Nunca estuviste aquí, Gaby Puente

Brenda Ríos

Los alcohólicos y los suicidas se llevan algo de nosotros cuando se van. Cuando se gastan. El alcohol es un suicidio lento, escuché decir a alguien en una fiesta, el mejor lugar para hablar del tema. A Gaby le gustaría que agregara: ¿Muerte a cuentagotas? ¿A cuentacopas? Y sí, no sabemos cuándo la última es en verdad la última. La muerte es la resaca verdadera.

Rubia, ojos verdes, con rulos de querubín barroco, una cara regordeta en los últimos años como de anuncio de bebé gerber, jeans y tenis siempre, Gaby Puente jugó a vivir y apostó todo lo que llevaba en la bolsa. Apostó bien. No merecía una vida larga y sin emociones. Lo plano no era lo suyo.

Lo simple tampoco. lo no-emocional.

Ella era un grito. Un perro con hambre, un animal herido.

Creció y vivió toda su vida en la ciudad más católica de México. Era la hija consentida, mimada, a la que le permitían sus excesos por considerarla extravagante. El dinero de su familia logró eso: su comodidad en su vida disconforme. Un lujo absoluto.

Gaby tenía una llama saliendo de su cabeza, su boca, sus ojos. Su cuerpo entero era un llamado a incendiar cosas. Gritábamos, decíamos, Quememos esto. Pero luego pedíamos el segundo trago y se nos olvidaba salir a quemar cosas. Reímos mucho. Por años reímos mucho. Su humor era del tipo que gritaba que el rey no sólo iba desnudo sino que llevaba el dedo puesto en el culo. Hablar de ella es hablar de mí lo que es inevitable cuando uno ama a las personas: las historias se entrelazan. Hablar de ella es hablar de la necesidad del exceso, de no tener miedo a perder el control. La gente controlada es la que me da mayor pereza. Para amar tanto la muerte la poeta también supo amar la vida. Y el amor es desprecio, escupitajo, vómito y sangre. Cuando se enamoraba se estrellaba contra un muro. Así escribió. Cuando estaba en calma la poesía la abandonaba. Me habló mucho del tema, que no sabía qué era mejor: la tortura del amor con el lado de la creación o el páramo que era la tranquilidad. No hubo equilibrio entre vida y escritura. Su incomodidad la hizo escribir, su no estar bien, su falta de lo que fuera. Escribió desde la carencia, el desamor, el darse de más a alguien.

Gabriela tuvo bien claro dónde estaba el demonio, ella misma, tocar fondo, la depresión. La búsqueda de estupefacientes, lo que fuera: esto que somos ocurre quizá mientras evadimos lo otro. Hay un lugar donde estamos, no ahora, no aquí, como cuando vemos la cámara y la mirada se nota en otro sitio donde los ojos no pertenecen al rostro que mira.

Le perteneció al rock como tal. Obscura, gritona, sexual, explícita y desbordada.

La última vez que la vi estaba en el inicio del fin. No estaba bien. ¿Pero quién lo está? Luego comenzó el deterioro de verdad. Su divorcio, la enfermedad. Me llevó a un bar, una hermosa casa porfiriana en Cholula, estuvimos en la barra. Yo estaba sobria esa noche. Y ella estaba en esa curva del alcohol en que se tomaba dos tragos y se ponía farragosa, lenta, nociva. Yo sólo pensaba en cómo iba a conducir. No hizo falta que pidiéramos el uber: Gaby condujo a 20 km. por hora mientras yo le decía leyendo el mapa en el celular cómo llegar a su casa. Seguro la vi después. Pero recuerdo esa última escena.

En una entrevista respondió: “Yo soy mi espanto en las noches de pesadilla.” Y es así. Nadie necesita el horror de fuera. Somos nosotros nuestro verdadero monstruo. Ahí habitamos también. En la noche y el día que somos.

“Uno se viene diciendo de la mañana a la tarde que de los males el menos porque cuando llega la noche es cuando Uno se está mal... y es por las noches cuando Uno se está mal porque de día solo se está malinformado malatendido malcomido malvenido maldicho malherido malintencionado malformado maloliente maltendido malversado maladiciente malaconsejado maldecido malvivido malvendido maltratado malagradecido maldito malaventurado malacostumbrado a pasarla mal y malencarado Uno se viene diciendo de la mañana a la tarde que de los males el menos porque cuando llega la noche es cuando Uno se está mal.”

Los juegos de palabras eran sus favoritos. Provocar. Pero, no soltaba la bomba y se iba, sino que se quedaba a ver el efecto, los destrozos, las copas que se rompen. Hay muchas maneras de hacer poesía, sin duda, y Gaby la hizo desde el estómago, la vagina, las manos, los ojos. Porque los verdaderos poetas vienen al mundo a hacernos ver. Pobre de aquél que no quiera ver, que no quiera escuchar, que se vaya temprano de la fiesta, cuando apenas comienza. Los poetas viven poco porque su tiempo es otra cosa, el amor también. No es un amor incondicional o bonito o transparente de niña buena, es un amor de tocar fondo, de conocerse y por eso mismo incluso no caerse bien. Gaby no era una agente doble, era tan auténtica que uno la miraba con suspicacia, buscando qué más había ahí. Su honestidad era temeraria, sus odios y sus lealtades. Pero me gustaría rescatar el amor. Sobre todo eso, el amor que fue puente y torre, su castillo con lagartos abajo. Un castillo donde princesa que se respete debe tirarse a los pocos días del encierro. La mayor libertad que puede tener una persona es elegir la muerte, no sé si eso lo dijo Cioran pero pensemos que sí. Pensemos que esto también es una charla que sucede a las dos am., alguien ya empieza a decir incoherencias. Y en medio del humo está la poeta, que mira y dice, balbucea. Nos señala algo que los demás queremos ver también pero hay demonios que aparecen por instantes. Si los señalas desaparecen.

Pero el amor, eso que uno recoge de la calle y lo lleva a casa, como esas alcantarillas que se robaba y mostraba con orgullo. El amor que era el foso con bestias, ahí le encantaba meterse a nadar. El amor que fue herida y penitencia: en sus poemas el catolicismo es un tema que recoge de la calle y se lleva a casa. Burlarse de Dios y de los santos y de la virgen es invocarlos de otra manera. Quizá una religión vista desde el humor o la irreverencia sea más humana, más asequible que una que presume la verdad y la bondad.

El comienzo de su libro Patadas bajo la mesa está hecho para quedarnos sin aliento. Cualquiera que lo lea deja de respirar, la falta de puntuación logra eso, el texto fluye de tal manera que uno o lee o respira. Y es una manera de decir que escribir es no respirar. Es morirnos porque nos falta el oxígeno, ese ahogo es intencional: se escribe con el cuerpo y contra él. Es un juego mental, una repetición que ayuda a que las palabras signifiquen o dejen de hacerlo si las gastamos. Escribir es rayar los pupitres, orinar en la pared, marcar territorio, es hacernos notar, gritar que estuvimos aquí, sea donde sea. Gritar que no estuvimos ahí, sea donde sea. Que no soy yo la que habla, la que dice. Que yo soy la muñeca, y que desconozco al de la voz, al ventrílocuo.

La poeta nunca estuvo realmente aquí, sólo nos miró un rato breve, se tomó uno o dos tragos con nosotros y se fue a un país de nieve, con niñas en los columpios, con gente que se parece a nosotros pero dice lo que piensa y muestra los dientes. Y muerde como un bulldog. En lugar de altares encienden fogatas a Janis Joplin. En lugar de orar se sientan a hacer volutas de humo y fumar mota. En lugar de dioses llegan pordioseros con la verdad en la boca y se roban los cigarros. Ese país existe, lo veo ahora, es real, está hecho para los que tienen marcas en las manos, en el cuello: los que se ahorcan, los que se cortan las venas, los que se tiran de un décimo piso. Es un país para los niños prematuros de la muerte. Para los sietemesinos, para los que lloran sin saber por qué por cualquier cosa.

El país de los frágiles suele poner mejor música en las estaciones de radio.

Puntos de venta