dosunocero

La chica del oro ensortijado

Enrique de Jesús Pimentel

La primera vez la vi de espaldas. Eran casi las cinco de la tarde y yo llegaba al edificio del antiguo colegio de San Francisco Javier, el último que edificaron los jesuitas en la Nueva España, unos cuantos años antes de su expulsión. Cruzó el largo vestíbulo. Era una chica de caballera rizada (hebras de oro ensortijado, diría Francisco de Terrazas), enfundada en un traje azul cobalto digno de una ejecutiva bancaria.

La perdí de vista cuando pasé a firmar a la dirección de la Escuela de Escritores que funcionaba en algún rincón de ese recinto monumental. Pero al llegar al improvisado salón de clases la vi sentada entre los integrantes de mi primer taller de poesía. Era la segunda sesión del grupo. Nunca le pregunté por la elegante vestimenta de ese primer día que, es muy probable, no se debía a un protocolo literario. O quizá a la chica del oro ensortijado le dijeron que el taller lo coordinaba un abogado y que, entre los ocho o nueve asistentes habían contadores, vendedoras de bienes raíces y algún burócrata que disipaba sus tardes de descanso en busca de una rima fácil y la oportunidad de declamar sus versos añejados entre folios de escribano. Todo eso era tan cierto como el azul cobalto de su vestimenta. Esa tarde la voz de Gabriela Puente resonó en ese cubículo con el aire fresco de la verdadera poesía y un timbre irreverente que contrastaba con su traje sastre. “La formalidad es otra forma de reírse”, había yo escrito en un poema cuyo nombre ya olvidé. Y esa tarde la chica del oro ensortijado personificaba ese contrasentido. De ese momento en adelante, entre un grupo donde nadie me conocía como escritor, ella era la única que había leído alguno de mis poemas. Y la única que, entre agentes inmobiliarios y contadores de buena fe, nos leía cada sesión verdaderos poemas. Afortunadamente, unos meses más tarde, habrían de incorporarse al taller un puñado de jóvenes, entre ellos, Miguel Ángel Andrade, Miguel Maldonado y Arturo Ordorica, con quienes formaría un grupo, compacto en letra, ambición y espíritu, para construir obras poéticas consistentes y sólidas. Ya desde entonces se vislumbraba en el trabajo de Gabriela, muchas veces tachoneado y vuelto a tachonear, una obra poética de enorme vigor.

Al pensar en los poemas de Gabriela, recuerdo dos aseveraciones que hacía Octavio Paz sobre la obra y la persona de Huidobro. Decía el Nobel que cuando a la burguesía le nacía un poeta como él, era como si a una escultura clásica le saliera una espinilla. Apuntaba, además, que la irrupción de la poesía del chileno en nuestra lengua fue como “una invasión de tártaros o mongoles: arrasó las viejas ciudades pero entre las piedras caídas surgió una nueva y más ligera vegetación poética”. Gabriela fue, en su primer momento, una mancha indeseable en la piel de cierta sociedad poblana. Y en la cresta de su escritura, una ola que levantó las lajas seculares de la ciudad que vio germinar su poesía para convocar otros florecimientos. Aventuras propias y ajenas.

Ya desde entonces los poemas de Puente eran considerados, a primera impresión, un ejercicio de escritura fácil e inmediata. El trazo displicente de una escritora extrovertida que traducía sin filtro las páginas de una vida revuelta y dinámica. Nada más lejano de la realidad. La escritura le exigía y le brindaba a Gabriela un territorio de entrega total y absorbente en el que se adentraba durante días o temporadas enteras, en jornadas extenuantes. Sus poemas no eran solo una expresión espontánea de su sensibilidad, sino un producto depurado de esas ocasiones. El mundo de Gabriela Puente se nos revela como un territorio donde la pulsión del deseo y el placer no están lejos de la reflexión y el flujo del pensamiento reposado, Gabriela estableció vasos comunicantes que le permitieron el registro poético de su experiencia vital. Un registro elaborado, sabiamente, con palabras expurgadas de diccionarios apócrifos. Y es que, en el plano lingüístico, Gabriela, como Huidobro, aunque deudora de otras influencias más cercanas a su talante, también era una creadora de neologismos. Su lectura de Oliverio Girondo está detrás de varias metamorfosis de su léxico que, sin caer en lo radical o lo ininteligible, reclaman un entendimiento que sólo puede realizarse con una disposición lúdica y experimental. Pero los neologismos de Puente no eran un recurso surrealista, ni estaban destinados a la instauración de un submundo imaginario sino a una expansión gozosa de su propio y muy tangible mundo:

paladras

 

viii

                        sobradodesímismo

                                                            el sujeto

                                                            sobrevive al predicado

                                                                        (Para casi todos, 2010.)

 

en una hora

una noche que no una hora dada en una noche que ora en una horapiel una horalabios en una hora que recuerda: imposible es escribirse una hora de/tener/nos cuerpos tú y yo en una hora de la que se ha escrito tanto que no en una hora tu yo mío y nuestro el aliento en una hora que hace un milagro un dios y todos los demás dolorosos en sus horas de duda y nostalgia de una hora de la que no me puedo arrepentir pero sí una hora para una hora de sentir tanto que no sentimos un ahora en esta hora que ya no sé qué hacer (no sé) con las otras horas

(Para casi todos, 2010.)

Sabemos que leía con devoción a Gelman y a Raúl Renán, pero sin duda se traslucen entre sus influencias más notables las propuestas de los poetas confesionales de la literatura estadunidense: John Berryman, Anne Sexton, Robert Lowell, Allen Ginsberg y Sylvia Plath. Con este background lírico, la aparición de la poeta Puente en el horizonte de la sociedad y de la emergente comunidad literaria poblana, trajo consigo el aire fresco del improperio y la protesta. Su propuesta era una condena apasionada del mundo y sus encantos rutinarios que, contradictoriamente, funcionaba también una celebración epicúrea de la existencia y sus contradictorias energías:

 

poeta de cuerpo entero

este cuerpo

con el que amo y quiero asesinar

es la olla exprés

que hierve,

bilis, mal de amor y ácido.

 

lo sé, todos me huyen;

el vapor de mis manos

oxida su piel.

este cuerpo

se estruja muy temprano

solo           se arrodilla

frente al escusado,

vómito amargo y amarillo.

 

después destila tinta sobre papel,

y cicatriza por dentro.

 

pero, este cuerpo,

qué bien, no es eterno.

 

                                    (Papelera, 2006.)

Autora de siete libros de poesía, Gabriela Puente nos ha legado una obra calificada de contestataria y marginal, insumisa y burlona, iconoclasta y excéntrica. Me interesa destacar algo que suele decirse de manera fácil, pero que pocas veces suele ser tan certero: la obra de Gabriela Puente es más que heterodoxa, original. Sus versos indóciles y revoltosos, ahora que su ausencia nos permite un acercamiento plenario, se nos presentan como el testimonio creativo de una persona para quien la turbulencia era una forma amorosa de participar en los cambios impuestos o buscados por propia voluntad, entre los vicios y el aullido eterno de la vida.

Hoy extrañamos su presencia irrepetible, huracanada como “zum vida me”, ese texto imposible de leer por nadie que no fuera ella con su dicción vertiginosa y su prestancia de performer, entrenada en los torneos de slam y los rings de poesía.  “zum vida me” es una apuesta de la subversión y de la crítica social y moral. No me detengo en él ni trascribo porque seguramente muchos lo han hecho o lo harán. Por lo que hace a lo que algunos denominan “poesía de género”, es cierto que podemos encontrar creaciones audaces, explícitas y a veces comprometidas pero no militantes. Me parece que aún en ese ámbito la poeta Puente no era absoluta y políticamente correcta. Sus propuestas lúdicas suelen coquetear con el discurso heteropatriarcal y regodearse en temas tan delicados como la pederastia: “las niñas no saben qué hacer con sus manitas / se enredan los dedos en el pelo / se comen las uñas, / jalan sus playeras, las anudan (se jalan las playeras) / juegan con sus chicles, se sacan los mocos / y se meten el dedo ahí.”

Seguramente vivió la experiencia de discriminación y la incomprensión familiar y social, pero combatió la exclusión –la atmósfera que solía condenarla–, con una voz potente que se imponía a rugidos sobre las voces conservadoras y excluyentes. Lo hizo también con la herramienta de quien es poeta: una escritura clara y profunda; el ejercicio amoroso del oficio poético, humilde ante el texto y altivo ante la insensibilidad de las mafias literarias, las capillas, los atavismos culturales y sociales.

Mi último y vívido recuerdo me lleva a su casa de la 13 Poniente, frente a la iglesia de Nuestra Señora de los Gozos, una advocación que seguramente le sirvió para dos o tres blasfemias a bote pronto. A la hora convenida con su enfermera llegamos Miguel Ángel Andrade y yo, entre tristes y compungidos. Ella que nos saluda con efusión, pero con cierto agobio y desconcierto producto de una penosa y larga enfermedad, nos dice a través de un mensaje escrito en una libreta. “Quiero escribir poesía”. En algún momento, estamos viendo con ella, nosotros por segunda ocasión, ella por la enésima, Mariana Mariana (1987), la película inspirada en Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, dirigida por Alberto Isaac. Elizabeth Aguilar llena la pantalla y nuestras retinas. La película transcurre con la morosidad veloz de los actos que se repiten sin más destino que no volver a hacerlo. Gabriela vuelve a emocionarse al ver la escena en la que Carlitos se escapa de la escuela para ir a declararle su amor a la mamá de su compañero Jim. Se ríe con la complicidad de quienes ven a otros en la persecución de sus deseos.

La memoria extiende e impide que se desvanezca ese último tiempo compartido. No recuerdo cómo nos despedimos, la lejanía del abrazo impuesta por la pandemia en curso no es una sensación recuperable. Prefiero recurrir al momento en que Carlitos emprende su escapatoria. Y a nosotros celebrándola junto a ella. A ese instante que corre ahora de adelante hacia atrás. Quizá porque el tiempo de la poesía (el tiempo de la vida) es una “cuenta regresiva”, como nos lo dice ella en el penúltimo texto de su poemario Para casi todos (Secretaría de Cultura de Puebla, 2010):  “... se acabaron / el papel / las palabras / el tiempo / de la poesía / dosunocero/ se ha descontado.”

Una cuenta regresiva que se resume vertiginosamente (casi un golpe de voz) en ese afortunado neologismo: dosunocero, un vocablo que en su núcleo agónico nos enfrenta a la parte ingrata de una vida que no se detiene, que no tiene clemencia ni de sí misma. Una impiedad no lejana a esta chica de hebras de oro ensortijado cuyos poemas, parafraseando a Francisco de Terrazas, juegan a devolverle a la “angélica natura” toda “gracia y distinción”. Y se esfuerzan en ser ásperos, crueles, ingratos y duros.

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