FRANCISCO MADARIAGA

(1927-2000)

FRANCISCO MADARIAGA

La selva liviana

El sonido de un tren que se ahoga en la catarata de las hojas. 

Al fondo de la selva liviana y los cocoteros se hunde el nivel de llanto, 

el peso entero de los sueños.
Peso entero del saco de perfume de la 

gracia,
estoy entre la espada del paisaje y el 

ladrillo caliente del olvido,
viajando con un ardor de joya y sangre. Escuchando el aullido de mi candor: mi 

nueva fiesta. 

A paladas silbatos.
El tren se encierra en sí al borde de los 

esteros nocturnos.
Su polvo ciudadano tiene miedo a la gran 

humedad de la tierra,
el aire cálidamente eléctrico,
a los cisnes del negro vapor nocturno de la 

herida del mundo. 

La imaginación arde envuelta en las ruedas de un tren desorientado. 

Bananas y bananas caen al aire.
Una mujer desnuda a una escopeta en un 

templo,
roe lentamente en el anillo de su corazón. Frutera de la desgracia, frutera del destino. 

 

Rehén de la colina

1

Oh candoroso embriagado entre loros, entre isletas subiendo hasta el nivel de la 

colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra 

boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es 

porque están quebradas todas las fulguraciones 

del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con 

palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento, 

al gemido del clima en el olor áspero y cruel de 

las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del 

fuego. 

Asombra al mundo en un paisaje de enero, oh demente, 

oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro 

extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde 

helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de 

ácido
caliente del retorno. 

Sé piadoso con el otro límite de tu fragilidad, 

padre aletargado por el sol, presión de la locura de una tierra 

suspendida en
la tela del agua y del fuego. 

(De El pequeño patíbulo, 1954.) 

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