Vilma Fuentes y Jacques Belfroid

Carmen Parra

Son mis grandes amigos. Es una pareja donde todas las palabras están dentro de su cama, debajo de las sábanas, arriba de las mesas; en las ventanas pasan volando las vocales de colores, en el patio está tirada toda la Enciclopedia, subes a su apartamento por la escalera de la poesía y desembocas a la estancia donde las ideas danzan, llegas a su apartamento en París donde se funden las aguas del Sena con el silabario que se desparrama de sus ventanas.

Vilma y Jacques han sido para mí la encarnación de la vieja virtud griega de la amistad, pues hemos recorrido juntos el inmemorable tiempo, todos los tiempos que ciñen la vida a un tiempo. Cada uno a su tiempo: ellos escriben y yo pinto.

Son malabaristas de las palabras. Han creado su propio circo. Allí los payasos se burlan de ti y los acróbatas saltan fuera de la red, allí los leones se comen al público. Los elefantes aplastan pulgas y los caballos se sientan a platicar con el público. El director del circo es un gato que gusta de opera. Y los espectadores somos los clásicos alcahuetes infiltrados, también somos parte de la compañía y aplaudimos a sueldo cuando el forzudo ha roto sus amarras.

Mis fieles compañeros usan sombrero —¿o chistera?— No se si nacieron con él pues el sombrero parece rematar la testa perfectamente.

Vilma fuma y se dedica a nadar en el río de vino de la vida, donde el Sena se funde. Viven en absoluto estado de ¡salud!

Atravesamos el túnel del tiempo y nos encontramos con André Bretón y su mujer Elisa en el Café de La plaza blanca, café de la reunión de los surrealistas en Pigalle, la zona de prostitución de Paris, donde las mujeres de la profesión más antigua del mundo se volvieron nuestras amigas. Mi hijo Emiliano me pregunto: ¿a qué se dedican? Y le contesté: a esperar a los hombres bigotones.

Vivíamos con Gironella en Pigalle, en Avenida Frochot, ahí me visitan Vilma y Jacques con Peter Bramsen, el marinero y almirante de un taller de gráfica y litografía en París. El taller era nuestro puerto. Peter nos salvaba de nuestro propio naufragio. Vilma y Jacques creo que nacieron pegados. Al hablar y escribir salen palabras volando de la boca de Jacques a la boca de Vilma, luego esas palabras caen en páginas en blanco que finalmente se vuelven novelas, ensayos y recuerdos.

Son mi pareja recurrente pues compartimos el mismo submarino, con la misma carta de navegación. Así no nos podemos perder, viajamos juntos a países, mares, continentes y siempre llegamos a encontrarnos, allí en la cruz que designa el mapa del tesoro. Así es la amistad que se cultiva con los fertilizantes de la imaginación.

A través de las letras que se vuelven palabras y nubes pasajeras, nos hemos sorprendido juntos del milagro de la vida, aunque no estemos en el mismo continente ni en la misma ciudad. El estímulo al vernos es proporcional al cariño antiguo que sale del manantial de la vida, del placer y dolor compartido en ese espectáculo devastador de la historia que todo lo devora.

Nos quedan algunas obras de arte como migajas del gran banquete. Vilma se adentra en las palabras con crucigramas literarios para seguir jugando con el silabario, acróbata y malabarista del lenguaje pero maestra de la ceremonia: sus ideas y sus imágenes colindan con la poesía y la sabiduría, acaso palabras sinónimas.

Al llegar a su casa percibes el olor de Francia, se resbalan por las paredes como insistente lluvia la historia de Francia en esa tormenta bibliográfica. Las letras rebotan en el patio volviéndose poemas.

Vilma y Jacques, una pareja literaria que se alimenta de letras y no ha dejado de ser feliz deletreando amor, alba, paraíso.

Apegados a mi pintura desde hace años, caminamos paralelos de la mano de las ideas y los colores, de laberintos filosóficos literarios interminables.

Siempre están contentos de estar vivos. Ma chère Vilma Fuentes, la única mexicana sobreviviente en Paris. Se metió a la catedral de Notre Dame, viéndonos desde una de sus torres convertida en una gárgola, a pesar del terrible y trágico incendio, fraguando seguramente algún otro acto de malabarismo intelectual.

Ella llegó a la vida a contar historias, a escribir y prodigar sentidos. Cuando la conocí me habló una semana seguida sin dormir. Yo me dormía y me despertaba y ella me seguía platicando, espero que me platique hasta la eternidad. Lo primero fue el verbo.

Septiembre de 2021.

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