Confesiones caseras

(1953)

VÍCTOR REDONDO

A Rodolfo Fogwill 

 

tl vz prq n cr en l q v. Tl vz prq m f dmsd ljs, demasiado solo, y el pensamiento en lugar de crear su pureza, ps a pnsrs a s msm, creó una desesperación que con el tiempo s f vlvnd fr y clcld, tomando la forma de una ciencia exacta, pero desmedida, impredecible, sl prdcbl desps, cnd a prftz qué s l q ya sucedió. Pese a que jamás se abrió en mí la puerta al idiota q glpb. 

Lo Otro existe, pr nstrs sclrs sn hrrbls, inservibles, es decir inútil (incluso es decir demasiado). 

Está h. Lo vemos. L sntms. Ns llm cn n mbilidd rrisstibl, pero no sabemos desde dónde. Queremos extraviarnos en su seno, pero la voz viene desde el infinito, desde la trascendencia inabordable e inmóvil que está en todos lados a la vez, que no tiene signos porque no los necesita, que no tiene símbolos porque todo símbolo tiene la mancha de la Razón sobre la diáfana pureza de lo irrazonable. 

“Pero de la amargura de lo que nunca seré queda al menos la caligrafía rápida de estos versos, 

pórtico resquebrajado hacia lo imposible.” ¿Por qué otra cosa? 

Entonces la vida está en la literatura por ausencia de algo superior —literatura que es lo superior dentro del mundo inferior de
lo humano pero que es signo de ausencia de lo que necesita palabras—. Se hace difícil entonces creer ciegamente en lo que nace de una ausencia. 

Es imposible instaurar la palabra sin mostrar el vacío, el abismo que la rodea —el “aquí abajo” de Mallarmé y su “único número que no puede ser otro”, el “chocolate” de Pessoa y el “puchero” de Daumal— 

¿Qué decir que no se debe, eh, fgwl? 

Ninguna afirmación que no provenga, por lo menos, de aquel que esté hundido en un gallinero, con gran bonete de sabio, cagado por gallinas infelices, con un dedo admonitorio, pasando las hojas de un borroso manuscrito 

esté loco 

profetas de salón, todo nos excede si no hablamos con el corazón. La verdad que nos es accesible reside en la vergüenza, en la desnudez. Sí, dadme bellas mentiras, ellas adornarán lo que ignoramos. 

No podemos dar importancia a esto
porque mata. (De Circe, cuaderno de trabajo, 1979-1984.) 

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