Zum zum

Óscar Tufic

Un día, llegó a clase y dio el aviso: “Nos vemos mañana a las cuatro en punto afuera del IMAC, traigan sus libretas, sus plumas y sus ojos bien abiertos”.

Llevábamos varios días estudiando el inconsciente en la poesía y la libertad que da escribir un poema. Llegué ese día al centro de Puebla y sin darnos una presentación previa nos sugirió:

“Vayan a caminar entre las calles y escriban todo lo que vean, palabras y enunciados cortos. Luego necesito que caminen con los ojos cerrados y describan lo que escuchan y lo que huelen. Después quiero que entren a lugares no comunes y escriban lo que sienten, lo que recuerdan: el asco, la tranquilidad, el tiempo, los colores, la velocidad, zumzum... todo corre y el tiempo espeso pero tranquilo, zum, el viento manda, zumzum, pero obedece al sol, zumzum todo es tiempo”.

Zum.

Un día nos hizo recortar palabras de periódicos, revistas y libros y llevarlas al taller. La idea era formar poemas con palabras prestadas.

Yo le dije: “¿Pero no es hacer trampa?”.

“Entonces ¿observar un árbol y escribir de él es hacer trampa? La vida se trata de tomar prestado y transmutar. Ya todo existe, solo tienes que darle vida o retomar su esencia. Todo está muerto y suspendido hasta que tu dices que no lo esté. Estás tomando prestado del universo palabras que no usarías en tu vocabulario, pero al final las palabras solas no tienen sentido, movimiento o sentimiento, están suspendidas y es tu obligación darles alma; de eso se trata la poesía. Las palabras son células y con ellas creas diamantes. Llevo tiempo tratando de crear mi poema joya y estoy desgastada. Quizás la solución de Pizarnik fue la mejor y su poema joya fue su lecho. Tengo varios poemas diamante, pero ninguno me llena”.

Gaby se enamoraba de todo lo que veía, como si todo fuera la primera vez que pasaba por sus ojos, era una niña y todo brillaba. Me enseñó que escribir es ser honestos con el mundo y fieles con nosotros mismos. Gaby trabajaba siempre en una búsqueda continua y eso la desgastaba. “Quiero describir TODO en el menor espacio posible, me gustan los diamantes, pero no los que compras, sino los que describen al universo y al ser humano”.

La última vez que vi a Gaby fue en Profética hace un par de años. Yo había escrito un cuento largo y quería mostrárselo. Se lo di, pedimos una cerveza y estuvo leyéndolo por 10 minutos. Sonreía y me volteaba a ver, se asombraba y yo me ponía nervioso. Cuando terminó me dijo:

“¿Sabías que llevo 3 años sin escribir una palabra? Todavía no nace la joya. Quizás eso que te dije alguna vez de que las palabras no tienen sentido era falso. Ya no encuentro sentido en las oraciones, las palabras trabajan solas como joyas, nosotros solo las usamos para templar nuestro ego y sacar lo que no queremos y odiamos. Me ha faltado el factor bello en las entrañas de mis ojos. Pero ya me estoy adentrando mucho en mí. Acerca de tu cuento, solamente necesito que cambies el giro de esta parte. El cielo que describes en tu cuento, dices que tiene formas extrañas. Descríbeme el cielo. No quiero que me digas sus colores o sus formas, eso cualquiera lo ve. Quiero que escribas a qué huele, cómo lo puedes moldear en tu mente, qué rompe en tu interior y cómo cambia la temperatura de tu pecho. Quiero que me escribas cómo puedes meter ese paraíso en tu cuerpo y recrearlo en tu pluma.”

Si no conociste a Gaby Puente, nunca conociste la libertad prestada.

“¿Conoces a Patty Smith? Me encanta porque me parezco a ella. Era una tipa libre” me dijo. “Pero igual está encerrada en este jodido mundo y ya se fregó porque decidió vivir del sentimiento y del dolor y del amor y de la libertad. Somos las que más sufrimos, zum zumzum, sufrimos por el mismo hecho de querer ser libres. Volar es muy cansado, Óscar, pero es mejor que no volar por estar cansados y ciegos; nunca quiero estar ciega”.

Gaby abría en todos algo que estaba encerrado. Abrió en mí algo que hace mucho había clausurado y recordarla en estos momentos me reafirma que ella era un diamante y lo será por siempre en sus poemas. Posiblemente todo lo que les cuento y todas sus palabras no fueron como las dijo ella, pero sí como las recibió mi ser. Estaré infinitamente agradecido contigo, tus enseñanzas, tu risa infinita y tu alma diamante. Te quiero siempre, tu niño (no me lo decía de cariño, me decía porque tengo cara de niño chiquito), Óscar Tufic.

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