La leyenda de Jorge Bonino [fragmentos]

(1945-2006)

HÉCTOR LIBERTELLA

4. A la patria de Góngora 

Le suena el Gong hora nueve de la mañana a Léger y a su puerta contesta una enorme secretaria. 

Eso ocurre, justamente, cuando también llega en duda
el viejo verso: “¿quién no desmantela un trato arrimándole
al trato cien cañones?” Desvaídos como vienen será lógico echarse encima esta sospecha, por si él faltó a la cita o los está amenazando tras esos pechos de guerra de su secretaria. Lo que a nuestro par de imbéciles los despoja, y de sobra, pues por dar al traste con ellos les quita los pantalones y se los calza a sí misma, casi sin poder. ¡Y cómo los revienta! 

En efecto, la matrona ya tiene listos dos pasajes de tren a Madrid que hace entrega de inmediato, y una nota altiva de Léger que lee, tapándolos con su voz. El empresario habla en su ausencia y les pide que aprovechen la lengua en propio suelo de la madre España, “a cuya luz suave es alimento y cuya luz su recíproca es ruina aquí”, dándole más vueltas a los refranes de un poeta que en ellos se vacía por entero. 

Y bien vacío o no por la oscuridad de ese camino se irán en tren a la patria que lo parió, sin pantalones, para escaparle de noche a la vergüenza y no decir una palabra más sobre aquel engorroso asunto. 

8. Ridi pagliaccio, vesti la giubba
Con exactitud, la leyenda de arriba es de 1931 o 1934 y cruza la foto de un arriesgado trapecista que al posar, para errar
y darle más balanceo a lo que digo, en el mismo vaivén me pasa su disfraz. 

A sus pies, hay otra leyenda que remata así: Si buscás trabajo en Roma tenés que hamacarte. Se trata de una dedicatoria y pertenece a un argentino que es dueño del Circo Romano Greco, Alberto Greco, nuestra viva réplica. El revoleo las cosas que para sujetarlas hace falta un trapecista: 

—Aquí en Italia es dinero falso, plata dulce la que corre entre las manos. Por eso nos damos todo con riqueza, como escudo para tapar a qué se debe el oficio a la miseria, y en este juego mágico de duplicar lo que no hay hay que ser actores de verdad. 

Si el que posa soy yo, es un profesor de castellano tan acostumbrado al peligro que ya puede actuar en toga como en malla de equilibrista, pues a esas alturas no importa mucho el quién vive, sino cómo lo hace. Y como abajo en la arena ¡Chito!, que es su único sostén, alza los ojos y lo mira con el corazón en la boca abierta, nada mejor para Bonino que cerrar ahora la propia y caer en la red silenciosa de su amigo, donde ambos se darán un intervalo antes de cambiar de papel. 

12. La asficción 

Nuestra casa era, ya está bien claro, un buzón de hojalata. Y allí adentro moríamos de asfixia cuando por la rajadura del techo una mano nos echó: telegramo de despido. 

DESPÍDOLOS. RUEDA DE LA FORTUNA ME OBLIGA TRASPASAR CIRCO. 

CUÍDENSE. ALBERTO
Leímos su nota cada vez más aplastados en aquella colchoneta. 

Como apenas podíamos movernos, cada palabra suya la arrastramos hasta juntarla con una nuestra. 

El despido se nos convirtió en despedida; mejor así: ¡hasta más no vernos, Alberto!* Tratándose de aquella Italia, su rueda de la fortuna sólo podía ser nuestra bicicleta argentina, clásico pedaleco colectivo que consiste en retener cada uno su dinero, demorando los pagos 

o deudas y traspasando así el hambre del ya pobre al menos pobre todavía. Cuidarnos sí lo sabíamos, el uno del otro. Para no morirnos de inanición o no matarnos de más ficción entre nosotros, allí mismo elegimos lo real. 

Al día siguiente íbamos a recuperar nuestra vida libre: de negocios. Permutando al azar B por C o D, Dinero por Palabras o Cosas por la Palabra Dinero, así de fácil reemplazamos Carromato por Bicicleta y con ese aparato salimos rodando de Italia. 

Epílogo
Instituto Di Tella, Buenos Aires, 1966 

Fila tres, butaca veinte, pasillo izquierdo. Ahí estoy yo el 15 de setiembre de 1966, sentado en la oscuridad como el resto de mi generación. Todos esperan el debut de Bonino. Tanto han deseado este momento, tanto se identifican con él y quieren ser él, que finalmente nadie está contento en su lugar: hay empujones en la platea y de pronto alguien ocupa mi asiento y tengo que irme a la calle, o qué sé yo. La cosa es que Bonino no aparece por ningún lado y la función se suspende. (De ¡Cavernícolas!, 1985.) 

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