BIBLIOTECAS AJENAS

Las herencias limeƱas de Tabucchi

Javier Vargas de Luna

Ya es más tarde, en la estación de autobuses, y Cusco también fue una decepción bilingüe, cuando vuelvo a escuchar las resonancias del quechua en la sala de espera.

Mi paseo final por la ciudad lo dediqué a Clorinda Matto de Turner, a su casona transformada en administración estatal de servicios geriátricos. Sobre la hora de mi despedida, en el interior de aquella residencia construí una última pregunta sin respuesta: ¿qué se leerá en los asilos de ancianos a casi 3,400 metros de altura? —o, siquiera, ¿qué leerán los funcionarios durante las altura más elevadas de su aburrimiento?—. Acompañado por amigos ocasionales, observé los pasillos del segundo piso, el sopor burócrata tan idéntico en todos los oficinistas del mundo, la triste lentitud de los abuelos desamparados, el sol de junio cuyos rayos recordaban un mes sagrado en las alturas de los Andes. De hecho, las calles empedradas anunciaban solsticios en todos los calendarios, y la puntual limpieza de las fachadas parecía haberse acicalado tanto para las fiestas patronales como para las conjunciones cósmicas. En el último vistazo a los muros blanquísimos del frontispicio, recordé mis años en una biblioteca universitaria de otro tiempo y el robo perfecto que nunca realicé de aquel ejemplar autografiado de Aves sin nido, con el puño y letra de doña Clorinda en las guardas, sus caligrafías de siglo antiguo y los ornamentos de tinta finísima con trazos de cálamo en desuso.

Al abandonar el sitio —el vigilante ha cuidado de mi bolsa de viaje—, me diluí en la estela de una procesión religiosa con la efigie de san Cristóbal, camino a las partes altas de Cusco. En mi búsqueda de un taxi hacia la terminal no he podido apartar la vista de los guías políglotas; me asombra el orgullo tácito de sus traducciones, pues nadie como ellos para heredar a los visitantes la trascendencia de las edades incaicas y de los periodos coloniales, y en sus explicaciones he presentido también una inmensidad de enciclopedias concentradas. Sin pretenderlo, en silencio he seguido las palabras de un cicerone ya muy entrado en años: llamaban la atención los acentos de quien se lo ha perdonado todo, ¿cómo decirlo?, era una voz que había firmado tratados de paz con sus propios tropiezos.

Y ahora, el andén, los boletos de Transportes Cromotex, el autobús de dos pisos, las filas sin impaciencia y mi expectación por la ciudad de Lima. Al fondo había voces ofreciendo pan de chuto y un queso melancólico, quiero decir, de textura emparentada con los sabores del Golfo de México. Después de abordar —pan, caserito, insistían los vendedores—, me he apoltronado en el nombre de mis cansancios de montaña: soroche o apunamiento, así les llaman; también, he sentido la tristeza de mis palos de ciego, la frustración de todas las puertas cerradas, el desengaño de los lectores cusqueños que nunca me abrieron el alma de sus anaqueles. Rumbo a la carretera principal, detrás de la ventanilla redescubrí las aceras de una ciudad de mediodías polvosos, y atrapado en el tráfico de la calle me he apresurado a tomar nota de una barda pintada con retruécanos de agudezas sentimentales: “no olvides que te espero, no esperes que te olvide”... Eso, quizás era eso lo que yo había necesitado, descubrir los autores de cabecera de algún enamorado convertido en grafitero durante mis días en la capital del antiguo Tawantinsuyo, y mientras el autobús emprendía el ascenso hacia la pobreza de los caseríos, los suburbios-miseria ya exhibían ese gesto perenne de ladrillos abandonados a su suerte. Más casas, más niños, muros inacabados, chabolas, suelos de tierra, olvido y pobreza y desorden en la mirada final hacia el vacío. Después, al comprobar el contraste de todo esto con las iglesias impecables y los hoteles de lujo en el Cusco de allá abajo, he recordado mis lecturas de Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno, también Los perros hambrientos, y nadie como él para explicar el alma de todo esto. Subir, aún subir, y los niños, siempre más niños, nuevos vendedores de comida a la vera del camino, dolor que se instalaba en el alma sin saber qué hacer, hacia dónde mirar, a quién pedir explicaciones…

Lima, al día siguiente, empezó con algo de cansancio. A pesar de todo, la ciudad me ha recibido con buen ánimo mientras descubro pegatinas rojiblancas en las carrocerías de otros taxis, en todas las combis y en cada uno de los microbuses que atraviesan el camino. En el hospedaje, acabadas las explicaciones sobre los barrios de andar con los ojos en alto, las puertas de acceso, los horarios de la cobardía, las llaves indicadas, los veladores del serenazgo, las alertas, los teléfonos, las librerías de ocasión y los sitios turísticos —tengo que visitar el Museo Larco Herrera, sí o sí, por Colmenares, me dicen en la recepción—, he podido descansar un par de horas. Al caer la tarde me he perdido entre las parsimonias del bulevar costero, región de la opulencia limeña, qué duda cabe; he seguido por el circuito elevado de las playas, en el distrito de Miraflores, frente a un océano gris y convulso y neblinoso y además tan escaso de bañistas en esta hora del año. Aunque aún es pronto para una opinión sobre este mundo, Perú no es lo mío, con ese sol siempre tan olvidadizo y sus brumas tempranas en la primera hora de todas las miradas.

En mis expediciones iniciáticas he deambulado por el San Isidro de los jardines intachables y los restaurantes exclusivos. Sin duda, un sector cuyos lujos quieren ponerse a salvo de la pobreza del país. Al regreso de mis primeros paseos a solas, he comido ligero en un centro comercial —¿Larcomar, se llamaba Larcomar?— antes de perderme en una librería donde los empleados recibieron con desagrado mis acentos de curiosidad extranjera. Sin embargo, el mensaje era claro, porque lo mío era la búsqueda de un lector histórico, señorita, y, aunque podía entender la extrañeza y su desconfianza, señorita, le dejaría mi tarjeta, por si acaso: ¿quién era su mejor cliente?, ¿quién el rostro más habitual del establecimiento, señorita?... Enseguida, la curiosidad como talismán, eso era lo mejor, deambular un rato entre las mesas y los anaqueles del establecimiento, reconociendo títulos, estudiando contraportadas, analizando la oferta editorial, sí, que me vieran, allí, que verificaran mi honesta familiaridad con las colecciones de Cátedra, o mi genuina sorpresa frente al Bestiario de Lovecraft en el sello del Zorro Rojo, o mi fingida desazón ante los agotados volúmenes de Siruela… Después, desnudo ya de toda impostura, era cierto, vaya sorpresa, allí estaba, por fin lo había encontrado, quiero decir, el Ébano de Riszard Kapuscinski, editado por Anagrama.

En las ubicuas humedades del Pacífico, al salir del centro comercial he pensado en las inercias de los libros que nos habitan. Sí, para el lector no hay reposo, somos inminencia perenne, una víspera incesante de títulos que nos estallan en el alma a la menor provocación de una portada, porque a Kapuscinski lo había buscado sin éxito durante todo un verano de calores larguísimos, allá, en Cartagena de Indias, en la plaza Centenario, en la Torre del Reloj, también en el café Ábaco y aun en los tiraderos aledaños a los claustros universitarios. He comprendido, además, que nuestras bibliotecas mentales poseen un registro severísimo de sus inventarios, pues completamos los libros vividos con el recuerdo fehaciente de los ejemplares anhelados. En suma, no sólo somos hijos de páginas ya recorridas: somos, asimismo, las inesperadas extensiones de portadas que acaso nunca poseeremos —otra vez, Aves sin nido y Clorinda Matto de Turner como el leitmotiv que persigue mis andanzas peruanas…—, y qué se le va a hacer, mejor seguir adelante.

Desde el faro de La Marina he mirado hacia el Pacífico: aquí todo es humedad, y la sensación de ropa mojada distrae mis estrategias de las jornadas venideras. Cuando doña Nilda, la gran matriarca del hospedaje, anuncie con sus frases inacabadas una cena con papas a la huancaína y pisco sour, en honor de los huéspedes, para el día de mañana, no debía olvidarlo, la primera noche limeña en mi cuaderno de notas ya había sido escrita con caligrafías infiltradas por la condensación del ambiente. Resultan tan desagradables las tenues inclemencias de un rocío de difícil explicación: calabobos, diría mi abuela, o mojatontos, en las palabras de mi madre, y he dormido intranquilo en el silencio de una habitación en remojo, distrayendo a ratos el disgusto del clima con el repaso del recetario peruano —el tacu-tacu, por ejemplo, o las causas rellenas, el ají de gallina, tal vez el ceviche, acaso los anticuchos, y etcétera—.

Ayer he escrito muy poco o casi nada, y sigo sin poder salir a la calle... Frágil y vulnerable, así es como aún me siento en este cuarto día de vómitos y retortijones, después de la comilona de marras. Doña Nilda, mujer de buena cultura y de conversaciones a medias, me ha preparado caldo de pollo y litros de agua medicinal para salir a flote de mis desasosiegos intestinales. Mientras comía, me ha hablado con entusiasmo de la “ruta Vargas Llosa”, a saber, de los muchos lugares literarios que la ciudad explota como apeaderos para el turista nacional o extranjero. Y no, lo sentía mucho, señora, yo no tendría tiempo de visitar nada de aquello después de tantos días perdidos; acaso Lima también representará un viaje vacío de repisas, igual que Cusco, y no, lo sentía mucho, ni siquiera me interesaban los enrejados del colegio militar de La ciudad y los perros, y mucho menos deambular por los pasillos del Champagnat, escenario escolar con la historia de Cuéllar, el desgarrador personaje de Los cachorros. Si hubiera podido decírselo así en aquel momento, lo hubiera hecho, pero ella solía irse pronto de los sillones del recibidor hacia el interior del hospedaje, y le hubiera explicado, además, que lo mejor es no tocar nunca la imaginación con ojos concretos, doña Nilda, porque las ciudades de cualquier escritor vienen de mundos distintos, son reflejos trastocados de la vida, proyecciones de otra existencia llamada Lima y de otro destino llamado Perú. Es más, si acaso las calles o los distritos de este mes de junio coinciden con esos dos nombres, tales sincronías hacen de la realidad un barrunte de la ficción, y no la inversa; dicho de otro modo, las ciudades imaginarias sirven de argumento para recrear los bulevares de carne y hueso. Para probarlo, allí está el Madrid remozado a la manera de Galdós, o el delicuescente París buscando parecerse a Françoise Sagan, o el rocambolesco Edimburgo queriendo confirmarse en Irvine Welsh. La humedad de Lima no será nunca comprobación sino continuación de la fantasía, jamás un juicio sumario sino una ilusión posible, y, mientras evoco aquel plato gelatinoso con la reparadora fécula de maíz que doña Nilda me trajo desde la cocina, recuerdo también el encanto de sus conversaciones insuficientes: en ese reguero de frases sin punto final reconocible, correspondía siempre al interlocutor completar el sentido de lo no dicho. En fin, así va el mundo.

Condenado a no salir de mi habitación, he buscado amparo en la intensidad de Kapuscinski. Durante casi cuatro días he corrido veloz detrás de la reflexión sobre las generalizaciones que empleamos para dialogar con la idea de África —“África no existe”, nos hace saber el polaco—; sí, quizás incurrimos en ese mismo error al hablar de América Latina, como si en Argentina y en Cuba se vivieran esperanzas paralelas, o como si lo ecuatoriano bastara como ejemplificación de lo guatemalteco. Por lo demás, desde el lago Tanganica he caminado por esa forma de hacer periodismo de Kapuscinski que no sólo quería informar, sino hacer sentir, incomodar, provocar, entusiasmar al lector con la posibilidad de nuevos criterios para explicar nuestro paso por la Historia. Con aquel ejemplar de Ébano estuve un buen rato en la Uganda de Idi Amin, en el Zanzíbar de los aeropuertos desolados, en los genocidios gemelos de Ruanda y Burundi, en el origen de un país como Liberia… Al final, he sonreído ante la enfermedad contraída por Kapuscinski durante aquellos capítulos, apartado, él también, del ejercicio de su curiosidad a causa de una malaria tropical en Dar es-Salaam.

Pero, por fin, hoy ya me he sentido mejor, y en el centro histórico hay rostros como el mío, recién amanecidos en las jardineras de la Plaza Mayor. Sigo las instrucciones incompletas de doña Nilda rumbo a un mercadillo extraordinario, kisoco interminable de libros viejos en una ciudad tan caótica y humana como cualquier otra gran capital de nuestra lengua. Primero, debo llegar al Jirón Amazonas, doblar enseguida por el Jirón Lima o el Jirón Junín —lo he olvidado—, perderme un poco, salir a flote o descansar en alguna de las bancas antes de preguntarle a cualquier transeúnte por la dirección exacta de aquel sitio. También, hay jóvenes con chompas estudiantiles y calzado fosforescente, y es bello el tono ocre que domina en las fachadas coloniales del primer cuadro de la ciudad. Admirado ante la catedral, cotejo sus semejanzas con otras iglesias de mi memoria, porque aquí hay algo de Oaxaca y otro tanto de Quito, sin duda también un poco de Puebla o de La Paz, aunque todo esto es tan distinto, claro está. Animado por tales reflexiones, y ya casi libre de precauciones gastrointestinales, he pensado que en cada lector limeño habita una forma nueva de ser un libro peruano, y en cada lector peruano una lección insólita para vivir un libro en nuestra lengua, y en cada ciudadano de nuestro idioma una traducción inesperada de todos los libros del mundo. Otra vez, mejor dejarlo en paz y seguir adelante…

Por el Jirón Lampa he llegado hasta este mercadillo donde se aglomeran los minoristas del libro. Las letras inmensas del letrero me superan: “Sembrando Cultura”. Desde el principio, aquello me pareció demasiado, algo así como un mundanal de hojas, como un cauce desbordado de contraportadas, no sé, tantos templetes, más de cien kioscos, acaso doscientos locales, difícil decirlo. Entre la numeración infinita de los puestos y ese olor a cañería tan propio de las ciudades sobrepobladas, he sentido un extrañísimo pavor escénico. También, había vendedores, músicas ocasionales, alguien repartía fruta, horarios incipientes en todos los rostros, colillas de cigarro en los corredores, cortinas metálicas aún cerradas, y he preguntado por los servicios sanitarios, y un poco más allá reconocí las miradas de curiosidad dirigidas hacia mis necesidades mingitorias. Siempre muy a su manera, también en eso Lima es tan parecida a las otras comarcas del libro usado de nuestra geografía cultural, pues, como en cualquier otra ciudad mayor, aquí el mercader de los títulos acude al espíritu gremial para abreviar los desplazamientos de los posibles compradores, tal y como sucede en la calle de Donceles, en la Ciudad de México, o en los corredores de la San Diego, en Santiago de Chile, y ni qué decir de la avenida Corrientes, en Buenos Aires, o del barrio universitario de Río Piedras, en San Juan de Puerto Rico. Por lo demás, el efecto contrario resulta un tanto irónico, pues el hacinamiento de los feriantes provoca una sensación de laberinto de la que ahora mismo me urge salir sano y salvo.

Fuera lo que fuera, mis preguntas volvieron a quedar guardadas. Mejor buscar en otro sitio: en Barranco, acaso en Surquillo o en Callao, sí, por aquellos andurriales Lima quizás podría hablarme de sus lectores sin masificarme, porque en el Jirón Amazonas, heredero de los establecimientos de la avenida Grau —según supe más tarde—, los milagros de cualquier libro son magia cotidiana y expedita, lo cual equivale a postular que sus vendedores han burocratizado la fascinación de los descubrimientos editoriales. Era como asistir a un desbordamiento de textos canónicos, como testimoniar la proliferación de las ediciones soñadas o como excederse en la efervescencia de los autores de cabecera. Y, de repente, me he tallado los ojos ante la biografía de Alfonso X el Sabio, de Manuel González Jiménez, editada por Ariel, qué maravilla: una tapa más para el muestrario de los títulos deseados, porque sus quinientas páginas, de las cuales tengo noticia desde hace ya un par de años, con un empastado casi de lujo, sobrecargarían mi espalda —¿puedo tocarlo?: por supuesto, y qué amable: muchas gracias—. Mejor dejarlo pasar, y seguir adelante. Sin embargo, con sus forros intactos y el celofán protector, aquel volumen que no compré servirá siempre de preámbulo a mi memoria de las buenas noticias, cuando, al regresar al hospedaje de Miraflores, ya casi para caer la tarde de junio, la dueña de casa conjeturará en voz alta la vida de una tal Maite, fotógrafa y abogada y vieja conocida de la familia.

Con esa forma tan suya de no llegar hasta el final de las cosas dichas, quizás doña Nilda había esperado la resurrección de mi estómago para sugerirme que la viera. Nada perdía yo entrevistándome con Maite, pedirle una cita en los malecones cercanos, ahora mismo, claro que sí, ¿y por qué no?… Después continué entendiendo a tientas: la fotógrafa y yo compartíamos la extrañeza de una misma locura, pues para ella el mundo sucedía primero entre las verdades del blanco y negro y luego en la realidad de la vida. Era tan idealista, tan soñadora, tan buena gente, Maite, y he concertado la cita para las diez de la mañana del día siguiente, en la penúltima jornada de mis recorridos por Lima.

Me habló de inmediato de sus colecciones de fotografías, de los talleres aprendices y del elevado precio de los rudimentos. Tenía rostro de tristeza contenida, cabello castaño quebradizo, no se, treinta y cinco años, acaso cuarenta, difícil decirlo, y vestía un blazer verde con linos de manga larga, pantalón de mezclilla, zapatos cerrados porque el clima de Perú es tan impredecible. Por supuesto, ella recordaba los cuentos leídos en la escuela primaria, también en la secundaria, y así hasta llegar a la universidad, y, porque su padre acababa de morir, había rescatado una parte de las estanterías familiares. Apenas tenía tres meses viviendo en el sector, en la calle Joaquín Capelo, muy cerca de allí, en un piso nuevo, en una vida nueva, y antes de que aquella biblioteca fuera desmembrada dedicó algunos días a revisar sus entrepaños. No se trataba sólo de recuperar ciertos títulos, o acaso también eran los títulos, cuando llenó unas diez cajas con algunas de las novelas más trabajadas por su padre —así lo dijo, trabajadas—: reflexiones como apostillas, sobresaltos con acotaciones al margen, a veces tan sólo un subrayado sin consecuencias o pequeños asteriscos como enigmas en las páginas de otro tiempo. Sí, gracias a Maite, amiga de pocas palabras en las explicaciones de doña Nilda, hoy puedo expresar que una biblioteca privada también es un tesoro de mensajes ocultos entre los títulos legados por un lector que ya no está. Tanto por decir, y, sin embargo, mejor señalar tan sólo que la historia de la literatura es, siempre y sobre todo, la herencia de una forma de vivir la fantasía.

Como su padre, ella también había seguido la carrera de Derecho en la Universidad San Marcos, la primera del continente —sí, por supuesto, yo ya lo sabía—. Después, se especializó en patentes, y su acento de limeña sin prisas poseía la modestia y el buen gusto de los orgullos mesurados. Enseguida continuamos camino abajo en las citas de César Vallejo y algo hablamos de Ricardo Palma, y, no me cabía duda, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz era el mejor libro de Bryce Echenique cuando una última vez en aquel viaje evoqué el leitmotiv de Clorinda Matto de Turner. También me habló de los tontos útiles del fujimorismo, de su sueño de viajar a las islas Galápagos y de su gusto por los recetarios veganos y porque yo no había leído aún a Jaime Bailey, en el momento justo le hablé de conocer su biblioteca, no importaba si las cajas seguían cerradas, de verdad, y tampoco si aún no terminaba de organizar los títulos rescatados; es más, si así me lo pedía, ni siquiera miraría las entrañables caligrafías de su padre... Al final, porque pasado mañana tendría que dejar Perú sin fecha conocida para el regreso, reflexioné en voz alta sobre los hábitos limeños de existir en cualquier libro, porque Cusco había sido tan difícil, Maite, y porque en este centro del mundo la ficción leída en nuestra lengua era nuestro espejo distinto, la familiaridad de una sombra diferente, la identidad más extraña de un reflejo común, ¿me entiendes?

Por simple precaución, en el penúltimo amanecer he desayunado papaya en un sitio naturista, Las Delicias, o algo así, entre los afiches invasores de una iglesia evangélica. A las nueve en punto he dado mi nombre en un edificio de condominios, y, claro, me esperaban en el décimo piso de una construcción de pintura fresca y pisos de mosaicos en estreno. Después de recibirme, y a pesar del tiempo que pudiera tomar la visita, la puerta de su apartamento permaneció abierta, acaso como síntoma de prudencia, o sólo como exigencia de brevedades. Y, primero que nada, me mostró sus fotografías más recientes: un Chevrolet del año del caldo que su madre aún conserva en la cochera familiar, los ventanales de una chacra de calmas transparentes, esa intensísima secuencia de carnicerías limeñas sobrepobladas de despojos insufribles, todo en blanco y negro; de la memoria de aquellas imágenes rescato una colección ya muy avanzada de pescadores dormidos en Chorrillos, su singular belleza de rostros cansados y esos cuerpos anónimos de figuras descabezando siestas reparadoras.

Me dijo, enseguida, que sólo viera una caja, pues contenía quizás el último año de las lecturas de su padre. Desde las alturas del apartamento, muy al fondo podía entrever los paisajes oceánicos y las azoteas vecinas, y uno a uno he recorrido a Philip Roth y su Pastoral americana, a Leonardo Padura y El hombre que amaba a los perros, y también a Saramago con su Ensayo sobre la ceguera. Por lo demás, me resultó un poco difícil conciliar A salto de mata, de Paul Auster, con Thomas Mann y su Muerte en Venecia, aunque siempre es bueno regresar a la verdad elemental de que las verdaderas bibliotecas deben ser así: hijas del azar y de la sorpresa, ¿no es cierto? Sin pretenderlo, comencé a otear en las caligrafías paternas, ya muy abundantes en títulos como Los enamoramientos, de Javier Marías; algo raro me provocaba el descubrimiento de tales mensajes cifrados, y, porque no me ha prohibido nada todavía, cada vez miraba con mayor curiosidad la limpieza de las anotaciones. En voz baja confirmé no haber leído ni el Abril rojo de Roncagliolo ni a Faciolince con su Tratado de culinaria para mujeres tristes; no, tampoco conocía a Luisgé Martín en La mujer de sombra, y La pasajera de Alonso Cueto, esa por supuesto que sí, y además he visto su adaptación fílmica —“Magallanes”, con Damián Alcázar, estrenada en el 2015, si la memoria no me falla—. Después, ya sólo fueron títulos de cajón en la biblioteca de Maite y también en los estantes de su padre, con Los ríos profundos de Arguedas, Rayuela de Cortázar, Guerra y paz de Tolstoi y el Stieg Larson de Los hombres que no amaban a las mujeres. Al final, Antonio Tabucchi apareció dos veces, primero con el Sostiene Pereira en una edición de color azul y pastas duras, y, enseguida, un desvencijado ejemplar de Sueños de sueños.

Entiendo, entonces, que se trata de un autor trascendental en la vida de un difunto. Al descubrirlo, de improviso amanezco en la certeza de que un objeto-libro representa también una nostalgia insólita, un minuto material que nos resucita en las preferencias o en las reacciones de otro tiempo, tanto como pueden hacerlo los platillos preferidos de un ser ausente durante la buena costumbre de las mesas familiares. Comprendo, asimismo, que nada en esta mañana ha sido fortuito: ni la caja que Maite ha escogido para mis indagaciones, ni la puerta abierta, y, por lo que estoy a punto de descubrir, tampoco las acotaciones al margen sobre las páginas de Antonio Tabucchi… Desbordado de curiosidad, he comenzado a verlo, a deambular por las buhardillas tanto como por los subsuelos de cada hoja buscando entre las caligrafías de un padre fallecido mi propia experiencia de Sueños de sueños. Y, por supuesto, estoy de acuerdo con ella: produciría mucho mayor sentido que fuera la propia Maite quien leyera en voz alta las anotaciones al final de cada uno de los delirios que componen el pequeño volumen —leído una infinidad de veces, por lo que puede deducirse del estado de la edición—. Paulatino, he comenzado a guardar silencio para tomar notas mentales sin romper el encanto de aquellas lecturas enlazadas; aunque sin duda debo haber perdido muchas apostillas, llamaba la atención la forma como su padre había sustituido la palabra sueño por la expresión literatura. Y, al regresar a mi última noche de Miraflores, entre mis notas de no querer olvidar nada de lo vivido y las nuevas conversaciones incompletas de doña Nilda, sé que he venido a Lima para rescatar un testamento hecho de lecturas, una biblioteca poblada de insólitas posdatas en aquel libro de Tabucchi marcado por esas caligrafías de doble fondo.

En su corazón, qué duda cabe, Antonio Tabucchi era un italiano muy portugués, y tan lisboeta como Fernando Pessoa o como Castelo Branco. Publicado hace ya casi treinta años, en Sueños de sueños (1992) escribir significa despertar y leer es comenzar a amanecer en la raíz de los mitos y de las leyendas que nos habitan. No va muy descaminada la intención de ver en cada uno de los sueños que nutren este libro un urgente retorno a nuestras potencias creadoras, aunque la singularidad de la obra de Tabucchi radica en proponer que dicha reapropiación puede realizarse también en los dominios de la lectura —tal y como lo testimonian las inscripciones realizadas por el padre de Maite al final de cada capítulo—. Soñar es un acto creativo, tanto como la escritura, y, asimismo, tanto como esa forma de leer que se atreve a posicionarse respecto a las somnolencias ajenas. Por esto y por otros elementos, mientras avanzo en las notas de la última noche de humedades en Lima comprendo que esa edición encontrada en la calle Joaquín Capelo es única al haber conservado la memoria de sus lecturas precedentes.

Para lo que ocupa decir aquí, desde el título mismo el volumen de Tabucchi representa un insomnio de doble fondo. En efecto, despabilarse en cada una de sus páginas produce la conciencia del sueño que somos, aquí, ahora, en cada vocablo cuyas lucideces recién amanecidas nos permiten reconocer que las verdaderas palabras son instantes abiertos a nuevas palabras. Soñamos que soñamos el mundo, porque hablamos letras que se mueven, que bullen, que percuten en el silencio para completarlo, que avanzan y que retroceden ante la inminencia de nuevos significados. Sí, soñamos que soñamos, acaso para restituirnos en el lenguaje como creadores infinitos, o para pronunciarnos en los espejos que nos hablan del otro lado del espejo, o, por qué no decirlo así: para denunciar —siempre desde los dominios de la imaginación— el olvido de aquel estado primitivo, cuando aún éramos ciudadanos a toda prueba de nuestras fantasías porque ninguna palabra podía tener la última palabra.

Basta leer el primer capítulo, ese mismo, dedicado a Dédalo, para comprobar lo anterior. Allí soñar es un ejercicio de lúdicos laberintos cuyos extravíos buscan con-fundir la vida con la urgencia de nuevas formas de narrarla. Como puede verse, el procedimiento, por elemental, resulta fascinante, pues en todo momento ello acompañará la interpretación de las glosas que Maite me leyera en voz alta; dicho de otro modo, al mover dos veces de su lugar la palabra sueño, pronto emergerán las metáforas de la creación poética como el sostén más firme de nuestros diálogos con la vida. Somos un ejercicio constante de conjeturas —nos dice hasta la saciedad el texto de Antonio Tabucchi—, y, porque la ficción ha tenido siempre un carácter consanguíneo en nuestras almas, ella es tan hereditaria como fundamental, tan ancestral como insólita, atávica lo mismo que irremplazable. En consecuencia, negar nuestra natural inclinación hacia la fantasía es ensuciar las sombras heredadas, es oscurecer los instintos, y, por añadidura, implica prostituir la luz de nuestros lenguajes.

Veamos otros ejemplos, siempre a la sombra de lo que proponían aquellas singulares acotaciones del libro. Al pasar por el sueño de Ovidio comprendemos enseguida que la literatura es el exilio que nos completa, a saber, la nostalgia de una raíz perdida cuya pronunciación nos invita a imaginar victorias aladas sobre cualquier forma de silencio. Quiérase o no, gracias al autor del Arte de amar y de Las metamorfosis, todos somos hijos de algún destierro; leernos así, entre los sueños de Tabucchi, es advertir que nuestro único retorno posible a la ciudad original ha de lograrse mediante la consciente recuperación de los acentos que nos habitan. Como puede observarse, junto al sabio de Sulmona nos hacemos otra vez teatro universal de un exilio que sólo es posible desvivir con nuestras propias palabras. Y lo mismo debiera decirse del capítulo siguiente, dedicado a la vida de Apuleyo, pues el sueño que lo determina nos instala en la certeza de la escritura como la única magia capaz de triunfar sobre las retóricas que atentan contra la imaginación como ejercicio liberador.

A partir de autores tan clásicos como Apuleyo y Ovidio, el camino hacia esta nueva forma de entender el libro de Tabucchi se ha despejado. Así, en la sufrida modorra medieval del poeta sienés Cecco Angiolieri (1258-1312) podemos acercarnos a la literatura como metáfora de una blasfemia decisiva, pues la poesía es la irreverencia de la razón mientras la melancolía representa un desafío constante hacia el rostro de un Dios, a todas luces, insuficiente. Desde la somnolencia de François Villon (1431-1463 ca.) admitiremos sin ambages que la literatura es el crimen necesario y pertinaz, la parábola que incita a protestar contra las realidades que pervierten los contenidos más sensibles de nuestras pesadillas. Por su parte, entre los duermevelas de François Rabelais (1483 ca. - 1553), nacido en un mundo teocéntrico y muerto en pleno fervor humanista, podremos entender la literatura como un sueño renovado de banquetes: nuestro sitio en el convite estará asegurado sólo si aplicamos condimentos propios a los sabores tradicionales, porque ninguna herencia merece nuestros apellidos si ella cancela el apetito por las nuevas palabras.

Después vienen los sueños de Goya y Caravaggio, también los de Coleridge, Collodi, Leopardi, R. L. Stevenson, Rimbaud, Pessoa, Maiakovski, Debussy, García Lorca y alguno más. En todos y cada uno de ellos —y siempre desde los sótanos manuscritos de aquella edición de Maite—, la imaginación es un sueño que se nutre de nuestros fastidios para revolucionarlos, es la elocuencia inesperada de un idioma que, al producirse, se revelará imprescindible y apodíctico, muy a pesar de sus raíces hechas de ocio o de abandono; si acaso se prefiere la perspectiva contraria, ¿por qué no defender la tesis de que la literatura nos proporciona todas las herramientas verbales para convertirnos en mejores habitantes de nuestros tedios?: sí, leemos para aprender a nombrar las monotonías, y, asimismo, para reinventar el color de nuestros desganos. En este sentido, y ahora desde los oníricos exabruptos de Chéjov y Toulouse-Lautrec, entendemos que el acto creativo también es un acto amoroso, porque en él se detiene la Historia, en él se corrige la muerte y se resuelven las soledades.

Y, cuando creíamos haber descifrado a Tabucchi con toda suficiencia, el libro abrirá su última puerta al “doctor Sigmund Freud, intérprete de los sueños ajenos”. Frente al nombre que resume en Occidente el estudio de nuestro inconsciente, Tabucchi no sólo desmonta la posibilidad de una lectura psicoanalítica para su obra, sino que, además, hace del médico austríaco un personaje de ficción, alguien desbordado de pulsiones creadoras y de impulsos narrativos. Aquí, la ciencia de Freud también es literatura, es una enciclopedia de cuentos y de historias, de mitos y leyendas, pero sólo eso; en este sentido, Sueños de sueños parece decirnos, al final de sus páginas, que la ficción también sirve para erradicar las fatalidades de nuestros destinos. Con el objeto de salir menos perplejos de la lectura de Tabucchi, insistamos, pues, en que Freud también estaba hecho de palabras, y, en consecuencia, él es fábula y fantasía, autor de sus propios pacientes y entretenido personaje de todas y cada una de sus terapias.

Por último, algo hay en Tabucchi de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. También, se percibe ese aroma borgiano de la Historia universal de la infamia, así como ciertos ecos de las biografías ficticias de Pascal Quignard o de Patrick Suskind, aunque lo mejor será no elaborar más en este mediodía siempre húmedo en el que retomo ya la frecuencia del sendero. Mañana temprano viajaré a Quito por vía terrestre, ¿acaso hay otra manera de estar en Perú con los ojos abiertos?, y una última vez en la tarde limeña he caminado por el Pacífico mientras cae un sol brumoso sobre las horas del mar. Muy al fondo diviso el centro comercial, sí, se llamaba Larcomar, y al paso de los rostros reconozco a los empleados domésticos en tareas rutinarias; por enésima vez confirmo los abismos sociales de este mundo, tan distinto y tan paralelo a las demás sociedades latinoamericanas. Quizás a ello se deba que hayamos naturalizado las desigualdades, pues en todos lados las definimos como paisajes irremediables, como si nada más pudiera hacerse, como si esto hubiera sido así desde la noche de los tiempos.

Me he vuelto a sentir frágil. Pero no, no estoy dispuesto a revivir más cólicos en las notas de mi cuadernillo donde mañana volveré a cotejar las ciudades-miseria, las chabolas en las periferias de Lima, las bidonville, las favelas, los anchos cinturones de pobreza que rodean la capital. Cusco desde Lima, y viceversa. Más adelante preguntaré a mi compañera de asiento, una señora mayor de aires rollizos y ropa abrigadora, cuánta gente vive en la capital; respuesta: nueve millones de personas, o algo así…, y entonces he ensayado soñar nueve millones de veces una vida distinta en estos andurriales, soñar que las sueño para comenzar a recodar que allá en Lima las lecturas de Tabucchi son herencias diferentes.

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