Escribir nuestro mundo

(de otra forma, el regreso)

Luis Armenta Malpica

El camino de regreso, que comienza con el poema “Ya es de noche”, bien puede terminar con “Cuando todo se apague, más tarde, en torno al mediodía” y, por breve que resulte (apenas cincuenta páginas, incluyendo un prólogo), no deja de ser un recorrido a través de muchos años de quehacer literario de Alessio Brandolini. Con traducción de Marisa Martínez Pérsico, la antología que presenta El Suri Porfiado Ediciones (Buenos Aires, 2019) nos acerca a un autor reconocido como traductor de numerosos poetas latinoamericanos y un ferviente promotor de la literatura en español en su natal Italia. Poeta nacido en 1958, en Frascati, del que se han publicado antologías de su trabajo en Costa Rica y Colombia, desde 2006 coordina Fili d’aquilone, revista web de imágenes, ideas y poesía; por ella han transitado temas y autores que muestran la enorme curiosidad de Brandolini por lo que ocurre en el mundo.

Para el poeta y ensayista Francis Ponge: “Nunca, por cierto, desde que el mundo es mundo (pienso en el mundo sensible, tal como se nos ofrece cada día), nunca, sea cual fuere la mitología de moda, nunca el mundo, aunque sólo fuese por un segundo, ha suspendido su funcionamiento misterioso. Nunca sin embargo en el espíritu del hombre –y sin duda precisamente desde que el hombre ya no considera su mundo sino como un campo de acción, el lugar o la ocasión de su poder–, nunca el mundo en el espíritu del hombre ha funcionado tan poco, tan mal. Ya sólo funciona para algunos artistas. Si todavía funciona, sólo es por ellos.” La naturaleza, incluidos los hombres, es una escritura que requiere de lenguaje. Sabemos que la escritura no puede contenerse o limitarse. Por el contrario, en el lenguaje tenemos una capacidad finita para expresar, por medio de palabras y sonidos, lo que ocurre con la naturaleza. El diccionario más completo que hemos hecho los hombres lo podemos cargar con ambas manos. En cambio, lo que vemos no da, ni por asomo, una fracción de todo lo que existe. Y falta el más allá: lo escondido, lo inimaginado, ese mundo poético en recreación constante. Esto lo sabe bien Alessio Brandolini: su mirada de lobo lo confirma. El lobo que es un hombre para el lobo es el poeta. El lobo que lo entiende lo traduce en un lenguaje humano, pero deja detrás otra escritura. Camino por andar y desandar, todo viaje comienza desde la oscuridad, atraviesa la luz, y vuelve, anochecido, a su principio. Nos lo dijo Cavafis desde su vecindad con Brandolini: no existe viaje que no imagine el alma.

Martha L. Canfield, poeta y directora del Centro Studi Eduardo Eielson (en Florencia) y traductora de Alessio Brandolini, escribe en su comentario de Nello sguardo del lupo / En la mirada del lobo (Mantis Editores y Secretaría de Cultura de Jalisco, México, 2018): “el poeta atraviesa los oscuros subterráneos de la existencia para llegar a la luz”. Francesco Tarquini, en la reseña que hizo a la versión italiana del mismo libro, cita a Novalis y señala: “cada descenso a uno mismo es, al mismo tiempo, la aceptación de la realidad externa”.

La escritura del mundo, su horizonte de viaje, es una línea oblicua. Descifrarlo parece marcar otro sendero, distinto de su idioma y paralelo por lo que nos recuerda. Brandolini se inscribe en la corriente de la poesía hermética (tan italiana) de Ungaretti, Quasimodo, Montale o Mario Luzi, buscando una experiencia simbolista y la utilización de analogías con ese mundo oscuro surgido de dos guerras mundiales y el fascismo. Recoger la palabra en situación de crisis, alejarla del énfasis retórico y convertirla en la clara expresión de un mundo liberado, esto era el hermetismo. Digamos, una mística pagana que en el caso de Alessio comulga con el mundo natural y se muestra en contacto directo con la vida. En palabras de Marisa Martínez Pérsico, elementos que “revelan un acercamiento siempre compasivo a la naturaleza y a sus criaturas, una comunicación cercana que se materializa en imágenes de alta factura, a veces de signo franciscano: hay planetas y lobos que corren en las palmas de las manos, un diálogo del poeta con las nubes, un perro de cuclillas en el polvo”.

Con el Renacimiento a cuestas, un autor como Alessio Brandolini siente que es su deber abrir su corazón y reparar el mundo. El carbón de los ojos todo lo pinta y quema. Entre la acción y la contemplación existe el viaje. Lo que se desarrolla entonces no es el poema, sino el mundo. El animal inquieto, quien sucumbe al abismo del lenguaje, conoce el salvajismo de su obra, sus peligros, sus riesgos. Ese sentido oscuro va dejando su impronta. De allí que nos resulte viable seguir a los poetas en su tránsito entre ellos y nosotros. No hace falta la claridad del sol, sino la llama interna. Este tipo de luz le pertenece al faro, al guía que comparte su mundo en plena libertad, como un cometa. Aquí dejo unos hilos.

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