Brindis

(1928-1994)

JUAN ANDRALIS

Era tarde cuando bebimos. 

R. DAUMAL

Denominar a cada crepúsculo que nos clava la garganta el vaso de vida que hubiese podido salvarnos de la catástrofe cotidiana 

interminable, he aquí el nombre de una de nuestras ternuras, entre nuestras manos ella tiene esa cualidad, ese brillo incisivo 

que caracteriza a la espada cuando los ojos del niño maduran sobre ella intenciones y juegos que a usted no le convienen, 

su loca calma, es decir la tenacidad de su mirada, su edad imprevista, tienen el mérito de agobiarlo a usted, sin olvidar 

los dos filos de la espada que a usted lo detienen y una punta que apunta ahí donde la ceguera mantiene vuestros sí-sí-no

no-pero-puede-ser-que, para decirle a usted que hay algunos de ellos por el mundo, algunos distribuidos en las ciudades que 

empiezan a estar hartos de la minucia ortopédica de vuestro lunfardo elaborado sin cesar a lo largo de los siglos para engañar 

nuestra paciencia, a estar harto de este péndulo caníbal que ha triturado demasiado, demasiado prismatizado la Cosa bautícela 

espacio movimiento arpa, como usted quiera, a estar harto, sí, de sus caras vale decir de nuestras caras aquellas que usted nos ha pegado injertadas a golpes de chancleta a golpes de palabras 

paragua a golpes de tumbas puntilla del cáncer que nos devasta hermoso hongo envenenado en frente del cual el otro que infecta 

el Pacífico no es más que una débil proyección “invertida”, uno se pregunta si terminará por devorar el paisaje mental o 

si vendrá un rayo inesperado ese “grito de la luz” que Hermes percibía para fijar por fin un término a la extensión vertiginosa 

de las sombras y traernos al pie del árbol allí donde la espada no es más que una metáfora entre le regard et la lumiére... 

Para rebanar lo opaco
Yo me acuerdo de ello. Respirar 

Dejar a las palabras el vacío hacia el cual nos bombean. Tratar de improvisar un silencio y ver sin través a través 

nuestro.
Entonces entendí por qué a la alienación de las relaciones de 

un mundo que se derrumba, corresponde la alienación muy cercana e infinitamente magnética de nuestro propio cuerpo, 

cambio en el cual la empresa de esa alienación se transforma en originaria —Gran Curva embarrada—, y trato de mirarme, confundido en esa gran mezcla aullante llamada cuerpo y a 

sus operaciones “actuales” llamadas enfermedad. 

(Yo sé de algunos cadáveres que estiman vana a la muerte que se les inculca y que esperan que un apocalipsis caliente medido por el negro y la ausencia que nos 

abarcan, venga a reparar, o sea a reventar, fundir el plomo de los sarcófagos, reabrir el ciclo de los metales.) 

Para rebanar lo Opaco. Yo me acuerdo de ello. BEBER 

Al cuerpo diamante-pólvora, la mano pesada, le hago un brindis. 

Andralis (de La Corne Noire, abril de 1957.) 

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