Puente a contravĂ­a

Javier Vargas de Luna

Recuerdo haber llegado temprano a la ciudad, leyendo por primera vez la poesía de Gaby Puente.

Sus versos eran la posibilidad de ser ella desde mi propio nombre. Y en esa hora indecisa, cuando los taxis aún no quieren amanecer y aplican tarifas de madrugadas indebidas, tampoco supe con certeza si los pasajeros ya se iban, o, por el contrario, si acababan de llegar al tedio de sus destinos. Las alboradas son patrias imprecisas, así creo haberlo sentido al dejar de leer aquellos textos suyos, porque eso es lo que busca el lector en cualquier verso: extraviarse con suficiencia entre los poemas ajenos, y había olor a café barato en la central camionera…, y mejor seguir adelante. Al salir, recorrí las calles de un mundo vivido tantas veces a trasmano entre los libros de Historia, o entre los juegos interjesuíticos de la escuela secundaria, o durante las visitas ocasionales del equipo del Puebla al estadio de mi ciudad, allá, en el Golfo de México.

Leerla era sentirse irrepetible en esa edición tan juguetona, ordinaria y también insólita, de El destrazadero. Y yo estaba aquí, por primera vez en una ciudad cuyo nombre concluye, si uno se lo piensa bien, entre mujeres: sí, digan lo que digan los filólogos de las toponimias, Puebla será siempre una voz de resonancias femeninas, gramática cuyos postulados remiten al acto matriarcal de los arraigos, esto es, al imperativo trascendental de las abuelas gritando un quédate-aquí-hasta-nuevo-aviso. Por todo ello, me pareció tan natural conocer a Gaby Puente en esta ciudad, vivir junto a ella mi visita iniciática a los portales, ampararme en sus ojos encandilados al salir de la capilla del Rosario y luego pedirle prestadas sus entrañables parsimonias en las callejuelas del centro, cuando ya casi habíamos llegado al mercado de Los Sapos. De mi descubrimiento de Puebla junto a ella rescato, además, su decisión de irnos a Cholula, porque en aquellos andurriales se producían milagros más incorregibles. Así fue como lo dijo, o más o menos.

Su mundo estaba hecho de preludios diferentes. Y porque al día siguiente se me había pedido presentar ese poemario, El destrazadero (o cuaderno de los ya ni modos), un día de diálogos con su autora sólo podía enriquecer la reflexión sobre aquel libro. Antes del mediodía habíamos caminado ya un buen trecho por sus verbos distintos, al lado de la herida siempre nueva de su acento, ¿cómo decirlo?, muy cerca y muy lejos de su rostro de mujer al cuadrado —tal y como Kundera define a las poetas, aunque esto conviene verificarlo, pues aquí sólo existo de memoria—. Después fue que se nos gastó la mañana, y, al salir barrocos y saturados de santa María Tonantzintla, me habló de unos tragos tempraneros y de otra forma de estar en los minutos.

También era ciudadana de atropellos perseverantes. Y, nativa de la transgresión, poseía la contundencia de los seres que regresan del futuro, vertiginosa de cien vidas en la puntualidad de sus propios destiempos. De hecho, camino al primer depósito, aún desde los altibajos de mi curiosidad de recién llegado, muy pronto descubrí su capacidad para estar a contravía en las banquetas venideras, como si hubiera descubierto todas las contraseñas para producir recuerdos felices. Al aplicarle a cualquier instante los colores más eficaces de las frases trilladas, incluso en silencio sabía dar golpes de estado sobre las horas de cualquier vocablo. Me pareció, asimismo, que su espíritu callejero no lo era tanto, pues hacía de las expresiones cotidianas las profecías más inobjetables…, y, sí, tal hubiera sido un buen inicio en la presentación de su libro, mañana mismo, allá, en las mesas de Profética: su poesía posee la rara cualidad de restaurar nuestras muletillas, de reinventar nuestros sonsonetes, de reapropiarse de nuestras cantinelas para entregarle al lector la más extraña de todas las lucideces, a saber, la de reconocerse creador desde sus coletillas más intrínsecas. Algo así podría decir, o tan sólo señalar que cada verso de Gaby Puente tenía el poder de actualizar las anquilosadas sintaxis de nuestras rutinas, en la recreación de una canción de cuna o en el estallido renovador de algún sermón del monte, por ejemplo.

Poseía la astucia de los guías que sostienen su sonrisa con las dos manos. Y en el camino de regreso, después de comprar cerveza, acampamos en una glorieta de jardines públicos, en algún crucero de los que nunca se acaban. Reíamos el bullicio de los autos, claro que sí, porque ella era velocidad sin aspavientos, arrebato de sutilezas, o, en el sentido inverso de todo esto, porque en Gaby Puente se concentraba la suave brutalidad de los bulevares más interminables, tan interminables como sus propios exabruptos. Allí, a la sombra de los arbustos de aquella rotonda, frente a los transeúntes del prejuicio cotidiano, lo mejor era entenderla por sospecha, leer sus reacciones desde la corazonada o el instinto, aprehender sus inercias desde la conjetura o el presagio... No sé, no estoy seguro, de esto hace casi veinte años.

Escribía en voz alta, sin pensar en los pies de imprenta y sin apelar a glosarios filosóficos, si acaso los tenía. Y entre trago y broma me pidió que le hablara del día siguiente, de lo que no se diría en la presentación de El destrazadero —hasta hoy, fecha acompañada en el recuerdo por los rostros heredados de los amigos comunes—. Otra vez sin aprensiones, me escabullí en aquel año, cuando no supe decirle que su libro estaba sucediendo, ahora mismo, allá mismo, entre los camellones de las tres y pico de la tarde de sus gestos más precisos… Ahora mismo, allá mismo, cuando Puebla es desde entonces un volver a repetir que Gaby siempre ha sido puente a contravía en cada uno de sus versos.

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