Aguas aéreas

(1949-1992)

NÉSTOR PERLONGHER

II 

Titilar de ebonita, las lilas de la cruz liman del clavo la turgencia áspera o paspan el derrame del rosario
por la puntilla del mantel. 

Acaireladas convulsiones, si la medusa pincha al pez, tremola en el remolineo la flotación de un cántico, de un cántaro. 

Cantarolan por darle al óleo cenagoso
la consistencia de un velo de noche, por hurtarle
al dios de la floresta la niñez de un escándalo
u otorgarle a la red de iridiscencias pasajeras (tiemblan) la levedad de un giro en el espacio. 

Patrulla el desternillar del álamo veloz la ceremonia
al tiempo que lo desboca con incrustes de strass o lentejuela móvil que rayan la película devenida traslúcida. 

La huida de los cormoranes
y en su lugar las mansas gaviotas del deseo, el vértigo de los meollos
asombrillando el pajarear. 

¿Adónde se sale cuando no se está? ¿Adónde se está cuando se sale? 

Al lado, o de repente, la musiquilla se aproxima
y avisa que las huellas se hacen barro en la disolución del filafil, entonces de un tirón se restablece la rigidez de la rodilla (trémula) y el pico de la flor abre en el témpano la cicatriz de un pámpano 

rajando 

los valles de la misa, los alvéolos
de eso que por ser misa hubo de echarle azogue al ánade, una mano de espejo a la destreza. 

Si la divinidad líquida ahogase o bulle, en el calor carnal,
su playa látex —antes
que promontorios, grutas— 

gránulos de negrura
oh noctiluca enardecida yergue en la onda de conchas y cangrejos el anillo de espuma 

en la piel tensa y tenue
muelle el despeñadero en remolinos el simulacro de su frenesí 

huecos estampa en el alud coral para que halague su volcán el ala de un camoatí libélulas libando. (De Aguas aéreas, 1990.) 

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