Continuidad de la espiral

Miguel Maldonado

Los ángeles de Carmen Parra expresan la multiplicidad
de sensaciones, sentimientos y pasiones que el cuerpo
aborda en su delirio y cuya repetición hace inmortales.
Vilma Fuentes.

 

A todos en algún momento se nos revela la idea —por cierto de fama bíblica pero de origen págano— que nada hay nuevo bajo el Sol: Nihil novum sub sole. A algunos, esta verdad los derrumba; a otros, los catapulta. Los primeros, se sienten defraudados y creen que no hay nada más que hacer frente a un mundo que se repite ad absurdum. Los segundos, osados, toman esta repetición como una provocación y se lanzan a torcer —¿esterilmente?— la ruedad de los días. Este último desafío es el que arrostró Carmen Parra, introdujo en el engrane del eterno retorno una calza, atrofiando la maquinaria de los ciclos.

Esta imagen casi teatral, de un duende travieso soltando una cuña bajo el rodaje de lo días y provocando así un pequeño desvío, se antoja como alegoría del trabajo del artista: hacer que el círculo de la eterna repetición no se cierre del todo, provocar una ligera inflexión para que el aro no se muerda la cola y del frustrado uróboros surga una espiral serpentina: ese rizo que al hacer honor al círculo lo traiciona.

Ahora la imagen no es teatral —de duende travieso—, es simplemente plástica: Un bucle. La espiral es, como todas las figuras geométricas, un emblema, es decir representa una idea: La aventura trunca del eterno retorno. Y con esto volvemos al inicio de este texto —enfermo también de ciurcalidad—: la idea de que el mundo se repite a sí mismo y muy poco o nada podemos hacer los hombres. Pero algunos se atreven a una pequeña desviación, un gesto inocuo quizá pero que produce una hecatombe universal: al romperse el círculo, se anuncia la eternidad del rizo.

Así de simple se fabrican eternidades, Moebius lo hizo exactamente igual con un listón casero: torció la banda por un lado y produjo los ochos sin fin. Poetas y pintores se han encargado de seguir rizando el rizo a pesar, o gracias, de la repetición. Ovidio canta al destierro con las mismas tristes que Cernuda, cada cual haciendo su propia versión del mismo círculo del infierno: El exilio. Santa Teresa se arroba frente al misterio con el mismo corazón transverberado que Keats ante el paisaje.

Sí, justo aquí es donde al lector y a mí nos habita con más fuerza una verdad: lo que verdaderamente se repite, ad nauseam, son las sensibilidades. Nosotros, oh decadente cuerpo dirían los poetas, tan frágiles pasajeros por este mundo, pero las sensibilidades, ellas nos trascienden: el miedo y la esperanza, la alegría y la angustia, el exilio y la caridad recorren las eras.

Artistas y filósofos, cada cual desde su cristal, atribuye a la historia un conjunto de imágenes inmutables; como lo son los arquetipos de Jung y las analogías de Warburg. No son pocos los historiadores del arte que (¡vaya!) aceptan la inexistencia de periódos artísticos, el Barroco como el Clasicismo son más bien sensibilidades, modos del ser; estados del alma pendulares que van de la orilla de la razón y la síntesis a la orilla contraria, gobernada por las emociones y los sentidos.

La idea del eterno retorno es igual de repetitiva en nuestra historia como la concepción misma que defiende, aunque cada época la ha nombrado de distinto modo. La sensibilidad barroca la llamó Teatro del mundo (Teatrum mundi). A golpe de tecla me vienen a la mente la obra del escritor barroco Calderón de la Barca, El gran teatro del Mundo, en la cual los hombres nos conducimos como meras marionetas; y el baile de máscaras (bal masqué), de alegre presencia en los festines auriseculares. Tanto así que, mutatis mutandis, la idea del eterno retorno se encuentra en la base del mito de la caverna: Según Sócrates los hombres simplemente personificamos a las ideas.

En suma, la idea del eterno retorno también retorna eternamente. Este último retruécano funciona, sin quererlo, como un homenaje a la sensibilidad Barroca, tan afín a ellos. También, la inversión de los términos en el retrúecano, nos dan la idea de una espiral, la frase que va y que regresa distinta, con un pequeño cambio o inflexión.

Carmen Parra comprendió, casi por instinto y muy joven, que la dimensión estética de la letanía católica es otra alegoría del Gran Teatro del Mundo, que en aquellos lienzos y esculturas se repite el aura sempiterna de la fe, la esperanza, la caridad, la alegría, el encanto y la gracia. Carmen jugó con ese universo alegórico, así como quien juega a los retruécanos enrevesando los términos de una frase para devolvernos el mismo teatro pero renovado. La renovación de Carmen contiene dos movimientos en un solo acto: elegir la emblemática cristiana y transfigurarla, en términos más confesionales se diría: transubstanciarla.

Por qué Carmen eligió el universo alegórico cristiano y en particular por qué el de la época barroca. Una respuesta para dos preguntas: el universo barroco es el punto cúspide de la representación castellana de las sensibilidades occidentales. En una imagen: el arte aurisecular transverberó el corazón de Carmen. Sufrió un acceso de revelación estética y acaso en ese primer éxtasis también comprendió que ella también era una alegoría. Teresa ad perpetum.

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