Lamento de psique

(1928-2014)

CARMEN BRUNA

El aire huele a gatos, a sol, a caléndulas
y a descalzas reales.
Incienso pesado.
Pero yo estoy demasiado sola, quiero morir, quiero ser despedida, 

quiero dejar de estar disponible,
quiero dejar de respirar, y respirar, y respirar. 

Las polillas de los viejos arcones, las manzanas con azúcar,
el gengibre en las cocinas,
las viejas muñecas, 

el khol sobre mis párpados.
Las perlas, Vías Lácteas opacas de tristeza, las perlas verdes como uvas espinas reflejadas en un espejo,
todo debe morir conmigo
porque yo estoy demasiado sola,
porque yo estoy demasiado triste. 

Me han arrancado la túnica negra con sus cenefas transparentes, sus aguas oscuras,
sus rosas de rosas té de oro, 

y lo han reemplazado por este hábito gris,
monjil, prostibulario,
por esta toca que arranco con furor de mi cabeza. 

Mi amor crucificado tiene el color de la sangre y la tibieza del éter que abrasa el sol púrpura. No puedo cantar, ni llorar, ni reír,
ni quemar alcanfor, 

ni beber beleño, ni fumar opio. 

No quiero sumergirme en las aguas pútridas del Ganges, ni en las del Río de la Plata,
esa cúrcuna barrosa
de pétalos deshechos en los cementerios. 

Solamente quiero el océano y las fuentes cristalinas y el piano de Keith Jarret
para mi desvalida condición humana.
Solamente el oscuro frenesí del narciso 

solamente el oscuro frenesí de Dionisos.
Voy a morder el corazón húmedo de rocío
de las granadas,
voy a beber el polen de sus flores rojas.
Seré lapidada por sus frutos y sus sexos de cobre. 

Tamboriles. 

Dejen que muera tranquila con mis drogas,
dejen que caiga mi ser.
No, no tolero los dramas cotidianos.
Yo domino las puertas de la percepción.
Soy Damocles, pero amo la espada que me matará. Sí, mi fetiche es la droga. 

Devuélvanmelo.
Sepan, conozcan la angustia de despertar al mundo todas las mañanas,
el temor paranoico del largo día que nos amenaza. No, yo no he salido de la adolescencia
y no saldré jamás.
¿Para qué nací?
Porque alguien debe siempre cantar lo maravilloso, alguien debe cantar el dolor, el crimen y el suicidio. Aquí estoy. Para eso nací. 

Porque alguien debe ser capaz 

de abandonar una profesión redituable 

por “un amor loco”, 

un “pez soluble” 

y unos “campos magnéticos”. 

Para eso nací. 

No traigo esperanzas para nadie. 

Y es cierto, Lacan: 

“La vida no quiere curarse”. Yo no quiero curarme. 

¿Qué es la salud, al fin y al cabo?
Mi mejor drama
es gozar con mis propios sufrimientos. 

 

Hay un lento acabarse 

Hay un lento acabarse de gaviotas hambrientas trizadas por las olas nocturnas
y la carne germinal de las sepias,
se conmueven los veranos partidos 

en un retozo ardiente de emborrachadas paltas,
los veranos con sus playas como brasas de agua de coco, la pisoteada sábana de arena jubilosa,
las burbujas calientes de la almeja,
las bodas de los médanos con la espuma y la sangre. Quedan mis huellas como plantas porosas,
quedan mis huesos mojados.
¿Hasta cuándo?
Atravesados sobre la urdimbre de los erizos 

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