Juglar Contemporánea

Isabel González

Los mentirosos son socialmente rechazados. Procuramos no verlos, que no nos enreden con sus mentiras. Sin embargo, este no era el caso de Gabriela Puente. Ella contaba anécdotas inverosímiles, atrevidas, hilarantes, siempre poniéndose a sí misma en el centro de sus historias y, aunque yo sabía el carácter ficticio de algunas de ellas, no me cansaba de escucharla dada su irreverencia, provocación pura.

Después de unos cuantos vasos de Oso Negro, el elixir corría por sus venas y la angustia, enredada en las tripas, la abandonaba como se deja un abrigo en el perchero; entonces pactaba una tregua con el miedo. El pasado surgía de su boca acompañado de carcajadas y poco a poco la mujer tímida se transformaba, engolosinándose con sus relatos cada vez más hiperbólicos para atrapar la atención de sus oyentes. Por eso, la fama de Gaby se debía también a sus mentiras, por el imaginario mostrado en sus historias orales, parte esencial de su narrativa.

Con sus chinos alborotados, pedazos de sol enredados en esa cabeza que pensaba a mil por hora, se burlaba del mundo y recreaba momentos con sus cachetes encendidos y la sonrisa de niña traviesa.

En alguna ocasión fuimos a la presentación del libro de Edson Lechuga en la librería El Péndulo, ubicada en la alcaldía Álvaro Obregón de la CDMX. Después de la presentación hubo una reunión en una casa enfrente de la librería. Decidimos quedarnos a dormir Gaby, su esposa Sandra, Amalia y yo. En el centro del salón se encontraba un chavo entonando una canción de Chavela Vargas junto a su guitarra. La propietaria reconoció a Gabriela y comentó lo genial de su libro El Bilioso, fue al librero y regresó con el ejemplar en la mano, pidió silencio a los asistentes y con voz ronca anunció: “Tenemos la suerte de tener hoy a una de mis poetas preferidas”.  Y sin más comenzó a recitar:

 

Papel aluminio (libre, de ácido)

 

la risa voluptuosa

advierte

el exilio de la cordura.

asustada vuelvo.

 

la risa voluptuosa

te veo alejarte,

mi cabeza envuelta

en papel aluminio

se cuece, no respiro,

la risa, mis oídos,

el punto de ebullición,

me pierdo...

 

crucé la línea, respiro,

estás, hablas y no te entiendo.

aquí en mi pecera,

el agua es limpia.

Su voz sonó como un cuchillo que penetra lento la piel. Los asistentes aplaudimos. Gaby sonrió feliz y le dio un trago a su bebida. La noche siguió entre poesía y música hasta la madrugada.

A la mañana siguiente, después de desayunar, nos enfilamos hacia la Celda Contemporánea de la Universidad del Claustro de Sor Juana para ver la exposición de Arturo Rivera. Yo no conocía al pintor pero era uno de los artistas preferidos de ella, de esos que le “ponían la piel de gallina”, según nos dijo. El museo estaba abarrotado. La observé caminar en silencio entre la gente, en un largo examen ante cada lienzo. Su semblante se transformaba en mueca contemplativa. Vi cómo su cuerpo se sacudía, me recordó a un perro sarnoso. Entendí que entre ella y Rivera había algo en común: la manera de expresar su visión del mundo era brutal en ambos, sin concesiones.

Salimos de ahí y nos dirigimos al restaurante El Mesón Taurino. No habló durante el trayecto, daba la impresión de continuar en la asimilación de las imágenes, acomodándolas en su interior mientras manejaba con su inconfundible destreza: esquivaba coches, tocaba el claxon a quienes se le atravesaban y tomaba, de tiempo en tiempo, tragos de vodka de una botella de Peñafiel. De las bocinas salía la voz de Amandititita: Oxigenada, zorra parada cada vez estás más aguada, usa pomada de la campana para que se quite lo arrugada. Quieres encajar en la sociedad y te dedicas a farolear/ Te crees la muy, muy.

Llegamos al restaurante y la hostess nos llevó hacia nuestra mesa. Pedimos unas chelas mientras leíamos el menú. Gabriela eligió un corte de Vacío y,  cuando lo tuvo frente a ella lo atacó con ganas mientras contaba su juventud de trailera. Conoció a una señora dueña de un doble remolque quien más tarde le daría trabajo.

Se iba a Teziutlán a repartir telas e hilos, se sentía poderosa ante el rugido del motor en cada cambio de velocidades. Decía que se pintaba las uñas de rojo y usaba minifalda para conquistar a su jefa a quien se acabó tirando. Al acabarse el corte de carne, también comentó: “Seguro Fiona sabría igual de buena que esto”. Y es que su perra amaneció un día muerta a los pies de su cama. Al día siguiente fue a Duermevela donde impartía las clases de cine y nos dijo —para el escándalo de las presentes—,  que tenía a su perra guardada en el congelador porque la quería cocinar al horno y hacer una fiesta donde sería el platillo principal. “Quiero despedirla como se merece”. No logró su deseo, la tuvo que enterrar porque era la época donde estaba fuerte la influenza. Gaby quería más a sus perras que a los humanos, aseguraba que el mundo está lleno de ojetes, pero en los perros sí se podía confiar. Ya para los postres —pidió un pastel mil hojas—, nos contó cuando fue a Huautla de Jiménez con el hijo de un amigo a probar hongos: “En serio tuvimos la misma alucinación”, dijo y se metió un pedazo de pastel a la boca. Las demás esperamos a que pudiera continuar.  Recordó que vio a un perro en el camino y  el animal le dijo “guau, guau”, que ella interpretó como “ven, ven”. Entonces giró la cabeza para ver a su amigo y él comentó: “No le hagas caso” y siguieron en el viaje alucinógeno.

Entre risas y vino terminamos la comida y nos dispusimos a regresar a Puebla. Cuestioné a Gaby, ¿cómo iba a manejar en ese estado? Pero ella aseguró conducir mejor peda que sobria. Sandra le señalaba el camino. Yo a veces cerraba los ojos para no sentir que de esa no saldríamos bien libradas.

Llovió durante el trayecto, era de noche y componían la carretera. No veíamos nada pero llegamos con vida a nuestras casas.

Es que estar con ella era rifársela. La Pierdealmas como algunos le decían, vivía al límite, al borde del abismo, e incitaba a experimentarlo a quienes éramos sus amigos. Esa sensación de caída está también en su poesía, donde nos invita a ser cómplices de su universo.

Me quedo con sus anécdotas. Con el poema La loca del parque. Con el zum zum que todavía hace eco en mi cabeza. Con la imagen de ella bailando en Duermevela. Festejo también el gran cariño y complicidad que existió entre nosotras. Sin duda tuve la suerte de conocer a un personaje único.

Hasta siempre, querida Gaby. Que donde estés no te falte vodka, perros, cine, música, poesía y un público que ría a  carcajadas con tus historias.

Es que estar con ella era rifársela. La Pierdealmas como algunos le decían, vivía al límite, al borde del abismo, e incitaba a experimentarlo a quienes éramos sus amigos. Esa sensación de caída está también en su poesía, donde nos invita a ser cómplices de su universo.

Me quedo con sus anécdotas. Con el poema La loca del parque. Con el zum zum que todavía hace eco en mi cabeza. Con la imagen de ella bailando en Duermevela. Festejo también el gran cariño y complicidad que existió entre nosotras. Sin duda tuve la suerte de conocer a un personaje único.

Hasta siempre, querida Gaby. Que donde estés no te falte vodka, perros, cine, música, poesía y un público que ría a  carcajadas con tus historias.

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