La tarántula [fragmento]

(1911-1980)

MIGUEL ÁNGEL SPERONI

Tengo cara de idiota. Esto lo sé y es mi mejor suerte. ¡Ah, cómo se refocilaba de placer el argonauta henchido de los mares del sur! Revestía su matriz la madre con la concha gris, dábale de palmadas a su frente en el constante siseo de la amapola. Resolví, al punto, que todo artificio celular es vano, porque la vida nos obliga a una permanente beligerancia. Recorrí caminos arduos, sembrados de espinas, como un adalid torcido y benévolo, pero ya era tarde: la lluvia desolada caía sobre mí y golpeaba mi frente como si nada pudiese detenerla, como si su furia helada llevara en su seno todas las alegorías y todos los maleficios. Luego... es duro contarlo. Atravesé los mares, bajé a las simas y contemplé con ojos atónitos y doloridos, la larga caravana de simulacros en medio de los cuales se pierde la conciencia. 

Resucitar. Vivir. Volver a pelear.
Esto era lo primero.
PORQUE NADA PUEDE AFINAR LO QUE YA ES IRREPARABLEMENTE 

GRUESO.
Volver a las gentes, agitar la insignia, echarse boca abajo 

sobre el crepúsculo para entrever algún lejano paraíso perdido y reconquistado. 

El hombre me miró.
—Usted está loco —me dijo.
—¿Loco?
—Sí, tal como oye: loco, loco!
Agaché la cabeza y miré hacia un costado: todas las piedras del 

suelo abríanse ante mis pupilas como enormes margaritas. ¿Qué hacer? Nada, me dije; este hombre es un cuchillo luminoso que desea desollarme, pero resistiré, resistiré, pues la luna emite sus bocanadas cálidas y nadie me obliga a la obsecuencia y la estulticia. 

—Usted, mi amigo —permítame que le llame así—, usted confunde la gracia con el anzuelo. No, no se sonría. Escúcheme, escúcheme: la virtud de un santo no es cuestión de miscelánea ni de burla. Es preciso que sepa medir con vara escasa la vieja estupidez del hombre que busca consuelo. Usted cree que yo he... 

En esto me interrumpió: 

—¡Pero, señor!... Usted me está sacando de quicio. Mi ojo de desconfiado especialista descubre en usted un... No sé qué decirle, francamente. El abecedario de mi ciencia se deshace y no sé qué 

decirle. He descubierto, a través de sutiles y pacientes observaciones, que usted confunde el arco iris con el paraguas, pongo por caso, y se distiende... No, permítame; no se ofenda, por favor. Cuando yo digo que usted está loco, no pongo en duda la lucidez de su conciencia. Sé hasta qué punto alcanza el infinito rastrear de sus ojos, hechos de alambre y fuego, de arcilla y relámpago. Pero lo he interrumpido y yo, en mi calidad de sísmico, prefiero escucharlo... 

La tarde se amontonaba. Desde un tranquilo ángulo penetraba una violácea iridiscencia y yo sonreía 

con timidez. Me sentía aplastado, literalmente aplastado por la vigilia.
Y callé; callé hasta la tortura, hasta
el refinamiento más sádico y más deleznable. Pero aquel hombre, cuyos ojos de vidrio amarillo, parecían horadar los celos... los celos y
los cielos, estiró un largo brazo y retrocediendo, oprimió una pequeña corneta de goma colorada que sonó fuertemente hasta herir mis tímpanos. Luego ¿es posible permanecer indiferente ante tanto caos? ¿Qué busca este censor púdico y qué busco yo, entre tanto muladar, entre tanto desorden?, me pregunté, mientras la noche se insinuaba por entre las ramas de los árboles. No pude responderme con serenidad y juicio. Mi cabeza, 

bañada de rocío, descansaba sobre unos hombros temblorosos y
la garganta rosada de no sé qué animal despedía vibraciones sin número, largas, finas, interminables en su monótono rodar. Por fin respiré. Aquella mujer, dueña de aquel hombre, me desconcertó terriblemente, y entonces, afiebrado, trémulo, encendí mi corazón en las llamas de una hoguera dispersa y atroz. Sí, estaba quemado. Quemado y marchito. Deshecho. 

—¿Qué quiere que le diga? —volvió a murmurar el felino, frotando su nariz de linaza—. ¿Qué puedo agregar a todo aquello? Usted quiere palabras o hechos. Esa es la verdad. Palabras que actúen y hechos que hablen. Pero, de cualquier manera, mi receta es deficiente, mi ciencia escasa. Para opinar mejor necesito abrir las curvas del futuro y diseñar minúsculos objetos de arena. Yo no puedo opinar así como así. Deme tiempo y verá. Saldrán pequeñas comadrejas, sapos encendidos de terror, espadañas, frascos, en fin, toda la orfebrería de un buen tirador y de un brujo decente y práctico. ¿Me deja tiempo para pensar? —repitió, ante mi silencio. 

—Sí, es claro —contesté, escupiendo bien lejos, con fuerza y asco—. Usted es el único depositario de la bruma, aquí, en este lugar maldito, y tiene la palabra. En cuanto a pensar... No sé. Me parece que el tiempo es demasiado fino para que usted se ensañe con él; el tiempo no es una lombriz, no... 

Entonces, algo inspirado me dejó con la última palabra en los labios y volví a guardar silencio. Un esquivo triángulo de luz se escurrió, y yo y él desaparecimos, nos fuimos volando, seguidos por el ala de un buen gavilán sibilino. Recorrimos distancias, y caminos, en tanto la sandía inmortal, la fuerte fruta roja se abría en dos mitades y su jugo corría como un arroyo por el lecho exhausto. 

La mujer, dando vuelta el rostro y mostrando su espesa cabellera negra pronunció unas pocas palabras, como si sus labios, al emitirlas, se hubiesen aligerado. Y al fin habló en alta voz: 

—Bah. Yo no creo en estas fruslerías. Lo que pasa es que ustedes toman el horóscopo y se lo comen, sí, tal como si fuese una carne humeante y olorosa. ¿Para qué me persigue, joven? De mí no obtendrá nada, excepto una gavilla de polvo sin nombre. No deseo nada que no sea una contemplación silenciosa del martirio, porque la hora del pecado es demasiado fofa para mi hambre. No, yo no quiero nada de eso. Recorra usted los kilómetros que quiera, vaya, otee horizontes y milagros, despiértese en un páramo o en la corola de una flor, haga pues lo que quiera, pero mi apéndice en alto no se quebrará, mi belleza no entregará ni una pizca de su magia. Claro, usted no quiere creer. Es optimista. Pero le demostraré que la necedad es consubstancial con la quimera. 

Sentí que el rubor teñía el flanco de mis mejillas. 

—Quién sabe... —alcancé a balbucir—. Quién sabe. No soy muy ducho en la aritmética ni en el amor, pero... 

Me callé; me callé de nuevo. Pues ¿cómo contestar esa admonición? Mi esófago se estremecía y mi lengua daba saltos en la boca húmeda. Ninguna adivinanza podía reemplazar el vacío infinito y quedé con los brazos caídos en medio del desierto, SÓLO CANSADO AUNQUE ALTIVO Y ARDIENTE. 

Las luciérnagas del gas hacían espirales alrededor del camino y los capullos, terriblemente verdes, se agitaban y reproducían en un vasto incendio disperso. Las ovejas y el manantial más cercano, casi podría decirse, un hilillo de agua, descendían hasta el corazón del bosque. Duendes escuetos se reían: mugidos pavorosos a lo lejos y el gendarme, con la gorra en la mano, se cuadró valientemente ante mí como buscando mi aprobación. 

—Siga no más. Yo prefiero beber solo esta chufa, este mortal veneno —le dije—. Avise, eso sí, a sus superiores, que el granizo no fue ni siquiera una escarcha y que me dejen en paz. 

—Muy bien, señor. 

—No, nada de señor. Respete la osadía. ¿Acaso cree usted que
un hombre es un dedal, una tuerca o cualquier otro objeto de percusión? ¡Retírese, sargento, váyase inmediatamente! No estoy para nadie, ni siquiera para mi propio corazón. Esfúmese antes de que... 

Vio mi rostro amenazante y se retiró. (1949) 

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