, y también con el desprecio, de muchos hombres de la política. Hacia 1936 se vinculó con Manuel Fresco, quien sería elegido fraudulentamente gobernador de la provincia de Buenos Aires, y sobre quien escribiría un libro proselitista. Distanciado y decepcionado de los vaivenes y traiciones de su partido, Viñole decidió volcarse al estudio y la reflexión filosófica. Para ello fundó una “Escuela de Meditación” en una isla del Tigre. La experiencia terminó abruptamente luego de unos meses. 

Años más tarde se adhirió al peronismo e inició una etapa donde todas las acciones que llevó adelante en la década de 1930 las relativizó a partir de un cierto misticismo cristiano y que daría origen a la “Liga Mundial de Escritores y Obreros Intelectuales Cristianos”. Murió en 1967, olvidado y relegado en la ciudad de Buenos Aires.

La obra literaria: su primer escándalo 

El camino del escándalo y las performances que inicia Viñole tiene como base una escritura personal y una literatura diferente a la de su época en cuanto al estilo y a las temáticas desarrolladas. Su obra, despareja, irreverente, moderna, fue negada por la crítica y desplazada al margen de lo literario. Sus libros eran interpretados como los de un excéntrico delirante que escribía solo para escandalizar y que a causa de ello no merecía ser considerado escritor, punto común con Raúl Barón Biza. Sólo unos pocos amigos apoyaron su labor irreverente, todos cercanos a él en las formas de su expresión literaria: los hermanos Raúl y Enrique González Tuñón, Oliverio Girondo, Raúl Scalabrini Ortiz y Juan Filloy. 

Viñole ancla su escritura en el registro popular y reivindica no solo una manera de escribir sencilla, entendible y hasta divertida para el lector, sino también que sus ideas y reflexiones puedan circular de manera ágil y económica. Para ello publica sus textos en folletos y en ediciones de amplio tiraje que se vendían por pocas monedas. 

Su proyecto literario se basa en lo que denomina “literatura panfletaria”: una escritura en forma de libelo que intenta señalar o intimidar a una persona o bien definir descarnadamente una problemática atendiendo a su urgencia. Viñole buscaba que sus libros-panfletos sublevaran al lector para hacerlo “despertar” de la dramática realidad social en la que estaba inmiscuido. Para ello se servía de recursos tales como los insultos y el maltrato: 

¿Qué escriba mejor?... ¿Para ti?... No seas hijo de p... Me pides eso después de haber revolcado tu cuerpo con tanto cuerpo asqueroso? ¡Vamos, hombre! te hago menos mal, conservándome anónimo. Además, ¿para qué te servirá saber nada? Aprende solamente una cosa. ¡A callarte y poner candado a tu lengua!1 

Los insultos de Viñole van dirigidos al lector quien además tendrá que sortear los títulos de sus libros: A usted le sale sangre, Jesús en una casa de departamentos, Veronal o la vaca que tomaba cocaína, La camiseta del jefe de policía, Lo que la vaca piensa de Buenos Aires, El hombre que se depiló la ingle, La caligrafía de los juanetes en la arena de Mar del Plata y algunos otros que no hacen más que desorientarlo acerca del contenido de la obra. Mirar esos títulos en un puesto de diarios en 1935 era un atractivo para el lector curioso, era una nueva manera de ingresar a la literatura con un lenguaje cotidiano y directo que desde la tapa interpelaba a partir del título y las coloridas ilustraciones de los dibujantes del diario Crítica

¿Son novelas, cuentos, ensayos? Los libros de Viñole son más bien artefactos complejos porque están inscriptos en una trama que cuestiona la moral, las instituciones y la política, pero desde el humorismo y la sátira. Son libros de choque donde se navega por diversos géneros que van desde el ensayo filosófico hasta la novela y la poesía, en algunos casos con una escritura panfletaria, en otros, desde la narración o la crítica sociopolíticas. 

El objetivo del proyecto literario de Viñole era desacralizar a las letras. Sus principales críticas iban dirigidas a los escritores consagrados de Argentina y a la mirada que sostenía a la literatura como una de las bellas artes. Pero el primer desacralizado será él mismo. En su obra lo deja constantemente en claro: “La literatura tiene demasiados genios. Me basta y me sobra con ser una bestia dentro de ella. Así desprestigiaremos de una vez todo lo que sea literatura”.2 Para ello, se sirve de dos elementos: la sátira y el humor. 

Ejemplo claro de esto es el libro Jesús en una casa de departamentos donde crítica social, sátira y humor aparecen articulados en una fase narrativa tradicional. El libro aborda la nueva llegada del Mesías, esta vez a Buenos Aires. La misión de Jesús es la de renovar el interés de los fieles por él y su olvidada doctrina que había sido reemplazada por el poder terrenal de la Iglesia: “Mis escrituras no le agradarán a la iglesia. ¡Paciencia!, menos me agrada ser explotado en esos afiches, como si fuera una propaganda de churros colgados en la cruz”,3 escribe el Jesús de Viñole.

En todo el libro son constantes las críticas, veladas algunas y explícitas las más, a la explotación comercial que hacen la iglesia y el clero de la figura de Jesús. Viñole publica este libro explosivo unos meses antes de realizarse el Congreso Eucarístico Internacional de 1934 que tuvo de enviado para presidirlo al cardenal Eugenio Pacelli, luego Papa Pío XII. La ciudad de Buenos Aires se había convertido por una semana en la capital del catolicismo de América y había organizado enormes actos que movilizaron a casi un millón de creyentes. Viñole, aprovechando esa oportunidad única para escandalizar, escribe el libro en el que realizará en clave de humor furibundas críticas a la Iglesia. 

La figura que traza Viñole de Jesús es la de un hombre despreocupado por su naturaleza humana: su atracción sexual por Magdalena, sus deposiciones en terrenos baldíos de la ciudad, su deseo por las mujeres porteñas (“Pero lo que más me hace perder tiempo es el movimiento de las nalgas de las porteñas. Las pobres mujeres tienen en esa parte del sexo una especie de escupidera de las miradas”4), no son más que demostraciones de un hombre-santo que sin duda aportaron también al escándalo del libro entre los católicos. Por eso la publicación de Jesús en una casa de departamentos le ocasiona a Viñole muchos enemigos y el repudio de una parte de la sociedad. 

Si el escándalo debía ser una constante en su literatura, Viñole se propuso desarrollar otros aspectos temáticos que le servirían para seguir polemizando. Lo escatológico es el nudo gordiano en La camiseta del jefe de policía, donde prendas interiores confiesan que: “Ser camiseta de una matrona, es más o menos como ser de un pescador. Todas las mujeres de más de treinta años, parece que estuvieran conchabadas en una pescadería” 5; o bien el uso de las drogas con un cierto carácter recreativo como en Veronal o la vaca que tomaba cocaína, son algunas de las temáticas de las que se sirvió para iniciar la polémica. 

El arte de la impostura: performances y experimentalismo 

Si la literatura de Viñole era considerada escandalosa, la obra performática que desarrollaría entre 1932 y 1937 sería su punto más alto de polémica y exposición. Con sus apariciones públicas, Viñole comenzó a construir un personaje al que llamó “El hombre de la vaca”, quien será un blasfemador de sus contemporáneos y de la sociedad en que vive. El mismo escritor lo caracteriza como una leyenda organizada para agitar problemas culturales, como una “fábula humanizada”, como la creación de un artista que echa mano del recurso doloroso de desprenderse de su dignidad y utilizar el ingenio para sorprender “con un grito inesperado que llame la atención por su originalidad y contenido”.6 

Viñole buscará mediante este personaje destruir su reputación para avanzar en un camino nuevo. Sin nada ya que perder intentará que su prédica por una sociedad más justa, calara en sus espectadores. Para ello planeó numerosas intervenciones callejeras, escribió artículos y libros, y apoyándose en la prensa escrita montaría una innovadora campaña de difusión al servicio de sus ideas, llegando con su mensaje a miles de lectores y espectadores a partir de performances absurdas y escándalos públicos. La primera de ellas, la que le señalara el camino de la utilidad de estas prácticas, la organizó en un restaurante cordobés a principios de 1930. Viñole así la describe: 

Había estado leyendo a Ludwig, en “Napoleón”. Necesitaba hacer una crítica oral. Pero necesitaba realizarla con el guerrero corso. Notifiqué a mis amigos y muchos que no lo eran, que el sábado a la noche daría una comida a Napoleón Bonaparte. Hice preparar una mesa para veinte cubiertos. Asisto yo solo, y en la otra cabecera, opuesta a la ocupada por mí, empiezo, previo las imaginarias cortesías, a dialogar con Napoleón. El tono enérgico con el que yo hablaba trajo, además de los que venían a contemplar mi caso, los curiosos que es de imaginarse. Por espacio de cuarenta minutos hablo con el Napoleón que había construido para este “debut”, que sólo estaba en mi cabeza. Le increpo su error histórico. Le insulto con una catarata de objeciones singulares, para ejercitar inclusive el fumismo satírico, y pido la cuenta. Pago los veinte cubiertos, “contra” la voluntad del hotelero. Le tiro la servilleta en la cara, y le digo: Usted es un petizo deforme, que sólo tuvo una sed de sangre, porque su alma era de papel secante. Yo no puedo acompañarlo a la calle. Quédese usted aquí. ¿Qué?, interrogué. No, señor —como si me contestara— me avergüenzo de haberle acompañado, porque yo me cago en la historia.7 

Por esta intervención anti-napoleónica lo acusarán de loco, iniciando una fama postrera que será la explicación generalizada de sus conductas al no poder comprender su método y sus ideas. Pero a Viñole esta acusación no le preocupaba. En toda su obra hace constantes reivindicaciones de la locura. En boca de Jesús, escribe: “El loco es el único extraviado que tiene ideas propias, que son de él y las lleva bajo el brazo (...) El loco, es el único hombre grande que tiene el valor de parecer miserable y tarado entre tantos miserables y tarados que lo son de verdad”.8 

Córdoba fue su lugar de experimentación inicial. Allí fundó la “Universidad sin Techo”, colegio de filosofía instalado en la plaza frente a la Universidad. Viñole, a pesar de contar con tres títulos universitarios —o quizás por ello mismo— era un fervoroso crítico del sistema de enseñanza académico. La universidad de entonces, como todas las instituciones de la época, no pasaba por su mejor momento. La restauración conservadora, iniciada en la presidencia de Marcelo T. de Alvear, se fortaleció por esos años y se radicalizó a partir del golpe militar del Gral. Uriburu, dejando los ideales de la Reforma Universitaria de 1918 en un retroceso significativo. Ante este cuadro de situación Viñole pergeña la “Universidad sin Techo” o “Universidad al aire libre” que tendrá por finalidad emprender la crítica de las costumbres de la época. Nuestro autor dará discursos en una plaza y otorgará títulos como los de “ingeniero de sonido” o “arquitecto de escándalo” y también doctorados “En dignidad” o “Depravatius causas” (al más depravado). Por entonces, y a modo de chanza, se decía que cuando un universitario se recibía debía aclarar la procedencia de su título: la Universidad Nacional de Córdoba o la Universidad sin Techo. 

El mismo Viñole, a poco de terminada la experiencia, señala: 

Semanalmente llevaba la vaca a la plaza y daba mis conferencias. A los asistentes les entregaba un rumboso título, que en nada se diferenciaba de los entregados en la Universidad “con techo”. Así, previa consideración, que publicaba en una revista titulada “Urotropina”, dábamos los nombres de los legisladores y los ciudadanos más negados, de la burocracia, que soportaban el título de “doctores”, “ingenieros” o “arquitectos”. Y lo que fue acogido como una histrionada pintoresca, al poco tiempo era dramático. ¡El mercado de los universitarios se vino abajo!9 

Sus intervenciones hacían perder el respeto a la institución y cuestionaban el principio de autoridad. Esta campaña anti-académica de Viñole era la puesta en acto de sus críticas a la educación burguesa. La etapa de sus vivencias porteñas se distingue de la cordobesa por el desarrollo de un plan estratégico esbozado junto al diario Crítica, a través del cual monta una campaña que le brindará la repercusión deseada. Su desembarco se inicia con una febril actividad que desarrollará durante un año con intervenciones públicas callejeras, presentaciones en teatros, conferencias, apariciones espontáneas con la vaca, peleas de catch, publicaciones de libros, denuncias judiciales, coberturas de prensa y otras actividades que serán el escándalo del ambiente intelectual durante meses. ¿Qué buscaba Viñole en Buenos Aires? Responde el mismo escritor: “No eran profetas políticos los que yo había venido a buscar a Buenos Aires. Sino el escenario que por su amplitud sirviera para propagar en veinticuatro horas, mi disconformismo por esta corriente materialista que no nos ha dado ni pan ni paz a nuestros espíritus”.10 

El disconformismo de Viñole tenía origen en los problemas sociopolíticos argentinos. El derrocamiento del presidente popular H. Yrigoyen vino a dividir el campo intelectual entre quienes respaldaban la irrupción militar y quienes luego advirtieron que el quiebre institucional devolvía el poder a la vieja oligarquía terrateniente. Ante la veda política, la persecución ideológica, la censura y la crítica situación económica, los intelectuales comenzaron a interrogarse con mayor interés acerca de la realidad nacional. Los años 30 se inician con la “hora de la espada” proclamada por Leopoldo Lugones, la reflexión del hombre solitario de Scalabrini Ortiz y la ensayística de Martínez Estrada sobre el destino de la Nación. Esfuerzos de análisis político y de preocupación por el rumbo que iba tomando el país que serán retomados por Viñole desde una crítica acérrima sobre la realidad nacional a través de sus performances. 

El fraude electoral, la proscripción del mayor partido político (ucr), las patotas o policías bravas conservadoras dominaron la escena política, además de los escándalos de corrupción. Este contexto fue decisivo para el desarrollo de una literatura cuya preocupación por lo social iba en aumento, generando polémicas y problematizando temáticas que iban desde el apoyo explícito a causas políticas libertarias hasta la disputa acerca de la existencia de un lenguaje nacional. En este marco se inscribe la obra de Viñole que, como sostiene David Viñas,11 pareciera ser un síntoma de la época más que un diagnóstico. 

El disconformismo de Viñole lo llevará a pasear con su vaca por el centro de la ciudad y a dar conferencias haciendo de su partener la principal oyente. Viñole explica: “No me hago mucha ilusión de ser comprendido por el género humano. En cambio, la vaca me oye [...] ¿Qué yo le hablo a la vaca? ¡Es la persona que menos disgustos me ha dado! ¡Nunca me denigra! Viajar con una vaca es menos inelegante que hacerlo con una señora gorda”.12 

Entre otras actividades que emprende junto a la vaca dicta conferencias en un teatro con temáticas tales como “La no existencia de locos, la no existencia de muertos y la no existencia de razas”. Describiré brevemente una de esas intervenciones: con el teatro lleno y a la hora indicada Viñole se levanta de la butaca que ocupaba en la platea, entre el público, y sube al escenario. Allí, ante el asombro de los espectadores, comienza a sacarse la ropa para quedarse con un taparrabos. Las crónicas señalan que “los espectadores, que no salían de su estupor, estaban sorprendidos de esta escena, cuyo desenlace no se preveía”. La vaca finalmente no fue de la partida y Viñole justificó esa ausencia aduciendo que el animal tenía dolor de cabeza por el calor y que en su nombre también agradecía la presencia del público con esa forma íntima en que él los recibía en el teatro. En su monólogo destacaba que le daba una gran pena no ser el estúpido que muchos creían: “No es mi ánimo estafarlos, pero por ahora, desgraciadamente, soy purísimo como lo demuestran mis análisis que puedo exhibir, cosa que no pueden hacer la mayoría de los intelectuales y los legisladores de mi país”.13 

Viñole comienza a conquistar Buenos Aires a partir de sus prepotentes actuaciones en las calles. Pasea por la ciudad con la vaca y le administra dosis de laxantes frente al Congreso Nacional, el Jockey Club, la Academia Argentina de Letras y otros lugares para que defeque luego de un breve discurso y hasta practica la disciplina del catch en el estadio Luna Park, ante una concurrencia de miles de personas para demostrar que el músculo en un intelectual no se riñe con el cerebro. Son meses de una agitación extraordinaria que le valen el reconocimiento de pocos y el repudio de la mayoría. 

Estas intervenciones que en su época eran interpretadas como desvaríos de un entretenedor no eran otra cosa que performances, aspecto principal de su obra que fue negado, lo que impidió reconocer en Viñole el carácter pionero de sus prácticas. Lo experimental de su trabajo lo ubica como el precursor de acciones posteriores del arte conceptual argentino como los “Señalamientos” de Edgardo Antonio Vigo, el “Vivo Dito” de Alberto Greco o los happenings de la década de 1960. 

La radicalidad experimental de la propuesta de Viñole, el espacio de libertad conquistada con base en la explotación publicitaria que hiciera de sí mismo, y el desarrollo de nuevos métodos artísticos como la performance lo destacan como un creador vigoroso. La reacción de las instituciones tradicionales frente a estas irrupciones que disputaban su lugar en el campo cultural fue la del rechazo, la condena y, finalmente, el olvido de su obra. 

Hoy Viñole puede ser comprendido como lo que fue: un creador anárquico, un artista experimental que amplió los límites de lo real con base en el absurdo, el humor y la sátira. El carácter subversivo de su práctica cultural lo sitúa como un precursor del espíritu superreal latinoamericano que se reactualiza tal como él mismo lo previó en uno de sus libros a más de 80 años de su labor. 

1  Viñole, Omar: A usted le sale sangre. Córdoba, Editorial Tanke, 1934: p. 45. 

2  Viñole, Omar. Ibídem. p. 27-28.
3  Viñole, Omar: Jesús en una casa de departamentos. Córdoba, Editorial Tanke, 1934: p. 73.
4  Viñole, Omar: Ibídem. p. 115.
5  Viñole, Omar: La camiseta del jefe de policía: Ensayo de psicología de la ropa inte
rior, Córdoba, Editorial Tanke, 1935: p. 64.
6 Viñole, Omar: Apóstoles, canallas y vividores de la vida pública argentina, Buenos
Aires, Editorial Tanke, 1939: p. 185.
7  Viñole, Omar: Mi disconformismo filosófico, Buenos Aires, Editorial Claridad, 1935: p. 81-82.
8  Viñole, Omar: Jesús en una casa de departamentos, p. 80.
9  Viñole, Omar: Mi disconformismo filosófico, p. 12.
10  Viñole, Omar: Por qué soy amigo de Manuel A. Fresco, Buenos Aires, Editorial Tanke,
1936: p. 12.
11  Viñas, David: “Filloy, Viñole, Loncán y otros corifeos”. En: López, María Pía (comp.): La década infame y los escritores suicidas (1930-1943): p. 102.
12  Anónimo: “Omar Viñole devolverá a España la visita de Cristóbal Colón”. Crítica, 12 de enero de 1935: p. 4.
13 Anónimo: “Viñole habló semi desnudo”. Crítica, 22 de enero de 1935: p. 6. 

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