E. DALID (ELÍAS PITERBARG)

Manifiesto

ELÍAS PITERBARG

Si es lo común juzgar de la perfección de un estado por el aquietamiento, o la dosis de placer que procure, no querernos, nosotros, ese metro para avaluar la verdad de cada vida. Si aquella suposición permite fundar esperanzas en la inconmovilidad del sistema que nos rige, la nuestra, exige una subversión de valores y un deseo incesante e intrépido de dar al traste con todas nuestras satisfacciones, nuestra felicidad, nuestra paz y nuestra complicidad con la paz interior de los hartos. 

Caducidad de las formas de la sociedad y de sus ideas, y de su expresión y más que nada, caducidad de sus sueños. 

Mas, para la revolución política, vemos preparativos y sabemos de quienes se preparan abiertamente y quienes se arman a escondidas. Para la Revolución de los sueños no conocemos partidarios, ni oímos propagandistas. 

Se habló, un tiempo, de Revolución en los espíritus, pero ésta se concebía como preparación teórica para idénticos fines políticos, es decir, prácticos. Nuestra iniciativa es esencialmente impráctica. Aboga por la expropiación, también, pero, ante todo, del sentido común, de la rutina y de la mezquindad en el pensar y en la ensoñación.

Paradójica expropiación que ha de enriquecer a sus victimas libertándolas de exigencias convencionales y de las ataduras a palabras como Verdad, Belleza y Razón, y otras mil parecidas. 

Palabras y no cosas extraídas de sí mismo, porque, asimiladas a bienes materiales, se han ido heredando de padres y maestros presuntos, en lugar de extraerlas sangrantes del hervor de la espontaneidad. 

Ellas encadenaron al hombre a estimaciones ajenas, a los pliegues y elegancia de sus ropas, prohibiéndole contemplar su desnudez para amarla, fuese pictórica o miserable, como encarnación, sustentáculo de su vida y de su ira, excusa, por sí sola, de cualquier error; justificación suficiente del nacer; pagadora de la vida con la constancia y la eternidad de su rebeldía. Llegar a esta sobreestimación del individuo, como parte sagrada de un todo y sólo en función de éste válida y realzada, que le permite la adquisición de una dignidad de Dios entre 

Dioses. 

Democratización de los espíritus relegándose las dotes distintivas de los hombres a meros galones de un mundo convencional. Sentido profundo del colectivismo, que afirma esa suprema igualdad de los espíritus. 

Conquista de tal situación exige la confiscación de la rutina sentimental y de su consonante emocional. Vomitar sobre los engendros y engendradores de estados poéticos, y sus frutas podridas, vaporizadas con el agua de colonia de la languidez sexual.

Es preciso advertir a gritos, a los poseedores de inmensos tesoros de cultura y fina sensibilidad, de la contingencia de su seguridad. 

Que el espíritu en extrema desesperación por lo imposible, que es su verdadera finalidad, vive despierto hoy más en los gritos y ya no en los ayes rimados, o en la foto versolibrista del reflejo de un ocaso en una muy quisquillosa sensibilidad. 

Escupir al rostro del alma poética de hoy, con su amor ideal a sí misma. Amor y admiración a la belleza torturante del alma con su compleja trabazón de motivos y matices de motivos. Renegar y destrozar la gama de las emociones que va, de aquella ilimitada autoadmiración, goce delicado de sentirse sufriendo y que nos impulsa a buscar en “nuestros poetas” y en “nuestros músicos”, los momentos, exclusivamente, que hablan de complicidad en idéntica miseria o aquellos que haciendo olvidar el mundo inútil nos vuelve exquisitamente sensibles a la percepción de los cólicos musicales y deliciosos del alma, atormentada por la monotonía de los placeres. 

Nuestro deseo agudo y doloroso, como un clavo herrumbrado, es, renegar de lo que nos une y es común a todos; pisotear nuestros dolores y cantar con sangre entre los dientes nuestro original motivo de lucha, nuestra peculiar excusa de vivir, y de ahí, la surgente e hirviente necesidad de machacar nuestras lenguas y romper los huesos de nuestras ideas, para decir, de sueños nuevos, con signos recién forjados por los dedos doloridos. Seres de transición, de habla mixturada, de sentimientos banales embrollados con las intenciones de nuestros amaneceres, oscilamos, nosotros mismos, entre la añoranza de la paz que depara la camaradería con los cadáveres y la guerra, con sus hambres, que nos guarda, quizá, la rebelión contra el presente y contra aquel futuro con que el presente se ilusiona. 

Comprendemos que al combatir a los demás, nos herimos con las armas, nuestra propia mano. Hay en nosotros parte de lo que aborrecemos en vosotros: sentimentalismo, respetos de contrabando, apetitos de mísera comodidad, gemidora autocompasión.

Por último, ¿quiénes sino cuasi individualistas literatuelos y presumidos melenudos leerán estas líneas? Esta es nuestra ridícula tragedia, la de pretender algo de quienes sabemos de antemano hundidos en la gozosa contemplación de su mugre, y sabernos, a nosotros mismos enfrascados, a ratos, en contemplación similar. 

Pero del amasijo de nuestros gestos alguna chispa saltará y es la que alumbre nuestro entusiasmo, que ofrecemos, y que pedimos, para trastrocarlo todo, para enderezar la rutina en la ruta de la negación rotunda de sus afectos, y a la aceptación de lo venidero, aun incierto, de los sueños, por sí; a certificar incansable la rebelión contra la realidad, contra toda forma de vivir estabilizada, contra todo llamado al reposo espiritual, contra toda situación a la que, sin sacrificios cruentos, demos nuestra conformidad.

Realistas de la utopía, voceadores del sueño imposible, del sueño informe en su expresión pero concreto como el fuego, y presente constantemente en la inquietud que nos atosiga, sentimos la necesidad de auspiciar los cambios que prometan ser radicales y embarcarnos en la tarea de subversión de los conceptos y de las emociones.

Por la emoción rastrera paralela a la tierra ofrecemos la perpendicular que la penetra, y ensarta, a la vez, tierra y cielo. Nuestro entusiasmo está dispuesto además a entregarse a cualquier movimiento que lleve en sí intenciones de nuevo mundo, no esperamos más que la ocasión. 

Mientras tanto, gritaremos y demostraremos la preeminencia del Sueño sobre la realidad y la trascendente realidad del Sueño. 

¿Y si nos resolviésemos en palabras y palabras? Aun confesando nuestra vergüenza, alzaremos los ojos inquiriendo al más fuerte para llevar adelante lo que con nosotros se empantanara. 

No reconoceremos jamás el fracaso. A quien anima la conciencia indubitable del Espíritu, la rebeldía, por sí sola, zarrapastrosa o triunfante, salva de la humillante sensación de la derrota. 

Este término, en verdad, no existe para nosotros mientras tengamos energía para abofetear, con un no, a cualquier afirmación de imbécil conformidad. 

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