Bibliotecas Ajenas: Berbérova o un Tampico inesperado

Javier Vargas de Luna

Los amaneceres en Tampico parecen idénticos, iguales casi todo el tiempo, casi calcados del día en que me detuve a pensarlos por primera vez, durante mi adolescencia de colegios jesuitas. Instantáneos, sus bochornos aparecen en la memoria, también en la humedad de los primeros rayos del Sol, sobre todo en esa neblina que se anuncia como caldero de unos vapores recién salidos del mar. Después, estos sudores hechos de silencio hacen creer que las estaciones en el Golfo de México viven repartiendo los remanentes de un mismo verano en todos los meses del año.

Detrás de mi acento amodorrado he bromeado con los taxistas de la central camionera. Aún es tan temprano para levantar gente en casa de mi madre, allá por Ejército Mexicano, del otro lado de la gasolinera: lo mejor es hacer tiempo, y entre todas estas miradas vuelvo a fingir que yo nunca me fui de aquí. Verán en mi ropa un antifaz de turista ocasional, y aun pensarán que vengo de otras voces, de países de verbos lejanos, acaso de algún mundo de idiomas imprecisos, si supieran, mientras no dejan de ofrecerme viajes al quinto infierno si lo deseo, con precios garantizados, sólo lo justo, mi señor. La obra negra de un edificio altísimo, esqueleto de varillas y alambrones, andamios de madera y un velador en pie de guerra, parece contemplar la hora de mi llegada desde sus quince pisos de altura, o más o menos. Conviene sentarse en el comedero del otro lado de la avenida, ¿la Rosalío Bustamante?, a espaldas del Seguro Social, esperar allí a que den las seis de la mañana, con un buen café de olla y un bisquette a la plancha, por favor. Es verdad, las añoranzas del paladar exigen reacciones de buen conocedor, también un poco de mantequilla, si es tan amable, porque yo hace tanto tiempo que no estaba en ninguno de estos sabores, señorita… Esto último no he sabido explicarlo como Dios manda, aunque la cocinera me ha escuchado como de reojo y en los renglones cambiados de mis modorras tal vez ha reconocido mi ausencia de unos años con gesto de siglos, la parsimonia con que me instalo en el clima tampiqueño, el afán de pronunciar mis facciones con la memoria de los sabores de infancia.

Sería milagroso, ¿no es cierto?, recorrer el barrio natal con alma inquisidora y encontrar a un lector histórico frente al río Pánuco. En la colonia Campbell, quizás, por el bulevar López Mateos, podría ser, algún enamorado de los que poblaban el parque de la Cruz Roja, o tal vez un pescador en La Puntilla, y por qué no…; casi de inmediato he pensado en buscar a Arturo, el poeta del pueblo, antiguo trabajador petrolero, jubilado de la refinería, no sé, no me parece una mala idea: él conocerá a alguien con alma de página tranquila, de los que nunca distraen la mirada con las ganas de escribir. Sin embargo, ese es el problema, porque aquí sé dónde buscar, hacia dónde no mirar, cómo sobrentender los silencios de un rostro entregado a la lectura en los cafés del centro, por ejemplo, o a qué horas apersonarme en el único tiradero de libros que aún sobrevive en el primer cuadro de la ciudad. Sea como sea, tendría que empezar por allí y pasar a saludar al viejo Elvis, cada vez más sordo, el pobre, ya tan insensible a los jolgorios del puerto, y “no me preguntes cómo pasa el tiempo”, le diré citando a José Emilio Pacheco, y ojalá supiera responderme con “el tiempo, el implacable, el que pasó” de las canciones de Pablito Milanés, detrás de sus gafas sesenteras, tan parecidas a las del Hollywood de hace medio siglo. Así fue siempre el Elvis, un hombre que nunca salió de la década equivocada.

Entre anaqueles de títulos añejos y ediciones enmohecidas, de inmediato he buscado algo para Jaime en el baratillo. Ya muy enfermo, problemas con el riñón, pobre Jaime, y pasaré a saludarlo esta misma tarde porque él siempre fue un lector asiduo, de los que sabían perderse con lucidez en el interior de cualquier letra, de los que siempre asumieron que un libro era, entre todas las metáforas posibles, el mejor laberinto para salir airosos de nuestros nombres —o para entrar en ellos dispuestos a todo, según se fuera o se regresara de nuestros autores de cabecera—. El suyo era Truman Capote, muchas veces me habló de él, y siempre me dio gusto saber que la Nueva Orleans del autor americano seguía sucediendo en la colonia Águila gracias a Jaime, allá por el parque de los árboles exagerados, a un costado de las canchas de tenis donde uno de los vecinos colgó un letrero sin fecha de caducidad, porque siempre estuvo allí, en uno de los portones aledaños, como desafiando la humedad de los ciclones en una de las colonias más burguesas del Golfo de México: “Se vende miel de abeja natural. ¡Garantizada!”… Y al final he trapicheado con el Elvis, sólo un poco, como en los buenos tiempos, necesitaba regatear para sentirme en casa, buscar una rebajita en la edición de Plaza & Janés del tocho de Solzhenitsin, Archipiélago Gulag, que he comprado para Jaime, y que por favor tomara muy en cuenta el estado tan lamentable del otro libro que me llevaba, un breviario de los del Fondo de Cultura Económica, La muerte negra, de Robert S. Gottfried.

No, no quise preguntarle al Elvis acerca de sus mejores clientes para no forzar las sorpresas entre los “letraheridos” del puerto. Así hablaba Gil de Biedma, “letraheridos”, aunque al parecer la palabreja nos llega del catalán; por lo demás, las conversaciones del Elvis resultan ya demasiado esenciales, van de inmediato al grano de los precios, es más, diríase que ya no tiene fuerza para otra cosa, sin duda por la sordera. En otras circunstancias me habría tomado el tiempo para explicarle estas Bibliotecas ajenas que, al paso de las ciudades y de los anaqueles, me han enseñado a poner en entredicho a los libros canónicos y también a los autores obligatorios; incluso unos años atrás bien hubiese podido decirle con todas sus letras que estas cartografías de “leyentes” me han devuelto la fe para postular que la novela es un azar que nos explica como los hijos predilectos de lo imposible —lo olvidaba, anoche hablé con Arturo, y qué gusto, y cómo estás…; nos tomaremos un cafecito mañana, pasado mañana a más tardar, porque se me acababa el tiempo—. Y mientras voy transcribiendo tantos detalles en mi cuadernillo, aquí mismo y ahora mismo, en una mesa de La Victoria, la fuente de sodas donde las ardillas bajaban a comer pedazos de nuestras infancias, pienso en Miguel de Unamuno, en la noción de los “ex-futuros” que desplegaba para referirse al “yo” que nunca quisimos ser, muy a pesar de habernos reconocido en el espejo más nítido de algún libro.

Al día siguiente he visitado el Palacio Municipal. El edificio del Ayuntamiento sigue fiel a su escalinata, y su oxidado portón tampoco ha cambiado nada; al fondo, los murales de Carlos Sens están donde los recordaba, muy a lo Diego Rivera, sugiriendo el ascenso a los pisos superiores del recinto. Ya en el interior, a mano izquierda de la planta baja, en la biblioteca pública los viejos estantes han mudado de piel, ahora son de metal, y las ventanas han sido selladas, como imponiéndole al mundo exterior una contribución hecha de silencio. Me parecía tan mágico sentir los coches entre las lecturas de mi adolescencia, solucionar un poco los amores iniciáticos con páginas de lo que fuera, leer por primera vez a Jaime Sabines con gestos de Plaza de Armas, por ejemplo, o pronunciar un suspiro al paso de los autobuses azules, o molestarme con los camiones de bomberos saliendo con sirenas a todo pulmón de su caserna del otro lado de estas mismas paredes. Ahora, en cambio, los pocos habitantes de las mesas habrán olvidado incluso el arte de imaginar incendios, y ni siquiera serán capaces de divagar las campanadas de la catedral de cada mediodía, cuando, a punto de marcharme, uno de los empleados me ha reconocido, porque Bonifacio, el tío de Nina, familia de italianos, no ha dejado de mirarme. Y sí, es él. Y sí, soy yo. A los años. ¿Y qué fue de Nina? Hace tantas, tantísimas eternidades…, era bellísima, en el quinto de primaria, Nina…, y a él sí que podría preguntarle por las presencias más asiduas en la Biblioteca Municipal, y enseguida me ha ofrecido nombres y horarios, y al salir he seguido preguntándomelo: ¿cómo siguió deletreándose sin mí esta orilla del tiempo?

Camino de regreso a casa de mi madre, allá por el Rincón Gaucho, abordé un autobús en el sol de las dos de la tarde. He mirado los edificios bajitos del centro, las marquesinas sucias de chaparrones sobre la Obregón, el gimnasio del Jigoro Kano cuyas clases de judo se cerraron para siempre, y más adelante la Escuela Prevocacional No. 1 —la prevo, así le decíamos—, casi frente al edificio Villasana donde dicen que vine al mundo. Las fachadas descascaradas hacen más fuerte el calor del mes de julio mientras caigo en la cuenta de que un puerto de altura siempre representará la posibilidad de todos los libros del mundo. El mar, el río, las esloras, los prácticos, los remolcadores, los muelles, los coloridos chinchorros, los alijadores eternizados en los babores y en los estribores de todos los días, la marea constante de lenguas, el trasiego de banderas infinitas… ¿Debería subir a un barco?, ¿buscar entre los marineros la extrañeza de un lector insólito? Entusiasma pensarlo, encontrar repisas con ciudadanía de olas inquietas, sería genial, y en el asiento del microbús me he entregado a recordar el viejo edificio de la Aduana Marítima. Por cierto, mañana me tomaré un café, o lo que sea, con Arturo, en las mesitas donde alguna vez estuvo el cine Plaza: no, yo nunca he estado en Tampico de esta manera, buscando lectores entre las bajamares de mi propio acento, y de repente, sin saber muy bien por qué, me he sentido extranjero de mis propios reflejos.

Al día siguiente entré al Elite, sobre la calle Carranza —todavía, qué calor—, aquel café donde mi padre arrullaba la soledad de su agua mineral de todas las tardes. Los comensales ya no se parecen a las guayaberas de otro tiempo en esas mesas donde hace un par de años discutí con Orlando sobre las muchas veces que nuestra ciudad apareció en alguna novela extranjera. Empezamos por hablar de B. Traven, era lógico, y él insistía que Jack London jamás había tomado fotos de la zona franca, y yo que todo lo contrario, y así fue como llegamos juntos al Homo faber, del suizo Max Frisch, también a Pérez Galdós en Tormento, sobre todo a P.K. Dick en aquella novela que luego inspiró la famosa cinta de Ridley Scott, “Blade Runner”; le dije, además, que Juan Rulfo siempre recordaría con nostalgia su paso por nuestro puerto de vidrio, cuando aún era funcionario de Migración y anduvo del tingo al tango por toda la república. En fin, murió el mes pasado, Orlando Ortiz, allá, en la Ciudad de México de todos nosotros, y alguna vez me contó algo sobre su vida en la calle Carpintero donde había una mercería cuya dueña tenía la edad de una gran amargura y el cuerpo lleno de resentimiento. No lo volví a ver, en el Elite, comiendo helados con galletas de viento, los más famosos del puerto, y él era una barriga enorme detrás de una mirada de nostalgias inminentes: un tampiqueño más, supongo, de los que argumentaban no haberse ido de casa cuando se fue del puerto para siempre. Hasta donde entiendo, Orlando y Arturo eran buenos amigos, seguro se conocían desde la juventud, en aquel Tampico de carnavales que yo nunca viví.

Un poco más tarde he atravesado la Plaza de Armas hasta una carpa donde alguien prestaba libros en nombre del gobierno del Estado. “Programa de lecturas: siente un libro”, anunciaba la enorme pancarta, y he permanecido allí, una media hora, minutos más minutos menos, sentado en la banca junto al centinela de las portadas y con una antología de Fernando Pessoa entre las manos. Eran poemas como travesuras olvidadas, laberintos como rieles bien dibujados, imágenes coloreadas que se alejaban de los adultos irremediables que nunca debimos llegar a ser. Tren de cuerda, así se llamaba el libro de marras cuyo texto central, que ya conocía, he transcrito en mi cuadernillo frente al kiosco morisco: “El poeta es un fingidor. Finge tan enteramente / que llega a fingir que es dolor / el dolor que de veras siente…” Por lo demás, vistos así, con un poco de distancia, cada uno de los autores y de las páginas que me salían al paso, Solzhenitsin, Capote, P.K. Dick, Rulfo, Unamuno, Max Frisch, Pessoa, Orlando Ortiz —el propio Arturo Castillo Alva al que saludaré mañana por la tarde— me servían de acicate para encontrar a un lector histórico en esta orilla del verano. Por lo demás, al paso de las muchas bibliotecas domésticas que he descubierto, hoy sé que no hay urbes cultas a toda hora ni bulevares resignados a su ignorancia, y quizás a ello se deba esta decisión de regresar a mi mundo natural, pues acaso sin pretenderlo he decidido triunfar sobre los lugares comunes que hablan de una ciudad como Tampico, tan vacía de lecturas, así dice la gente, porque nadie como los jaibos para permanecer a ciegas en su analfabetismo voluntario. Nunca fue cierto, al menos no del todo. Aquí, como en cualquier otro rincón del tiempo, hay agujas y hay pajares, y además hay garbanzos de a libra porque los habitantes del Golfo de México también son leedores al acecho, fatalidades dispuestas a transparentar las letras de un libro que quizás ha de cambiar el rumbo de nuestro destino. Otra vez, mejor no filosofar más y seguir adelante.

Hoy he ido al amanecer del malecón, en la Playa de Miramar, junto a un amigo de la secundaria. Andrés, hijo de don Abel, el de las Madererías Martínez, el de los campeonatos de béisbol, el de los viajes continuos a nuestra memoria de aquellos años de escuela jesuita y proyectos universitarios. En sandalias de correa fácil, cuánto llamaron mi atención los corredores de la primera mañana, también los bailadores de una música que no se fue a dormir desde la noche de ayer, los nadadores con equipos de seguridad, el faro porfiriano, las escolleras pobladas de mapaches, y en más de una ocasión he reconocido las miradas perdidas de la gente que nunca quiso salir de todas estas olas —sus gestos intactos y las facciones bronceadas tal vez anuncian lo que yo pude haber sido—. Después he visto pasar a los pescadores más tempraneros del día mientras un buque de guerra entraba por la barra del Pánuco, espabilando toninas, casi a tiro de cañón de nuestra sorpresa. Más tarde Andrés me ha hecho descubrir el santuario de la virgen del Carmen en una de las riberas, a espaldas de la refinería, patrona de marineros, señora trasatlántica, y de vuelta en la arena de las seis de la mañana he tomado nota mental del ocre en las alturas del cielo, los requiebros del aire manchado de mostaza, y también las nubes revelando su hábito matutino teñido de color naranja.

Por la tarde he sentido que el tiempo pasaba de otro modo con Arturo, viejo amigo, esposo de Oli y también padre de Amaranta. Fuimos y regresamos a muchas cosas en el aire libre de la calle peatonal, la que conduce a la escultura de Pepito Terrestre, el gigante más entrañable del puerto, hecho de plomo, frente al hotel Inglaterra; sí, Arturo alguna vez lo miró a la distancia, allá por los años cincuenta, quizás un poco antes, imposible olvidarlo, con sus mil metros de estatura y su cuerpo acartonado, torpe y amable como todos los grandulones del mundo. Parecía un ciprés, siempre con su camisola de alijador y esas botas enormes, como de cuento de hadas. En las mesas exteriores del café me ha dicho, además, que Amaranta es amiga de Tabita, contadora pública que se reinventó como profesora de música, una lectora ilustre, de verdad, de las que ya muy poco se ven por estos andurriales, ¿y cuáles serán los libros frecuentados por una especialista de los estados financieros?, ¿y cómo leerá una maestra de solfeos en un puerto de ciclones al acecho y de canículas eternas?

En esta cadena de coincidencias, con algo de pudor he querido explicarle a Arturo el espíritu de mis búsquedas. Sobre todo, le he hablado de la forma en que los márgenes de la lectura informan mejor sobre los epicentros editoriales, esos que tanto trabajan por la popularidad de un autor, y las bibliotecas personales en Tampico, al margen de tales campañas publicitarias, es posible que vivan al amparo de todas las modas literarias, aunque no siempre saldrán ilesas, claro que no. En este mismo sentido, algo debe imponer el ritmo de la vida local y su escasez de librerías que convierte la ciudad en tierra desnuda de textos canónicos. Gracias a ello acaso el lector nativo será un espíritu mucho más franco en las ficciones que le salen al paso —o todo lo contrario, Arturo—. En fin, más o menos así fue como no supe decírselo a las claras, y al final me ha dado el número de Tabita, qué amable, le hablaré esta noche, y tampoco supe decirle a Arturo que ahora le hablaba con los ojos de una amistad distinta, porque hace tantas memorias que me fui de todo esto, y porque además han pasado tantas cosas desde los años en que nos conocimos, a finales de los ochenta, o más o menos.

Más tarde Tabita me ha dado cita, mañana mismo, a mediodía, por los rumbos de aquella parroquia de fachada ojival, la de santa Cecilia, no la recordaba, del otro lado de la laguna. A mi hermano menor le he prometido estar de regreso para la comida del domingo, momento familiar, y ya por los rumbos de un sol feroz, mejor buscar el lado de la sombra, ha sido necesario entrar a una tienda, miscelánea de las antiguas, donde aún se vendían llamadas por teléfono. Mi anfitriona me ha repetido las instrucciones sobre la calle Laredo, el portón lateral, la doble reja, el largo pasillo limpísimo, y al entrar he abierto los ojos de gran sorpresa en una cochera donde hay un auto japonés con una edad de medio siglo, impecable: un Datsun, guayín, así les decíamos, vaya sorpresa, de los que tantas tardes vi pasar por el parque Méndez. Increíble. Es de su padre, y entonces me presenta a un hombre mayor que ha salido a saludarme, solemne, afable, camisa planchadísima, y le estrecho la mano con el debido respeto, y mucho gusto, servidor de usted, señor mío. Al subir a su taller, que funciona también como salón de clases, Tabita me dice que así fue siempre su padre, cuidadosísimo de todas las cosas —así es mi padre, insiste, seria, aunque también algo reservada—, porque aquel auto era el primero y el único que tuvo, ¡y aún funcionaba! Por las escaleras exentas que llevaban al segundo piso, a través de una ventana, he visto unas sillas, parecían tan cómodas, y al entrar había dos pianos medianos, en diagonal, también impecables, al amparo de unos muros blanquísimos; la sencillez del decorado se completaba con unos mosaicos que, desde el suelo, respetaban el color madera de las sillas y del pequeño escritorio. Un par de carteles, Mafalda filosofando en tonos pastel, servían de anuncio a dos libreros desbordados de pequeños objetos; recuerdos de viajes memorables, eso parecían: un abrecartas, ese pisapapeles de cristal con forma de pera, la tacita de café con dibujos de Picasso.

Después me ha dicho que nació en Baja California, en Rosarito, y no, yo no conozco muy bien los caminos de aquel mundo. Alguna vez pasé por Mexicali, también por Tijuana, cuando fui un “sin papeles” buscándome el destino en Los Ángeles, y, como quien dice, tampiqueña por adopción, de edad media, entre los cuarenta y los cincuenta, esas cosas no se preguntan, y de inmediato me dice que ella llegó adulta a la lectura, aunque siempre a tiempo para un buen libro. Entonces vuelve a definirse como lectora incipiente, de las recién incorporadas al oficio de las ensoñaciones, porque hará menos de quince años que comenzó a leer novelas, y Tabita viste un azul limpio, casi celeste, piel morena, cabello negrísimo y reluciente rematado en una cola de caballo, rostro circular y ojos de labios que saben hablar de todo pero que prefieren no decir nada.

Lo suyo comenzó con un libro electrónico de Haruki Murakami, After dark —sí, el título es el mismo en lengua española …, qué raro—, y desde entonces decidió que sólo leería en papel. La forma en que se conduce por la historia de sus repisas, en las que habitan tres lustros de autores, hace saber que aquí, como en cualquiera de las bibliotecas que he descubierto al paso de las ciudades y de los años, se cumple aquello de que todos andamos en busca de un libro esencial, de ese autor que nos revelará el secreto de nuestros nombres. Es más, andamos en busca de aprender a nombrarnos en secreto cuando el tiempo pasaba demasiado rápido, también las ideas, en el aire acondicionado de su aula musical: nuestro paso por un libro nos hace descubrir la letra idónea, íntima e irrepetible, para pronunciar el destino de lo que somos. Algo así fue lo que pensé en aquel momento; para mí tampoco quedó muy claro, mejor seguir adelante…

No hace mucho que salió de un mal matrimonio, y antes de hojear ante mis ojos El viento de las horas, de Ángeles Mastretta, me habla un poco, muy poco, de aquella parte de su memoria. No la he leído, aunque lo mejor será no interrumpirla, dejarla que se desbarranque de reacciones frente a sus propios libreros, estudiarla en silencio, analizar la manera en que sus manos reprueban o festejan los títulos que ha comenzado a mostrarme mientras señala que para ella leer es un volver a ser, un por fin estar de regreso en su credencial de elector, una experiencia que quizás podría explicarse en la magia —a todos permitida, quiero creer— de salir corriendo de los espejos equivocados. Ahora, su mirada se hace neutral ante Isabel Allende y El cuaderno de Maya, también ante La suma de los días que, la verdad sea dicha, a mí tampoco me atravesó el alma. Y vuelta a Murakami con tres, cuatro, cinco títulos más entre los que no necesito tomar nota del Tokyo blues ni del Sputnik, mi amor. En mi jornada de descubrimientos tampiqueños, de repente intuyo que he regresado a mi centro del mundo para deletrear a varias escritoras japonesas que yo nunca hubiese podido predecir en los calores eternos del Golfo de México: Banana Yoshimoto en Recuerdos de un callejón sin salida, e Hiromi Kawakami con El señor Nakano y las mujeres. Por supuesto que hay orgullo de lectora en la mirada de Tabita que, además, ha leído dos veces distintas el Rayuela de Cortázar y que ahora mismo se sigue de largo frente a Lola Casanova, de Francisco Rojas, acaso porque ha percibido mis conjeturas sobre la retórica de sus estanterías cuando descubro Una habitación propia de Virginia Woolf, La imperfecta maravilla de Andrea De Carlo, y Atados a una estrella de Claudia Celis. Qué duda cabe, en tales títulos se concitan las muchas formas de ser que Tabita ha descubierto para completarse, porque en dichas portadas había música y también docencia, algo de feminismo y un poco de infancia, y, sobre todo, la historia oculta de su divorcio.

Enseguida hemos pasado sin grandes comentarios por lo más granado de sus entrepaños. Felisberto Hernández, Sábato, Flaubert, Hesse, Esopo, algún Hemingway, ¿El viejo y el mar?, no lo recuerdo, y también por Schopenhauer con El amor, las mujeres y la muerte, mientras ahora mismo me he detenido en un Oliver Sacks, Musicofilia, al lado del Diccionario de la música de Manuel Valls Gorina. Entonces fue que descubrí La acompañante, de la escritora rusa Nina Berbérova, aunque Tabita no lo ha leído, no puede o no quiere o no le importa, porque aquel ejemplar fue un obsequio de su exmarido, hace algún tiempo, y desde entonces sigue allí, olvidado en una repisa, en calidad de cicatriz, con su rostro de llaga o su filiación de venganza. Vaya uno a saber.

Con Nina Berbérova descubrí la novela que andaba buscando. Gracias a Tabita hoy sé que todas las bibliotecas poseen un título maldito, ¡también la mía!, un texto execrable al que quizás nunca le llegue su hora en nuestras manos. Cualquier lector que se respete lo necesita en sus rutinas para recordar que cada libro leído es también un preámbulo que nos acerca al título de nuestros miedos, una antesala que nos vaticina entre los párrafos de nuestros odios, en fin, una digresión que nos recuerda que en algún entrepaño de lo que somos hay un anuncio de abismos o una promesa de desahucios. Bien visto el asunto, quizás cada uno de los títulos que nos habitan representa una reconciliación en marcha, un perdón que se acerca, la inminencia de pasar la página de nuestras rabias cuando por fin seremos capaces de estar en esa novela más allá de cualquier cicatriz. Vale la pena insistir, claro que sí, que aquel ejemplar de Tabita sugería que la biblioteca siempre ha sido una proyección inesperada de nuestros dolores o el testimonio literario más insólito de nuestros (des)afectos. Es más, en ese libro de Nina Berbérova estaban contenidas las palabras que le faltaban a dicha metáfora para ser expresada, pues, además de todo, la biblioteca es una gran cartografía emocional. Quién lo hubiera dicho, pero es verdad: en las repisas de cualquier lector asiduo deben existir los títulos intactos, esos que sin pretenderlo concentran los traspiés de nuestras nostalgias.

Por si fuera poco, en silencio he comenzado a organizar las coincidencias de un Tampico tan inesperado, porque Berbérova también se llamaba Nina. ¡Nina!..., como la sobrina de Bonifacio. Era bellísima, en el colegio Motolinia, en el quinto año de primaria que antier recordé junto al empleado de la Biblioteca Municipal, ¿qué sería de ella?, tanta gente que nunca volví a ver. Y enseguida he comenzado a despedirme de aquella casa, allá, muy por el rumbo del sol más agresivo de la una de la tarde, frente a la Escuela Náutica donde alguno de mis primos fue cadete y luego anduvo por todo el mundo mirando la vida con palabras de mar, convertido en ingeniero mecánico naval, vestido de guardiamarina, siempre amable al regresar de sus viajes, cuando nos traía monedas de otros colores al edificio de la calle Canseco, casi esquina con Tamaulipas.

Cuando muchos meses después reciba aquel tomo por correo, publicado bajo el sello de Contraseña, recordaré que yo nunca hubiese llegado a Berbérova sin Tabita. Y me gustará la sencillez de la publicación, porque, entre todas las sorpresas contenidas en el pequeño ejemplar, está la más evidente, la que casi nadie mira, a saber, que el libro entra de lleno en materia. No hay introducción ni preámbulos sino tan sólo un epílogo que, concluida la jornada, ofrecerá pequeños y grandes rasgos de La acompañante —escrita en 1934 y llegada por primera vez a nuestra lengua apenas en 2018—, algunos exabruptos biográficos de su autora —nacida en 1901 en San Petersburgo y fallecida en Filadelfia en 1993—, y su asiento bien ganado en la llamada “generación inadvertida”, esa especie de parnaso ruso que, tras la Revolución de octubre, escribió desde el exilio parisino —recordemos, para el caso, a Vladimir Nabokov, Anna Ajmátova, Boris Pasternak, Marina Tsvetáieva o Gaito Gazdánov, entre otros.

Berbérova no sólo será una escritora de mundos entreverados, sino, por añadidura, una novelista que reclamó siempre el derecho a imaginar en su propia lengua. Dicho de otra manera, sus casi cien páginas nos han de informar, en el silencio de la traducción española, sobre los verbos resucitados de su idioma en el contexto de su propio exilio. Al negarse a escribir desde otras gramáticas, acaso en Nina Berbérova todas y cada una de las palabras se transformaron en asideros de optimismo; en la obligación de matizar esto último, de nueva cuenta es posible enviar la reflexión hacia el otro extremo de la misma perspectiva para conjeturar con más solvencia que su escritura era un escudo contra la claudicación, un acto de perseverancia frente al desamparo, o, por qué no, tal vez un fogonazo de esperanza en su interminable deambular por Alemania, Checoslovaquia, Italia, Francia o los Estados Unidos. Y aunque pudiese parecer exagerado este señalamiento sobre la fidelidad de Berbérova hacia sus palabras heredadas, la experiencia transverbal no es ajena en otros autores expatriados, empezando por el propio Vladimir Nabokov y siguiendo después por los rumbos de Pessoa, Conrad, Kundera, Tabucchi, Elíade, Ionesco, Ishiguro, Kafka y etcétera. En este orden de ideas, imposible ignorar la mirada de Juan Gelman cuando, en aquel encuentro del Instituto Cervantes en China hace más de una década, nos dijo lo que tantas veces le habíamos escuchado a Borges, aunque ahora con sus propias cicatrices: “Todos pertenecemos al mundo y si una patria tengo es la lengua… Para un poeta y escritor es lo único que puede habitar. Después, aunque le manden al exilio y al infierno, ya no importa”.

Apasionada por la composición de obras cortas, Berbérova nos permite reconocerla en los subsuelos existenciales del personaje de Sonia, una pianista, digamos, de servicio. Al haber tejido el relato con los reflujos de su propia lengua y con los resabios de su propia memoria, la escritora petersburguesa buscaba hacer entender su paso por el resquebrajado tiempo de los rusos sin patria, un tiempo donde “los relojes también hacen tictac sin alegría”, según nos informa el libro de mil maneras distintas. Sí, todos y cada uno de los personajes de la historia reflejan los dolores más íntimos de la escritora, nos hablan con vital agudeza de su peregrinaje, y, por extensión, describen la soledad que domina a quienes, como ella, han vivido acumulando trashumancias. Con pálpitos fehacientes y murmullos más que tangibles, los avatares de Sonia, figura sombría y en apariencia relegada, nos permiten reconocer que, mutatis mutandis, todos somos nómadas que anhelan el retorno a la ciudad original de nuestros recuerdos: sí, y también errantes en el amor —perdón por el cliché—, itinerantes que quieren dejar de serlo, viajantes en lucha contra las palabras vividas sin la lucidez de nuestros acentos. Sí, a mí me gustó este libro, sobre todo porque provee de vocabularios al eterno recomenzar que define la identidad del migrante, ese Sísifo de mil pasaportes que todos hemos sido alguna vez.

Una vez que los párrafos han establecido los reflejos biográficos de una Berbérova desterrada, la novela irá más allá de la “autoficción”. Gracias a La acompañante estamos, pues, en condiciones de iniciar una jornada insólita, y además necesaria, hacia confusiones más certeras: ¿somos tan sólo la sombra de nuestros nombres?; ¿son de veras nuestros los reflejos de nuestros apellidos?; como Sonia, ¿estamos en la voz alta de nuestros instintos o subyacemos en el escozor de nuestras pulsiones más soterradas?... A pesar de todo, este libro no exige respuestas sino, por el contrario, se lanza a construir con desgarradora elocuencia la duda esencial que a todos nos domina: “por qué Dios no nos hizo felices”, tan felices como a María Trávina, esa otra mujer incapaz de culpas y cuya voz de soprano es el centro de todas las miradas en La acompañante —también de la nuestra, en tanto que lectores, dicho sea de paso—. Salida de las envidias de la propia Sonia, la respuesta final nos llega con la fuerza suficiente para entender que “un individuo feliz vive como por encima de todos los demás (y los abruma un poco, desde luego). Y no hay que perdonarlos por ello, porque es algo que tienen del mismo modo que se tiene salud o belleza”. En dicha expresión está contenida una gran carga de esperanza, y la magia literaria estriba en el hecho de que en Nina Berébova la expresión del optimismo se ha convertido, aquí, en hermana gemela de la resignación.

Al personificar a los seres anónimos que todos hemos sido alguna vez, Sonia nos representa. Como bien dicen las reflexiones finales de su primera edición española —publicada en el 2018 bajo el cuidado de M. Rebón y F. Mateo—, Berbérova ha construido un tipo literario universal, “una mujer que apenas lleva las riendas de su vida, de la cual es mera espectadora”. Sin embargo, la riqueza más grande del relato está, según sospecho, en la realidad de un libro que no quiso serlo, es decir, en la “lectura de la escritura” de un diario ajeno que se ha comprado por error al buhonero. Si cambiamos la dirección del juicio, la mayor trascendencia estética de La acompañante está en ese azar de desdoblamientos, esto es, en la escritura en tiempo real de una lectura cuyos accidentes llegan hasta nuestros ojos para decirnos que, al no haber autor ni personajes reconocibles, todos pudimos escribir esta novela por cuanto todos estamos leyéndola. Dicho de otro modo, quizás somos sus figuras centrales por cuanto la vemos caminar en el papel con la caligrafía de nuestros propios desamparos. Y aunque esto ya lo he dicho en otras ocasiones y en otros contextos, no está de más insistir aquí que dicha exploración escritural, diseñada mediante páginas de fondos múltiples, nos hace saber que tanto Berbérova como Sonia —y quizás algún día también la propia Tabita— han querido crear un lenguaje irrepetible para establecer que lo leído es muy cierto, porque la escritura de los otros jamás puede suceder sin contenernos.

Al día siguiente recuerdo haber visitado una última vez —hasta la próxima vez— la Biblioteca Municipal. Mosaicos como rombos de otro siglo. Aún sin ventilación. Es increíble. A pesar de todo, me he sentado sobre las horas de mi cuadernillo para escribir aquí mismo que en los puertos del golfo lo mejor es leer al amanecer, cuando el calor amaina y la vida recupera su confianza en los veranos. Por supuesto, después me he despedido de Bonifacio, el tío de Nina, familia de italianos. Hace tantas, tantísimas eternidades. Era bellísima, en el quinto de primaria, durante los salones del antiguo colegio Motolinia de la calle Chairel, en la enorme mansión de una princesa europea que nunca estuvo en Tampico. Así, así es como nos contaron siempre la historia de aquellas aulas. La derrumbaron hace poco para levantar condominios de gente insensible, mira que demoler una casona de laberintos y de áticos, escaleras secretas y recodos de magia posible, árboles de muchos siglos y mi memoria de sus arriates.

He pasado a saludar la escultura de Mauricio Garcés, y haré una escala en el Elite, camino a la Plaza de la Libertad donde hay una mesa con el Humphrey Bogart de bronce, esperándome.

Ya está, un último expreso y también un último bisquette con mantequilla, y no, la cafetería ya no refresca como antes. Después, ya no tendré tiempo de pasar a la zona franca, donde, a la distancia, se ven las embarcaciones de gran calado. Cuántas cosas ya no seré cuando mañana salga rumbo a Puebla y nada importe sino saber que en este lado del mundo hay una lectora inesperada que se me parece —pero que nunca será como yo la leo…—.

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