Don tinieblo

MarĂ­a Teresa Gerard

A Miguel Ángel…
Tomé prestados sus renglones
para encontrar a Tinieblo.

Era un lunes cualquiera, de esos que se viven como un “inicio forzado”, cual patada de salida a la pista de los días para seguir siendo no se sabe qué, ni para qué. Con las intenciones a flor de piel y con cierta predisposición hostil, después de comer, caí profunda en una larga siesta. Me aguardaba, sin saberlo, lo que dejaría de ser mío; de poco o nada sirve prevenirse. Y así fue. El beso de Tinieblo me transportó a enero, a febrero, a… caer como quien despierta a las once y se entera tarde que los ministerios abrieron sus puertas solicitando audiencia con apremio. Algo embriagador surgió en mí ante ese exceso de sintonía, ante lo par universal, lo rítmico. Hay cierta lógica en el absurdo, es belleza pura.

Tirada en el sillón, sin estar particularmente cansada, desperté con el cuerpo castigado: me dolía la cabeza hasta el aturdimiento. Al humor del día se sumaba el inquietante sueño. No recordaba los detalles, sólo a Tinieblo y la sensación que me produjo. Nunca había tenido una alucinación de ese tipo. Pensé que mi cerebro y mi olfato se habían puesto de acuerdo sin mi conocimiento. “Así no podemos seguir”, decía mi cerebro en voz baja y, minutos después, mi olfato se declaraba cómplice y dispuesto a colaborar. Un acuerdo tan díscolo como las verdades a medias. ¿Era acaso un autoengaño para que mi sangre se dejara seducir por una aparición inhumana y sutil? No lo sé, pero lo sentí como una de esas melodías en la que te descubres inmediatamente, de esas que tarareas sin darte cuenta, y te es familiar sin recordar el porqué, ni el dónde.

¿Por dónde empezar entonces? Por su olor. Tinieblo olía a círculo, así tal cual, a un círculo no muy grande. Hay gente que huele a cosa, aunque podría decir que Tinieblo más bien olía a idea, a la concretud y a la ambigüedad de toda idea, a una especie de entidad intangible, puesto que disimulaba bien su habitar esférico y sus anhelos circulares. Emanaba de él un sutil aroma a perfección, no era exagerado ni extravagante, ni siquiera era un olor altanero o burlón, simplemente raro, pálido, alimonado, y pronto desaparecía sin rozar lo rancio. Era discreto, tan discreto como una o helvética de doce puntos, sin patines ni insinuaciones innecesarias, sin ínfulas de Bodoni o serifas de Garamond. Recordé a Borges, alguna vez leí que no le gustaba escribir largas; las mentes inteligentes no suelen dar lugar al melodrama del mundo, sí a la brevedad poética.

Tinieblo, según recuerdo, no reclamaba demasiado de la vida, me imagino que por eso sus maneras eran pausadas, flexibles, cual aro de humo que se expande y desaparece poco a poco. Su mirada perimetral todo lo abarcaba, y sin quererlo, rozó con la mía. ¿Nos rozamos entonces? No lo sé, me olió a que sí. Pero no podría afirmarlo. Sus ojos grises miraban impasibles todo lo que sucedía a su alrededor, como un animal embalsamado. Aparecía de la nada parado junto a mí, dándome la espalda, platicaba con un grupo de amigos; colaboradores cercanos, supuse, por los temas que se ventilaban, es común presenciar la falsa camaradería. Saludos recíprocos, reverencias, reconocimientos, abrazos sonoros en esa leve penumbra. Tinieblo hablaba con actitud cálida que ennoblecía todo cuanto expresaba. Oscilaba con virtuosismo entre el humor y la seriedad con un tono suave, considerado, creador. Sin embargo, noté que no contestaba la mayoría de las preguntas que le hacían, daba la impresión de querer crear silencio en torno a sí, como anhelando sumergirse para nunca volver a emerger, pero emergía. Decía cosas inteligentes y, en eso, aventajaba a todos los demás. Era una sensación extraña. Mientras Tinieblo me daba la espalda y sólo lo escuchaba, me sentía viva. Cuando me miraba y se convertía en posibilidad, dudaba. Como si el tiempo del sueño pusiera en pretérito mi deseo, el misterio era lo que me atraía, no la inmediatez de mi capricho ante su mirada. Mis antojos envejecían rápido con el sabor dulce de la posibilidad del serás mío y seré tuya. Era más bien la delgada e inquietante trama de la ilusión lo que me hacía vibrar, la carencia de futuros encuentros era el chicote de mi deseo. La imposibilidad suele provocar fascinación y arrebato.

Me pregunté qué podía tener yo en común con aquel hombre si apenas tengo algo de común conmigo misma, pero las auto descalificaciones vendrán más adelante; el quinto párrafo no es el lugar oportuno para describir apariciones oníricas que provocan fortificaciones subterráneas que a mi psiquiatra perturban por su hondura.

Tal vez un poco de contexto sirva para entender de qué estamos hablando. Mi trabajo, como el de millones de seres, se hallaba, a la sazón, interrumpido. Hacía meses que no llevaba nada a cabo, lamentándome en afonía por el sensible declive laboral durante la pandemia. Corrían semanas y semanas de letargo existencial, en la completa desesperación de un aislamiento infructuoso, casto, sin voluntad y poco ánimo de reencontrar el camino. Con un celo cómico y deliberadamente exagerado, sólo en la más estricta confianza ventilaba mis angustias con Mundi, mi canario, para no enloquecer. Horas enteras de lamentos hostiles y, sin embargo, útiles para mirar de cerca la falsedad panorámica de mi estado de ánimo durante esos meses previos al encuentro con Tinieblo. Llegué a él sumergida en desconcierto y llena de miedos que ni a mí ni a nadie pueden reportar algún tipo de utilidad.

Esa somnolencia a media tarde llevó a mi círculo de amistades a coincidir con su circunferencia. Un encuentro irregular que imprimió a mi siesta un nuevo ritmo. Escuché una voz preguntar: “¿Cómo estás?”; bien, contesté en automático, pero sospeché que no era el caso, cuando estás convencida que el de al lado huele a círculo, algo no anda bien.  El caso es que Tinieblo cumplía años, y ahí, en su festejo, empezó todo. Pero sólo me concentraré en lo que importa, contaré el final y les aviso que sentí morirme.

Recuerdo que amanecí turbada, caliente y preguntándome ¿qué hubiese sucedido si en vez de oler a círculo hubiese olido a paralelogramo? ¿Tendría que haber desconfiado de su tufo a perfección? Puedo afirmar hoy, por ser algo tan evidente, que su olor aparecía al primer hervor como tal, sin peligro de confundirlo con el de otros; y ese olor circular me provocó vértigo, confusión incluso. Era un olor sin fin ni fondo que me hizo pensar en el vacío. Pero era un vacío en estado puro, lleno de la fuerza viva de aquello que no se mezcla con nada pero que huele a posibilidad. Yo, tan absolutamente lineal, sonreí y, en ese preciso instante, lo percibí cual suelo sólido.

Cuando apareció en escena, no había aún ningún indicio o garantía del deseo que conlleva una posible historia a ojos cerrados. No había Eros a la redonda en ninguno de los implicados en el sueño que estaba por desarrollarse. Éramos simplemente un grupo de asexuados reunidos en un bar. Un bar cualquiera, en el que sólo la circunferencia luminosa de Tinieblo, ese cinturón líquido y primordial, tenía potencial de devenir historia y, por ende, aquí estamos.

Así pues, yo, la más joven y audaz de una familia de tres, hija de una madre risueña y un padre que me reservo el derecho de omitir, me convertí en una estúpida. Ciñéndome de manera puramente tangencial a las reglas de la poética aristotélica, el decorado del sueño, según recuerdo, era el siguiente. Unidad de Lugar: Bar desconocido con el mismo papel tapiz que mi baño de visitas. Unidad de Tiempo: Tarde noche de un jueves cualquiera, de las 19:30 horas a las 21:45 horas, en un solo acto. Unidad de acción: Tinieblo y yo rodeados de una banda indiferenciada de amigos que servía de relleno como en toda historia, metida en mis tormentos existenciales frente a ese individuo.

Privada de los obstáculos que vivifican los sueños, me siento afortunada porque según yo habité la miseria de la saciedad. Seguro di rienda suelta a la tentación y dejé que Tinieblo demostrara el poder de su atractivo y la fuerza silenciosa de su carácter esencial. He imaginado una y otra vez que acrisoló mis entrañas. Habité la gloria, pero no sé en qué formato ni cómo. Pueden ustedes imaginar entonces mi frustración ante mis ganas de narrar la simultaneidad rítmica de nuestros cuerpos; desafortunadamente no recuerdo detalles, me puse ciega de vodka. El caso es que amanecí tolondra y caliente: mala combinación.

¿Qué significa saber? Tal vez captar, asimilar, deducir, inferir, comprender. No lo sé, pero esa tarde entendí la distancia. ¿Cómo se mide la distancia? Tampoco lo sé, simplemente se siente. Es infinita, sutil, acompasada incluso. Señalar una contradicción nada resuelve, se sabe, es, está ahí, siempre latente, como la estupidez humana. ¿Qué distancia entendí? La distancia entre un sueño y mi raquítica e inodora realidad, y nada me pareció mejor idea que salir en busca de un Tinieblo circular al cual cogerme. Un par de llamadas más tarde, lo conseguí. Haciendo caso omiso a restricciones sanitarias: uso de tapabocas y sana distancia, salí de casa para instalarme en la putería con un cubo tenebroso, que olía a Roger Gallet, Fleur de figuier y pesqué Covid. Aunque lo supe hasta el jueves, el lunes mismo fue la despedida de la salud prístina que me caracterizó 37 años y me sentí morir. Un morir que albergó ese olor tan especial e inquietante que conlleva el alejamiento del mundo, casi tan inconfundible como el olor de la voz cuando de crear distancia se trata, el doctor Méndez me lo hizo notar. Así, sola e inmersa en mis piensos de estas últimas seis semanas, desmenuzo y decanto a diario las sensaciones vividas en aquel bar, se han vuelto mi refugio. No sólo perdí el gusto por los cubos, los círculos y la cebolla, sino también el olfato y he llegado a la conclusión inequívoca, no siendo mujer de certezas que, saliendo de ésta, si acaso salgo, mi putería se inclinará hacía lo que huela a triángulo.

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