El amhor, los orsinis y la muerte [fragmentos]

(1935-2003)

NÉSTOR SÁNCHEZ

11 

Que toda distracción encaminada a ubicar el instrumento finalmente desmesurado sobre el escritorio, todo asociado a la supuesta evolución de los instrumentos antiguos, a la armonía como catarsis, al taciturno de Pitágoras; que toda incertidumbre diletante nada más redobla el poder de las tensiones, sumerge en el balde perpetuo, te humaniza. 

Sin embargo, ella debía reconocerlo como faltándole algo más que detalles, reconocerle (a Ismael con la taza a mitad de camino, estrábico) que por esa misma causa debía ser perfeccionado y para ser precisa perfeccionado con aquel desinterés que estaba en ella alentar por encima de ella; así, en el apagamiento de un día hábil, solos y juntos, interesaba entonces no caer en conjeturas: que por lo tanto depositara (él, Ismael todavía catarroso) su confianza decidida en ella —imposible negarle cómo a partir de cierta situación clave nadie escapaba, nadie otra cosa que un irrepetible lugar común. 

Y que al cabo de un momento eligiera algún sitio preciso en el poco generoso ámbito de la piecita donde finalmente ubicar la silla, de espaldas, para que entonces el instrumento no entrara en su radio visual, ni afectivo. 

Una vez sentado libre de remordimientos o conjeturas fetichistas sus ojos no debían rotar por su cuenta; y en el caso de que cayera la noche (cosa sin duda descartada por ella) no harían el menor esfuerzo para encender la luz, ni para acordarse de la ventana abierta, o de las sábanas. 

Con el escozor no introducido después en su segundo cuaderno de notas, y una vez terminadas las gárgaras, Ismael optó por el segmento ventana dando a un rojo degradé con mástil y tres nubes más bien idénticas a sí mismas que en su caso serían introducidas. Por su parte, con alguna anticipación a desfundar y desprender la tapa del teclado Felipa agregó que si ella resultara lo que ella buscaba y esperaba de ella, ella tendería a distraerlo (a él, a Ismael de espaldas bajo la ceniza) de todo lo que lo distraía y lo había distraído hasta ese mismo apogeo de la tarde; y de lo contrario que no omitiera contárselo en voz alta a fin de no ilusionarla inútilmente mientras escuchaban esa pobre música producida por sus manos sobre el teclado del armonión. 

La piecita respondió con una acústica fuera de toda posibilidad de cálculo, y desde los primeros acordes vino (e Ismael tuvo la lealtad suficiente de transmitírselo tal cual): aquí aquí otra vez por la tarde con originales en el segundo cajón del escritorio; los leo antes y después de dormir, tengo deudas, la tardes me agotan y me producen escribirlo ahora mismo como si fuera la primera vez en producirse algo semejante; vino: me confundo pero se me caen los brazos siempre por la tarde; Buster Keaton miope, B.K. afeminándose mudo bajo cielo gris pero rojo convencido por sus propios medios de la inutilidad, de la otredad; ser músico y maestro de músicos con una dedicación y un desprendimiento inadmisibles, que las medias sábanas eran otra prueba garrafal de su estar-por-irse sin remedio posible con destino a la India. 

Vino la fofa flaquedad de fines. 

Que por lo tanto el noventa y nueve por ciento de lo que se consigue una vez conseguido se pierde mientras Felipa empezaba
a repetir la palabra pausa y a levantar las manos sin irritación, mantenía sus dedos largos en el aire aunque pareciera seguir tocando mientras lo invitaba (en la más absoluta intimidad) a cubrirse entonces la cabeza, a no ver la tarde obvia, ni memorizar la hora; tal vez sería necesario contar con una caja tal vez de una madera resinosa y aromática e incluso sagrada, pero que por ahora se cubriera la cabeza con el sobretodo y escuchara de nuevo; que confiara en los tres. 

Y por un momento bastante extenso mientras volvía a tocar
pero con los ojos cerrados, sin asomo de violencia, Felipa tuvo una precaria impresión de que el flaco Ismael se distraía etcétera aunque no entreabrió los ojos pudo comprobar cómo sus manos (las de Ismael en la penumbra) cubrían una zona de sobretodo que le cubría por su parte la cara mientras era la espalda la que se le agitaba convulsivamente: sin interrumpir su música entonces escuchó (y apenas porque la voz se ahogaba contra el género) ropero, otra vez las tres efes, ropero, en dos oportunidades la palabra invierno, escuchó reiterándose la palabra palabras, apenas inútil, escuchó Milena ¿por qué razón Milena rehusante en la otra punta de las cartas?, nada, que las noches, so y el período en Proust, la palabra indecible, o, las palabras música, Colodrero, en casa, acá dos veces, Felipa, Felipa. 

O simplemente la acompañó expuesto en el parabrisas a que conociera de antemano la cocina, baños y camarotes de clase cubierta y entonces se relacionó con un acto deliberado sepia sobre sendos guardabarros cruzándose de piernas con el Tjitjalengka detrás, unánimes. 

O el deterioro de deterioros guarda una relación demasiado manifiesta con sus palabras de ella delgada y comprensiva como todo el que parte pero pronunciadas sobre el adoquinado portuario que en honor a la verdad no podía ser el de la dársena A porque se trataba de una motonave holandesa bautizada con el nombre de un río del oeste de Java, un río delgado y apacible y perdido para siempre jamás. 

(...) 

lo visto: casas rosadas y manteca líquida, la inmensa cúpula del Taj Mahal sobre pelo negro viviente, cutis lavándose, vacas, ochenta y cinco procesiones religiosas, las ceremonias en Benarés, la promiscuidad de los encantadores de serpientes, ancianos majestuosos, la madera del pino deodara (cedro del Himalaya) alrededor de cada templo 

lo escuchado: skaktas al sol en estado gaseoso, vacas, las trompetas de los lamas del Himalaya, skaktas después del baño en el Ganges, la escala heptáfona, las siete cuerdas de la vina cedida por Brahma, rezar en la oscuridad, rezar en el agua, rezar en las calles, címbalos, la rapidez desequilibrante del Ramayana cantado 

lo leído: (en inglés) fragmentos del Ramayana y del Mahabarata, el Kubla Khan, Dylan Thomas, fragmentos de los Upanishad; (en su idioma) No toda es vigilia la de los ojos abiertos 

lo que quiso: una valija también rosada de Calcuta dnde introducir la madera de pinus deodora (cedro del Himalaya), dicha madera, a un poeta norteamericano que buscaba el nirvana y encontró a Felipa y a un fotógrafo del Times que buscaba la decadencia de Occidente, no ser viuda allí, estar ligada a todo, a todo y a nada, meditar como Tulci Das y que entonces llegaran Hanuman y los monos desde el barrio de Flores 

lo entendido: que no era posible entenderse por señas, que bajo
la cúpula blanca del Taj Mahal se era nada, toda la mendicidad, el socialismo de Giménez, que andaba buscando una Felipa Ayéshica,
la gran puta virgen, la gran diletante recurrente, qu’amour n’est de personne, cómo toda semicorchea puede representar una entrada de luz 

lo que no comprendió: la literatura bengalí, la escala heptáfona como armonía del universo, la supuesta armonía del universo, multitudes en las que cada uno buscaba nada más la salvación, las declinaciones del sánscrito, la respiración controlada, controlada por quién, toda la indiferencia, el Tamil, el bengalí como acorde 

lo que olió (sobre todo olió): nuez moscada, magnolias juntas, tribus indígenas perdidas, invasores mahometanos, la madera resinosa del pinus deodora, la gran estación de Calcuta, elefantes hinduistas, comida dulce, el sur de sures, la eternidad 

(De El amhor, los Orsinis y la muerte, 1969) 

Puntos de venta