JUAN ANTONIO VASCO

(1924-1984)

JUAN ANTONIO VASCO

El desterrado 

Todo pagado de antemano cubos de hielo suspiros de mujer 

él yacía entre las ruinas de su casa protegido por un ave con pico en forma de corneta que pregonaba verdades del Evangelio 

Vacilando con un pie vendado en los límites de la ciudad 

intentaba la ida sin poder desprenderse de sus vísceras 

el calendario que indicaba los días fastos para las operaciones de la osadía 

siempre sujeto en última instancia por los funcionarios infectados de viruela boba 

las manos oferentes con el racimo de heliotrops 

Liberado al fin por una ordenanza del año 1902 que prohíbe la circulación de la sangre 

sonrió echándose al cuello el paño con que solía enjugar sus pecados veniales 

y se marchó sin volver el rostro feliz de dejar una estela de saliva en el atrio de los recintos sagrados 

 

Nada de historias 

Ninguna solemnidad ningún corcel ningún futuro ningún mapa ningún congreso de buscadores de piojos ningún desayuno que no sea mortal 

ninguna convalecencia de la opinión pública ningún divorcio que no sea decretado por los amantes ningún desembarco en tierra de ladrones 

NINGÚN HOMBRE CON EL VIENTRE ABIERTO DE UN TAJO TIENE INTERÉS EN LA PERPETUACIÓN DE LA ESPECIE 

Así que nada de historias ningún consuelo ningún símbolo para el asco ningún pacto secreto ningún receptor de televisión sintonizado en mi reino no es de este mundo 

 

Elogio del sentido común 

Bella sin esperarlo la máquina del agua funciona en el fondo de los pasillos arroja sus desperdicios en el cesto del verdugo 

Arrastrando sus piernas seccionadas de un tajo recorre los aposentos echa profecías por debajo de las puertas 

mesa su barba-hormiguero con la delectación de un ermitaño que ha recibido un prospecto bellamente ilustrado 

y sabe conservar el buen sentido en la bodega donde se guardan las cabezas de los grandes pensadores 

astrolabios que almacenan las virtudes sólo existentes entre los peones del ajedrez explotados por los peones de otros juegos 

La verdad es que el hombre sensato encuentra un buen sillón hasta en los bordes de una herida 

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