Inventario sobre la marihuana y ella 

(1940)

RUY RODRÍGUEZ

Inventario sobre la marihuana y ella 

“Una mujer con doce pezones
se agranda en los ojos
de ciertos cazadores.”
Juan José Ceselli, De los mitos celestes y de fuego. 

se hace el inventario de menudencias diarias, realizadas en este cuarto o camarote-irrazonable, anclado a tu centro moreno, de espaldas al morro del esqueleto —antípoda irremediable de sus carnosas mulatas con ojos solemnes y respiración deforme. 

se realiza el inventario en aquel otro paisaje, frente a los escollos de ese mar destituido por ti y para siempre (de su condición de miel en el tarro de la bahía de guanabara) con su manicomio de islas donde nos desnudamos y tomamos sol y tuvimos inspiraciones súbitas de lugares y superficies en desgracia: lugares donde alguna vez iríamos, ya lejos de copacabana y de ipanema y de ese olor a vértigo en los sentidos, junto a los hombrecitos que vimos revolcarse en sus cubiles. 

se recuerda la droga que es lo que importa en este momento:
la simiente de orgullo que nos mantiene juntos, esta alianza entre
el miedo de la sangre corriendo, esta risa tatuada en tu cara, en la mía, en la del contrabajista de bossa nova que se suicidó con furia aturdido por tu gemido en mis brazos, y al que sostuvimos entre los dos mientras la voz de nara leão invadía el beco das garrafas. 

se piensa en la procesión de malformaciones que encontramos
en nuestras largas caminatas, en los catecismos de la mendicidad que aprendimos de puro inocentes y metidos, en los mendigos arrojados a la bahía donde formaron archipiélagos (dulce refugio para los conyugues anónimos) y volvieron a nosotros en el estómago de los inusitados peces que comprabas o robabas al viejo pescador vociferante: ese con su aliento concentrado en la botella de cachaça que asoma de su bolsillo trasero y que desatiende todo por servirte y mostrarte que todavía puede hacer abluciones en el agua que corre entre tus piernas. 

el inventario se ocupa de las horas perdidas, los detritus, las hambres, los crujidos de mis ortopedias en los instantes de la ternura. si no hubiese estado la marihuana y su tráfico de 

espejismos, tal vez diría instantes de amor, en el cuarto de siempre, en la posición de siempre, con la melancolía de siempre, que finalmente me obliga al silencio de la droga. y aspirar con rabia
su humo grueso, mirar la brasa que se hace inalcanzable como las llaves sobre la mesa, más allá del infierno de tu astronomía, donde la sangre se desprende, el sudor centellea, el violoncelo baja del desván y marca tu lujuria y vecindad; y los dormitorios son varios y dorados, y me olvido y te olvidas del viejo que te violó una tarde detrás de la estatua de tiradentes, y reímos con un proyecto de alegría: yo tomo un cuchillo que retumbe para espantar los recuerdos de aquella ciudad que se escapan de las cartas de mi madre —aquí no hay obeliscos ni subterráneos pero están nuestros fantasmas en la droga, en tus caderas, y en tus dientes, en las moscas pesadas por el calor de esta cueva, en las humedades de tus pechos cubiertos de polvo. 

y no cambio el confort del subterráneo por tus muslos destapados, ahora giras peligrosa y cantas como nara leão, luego desfilas en carnaval, este lunes de carnaval en que en un hospital muere ary barroso, y tú y la escola do samba sin saberlo prestan un homenaje cantando sus canciones, tienes puestas plumas sobre la piel oscura, y giras y cantas, giras tú y gira nara que ya canta la marcha del miércoles de ceniza, todo gira como las letanías de los pescadores en el puerto con susurros de demencia (parapetados en las ardientes muertes de las prostitutas), y vuelve el deseo explotando antiguo en nuestras pieles distintas para finalmente terminar en este insomnio acorralado contra la maleta y su etiqueta que dice buenos aires, mientras canta nara, ary ha muerto, se terminó la droga y ya no sé si me importas. 

por eso mismo y para no perder veracidad, termino el inventario. (De El búho en el vitral, 1967.) 

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