(Re)presentar Ciudadela

Javier Vargas de Luna

El poemario Ciudadela es estridencia a cuentagotas, un eco apabullante que va desde la inundación a la sequía, desde la congestión al murmullo, desde la inanición a la abundancia. Sobre todo, es un texto que va desde la hemorragia de todas las calles que fuimos a la necesidad de eternizarnos en cualquier crucero, en este crucero de un destino al que, acaso sin saberlo, siempre le han hecho falta nuestros nombres, y también nuestras cobardías, y sobre todo nuestras cicatrices.

Al mover las cosas de su lugar, las palabras de Miguel Maldonado son juego a muerte con la vida, guerra incomprensible con el tiempo, y asfixia gritada a todo pulmón. Sus páginas instruyen para ser y para estar, un poco como Gherasim Luca, en la onomatopeya de nuestros anhelos tanto como en la interjección de los sueños que no supimos vivir. Por si ello no bastara, sus versos sirven de asidero para aprender las reglas de un silencio distinto, de un murmullo renovado que todo lo argumenta mientras todo lo desdice.

El largo flujo verbal de Ciudadela también es reloj de arena, el grano a grano que nos deja sin rostro porque sabe que necesitamos de los otros para sentir una sed un poco más honesta. Si acaso fuera posible resumir el anonimato que su poema nos propone, tal vez bastaría con recordar aquel verso de O. Paz —al cual Miguel Maldonado parece tan afecto—: “no soy yo, no hay yo, siempre somos nosotros”. Y puestos a discutir las resonancias y los destellos que se descubren en su interior, en esta obra también hay algo de José Carlos Becerra, aquí, ahora mismo, en la azarosa lectura de cualquiera de sus callejones sin salida que algo hacen pensar en El otoño recorre las islas

Sobre todo, Ciudadela quizás sea un paso atrás, el más bello de los saltos equivocados, el más luminoso de los tropiezos o el ejercicio más voraz de nuestros vacíos. Al final, pasados quince años de la primera edición de este libro —Premio Gutierre de Cetina 2006—, en él sigue vigente una tinta a toda prisa, ese renglón que acaricia nuestro rostro a mil por hora, la escritura que ajusta cuentas con el silencio aun a punta de garabatos. Hoy, al releerla, veo que permanece intacto aquel primer sobresalto que sus páginas produjeron en mis manos, cuando ya desde entonces sentía que cada línea era un golpe de versos excitados, una capitulación ensordecedora, y también el triunfo final sobre nuestro miedo a ser palabra por sospecha. Qué duda cabe, después de un libro así siempre será mucho más fácil resucitar en el instinto de nuestras voces.

No, esta tercera edición de Ciudadela no es, porque no puede serlo, aniversario feliz. Es llaga que se continúa mientras todo lo revisita: el delirio, la vehemencia, el arrebato, el vértigo de quererlo decir todo entre fogonazos de querer callarlo todo... En fin, si acaso algo más debiera señalarse sobre sus páginas desbocadas, yo diría que en ellas he confirmado que el amor es, entre tantas cosas que nunca fue, la forma más humana de la soledad. 

Septiembre 26 de 2021.

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