Lo que ven es lo que hay

Beatriz Meyer

Una aclaración de principio: la poesía de Gabriela Puente (Puebla 1970) no está hecha para sorprender, aunque sorprenda; ni está hecha para molestar aunque moleste. Y sobre todo, la poesía de Gabriela Puente no ha sido escrita para agradar aunque a muchos les agrade. Es un tributo al caos y, en consecuencia o en sentido contrario, la restauración de un orden. La poesía, en el particular caso de Gabriela Puente, es parte fundamental de un destino libre y contestatario: un ejercicio de libertad.

De la exaltación a la caída, la poesía de Gabriela se va construyendo como un testimonio de crisis permanente. Una bitácora del delirio y de la perturbación de los sentidos. Poemas que apelan a la sensualidad irreductible de la palabra vindicativa: la que describe el desequilibrio constante de las potencias de la carne. En este caso, de la carne propia, porque en el tono testimonial, confesional, con el cual Gabriela Puente explora en los vericuetos de lo erótico y en los terrenos de la infancia, hay una tensión carnal, una pulsión que tironea nuestra nunca lograda madurez: el relámpago verde del subconsciente.

De los textos de Puente (que ella vociferaba de manera magistral) proviene una voz hiriente y destructiva que describe el legado absurdo de la historia y los seres encaramados en la superficie de la vida cotidiana. No es casual que sus poemas sean también un ejercicio festivo y erótico de la rabia. No hay nada más alejado de la propuesta de Gabriela Puente que la prudencia expresiva; sin embargo, su ingeniosidad festiva no es meramente una maniobra del humor, sino una diatriba fogosa y vehemente que, al mismo tiempo, hace la repulsa y el panegírico del mundo. La escritura de Gabriela Puente, crítica, lésbica, propositiva, ha aprendido a enunciarse en un entorno de acosos y agobios; pero es también el testimonio de una voz que, al afirmarse sobre la certeza de las cosas, expresa su repugnancia  ante la simulación y la doble moral.

 

Poeta de cuerpo entero

 

este cuerpo

con el que amo y quiero asesinar

es la olla express

que hierve,

bilis, mal de amor y ácido.

 

lo sé, todos me huyen;

el vapor de mis manos

oxida su piel

 

este cuerpo

se estruja muy temprano

solo       se arrodilla

frente al escusado,

vómito amargo y amarillo.

 

después destila tinta sobre papel,

y cicatriza por dentro.

 

pero este cuerpo,

que bien, no es eterno.

 

Gabriela Puente, como diría Rocío Silva Santisteban, emprende la construcción de un discurso en el que “… la palabra de la mujer se constituye desde el cuerpo en una estrategia de empoderamiento. El cuerpo es el lugar donde se recrean los discursos de poder, pero también donde se producen, entendiendo el poder como una realidad discontinua, desuniforme y heterogénea. El cuerpo de la mujer se presenta como locus (espacio simbólico) donde el poder falogocéntrico se puede desestructurar para abrir un canal de nuevas formas de expresión.”

 

La poética de Gabriela Puente, como parte de una tentativa de significación radical, se instala con comodidad en lo confesional y bordea sin reparos lo escatológico. Y esta postura desafiante no se trata, en su caso, de una apuesta momentánea o de una experimentación; toda su obra, sus libros publicados —sin caer, asombrosamente, en la baladronada de género o en la diatriba monótona—, insisten en ajustar cuentas con la estética consagrada y la corrección formal.

 

las niñas bonitas

me besan en el baño

nunca lo hacen,

sólo en el baño

borrachas me besan,

mañana lo olvidan

yo

siempre recuerdo.

 

Gabriela Puente, ganadora del Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2005, cerró su ciclo el 22 de agosto de 2020. La furia de la pandemia diluyó en una nube de miedo el dolor de su pérdida a una edad todavía temprana. Su huella ha quedado marcada en los espacios de Puebla que constituyeron sus escenarios favoritos, como la librería Profética o las múltiples cantinas a las que acudía en busca de respuestas que ella sabía imposibles. Su lucha contra la depresión que la aquejó desde pequeña, la convirtió en la poeta icónica de una ciudad conservadora como Puebla. Rebelde, transgresora , cínica, grosera e impúdica, Gabriela Puente desafió cada noche al destino con un vaso de vodka en la mano. Poeta urbana, rockera irredenta, cinéfila apasionada, en sus últimos años se deslizó hacia el recuento memorioso de una vida singular. Sus memorias noveladas se quedaron en un primer borrador lleno de humor, incertidumbre y estampas de una Puebla que ya no es la misma desde que se fue la poeta de sus noches tumultuosas, la que se subía a la tapa de un inodoro para ver orinar a las chicas a las que luego volvía habitantes de sus sueños húmedos:

 

precisa preciosa

 

hembruna hambrienta

pantalones abajo

mis pies sobre el escusado

mantienen el equilibrio

 

las miro desde arriba,

entran,

bajan sus chones

aaah y delicioso

orinan

aguanto,

una, otra,

la puerta se abre

se cierra.

en cuclillas,

unas no se limpian

chorrean gota, gota,

          gota,                    gota

          gota

 

gota

 

Todas las pasiones, toda la lucidez y toda la furia de su alma turbulenta  quedaron plasmadas en sus poemas, casi nunca obedientes a las maneras correctas:

 

destrazaditos II

a la víbora víbora gana el pan

los de adelante corren mucho

los de atrás ya se caerán

niños patéticos

mocosos chicle.

gritan las miserias

de sus madres.

 

niños corren en oficinas,

salas de espera,

despeinados,

manos sucias en cristales,

muebles.

 

madresfrustración

callan

niños no deseados,

en lugares que no deben,

madres zombis

no ven, no oyen.

 

el niño cae

madre ataca

golpellizco

el niño calla,       ¿comprende?

 

ya no lo odio.

 

Su mirada crítica (criticona, corregía ella siempre que podía) hace pedazos los convencionalismos: el burócrata de traje y corbata:

 

moreno burócrata

 

porque hay moreno bronceado

de lujo, de playa, deportivo,

de club campestre.

o moreno recio, sano,

moreno fuerte, de campo,

de trabajo, de sol,

de albañil construyendo.

 

y  moreno burócrata,

moreno de adjetivos y colores tristes

 

moreno frustrado de atrás de un escritorio,

que se pinta rubio,

que no quiere ser moreno,

a ver si así gana más y al fin lo respetan.

moreno forrado en traje sastre lavado en casa,

moreno lleno de oro a pagos,

y de hijos morenos que con todo y licenciatura

                                              serán

burócratas.

 

Gabriela Puente convirtió el ruido de las calles en un latido propio, personal, el ritmo vertiginoso por donde se deslizaban sus días y sus sucesivas muertes.

 

obituario II

 

regreso a las cajas

vacías de los muertos

me encerraré en sus maderas

hasta pudrirme con ellos

y olvidar tus tobillos

 

El 22 de agosto de 2020, la esclerosis lateral amiotrófica se robó la voz y la vida de la Gabo, como la llamaban sus amigos, pero el eco de su poderosa poesía seguirá resonando en las calles (y cantinas) de la Puebla que sedujo, maldijo y tanto amó.

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