ENRIQUE MOLINA

(1910-1997)

ENRIQUE MOLINA

Alta marea 

Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo
la errónea maravilla de sus noches de amor
las constelaciones pasionales
los arrebatos de su indómito viaje sus risas a través de las piedras sus plegarias y cóleras
sus dramas de secretas injurias enterradas
el oscuro relámpago humano que aprisionó un instante el furor de sus cuerpos con el lazo fulmíneo de las antípodas
los lechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños
la mirada de pulpo de la memoria
los estremecimientos de una vieja leyenda cubierta de pronto con la palidez de la tristeza y todos los gestos del abandono
dos o tres libros y una camisa en una maleta
llueve y el tren desliza un espejo frenético por los rieles de la tormenta el hotel da al mar
tanto sitio ilusorio tanto lugar de no llegar nunca
tanto trajín de gentes circulando con objetos inútil o enfundadas en ropas polvorientas
pasan cementerios de pájaros
cabezas actitudes montañas alcoholes y contrabandos informes
cada noche cuando te desvestías
la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros hasta el techo los enormes roperos crujían en las habitaciones inundadas
puertas desconocidas rostros vírgenes
los desastres imprecisos los deslumbramientos de la aventura siempre a punto de partir
siempre esperando el desenlace
la cabeza sobre el tajo
el corazón hechizado por la amenaza tantálica del mundo 

Y ese reguero de sangre
un continente sumergido en cuya boca aún hierve la espuma de los días indefensos bajo el soplo del sol
el nudo de los cuerpos constelados por un fulgor de lentejuelas insaciables 

esos labios besados en otro país en otra raza en otro planeta en otro cielo en otro infierno 

regresaba en un barco
una ciudad se aproximaba a la borda con su peso de sal como un 

enorme galápago
todavía las alucinaciones del puente y el sufrimiento del trabajo 

marítimo con el desplomado trono de las olas y el árbol de la 

hélice que pasaba justamente bajo mi cucheta
éste es el mundo desmedido el mundo sin reemplazo el mundo 

desesperado como una fiesta en su huracán de estrellas
pero no hay piedad para mí
ni el sol ni el mar ni la loca pocilga de los puertos
ni la sabiduría de la noche a la que oigo cantar pr la boca de las 

aguas y de los campos con las violencias de este planeta que nos 

pertenece y se nos escapa
entonces tú estabas al final
esperando en el muelle mientras el viento me devolvía a tus brazos 

como un pájaro
en la proa lanzaron el cordel con la bola de plomo en la punta y el 

cabo de Manila fue recogido todo termina 

los viajes y el amor
nada termina
ni viajes ni amor ni olvido ni avidez
todo despierta nuevamente con la tensión mortal de la bestia que 

acecha en el sol de su instinto
todo vuelve a su crimen como un alma encadenada a su dicha y a 

sus muertos
todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa unos labios lavados por el diluvio 

y queda atrás
el halo de la lámpara el dormitorio arrasado por la vehemencia del 

verano y el remolino de las hojas sobre las sábanas vacías
y una vez más una zarpa de fuego se apoya en el corazón de su presa en este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones
donde la furia y la pasión se mezclan al polen del Paraíso
y otra vez la tierra despliega sus alas y arde de sed intacta y sin 

raíces
cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan 

 

Rito acuático 

Bañándome en el río Túmbez un cholo me enseñó a lavar la ropa
Más viva que un lagarto su camisa saltaba entre inasible labios susurrantes y las veloces mujeres de lo líquido
fluyendo por las piernas
con sus inagotables cabelleras bajo las hojas de los plátanos minuciosamente copiados por sueño
de esa agua cocinada al sol
a través del salvaje corazón de un lugar impregnado
por el espíritu de un río de América —extraña
ceremonia acuática— desnudos el cholo y yo
entre las valvas ardientes del mediodía ¡oh lavanderos 

nómades! purificados por el cauterio de unas olas
por la implacable luz del mundo 

Lavaba mis vínculos con los pájaros con las estaciones con los acontecimientos fortuitos de mi existencia
y los ofrecimientos de la locura 

Lavaba mi lengua
la sanguijuela de embustes que anida en mi garganta 

—espumas indemnes exorcizando un instante todas las inmundas alegorías del poder y del oro—
en aquel delirante paraíso del insomnio
Lavaba mis uñas y mi rostro 

y el errante ataúd de la memoria
lleno de fantasías y fracasos y furias amordazadas 

aguas aguas aguas
tantas dichas perdidas centelleando de nuevo desde gestos antiguos o soñados
mi vientre y el musgo de mis ingles 

lavaba cada sitio de destierro ennegrecido por mi aliento 

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