Entrevista con Óscar Alarcón

Veintitrés y Uno, Nitro Press, 2018

Gaby Puente: “Antes de que yo escribiera poesía ya andaba en las calles hecha una loca: se me cerraba un carro, me bajaba y lo pateaba, “oye, pendejo, no me viste, qué te pasa”. A partir de que encuentro la palabra, lo escribo.”

Septiembre de 2016

Ximena, Rosaura y Andrea, las tres perritas de Gabriela Puente me reciben al abrirse la puerta. Las tres ladran pero de inmediato se tranquilizan. Bulldog, chow chow y rottweiler. Una de ellas ladra porque se siente insegura. No le hagas caso y pásate. La casa que construyeron sus padres y que Gabriela remodeló se encuentra a unas cuadras del centro de Puebla, frente al Colegio Esparza, uno de los colegios católicos más famosos en la década de los 90 de la ciudad. “zumzum zum atraviesan los autos se corretean zum todos pasan con prisa zumzumzum”, es el verso con el que recuerdo haberla conocido. Gaby hizo una presentación en la preparatoria Emiliano Zapata de la BUAP y leyó ese poema. Los alumnos estaban encantados por el lenguaje que usó Gaby, la lectura de su poesía fue muy agradable.

Cruzamos la cocina y llegamos a su sala. Una mesa, un sillón y más adelante una mesa de billar, siguiendo de largo unos sillones sobre los que reposan unas sillas pequeñas. Tengo que ponérselas encima para que no se suban éstas, señalando a las perritas que ya se han calmado. ¿Qué tomas?, me pregunta. Lo mismo que tú, le respondo. Vodka con agua quina. Tiempo después de la presentación en la prepa Zapata me la encontré en Profética tomando vino. Platicaba muy a gusto con un conductor de radio. Yo iba con una amiga y nos dijo salud, platicamos muy corto ese día. La luz del bar de Profética hacía más brillante el cabello rubio de Gaby Puente, quien siempre me ha recordado a Janis Joplin pero con la voz más potente y con más vitalidad.

Óscar Alarcón. Encuentro que hay en tu poesía un camino que se tiene olvidado en México, porque en nuestro país se cree que las cosas importantes se dicen de manera seria, me refiero al camino de lo lúdico y los juegos verbales, ¿cuál es la importancia del juego en tu obra?

Gaby Puente. Creo que soy una persona que se ríe mucho de sí misma. Dice un amigo “cuando te conocí dije qué mujer tan cínica”, y sí lo soy. Prefiero ser cínica a andar de hipócrita. Soy alguien que me sé reír de mí. Luego me ando riendo de los demás, y digo que si tengo la capacidad de reírme de mí por qué no me voy a reír de las demás cosas.

Hay un libro que está parado, que se llama Retrato hablado de un bilioso, entonces primero hablo mal de mí y de mi familia. Está dividido en dos partes: de mi papá, que es un borracho, hay un poema que dice: “mi papá saca la cartera y llena sus vasos de amigos”, mi papá es de ese tipo, con tal de hacer amigos les anda invitando. Y mi mamá es igualita. Entonces primero me echo a mí, a mi familia y luego me voy contra la sociedad.

Hay un poema que se llama “El moreno burócrata”, que dice que se viste de no sé qué y ya se siente el muy chingón.

Pero primero me tengo que reír de mí, siento que la crítica es mucho más fácil que entre por el sentido lúdico. Si los relajas primero, luego les cae el veinte, que si me pongo muy formal, han de decir “esta pinche vieja me está regañando, y ¿ella quién es para regañarme?”

ÓA. También nos encontramos con mucha influencia de la oralidad y guiños a canciones populares como “si a tu amor yo me aperro”, ¿cómo influye la voz popular en tu poesía?

GP. A mí me han preguntado, ¿quién es tu poeta favorito?, y yo he dicho Cuco Sánchez. A mí mamá le gustaba mucho la música de Cuco Sánchez y crecí escuchando “La huerfanita”, que decía “porque tú no tienes madre, porque tú no tienes padre”, yo ni siquiera entendía la grosería… O “Una pura y dos con sal”: “andas diciendo que me vas a abandonar/que de la vida te dispones a gozar/que ya te hallates otro amor más principal/a mí me importa una pura y dos con sal”, entonces yo digo que mis poetas favoritos son Jaime López y Cuco Sánchez, definitivamente.

Y otros poetas en serio… Me gustan mucho Eduardo Lizalde, Bukowski, César Vallejo, Huidobro. Y de mujeres, me gustan mucho Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath y Ann Sexton. No me gusta cuando las mujeres hacen poesía y suena como a campanitas, como “Alfonsina…”, así tililililí. No. Me preguntó por qué las mujeres tienen que sonar a campanita. A mí me gusta sonar como Janis, es un decir.

ÓA. ¿Alguna vez has hecho canciones algunos de tus poemas?, esto gracias a la cercanía que tu poesía tiene con la música popular.

GP. De chavita manejé grupos de rock. Tuve una vida súper rockera, tuve una tienda de rock a la vuelta de catedral y manejé tres grupos de rock. Trabajaba con “Los Metáfora”, no sé si los conozcas. Víctor García Vázquez hizo salsa un poema mío, pero salsa rockera, porque ellos eran rockeros.

Tenía la idea de hacer un proyecto. Me llevo más con los músicos que con los escritores y mucho, mucho con los pintores, con los artistas plásticos. Porque los escritores luego nada más están hablando de “esto es un oxímoron”, ¡todo el día trabajando en eso! Como que se me hacen medio mamones a veces.

Tengo varios amigos músicos. Les di libros, mi idea era hacer un acoplado con mis amigos músicos, obviamente pagarlo yo.

ÓA. Si es que existe una división de la llamada poesía popular de la alta poesía…

GP. Sí, digamos mi poesía contra la de Julio Eutiquio Sarabia [risas]

ÓA. Lo que te quería preguntar es que ¿en qué momento crees que la poesía culta se haya separado de la poesía popular? Incluso hay poetas que denuestan a la poesía popular.

GP. Pienso en Ricardo Castillo, pienso que él empezó. Creo que desde los ismos hay una ruptura. No tengo claro quién haya empezado con la tradición de la poesía menos elevada.

Tengo como ejemplo a Ricardo Castillo porque me gusta mucho. Y me gusta mucho porque me río mucho con él. Con Lizalde me puedo poner bien encabronada, bien seria y con Ricardo Castillo me puedo estar carcajeando aunque sean desgracias.

ÓA. En varios de tus poemas aparece la figura del perro, ¿por qué usarlo no sólo como una alegoría?

GP. En todos mis poemarios hay perros. Desde uno que se llamaba Quejas y garabatos, que ese ya ni existe, luego el que le siguió fue el Destrazadero, hay muchos perros: “comemos tacos de perro […] los perros nos miran a los ojos”. El que sigue es Necrología y está “el perro se viste de polvo/y me olvida” y hay otro que es el “el perro maché”. Soy súper perrera, son como mi vida. No tengo hijos, tengo perros.

En laSobras de gabriela puente hay una cosa que se llama “la perrada”, que es como la perra da o la perrada, es un juego y la mayoría de poemas son a mujeres, las trato como si fueran perras.

ÓA. Y con una crítica social muy fuerte como: “los perros pasean a sus perras/en coches último modelo” o “los perros con un hueso/tienen las mejores perras/para salir en la foto”.

GP. En para casi todos el primer poema dice: “la perra merodea […] la olvidé/con los trastes vacíos”.

Todo el día estoy en mi casa, generalmente leyendo o tratando de escribir, haciendo lo que tenga que hacer y hablo mucho con ellas [señala a sus tres perritas Ximena, Rosaura y Andrea]. Para mí son mi compañía. Sandra, mi pareja, se fue ahorita y trabaja todo el día. Ahorita se va a un diplomado y llega a las 10 de la noche. Todo el día estoy con ellas y estoy viendo una película o lo que sea y estoy hablando con ellas, no lo puedo evitar.

ÓA. Me llama la atención la idea del perro como crítica social, si bien es cierto que les tenemos mucho cariño a los perros, también uno de los insultos más grandes es hijo de perra.

GP. A mí una vez una chava me dijo “eres una perra” y le dije “¿guau?”

En el poema que te menciono me pongo como un perro porque dice: “con la cola entre las patas […] la perra merodea/desea mi muerte/la escucho/orina mis asuntos/me odia/la olvidé/con los trastes vacíos […] ahora ronca la perra/cada que le rugen las tripas/la comida es un sueño/mal alimentado/la perra duerme/con el hocico entre las patas/oliéndose la cosa”. Me gusta mucho observarlas, me gusta mucho cómo interactúan.

ÓA. Cuando terminamos de leer muchos de tus poemas nos queda una sensación de melancolía y de soledad, ¿por qué crees que tanto soledad y melancolía tengan una carga negativa?

GP. A mí se me hace una tontería. Yo desde niña he sido depresiva, a pesar de que siempre me ves muy alegre pero me tomo mi medicina [señala el vaso de vodka que está tomando y ríe]. Incluso estuve dos meses en el Nacional de Psiquiatría por depresión mayor. Y lo peor es cuando la gente te dice “échale ganas”, ¿o sea de dónde saco las ganas o dónde compro un kilo de ganas?

Entonces he vivido siempre con esta sensación de cierto vacío. Y cuando mi vida está más tranquila es cuando menos puedo escribir. Yo no sé escribir de las flores ni de los pajaritos ni de qué bonita esta playa, le voy a hacer un poema. En esa situación, no sé pero se me hace una estupidez que todo el tiempo tengas que estar súper alegre. Si tu condición humana es depresiva, acéptala y vive con ella.

ÓA. ¿Y la gente que trata de salir forzosamente de la tristeza?

GP. Pienso que si vas a forzar eso, vas a tener una felicidad súper falsa. ¿Cómo salen de la tristeza las mujeres? Se van de compras. ¿Cuánto te dura eso? Hasta que estrenas todos los zapatos que te compraste. Te compraste tres pares de zapatos y tres blusas, a la segunda lavada esa felicidad ya no existe.

ÓA. Alguna vez ya me habías contado sobre tu infancia y juventud, ¿estudiaste en escuelas católicas?

GP. Primero fui al Esparza con las josefinas, luego fui al América con las teresianas. Tuve una maestra monja, la madre Tere en secundaria, ahí me empezó a gustar leer mucho, nos explicó el poema del mío Cid, que es muy difícil —si lo leo ahora digo qué horror— con una devoción, con una paciencia que ahí fue que empecé a escribir.

Y qué raro, fue gracias a una monja pero una monja que amaba la literatura. Porque hay buenos y malos maestros. Tuve otra maestra que era pésima, fue antes pero cuando tuve a la madre Tere me encantó por cómo lo vivía. Me contagió eso.

ÓA. ¿Era complicado en aquellos años pensar que te podías dedicar a la poesía?

GP. Pues nunca lo pensé así como tal. No tenía idea de lo que iba a hacer. Yo quería vagar, esa era una realidad. Incluso estudié diseño porque me dijo una amiga: “en esa escuela los maestros son bien borrachos, no llevas uniforme, no necesitas nada para aprobar” y por eso estudié en esa escuela. Y cuando entro, cambian de directora y todo lo contrario. Pero resulté creativa, me gustaba mucho el diseño gráfico —era diseño de interiores y diseño gráfico—.

El maestro Fernando Chanes —yo quería ser pintora pero no soy tenaz, si algo me cuesta trabajo lo abandono— me dijo: “lo que más me gusta de tus cuadros es la poesía” y yo pensé “¿poesía en el cuadro, poesía como ritmo?” y me dijo “no, lo que les pones abajo”. Él me enseñó realmente que había verso libre porque yo con la monja sólo veía al mío Cid.

ÓA. En Puebla tuvimos un momento muy fuerte de la poesía hace unos veinte años, ¿qué ocurre en este momento con la poesía en Puebla?

GP. Creo que el problema es que la mayoría de los poetas escribimos y no hacemos conciencia. A mí me ha pasado que de cada libro quiero eliminar por lo menos seis poemas, y luego quieres que te publiquen.

Tampoco tenemos la decisión de leer tanta poesía: escribimos más de lo que leemos. Y me estoy incluyendo. Tiene tres años que no escribo poesía.

Lo que estoy escribiendo es una novela autobiográfica. Lo que hago para que tenga juguito, para echarle crema, es que reúno tres situaciones que me pasaron. Entonces parece que mi vida es interesantísima, pero no.

ÓA. Es importante lo que señalas sobre lo poco que se lee poesía, pareciera entonces que la poesía tiene que ejercerse como un oficio.

GP. Mi libro que más me gusta es Patadas bajo la mesa, y estaba 12 horas sentada acomodando palabras. Vivía en el D. F. y tenía un clóset y ahí colgaba palabras y las iba escogiendo. Imprimía las palabras y las iba escogiendo porque quería que fuera un diálogo muy duro conmigo: “orines sobre los orines… orinar fuera de la bacinica” y quería que fuera extenuante, extenuante. Tenía que elegir las palabras pero estaba 12 horas sentada en ese escritorio.

Cuando más he escrito es por eso. Lees 3 horas y luego te pones a escribir 8. O primero escribes 8 y luego lees 3, o lo que sea, pero sin menos de 8 horas no sale nada, yo pienso. Sí es un oficio.

No sé qué pasa, no sé si es por amiguismo o qué pero me he comprado en Profética algo que veo y digo que suena chistoso. Me compro un libro de poesía y a la mitad del libro dices “no, ya no lo voy a acabar”, pasa mucho. Es como la nueva generación.

Y hay chavos muy buenos, está Artoro, Abigail Rodríguez se me hace muy buena, y es gente muchísimo más joven que yo. Muchos chavos se me hacen buenos.

ÓA. ¿Tienes alguna cercanía con el Círculo de Poesía?

GP. Con Alí Calderón me llevo bien. Alí es muy participativo conmigo, siempre me está involucrando, incluso alguna vez me dijo que le mandara algo pero como no he escrito…

Ahora resulta que en la novela van insertados algunos poemas. Me sale la vena poética y de repente hay algo que suena más a poesía que a narrativa. Es prosa poética.

ÓA. Es importante en este momento del país acercarnos a la poesía ahora que pasó el segundo año de Ayotzinapa y que viene el 2 de octubre, ¿el poeta ha perdido el compromiso social o político?

GP. Pues yo creo que algunos, sí. A lo mejor estamos más interesados en que nos publiquen… Yo ahorita no porque ni escribo poesía. Pero normalmente piensas que te publiquen, y quizá veas que tu poema no es publicable por el tema.

¿Generalmente quién te publica? La Secretaría de Cultura, el IMACP [Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla] entonces hay mucha preocupación por eso.

Pero por ejemplo está Mardonio Carballo, a mí me parece excelente lo que hace, en Aristegui, cuando salía en MVS, lo que decía se me hacía impresionante. A él lo admiro mucho y digo qué huevos y qué padre.

Pero también siento que cuando eres chavo piensas que cualquier cosa es el gran poema, como que no tienes un ojo crítico muy grande. De repente hay muchos poemas de Ayotzinapa o de lo que sea pero sin mucha calidad. Eso también hace que la gente no los tome muy en serio porque si tú lees algo luego, luego se nota cuando está la pasión y bien hecho: la poesía tiene su propio ritmo y los irá envolviendo y se darán cuenta que está bien hecho. Pero si no está bien hecho pues también hay una barrera: está interesante lo que dice pero no los atrapa.

ÓA. Ahora que mencionas a Mardonio, realizó la exposición Montar La Bestia, con varios artistas plásticos incluido Gabriel Macotela, ¿es obligación del poeta estar cercano a lo social, puede escribir desde otra parte sin necesidad de hacer crítica política?

GP. Yo siempre he estado como enojada con la sociedad. Pero mi carácter —además de depresivo— es bilioso, soy muy enojona, desde niña: “ay, ese por qué no les da el paso”, ese tipo de cosas. En mí sí pasa mucho.

Pero yo no creo que sea obligación. Si te fijas generalmente los poetas hablamos de nosotros. El poeta, de los escritores, es el más egocéntrico, mucho más que un dramaturgo. O que un músico.

No necesariamente debe de estar… Lo que le decía a los chavos es que antes de que yo escribiera poesía ya andaba en las calles hecha una loca: se me cerraba un carro, me bajaba y lo pateaba, “oye, pendejo, no me viste, qué te pasa”. A partir de que encuentro la palabra, lo escribo. Ahora se los digo a los chavos —cuando voy al Tec o a otra parte— y me aplauden. Ya no soy la vieja loca que patea el coche, encontré otra manera de sacar eso.

ÓA. Recuerdo mucho un poema tuyo: “zumzum zum atraviesan los autos se corretean…”, ¿tienes influencia de vanguardias como el maquinismo o el futurismo?

GP. A mí me gusta mucho Huidobro y Roca. Siento que Roca es el primer poeta que escribe de un avión. ¿Te acuerdas de ese poema en el que al final te das cuenta de que es un avión? Yo siento que es el primero que escribe de un avión o yendo de un avión. Lo que significa un viaje en avión, fuera de la naturaleza.

A mí lo bucólico ni me llega porque soy completamente citadina, rockera. Soy de la cantina de acá a la vuelta.

ÓA. Esos poemas son muy ruidosos, te hacen reflexionar o te construyen una imagen en la mente de manera inmediata. Sin embargo, está la idea del silencio, ¿cuál es el significado del silencio en tu poesía?

GP. Procuro dejar a veces algunos párrafos… Por ejemplo está Patadas bajo la mesa, que es un golpeteo, un golpeteo pero de repente hay un espacio y empieza otro porque creo que el silencio es el momento para la reflexión. Puedo tirarte una metralleta: “me orino en la bacinica y no sé qué y patadas bajo la mesa” y los insultos y pendejadas pero luego tiene que haber una pausa para que después de todo eso te caiga el veinte. Si te sigo ametrallando nunca te va a caer el veinte de lo que te acabo de decir.

ÓA. ¿Cómo fue que te acercaste a Enrique de Jesús Pimentel?

GP. Iba con Alicia Reyes a un taller en el D. F., iba los miércoles y me quedaba los jueves porque tomaba cine con Ayala Blanco en una cosa que se llamaba Centro Cultural Arte Contemporáneo, que era de Televisa y que era una cosa chingonsísima. Ahí tomaba con Ayala Blanco, los jueves.

Los jueves en la mañana, Alicia me adoptó y leía personalmente mis textos. Ella me hizo escribir. Me decía “tú te tienes que aprender a defender porque tu poesía es muy difícil, te van a atacar mucho”, y además yo era muy chavita, tenía como 22 años o algo así. Me dijo que me iban a atacar mucho y me enseñó métrica: me obligó a hacer octosílabos, décimas, sonetos, todo. Me salían puros albures. Pero me dijo “si no entiendes la métrica no te vas a poder defender”.

De repente me di cuenta que el mundo de la poesía era sólo llevarse con alguien y echarle así como: “ah qué guapa está tu esposa, qué bonitos tus niños”, aunque estuvieran bizcos, y sólo así podías publicar. Yo me decepcioné mucho y dejé de escribir 5 años. Como a los 3 años y medio me sentía fatal. Empecé a ir con un psicólogo y me dijo: “es que dejaste de escribir, esa era tu válvula de escape”. En aquel entonces yo tenía una imprenta —y la imprenta no son las artes gráficas, son las artes trágicas: urge algo y se te rompe la mantilla y consigue una—. Hablé con mi pareja, que era mi socia, y le dije “me voy a dedicar a escribir otra vez y te hago los presupuestos” porque eso era lo que a ella más trabajo le costaba.

En Puebla me di cuenta que existía la SOGEM, entré con Miguel Ángel Andrade a un curso. Y el año siguiente se unen Arturo Ordorica y Miguel Maldonado, los cuatro formamos el Grupo Diverso. Pimentel nos adopta de una manera increíble. Lo que tiene el maestro Pimentel es que es cero envidioso. Hay maestros que te dicen “busca algo para que no rimen” pero el maestro Pimentel, todos los secretos de su vida en la que ha escrito poesía, te los regala: “ten, te los regalo”. Es cero envidioso. Me acuerdo que él pagó las copias de nuestro primer libro, que lo dimos en una lectura, se llamaba Garabato. Yo imprimí las portadas y los empasté pero él nos regaló las copias. Eso era un regalazo. Aunque fueran fotocopias.

ÓA. Es muy difícil encontrar la camaradería.

GP. Creo que entre escritores es más difícil. Todavía veo que los músicos se echan más la mano: “oye, hermano, fíjate que mi tarola… no, pues ten la mía”.

ÓA. ¿Crees que esta situación sólo ocurra con los escritores en Puebla o es en todo el país?

GP. Yo creo que es en todo el país. Tú me preguntabas por el Círculo de Poesía, yo con Alí tengo buena relación. Con Jair Cortés, nos apreciamos mucho, nos queremos bien. Con Álvaro Solís me llevo muy bien. Y creo que es porque soy muy amiga de Federico Vite y de Brenda Ríos. Ellos estuvieron en Fundación para las Letras y como ven que vienen a mi casa y se quedan acá, los llevo y los traigo. Todo eso ayuda.

Pero como Grupo Diverso me llevo mucho con Abigail Rodríguez de la cartonera Tegus, me llevo mucho, mucho con ellos, seguido vienen a la casa, estamos armando un libro juntos. En general yo no tengo broncas con nadie a no ser que sea un mega mamón. Me llevo hasta con Julio Eutiquio. Me empedado con él. No soy una persona pesada y no me siento la gran poeta. Yo siento que Julio Eutiquio es un verdadero poeta, también el maestro Pimentel; yo me siento más como la poeta popular.

Tengo mucho más pegue con los chavos, a mí donde me va re bien es en las universidades y en las prepas.

ÓA. ¿Nunca has querido ser docente?

GP. Estuve en el IMACP, di como cuatro talleres. En Duermevela di dos talleres y acabo de dar en verano en el IMACP.

ÓA. ¿Y en alguna universidad dar teoría literaria?

GP. No. La verdad no me siento capaz porque soy un desmadre. Yo les voy a decir a los chavos: “empédense y vivan la vida”. Por ejemplo a los chavos del IMACP se los dije.

Incluso a Hilda Brito le comenté que este semestre diera el maestro Pimentel métrica, porque todos me querían rimar, y yo les decía “no, si van a rimar tiene que llevar métrica”, entonces no me entendían. Les dije a todos: “si quieren ser verdaderos poetas —a mí me obligó Alicia Reyes— tomen este curso con Pimentel para que se aprendan a defender, a mí me sirvió mucho”.

Yo no les puedo dar métrica, estoy fuera de esa onda. Yo creo más en la libertad, pero claro, la entiendo muy bien. Se lo explicaba a los chavos: los pintores buenísimos tuvieron que pintar manos, pintar ojos, hacer el reflejo de un vaso, la sombra de la manzana, un bodegón, pintar el agua —que es dificilísimo—, pintar las nubes. Yo porque estudié pintura sé que pintar nubes con acuarela es horrible. Les dije que primero tienen que enseñar que saben pintar y que pintan excelente y luego pueden inventar el Cubismo o irse al abstracto. Pero si de repente me pongo a hacer garabatos es una pendejada, mi obra no vale nada.

Siento que sí necesitan la métrica. A mí Alicia me obligó y no sabes cómo se lo agradezco. Por eso el libro Necrología se lo dedico a ella.

ÓA. ¿Cuáles son las formas de erotismo que más te llaman la atención para tu poesía?

GP. Pues…hace mucho que no escribo de erotismo, no sé si es la edad. En papelera, libro que publicó la UDLA, están los del baño y era un tema para el Salón de Arte Erótico y siempre ponían un tema: el baño. Lo que hice fue ir a los baños de Profética y cuando veía que entraba una chava guapa, me subía al excusado de junto y la veía mear. De ahí viene el “gota a gota a gota…”. Le busqué porque era obligación, ¿cómo le hacía?

Los demás los escribí muy joven. Y muy joven tienes el sexo a flor de piel. A mí me han tomado mucho como poeta erótica pero siento que fue una etapa. A mí me gusta mucho el fuego en el erotismo. Jugar a que somos no sé qué… aunque sean mentiras eso es lo que a mí me pone cachonda.

ÓA. Hay un verso tuyo: “a falta de pan yo soy tortilla”, ¿esta declaración no te ha generado problemas sociales o de algún otro tipo?

GP. No. Imagínate, mis papás eran güeritos del Parque España… Iba con las josefinas, luego con las teresianas… Íbamos a misa a donde estuviera de moda, ya ves que se ponía de moda la iglesia del Cielo, íbamos al Cielo, que se ponía de moda el Perpetuo Socorro —que yo le digo el Eterno Aliviane, que es lo mismo— íbamos ahí. Y era de una sociedad súper cerrada…

Cuando yo me doy cuenta que más gustan más las chavas que los chavos… Yo soy bisexual, antes no lo decía porque las lesbianas son súper celosas, si saben que eres bisexual no andan contigo. Con Sandra no tengo ningún pedo, porque es una chava mucho más joven, yo le llevo 18 años, entonces ella está súper libre, no tiene esos prejuicios que tienen las de mi edad. Siempre anduve con chavas más grandes que yo, y de repente me doy cuenta que me llevo mejor con las chavitas porque a mí me caga que me estén diciendo: “ya el doctor te dijo que no te estés tomando otra; no le eches tanta sal”, cosas así como cuidarte —yo voy a vivir hasta donde tenga que vivir y ya—. Me llevo mejor, aunque Sandra es muy madura, me tiene mucha paciencia.

Cuando me doy cuenta que me gustan las chavas me súper asusto y me vuelvo súper hombreriega. Tengo todos los novios del mundo. Con los niños “bien” no me acostaba porque mi abuela me educó muy bien y me dijo: “si estás muy caliente acuéstate con un naquito que nadie conozca”. Mi mamá es medio mensa pero mi abuela yo creo que me vio súper putita y me dijo eso. Me dijo “no te vayas a acostar con un niño ‘bien’ porque ya no te casas”. Me iba a Acapulco con mis amigas, me acostaba con todos los gringos, holandeses, italianos… O me acostaba con los del CENHCH, los guapos claro [Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, escuela pública en Puebla, algunos de sus estudiantes adoptan actitudes como si la escuela fuera privada, es una postura aspiracional. Nota del autor]. Y con mis novios ni faje ni nada. Yo me ofendía: “ay qué te pasa”.

Me vuelvo de hombres porque decía: “no le puedo hacer esto a mis papás” y me daba mucho miedo el rechazo social. De repente me súper enamoro de una compañera, me vale y entonces ya tengo novio y luego conozco a una chava que me mueve el tapete. Me empezó a valer. Y luego conocí a otra persona y anduve con ella y ya dije “me vale madres”, me fui a vivir con ella porque o venía acá o me quedaba en su casa pero era un desmadre, éramos pareja y yo decía que teníamos que vivir juntas. En esa época esa persona era de clóset, entonces eso fue una bronca porque tenía 21 años, estás en pleno desarrollo sexual, te quieres besuquear y fajar. Trueno con ella y empiezo a andar con una, que primero era María Eugenia, y ya que andaba conmigo —llegó muy de vestido y collares y bolsas— empezó a usar jeans, tenis. De María Eugenia pasó a ser Macho Eugenia, mis amigos: “qué pedo con la Macho Eugenia”.

ÓA. ¿Hay una etiqueta sobre este tema en tu poesía?

GP. En las de amor, sí. En bitácora del mundo de los imposibles, es muy obvio. Mis poemarios los he ido armado con el tiempo. ¿Cómo junto poesía de amor? Aunque he tenido como 20 novias, no a todas las escribo. Es al pasar de los años que junto el poemario, que se llama bitácora del mundo de los imposibles, porque para mí el amor siempre ha sido un imposible. Justo cuando ya estás bien, todo se derrumba. Excepto la relación que tengo con Sandra pero ¿sabes qué ayuda? Que Sandra es muy seca, muy fría. Entonces me mantiene muy a raya. Es muy inteligente.

Cuando yo la conocí tampoco me encantó pero yo no sé estar sola. Entonces me aferré a ella. Antes de tronar con una ya tenía el ojo en otra porque no me gusta estar sola. Ahora, fíjate qué tanto bien me ha hecho la relación de Sandra que pienso que si me dejara, podría estar sola.

ÓA. Me refería a las etiquetas que encontramos sobre todo en la narrativa, por ejemplo, “novela gay”. No veo que esté marcada así tu poesía, ¿crees que esas etiquetas son sólo para vender?

GP. En algún momento, Óscar López en su programa [Movimiento Perpetuo de Radio BUAP. Nota del autor] me dijo: “tenemos a la poeta lesbiana de Puebla”, entonces yo le dije: “¿Cuando viene un indígena le dices ‘tenemos al poeta indígena’ o ‘cuando viene un arquitecto que es poeta además, le dices el poeta arquitecto’ o si viene un odontólogo y además es poeta ‘el poeta odontólogo’ o cuando viene Pimentel: ‘el poeta abogado’?, no me etiquetes así”. Soy lesbiana y no tengo el temor de decírselo a todo el mundo.

Creo que todo el mundo en Puebla sabe que soy bisexual o lesbiana pero no me gusta la etiqueta de poeta lésbica porque yo no escribo de eso, escribo de otras cosas. No toda mi poesía es amorosa ni tiene que ver con las mujeres, mucha es social o de mi familia.

ÓA. Acaba de surgir un premio, que por todas sus siglas LGBT…

GP. LGBTHIJK…

ÓA. Ese premio. El premio hace pensar sobre quién lo gana, ¿si lo que escribo es sobre estos temas o yo tengo que tener estas preferencias o si sólo es una etiqueta para vender?

GP. Imagínate que yo usara mi poesía para ligar chavas. Me organizo una lectura en el antro gay más acá de Puebla y leo mis poemas más eróticos.

Una vez eso hizo Arturo Ordorica, hicimos una lectura y de repente dice “este poema va para alguien que está sentado por ahí” ¡y al final todas las chavas estaban alrededor de él! Pero también soy una ruquita, ya no funciono tan bien en la cama, esa es otra: va a ser un pinche engaño.

ÓA. ¿Es difícil ser escritora en una ciudad como Puebla?

GP. Pues no porque soy muy cínica. El cinismo te abre las puertas. Yo llegué a Duermevela y de repente alguien a las once de la mañana vio que me estaba sirviendo una cuba y me dijo: “¿estás cruda?” y le dije: “no, soy alcohólica”. Cuando tú les contestas así, ya nadie se mete contigo. “¿Le viste las nalgas a esa vieja?”, “sí, están muy buenas”, ¿qué pedo, no? No quiere decir que la voy a violar o a echar el can, no le voy a decir “ay mamita”, simplemente me dieron las ganas de verla, ¿qué pedo? No la voy a querer seducir si sé que es buga.

Por eso te digo que mi amigo me comentaba: “cuando te conocí dije, ‘no mames qué tipa tan cínica’, pero al final me di cuenta que eres mucho mejor que otras personas, porque eres tan cínica que uno sabe a qué atenerse contigo”.

ÓA. ¿Cómo percibes a la distancia el trabajo que hicieron en el Grupo Diverso?

GP. A la distancia nos hemos separado aunque seguimos siendo muy buenos amigos: Arturo Ordorica, Miguel Ángel Maldonado, Miguel Ángel Andrade y yo. Pero lo que hicimos fueron las plaquettes de papel de estraza. Salió la de Maldonado, que hasta se la presentó Pedro Ángel Palou; luego la mía; luego la de Miguel Andrade. Y como tú te las tienes que pagar, la de Ordorica ya no salió. Teníamos un taller y andábamos organizando para sacar más estrazas y Pimentel tenía uno muy bueno.

La idea del poemario en estraza es que tiene que ser lo más lúdico posible porque estamos jugando con eso: que el soporte en la obra no importa, pero la obra aunque sea lúdica tiene un valor como obra.

El prólogo del mío lo hizo Enrique Pimentel, el de Miguel Andrade creo que lo hizo Miguel Ángel Torres, alguien que lo avale. A mí me lo presentó Alejandro Palma y Javier Vargas, que es muy bueno. Traes a dos presentadores buenos, avalan la obra pero lo que estamos diciendo es que el soporte no importa porque justo la negativa era “Como no somos conocidos ¿nadie nos va a publicar?”

Empezamos a meter a las impresoras el papel de estraza y se chingaban los toner, todo se chingaba. Y sacamos el de Maldonado así. La segunda edición del mío ya la saqué en offset, y también el maestro me cobró un rodillo porque se queda todo pegado. Es papel reciclado, trae caca de paloma y no sé qué tanto, dicen que hasta tiene papel de baño. Y luego estás en las memelas limpiándote con el papel de estraza.

ÓA. ¿Todavía apuestas porque el soporte no importa en las publicaciones?

GP. No, ahora ya no. Después de tener un libro como el de la UDLA… En un inicio, sí. Porque era “como nadie me conoce, nadie me publica”. Ahora no tengo ningún problema de publicar con Tegus, porque conozco el nivel que tiene. Nunca han publicado un material que a mí no me guste o que diga “esto está súper chafa o sólo lo hicieron por amigos”. Para mí todo lo que publican siempre tiene mucha calidad. Son muy jóvenes. Cuando Abigail Rodríguez me dijo, me sentí súper halagada. Me interesa mucho porque publican gente muy joven.

A mí me llama mucho, yo no sé qué pedo, tengo 46 años y me llaman para los encuentros de poesía joven, la mayoría de las veces le doblo la edad a mi compañero de cuarto. Estoy con todos y tienen 26: “¿y tú?”, “yo 46”.

ÓA. Estoy muy probablemente no lo asumas como tal pero me imagino que lo has escuchado, ¿estás consciente de que eres un símbolo para la poesía en Puebla?

GP. Pues en algún momento lo pensé. Cuando escribía mucho y publicaba más, pero creo que eso ya quedó atrás.

ÓA. Ahora que estás escribiendo la novela, ¿piensas retomar la poesía?

GP. A través de la novela me estoy acercando más a la poesía. De repente me salen cosas que estoy apartando para un poemario. Porque digo “esto no corresponde a la novela”, pero lo que comentábamos: es el oficio. Lo que pasa es que me sentaba 8 horas y todo lo que escribía decía: “qué basura”, sentía que me estaba repite y repite y me sigo repitiendo. Ya con la novela hay un poquito de modificación.

Me gusta mucho la arquitectura, mucho. Esta casa es en donde yo crecí y quise modernizarla, me gusta mucho adecuar espacios. Me puse a ver la obra de Barragán y de repente me di cuenta de cómo se repite, me puse a ver sus influencias en internet y dije: “está repitiendo sus influencias y él se repite todo el tiempo”. Eso me ayudó a aceptar que yo me repita en mi obra. De repente leo a Pizarnik en sus diarios, en su narrativa, y veo cómo se repite. A mí me tenía muy frustrada eso, y me digo “ay, si me repito pos chingue a su madre, ya no hay bronca”. A lo mejor es mi estilo o mi sello.

ÓA. ¿Qué es el amor?

GP. Para mí el amor es una fuerza terrible. Siento que cuando encuentras el amor, en ese mismo momento se empieza a desmoronar. Cuando tú descubres que estás enamorado, en ese momento, no sé cómo, o será mi patología, hago que se empiece a desmoronar. Porque yo aprendí el amor de una manera muy difícil: mi mamá era una mujer muy neurótica, de ahí viene un poema que se llama “La loca”.

Me sacaba a la calle y me decía “tu mamá se fue a la Malinche, yo no soy tu mamá, ahorita pasa el señor del costal y viene por ustedes”. Mi hermana se quedaba bien tranquila y yo lloraba y pegaba en la puerta, a mí se me hacían diez minutos —a lo mejor era un minuto— y en ese momento mi mamá abría la puerta y era tanta su energía negativa, su nerviosismo, su neurosis que siempre el aliento le olía a bilis. Entonces me daba unos besos con aliento a bilis que así aprendí el amor: me tienes que machacar y luego quererme.

Con muchas terapias, muchísimas, no sabes cuánto me he gastado en terapias, ya soy más sana. Por ejemplo, Sandra de repente me dice: “quieres pelear” y yo “pues sí, tengo ganas de echar bronca” “pues échame bronca y yo te echo”, pero ya sanamente. Ya sin herirnos, sin lastimarnos, pero eso cuesta terapias y terapias. Y ella porque es una mujer muy razonable, a pesar de su edad, es súper congruente.

Una vez una amiga de Sandra de mi edad vino a la casa y le dijo: “oye, Gabriela es alcohólica”, y Sandra le responde: “qué no te habías dado cuenta, si siempre trae su botella de agua y no es agua, es agua con vodka” y le dice: “y no te molesta”. Sandra le responde: “yo me enamoré de ella e iba cayéndose de borracha, había tomado tanto vino que traía la boca morada y hablaba de un pito de 30 centímetros que le habían metido en una regadera. Así me enamoré de ella, ¿cómo ahora le voy a prohibir que tome?”, para que veas lo congruente que es.

En ese momento le bajé al alcohol, porque le dijo ella: “¿y no es molesto?”, “sí, a veces sí”, pero como no me está chingando: “deja de tomar”, ahí sí puedo bajarle. El pedo es cuando me dices: “no comas algo, deja de comer sal… agarro el salero”.

ÓA. ¿Entonces el amor salva?

GP. Pues sí… Depende, si curas tu patología pues sí. Creo que hay un amor que ya no es el amor pasional sino que se vuelve más fraterno: te voy a cuidar, me vas a cuidar, que ese sí salva. Pero cuando es de pasión: yo soy celosísima. Una vez un psiquiatra me dijo: “eres celosa porque tú lo has hecho, el león cree que todos son de su condición”.

Si estoy en la pasión, no funciono, te celo, te hago la vida imposible, pero si estoy en una cosa más tranquila, como con Sandra, no es que no la ame sino que la amo de una manera mucho más comprometida, prefiero cuidarla que destruirle la vida.

 

***

 

Gaby Puente. (Ciudad de Puebla, 1973-2020). Poeta. En 2005 fue becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla. También en 2005 obtuvo el Premio Interamericano de Poesía Navachiste, Jóvenes Creadores por su poemario necrología, en donde el jurado estuvo integrado por Raúl Renán, Anel Dávila y Eduardo Molina y Vedia. Entre los libros de poesía que ha escrito se encuentran: el destrazadero (cuaderno de los ya ni modo) (Straza ediciones, 2004); necrología (Navachiste Ediciones, 2005); papel/era (Universidad de las Américas Puebla, 2006); patadas bajo la mesa (Anónimo Drama Ediciones, 2008); bitácora del mundo de los imposibles (Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010); para casi todos (Secretaría de Cultura de Puebla, 2010).

Esta entrevista se publicó originalmente en el libro Veintitrés y Uno. Charlas con 23 escritoras, de Nitro Press, 2018.

Puntos de venta